El medio segundo 33 El número
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33 El número

Yago se despertó a las siete con el móvil vibrando debajo de la almohada y lo primero que hizo fue mirar el número, y el número era ese: cuatro millones ochocientos cuarenta y siete mil quinientos noventa y dos.

Lo leyó tres veces, dígito a dígito, porque los números grandes se leen despacio para que no se escapen.

Casi cinco millones.

Se quedó tumbado, con la pantalla dándole en la cara, y sonrió.

No la sonrisa de las fotos: la de verdad, la que le salía cuando nadie miraba.

Casi cinco millones de personas habían visto sus cuarenta segundos.

Rozando los cinco millones. En el instituto había, qué, ochocientos alumnos.

El barrio entero cabía casi veinte veces en su vídeo.

Siguió bajando. Había un hilo de comentarios discutiendo si el profesor era el mismo de otro vídeo —no lo era, pero daba igual—.

Había capturas de su vídeo con círculos rojos y flechas, como si fuera la prueba de un crimen.

Había una cuenta con cien mil seguidores que lo había citado: esto es lo que pasa cuando se protege a los de siempre .

Yago no sabía quiénes eran los de siempre , pero sonaba bien.

Se levantó de un salto. La cocina estaba vacía —Toñi se había ido a las seis y media, turno de mañana, y había dejado la cafetera puesta y una nota: hay pan —.

Yago se hizo el desayuno de pie, con el móvil apoyado en el bote de los cereales, mirando cómo subía el número cada vez que actualizaba.

4.849.104. 4.850.877. Cada actualización era como si alguien llamara a su puerta.

Abrió el grupo de la clase, por curiosidad.

Ciento y pico mensajes sin leer. Alguien había pasado su vídeo —su vídeo, sin saber que era suyo— con el texto lo habéis visto?

? es nuestro insti . Debajo, una cascada: es el de Historia , pobre Carla , qué fuerte .

Nerea había escrito: yo estaba allí, fue horrible .

Yago leyó esa frase tres veces. Yo estaba allí.

Como si ella lo hubiera grabado. Como si ella fuera la protagonista.

Sintió una punzada rara —no eran celos, era otra cosa: era ver cómo su obra ya tenía dueños que no era él— y bloqueó el móvil.

Desbloqueó. Abrió el grupo. Escribió: fui yo . Lo miró. Las borró, letra a letra, y bloqueó el móvil otra vez, con el corazón corriendo como si hubiera estado a punto de tirarse por un puente.

Se acordó del cuatro en rojo. Hay que currárselo un poco más. Tú puedes. Se acordó de la risita de Nerea, en cascada, toda la clase oyéndola. Se acordó de tú vales dicho en público como quien le pone a un perro un lazo ridículo.

—Tú vales —dijo en voz alta, a la cocina vacía, y se rio.

El instituto empezaba a las ocho y media.

Normalmente habría apurado hasta las ocho y diez, vistiéndose con lo primero que pillaba del suelo.

Hoy se duchó. Se puso la camiseta buena, la del Madrid de esta temporada, no la del póster viejo.

Se peinó mirándose al espejo del baño como si fuera a salir en algún sitio.

Porque iba a salir en algún sitio. Iba a ir al instituto y el instituto iba a estar hablando de su vídeo sin saber que era suyo, y él iba a estar allí, en medio, invisible como siempre pero esta vez por decisión propia.

Iba a verlo con sus propios ojos: el pasillo, las clases, los móviles. Su obra, en directo.

A las ocho menos cuarto salió de casa con la mochila y el móvil al cien por cien de batería. En el portal se cruzó con la vecina del tercero, que llevaba al perro.

—Buenos días —dijo Yago.

La vecina lo miró un segundo de más, como si lo conociera de algo, y siguió andando.

Yago sonrió para sus adentros todo el camino hasta el autobús.

El autobús iba medio vacío. Se sentó en un lateral, con la mochila entre los pies, y a las dos paradas se subieron dos chicas de otro instituto —las reconoció por la carpeta de dibujo— y se sentaron delante, con el móvil en horizontal entre las dos y el volumen a tope.

Y entonces lo oyó: sus cuarenta segundos. El murmullo del pasillo, el golpe sordo de la mano en el hombro, sonando en el móvil de una desconocida.

—Mira esto —dijo una—. Es de un insti de Carabanchel. El profe este…

—No me jodas —dijo la otra—. ¿Es verdad?

—Mi madre dice que lo van a echar —dijo la primera—. Lo ha dicho la tele.

—¿Y si es mentira? —dijo la otra, bajito.

—¿Has visto el vídeo? —dijo la primera.

Silencio. La segunda no contestó, y el silencio fue la respuesta: había visto el vídeo, y ver el vídeo era saber. Yago sintió que el silencio de aquellas dos desconocidas pesaba más que los 4.850.877.

Yago se tensó. Era la primera vez que veía su vídeo fuera de su móvil, en manos de otra persona, como si fuera una cosa del mundo y no suya. Tuvo el impulso físico de decir lo grabé yo , de decirlo en alto, y a la vez un miedo ridículo y nuevo: que se rieran. Que le dijeran vale, campeón .

No dijo nada. Mantuvo la vista en la pantalla ajena por encima del hombro de la chica hasta que el vídeo terminó y pasaron a otro, y notó una cosa rara y caliente en el pecho: aquello ya no era suyo. Era de ellas. Era de todos.

En la siguiente parada se cambió al fondo, donde nadie lo veía mirar el móvil.