29 El suyo
A las cuatro, Martín se metió en la cama.
Había pasado la noche entre la cocina y el sofá, y el sofá le había devuelto el dolor de espalda de los cuarenta y siete años, así que se levantó, fue al dormitorio a oscuras y se tumbó en su lado, encima de la colcha, vestido.
El lado de Elena estaba vacío y revuelto: se había levantado.
La oyó en la cocina —el grifo, un armario— y después en el pasillo, parada delante del cuarto de Vega.
Después, silencio. Después, el sofá crujiendo bajo su peso.
Martín se quedó mirando el techo.
El techo no tenía grieta. Era liso, blanco, implacable. Lo miró hasta que el blanco empezó a moverse, y entonces cerró los ojos y el gesto volvió, puntual como un tren.
El pasillo. Las once y cinco —¿o eran y diez?
—. El llanto. Nerea con el móvil —¿o era Aitana?
—. Eh. El brazo. La mano en el hombro —¿o había sido en el brazo?
—. Cada vez que lo repasaba, el orden cambiaba un poco y un sustantivo era otro, y cada versión le parecía un poco más verdadera, porque la memoria —ya lo sabía— se reescribía para parecerse al vídeo, y el vídeo era lo único que todo el mundo iba a ver.
Probó a recitar la lista de los reyes godos, como hacía antes de los exámenes para calmarse: Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico…
Se detuvo en Eurico. Eurico, el del código.
El primer código escrito de los visigodos.
El primer código. La palabra le supo a hierro.
Diez días para alegar: el código también tenía plazos, también tenía artículos, también convertía a las personas en expedientes.
Él había enseñado aquello como historia.
Ahora era el expediente. A la tercera vuelta se le mezcló con los segundos del vídeo — uno, la mano se acerca; dos, la mano se posa — y dejó de recitar.
Contó las baldosas del techo. Doce. Las volvió a contar. Trece. La diferencia —una baldosa— le pareció una metáfora tan mala que casi se rio, y no se rio.
Alicia: No te lo estoy preguntando. Te lo estoy informando.
La plaza, el banco, el móvil vibrando con el nombre de Elena y él dejándolo sonar.
Vega, su puerta cerrada, las 21:47. El instituto a aquella hora: vacío, a oscuras, las puertas azules cerradas, el grafiti de la esquina esperando la mañana.
Sus alumnos —Irene con el bolígrafo en alto, Hugo con los cascos al cuello—: ¿qué estarían viendo en sus móviles, a las cuatro de la mañana, los que no dormían?
Trató de pensar en otra cosa. Pensó en la caza de brujas, en Salazar, en el por cuanto .
Por cuanto no hace falta demostrarlo. Lo había escrito en la pizarra por la mañana, hacía —¿cuánto?
— diecisiete horas. Diecisiete horas y una vida entera.
El inquisidor que dudó y fue apartado. Él había enseñado aquello como una lección de historia.
Se acordó de un chaval de la primera fila —uno de esos que preguntan para fastidiar y a veces aciertan— que le había dicho: profe, ¿y si el inquisidor ese tenía razón y los otros se lo cargaron por eso?
Él le había contestado lo que contestaba siempre: la historia no absuelve a nadie, solo explica .
El chaval había puesto cara de que aquello le parecía una frase de póster.
Ahora, a las cuatro de la mañana, Martín pensó que el chaval tenía razón: era una frase de póster.
Se acordó del polvo de tiza en los dedos, de Alicia pasando por delante de la puerta del aula con unos papeles, saludándole con la cabeza sin detenerse.
Todo aquello había ocurrido hacía diecisiete horas.
Diecisiete horas: una clase, un recreo, una mano.
La aritmética no cuadraba y sin embargo era exacta.
Oyó a Elena volver al dormitorio. Se quedó muy quieto, con los ojos cerrados, regulando la respiración para parecer dormido.
Ella se metió en la cama con cuidado, sin hacer ruido, como se entra en la habitación de un enfermo.
Notó el colchón hundirse a su lado, notó su calor a medio metro de distancia, un medio metro que parecía un país.
Elena se quedó quieta. Él se quedó quieto. Dos personas despiertas fingiendo dormir en la misma cama.
Entonces ella se levantó. Oyó sus pies descalzos hacia la cocina —el grifo, un vaso— y, sin pensarlo, se levantó también.
Se cruzaron en el pasillo a oscuras, los dos descalzos, los dos sin decir nada.
Elena llevaba el vaso de agua en la mano.
Se lo tendió. Martín bebió un trago y se lo devolvió.
Sus dedos se rozaron en el vidrio, un segundo.
—¿Tú tampoco? —dijo ella, en voz baja.
—No —dijo él.
Se quedaron allí, en el pasillo, sin tocarse.
Él quiso decir ¿me crees? y no lo dijo, porque preguntarlo era pedirle que hiciera el trabajo de creer, y ella ya tenía bastante trabajo.
Ella quiso decir te creo y no lo dijo, porque decirlo a las cuatro de la mañana, a oscuras, habría sonado a consuelo, y el consuelo era lo que los había metido en esto.
Él notó que ella temblaba un poco, del frío o de otra cosa, y no la abrazó, porque abrazarla habría sido reclamar algo. Así que no dijeron nada más.
Después cada uno volvió a su lado de la cama.
A oscuras, Martín alargó la mano por encima de la colcha, sin mirar, hasta el borde del lado de ella.
La dejó allí, a un palmo de su brazo, en tierra de nadie.
La mano se quedó quieta, esperando algo que no sabía nombrar.
Al cabo de un rato —un minuto, una hora— la retiró, despacio, y se dio la vuelta hacia su lado.
Elena, que no dormía, lo notó todo y no dijo nada.
Martín se quedó boca arriba, con la mano retirada sobre su propio pecho, y escuchó la respiración de Elena acompasarse poco a poco. Contó sus respiraciones sin querer: dieciséis por minuto, normales, de persona dormida o de persona que finge bien. Él respiraba a veintidós.