El medio segundo 34 Doce mil
34%

34 Doce mil

En el autobús, Yago se sentó al fondo y abrió los comentarios.

Al principio eran los de siempre: ídolo, héroe, gracias por grabar . Después empezó a ordenar por más relevantes y el tono cambió, como cuando bajas en una piscina y el agua se enfría de golpe.

Ojalá lo pillen saliendo del juzgado y le partan la cara.

A esta gente habría que marcarla de por vida. Que no pueda volver a dar clase ni a acercarse a un colegio.

11.200 likes.

Y el primero, fijado arriba del todo por el algoritmo, con 12.000 likes y subiendo:

A los que hacen ESO con una niña habría que colgarlos de los huevos en la plaza del pueblo. Compartid para que no se escape.

Yago lo leyó dos veces. Después bloqueó el móvil y miró por la ventana: la M-30, un atasco, una furgoneta de reparto. Desbloqueó y lo leyó otra vez. Colgarlos de los huevos en la plaza del pueblo. Doce mil personas le habían dado a un corazón al lado de esa frase. Doce mil.

Debajo del comentario del ahorcamiento había una pelea: un tío que decía esperad a que se demuestre, joder y cuarenta respuestas llamándole de todo — cómplice , encubridor , seguro que eres otro profe —.

El tío había borrado su comentario, pero las respuestas seguían allí, huérfanas, pegándole a un fantasma. Yago las leyó todas.

Se preguntó cuántos de los 12.600 habrían visto el vídeo entero. ¿Cuántos habrían leído algo más? Ninguno, probablemente. Él tampoco había leído nada: él lo había grabado, que era peor.

El autobús paró en el instituto. En la puerta había dos periodistas con una cámara, de una tele local, grabando un directo con el edificio detrás. Un bedel discutía con ellos sin convicción. Yago pasó de largo con la mochila, la cabeza gacha, el móvil en el bolsillo vibrando sin parar.

En el pasillo, todo el mundo hablaba del vídeo. TODO el mundo. Lo oyó en tres grupos distintos antes de llegar a su clase:

—…cuatro millones, lo he visto esta mañana, es el de Historia…

—¿El calvo? ¿El de Historia?

—No es calvo, es… el del 4ºB, el que…

—La Carla no ha venido, ¿no? Dicen que está con la orientadora.

Dos profesoras susurraban junto a la sala de profesores y se callaron en seco al verle pasar. En el tablón de anuncios, alguien había pegado un papel: CONCENTRACIÓN CONTRA EL ACOSO — VIERNES 18:00 . Yago lo leyó dos veces. Una concentración. Por su vídeo. El viernes.

Trató de imaginárselo: la plaza, las pancartas, la gente gritando.

Y él en medio, con la mochila, sin que nadie supiera que el de la pancarta más grande era él.

La imagen le produjo una mezcla de vértigo y orgullo tan intensa que tuvo que agarrarse al borde del pupitre.

Su obra, en la calle. Su nombre, en ninguna parte.

Se sentó en su sitio, en la tercera fila junto a la ventana, y sacó el móvil debajo del pupitre. La profesora de primera hora —Lengua— escribía en la pizarra digital sin mirar. Yago abrió los comentarios otra vez.

Mi hija va a ese instituto. Si me entero de que es verdad, voy yo misma a buscarle.

Que lo metan en la cárcel y tiren la llave.

12.000 likes al del ahorcamiento. Ya iban por 12.600.

Yago pensó en Martín. No en el profesor de Carabanchel : en Martín, el de verdad, el que ayer les había devuelto los exámenes y le había puesto un cuatro en rojo y le había dicho tú vales delante de todos.

Trató de imaginárselo colgado de los huevos en una plaza y no pudo; la imagen no encajaba, como un meme mal recortado.

Lo que sí encajaba, perfectamente, era la mano en el hombro de Carla, en bucle, cuarenta segundos, una y otra vez, porque eso era lo único que doce mil personas habían visto.

Pensó en Toñi. En Toñi viendo el vídeo en el móvil, en el descanso del turno, con las compañeras alrededor.

En Toñi sin saber que lo había grabado su hijo.

Ensayó mentalmente la frase — mamá, tengo que contarte una cosa — y la descartó antes de terminarla: la cara que pondría Toñi no era una cara que él pudiera mirar.

Toñi se levantaba a las seis, hacía turnos dobles cuando podía, le había comprado las zapatillas buenas a plazos.

Todo lo que tenía Yago —el móvil, la camiseta del Madrid, el futuro— salía de las manos de Toñi.

Y él le había pagado grabando a un hombre por la espalda y convirtiéndolo en un monstruo.

La cuenta no salía. No iba a salir nunca.

A su lado, Hugo —el repetidor, los cascos al cuello— le dio un codazo sin mirarle.

—Has visto lo del profe —dijo. No era una pregunta.

—Sí —dijo Yago.

—Brutal —dijo Hugo, y se puso un casco en una oreja.

Yago sacó el móvil otra vez, debajo del pupitre.

El comentario del ahorcamiento seguía el primero: 12.

600 likes. Pulsó los tres puntitos de la esquina — reportar, bloquear, no me interesa — y dejó el pulgar quieto encima de reportar .

Si lo reportaba, la plataforma le preguntaría por qué, y el porqué era una pregunta que no podía contestar sin contarlo todo.

Podía reportarlo como anónimo, claro. La plataforma no le pediría el DNI.

Pero el formulario, en su cabeza, ya estaba relleno: motivo: lo grabé yo.

Motivo: es mentira. Motivo: tengo miedo.

Ninguna de esas opciones salía en el desplegable.

Levantó la vista: la de Lengua escribía polifonía en la pizarra digital y explicaba que era muchas voces sonando a la vez. Yago casi se ríe —una risa mala, nerviosa— y se la tragó. Polifonía. Doce mil seiscientas voces diciendo lo mismo a la vez. Eso no era polifonía. Era un coro.

Bloqueó el móvil con las manos sudando y se las secó en el pantalón, dos veces, hasta que la de Lengua se giró a mirarlo.

La euforia de las siete de la mañana —los casi cinco millones, los doce mil seguidores, ídolo — se había quedado en el autobús, como una chaqueta olvidada en el asiento.

Lo que quedaba era una cosa fría y pesada en el estómago.

Le subió una arcada y la tragó sin hacer ruido.

Doce mil seiscientos likes. Y seguía subiendo.