35 El historial
El miedo le llegó en el cambio de hora, entre segunda y tercera, en el pasillo.
La primera hora —Lengua— la había pasado con el móvil vibrando en el bolsillo, sin atreverse a mirarlo. En la segunda —Matemáticas— le había empezado a rugir el estómago: no había comido nada desde el desayuno, aunque el desayuno le parecía de la semana pasada.
Nerea estaba apoyada en la pared con el móvil en alto —el iPhone de la funda rota, el de siempre— enseñándole algo a Aitana. Yago pasó por detrás y oyó:
—…se ve que es de aquí, mira el pasillo, esas son las puertas azules…
Se paró en seco.
—¿Qué? —dijo.
Nerea lo miró como a un mueble que habla.
—El vídeo, tonto. El del profe. Dicen que lo grabó alguien del insti. Se ve que es nuestro pasillo.
Aitana asintió, sin levantar la vista del móvil.
—Mi prima dice que la policía puede saber quién lo subió. Por la IP o algo.
Yago sintió que se le vaciaba la cara. La IP. Lo había subido desde el wifi de casa, sin VPN, sin nada, a las tantas de la noche, con la cuenta que tenía su correo y su cara en la foto de perfil. Él sabía lo suficiente de internet para saber que aquello era como firmar con el DNI.
Se acordó de la noche de la subida: las dos de la mañana, la habitación a oscuras, el título — profe_majo_final2 —, la descripción vacía porque no sabía qué poner.
Las primeras cien visitas habían tardado una hora.
Se había dormido con el móvil en la mano, decepcionado.
A la mañana siguiente había un millar. Al mediodía, un millón.
La decepción le parecía ahora un lujo de otra vida.
Siguió andando hasta el baño de la tercera planta, el que no usaba nadie porque la cisterna hacía ruido, se metió en el último retrete y echó el pestillo.
La puerta estaba llena de pintadas: un tag, un número de teléfono, Nerea es una…
—lo de siempre, a medias—. Olía a lejía y a tabaco.
La cisterna, al tirar, hizo el ruido de siempre, como una catarata pequeña.
Yago se sentó en la taza cerrada y apoyó la frente en las rodillas.
El baño de la tercera planta: su escondite desde primero de la ESO. Nunca había escondido nada tan grande.
Las puertas azules. El pasillo. Nuestro pasillo.
Sacó el móvil con las manos un poco torpes.
Abrió la galería: allí estaba el original, VID_20261007_1122, dos minutos catorce segundos, con su pulgar temblando al hacer zoom.
Dos minutos catorce segundos de pasillo real, con el antes y el después, con Nerea riéndose y Carla llorando de verdad.
La prueba de que el vídeo era mentira, guardada en su bolsillo.
¿Y si lo descubren? ¿La policía? ¿El instituto? ¿Toñi, mirando su móvil una noche? ¿Martín, el de verdad, el del cuatro en rojo?
Lo borró.
Abrió CapCut: el proyecto, profe_majo_final2 , con los cortes marcados en la línea de tiempo como cicatrices. Lo borró.
Abrió el historial del navegador: cómo recortar un vídeo sin que se note, CapCut quitar principio y final .
Lo borró. Abrió la papelera de la galería y la vació.
Después abrió los ajustes, la cuenta de la nube, y desactivó la copia automática con el pulgar temblando —tarde, lo sabía, la copia de esa noche ya estaría subida, pero lo hizo igual—.
Abrió la nube para comprobarlo: copia de seguridad completada hace 14 h .
Allí estaba también, el archivo original, esperándole en un servidor.
Lo borró de la nube también, con dos confirmaciones — ¿seguro?
¿seguro seguro? — y se quedó mirando el mensaje de eliminado correctamente como si fuera una absolución.
Después abrió la app, sin pensar, como se mete el dedo en la herida.
El vídeo seguía allí, con el número subiendo.
Su pulgar se quedó quieto encima de eliminar publicación .
Si la borraba, el original desaparecería de su cuenta —pero los duplicados, las descargas, la tele, todo seguiría—.
Y además, borrarla sería confesarlo todo sin decir nada: ¿quién borra su vídeo más visto?
Dejó el pulgar quieto un segundo más y bloqueó el móvil. Ni siquiera para eso tenía valor.
Después se quedó con la pantalla en negro, respirando por la boca, y pensó en el número —los 5.
096.441 de antes de entrar— y entendió la diferencia: el archivo era suyo y lo había borrado.
La subida no era suya. La subida vivía en los servidores de la plataforma, en mil cuentas que la habían descargado, en hilos, en estados de WhatsApp, en la tele.
Salió del baño y se lavó las manos —agua fría, sin mirarse en el espejo— y volvió a clase. En la puerta se cruzó con la profesora de guardia, que llevaba una lista.
—Yago —dijo—. ¿Estás bien? Estás blanco.
—Sí —dijo Yago—. Es el calor.
No hacía calor. Se sentó en su sitio, en la tercera fila junto a la ventana, y el móvil vibró en el bolsillo: un comentario nuevo en su vídeo. Lo miró debajo del pupitre.
Sigue subiendo cosas, campeón. No te calles.
Yago bloqueó el móvil y miró por la ventana, al patio vacío.
Cinco millones de personas. Y una pregunta que no se iba a borrar con ningún historial: si algún día —cuando todo esto pasara, si pasaba— alguien descubriera que el héroe anónimo y el chaval del cuatro en rojo eran la misma persona, ¿qué quedaría de los 12. 400 seguidores?
Se miró las manos: le olían a lejía del baño. En la pizarra, la de Matemáticas escribía una ecuación. La copió sin entenderla, con la letra temblándole un poco. Los números, por una vez, no le decían nada.
—Yago —dijo la de Matemáticas—. ¿Cuánto da?
Yago miró la pizarra. Las letras bailaban.
—…¿Doce? —dijo.
Nerea se rio, en cascada, toda la clase oyéndola. La de Matemáticas negó con la cabeza y siguió. Yago bajó la vista al cuaderno. Doce. No era doce. Nunca era doce. Pero daba igual.