El medio segundo 28 Su lado de la cama
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28 Su lado de la cama

A las tres y diez, Elena se despertó con la boca seca y el corazón corriendo, como si hubiera estado huyendo en sueños.

En el sueño —lo recordaba a retazos— corría por un pasillo de hospital que se hacía más largo a cada paso, y las puertas se cerraban solas a su espalda, una tras otra, con un clic suave.

Se sentó en la cama con el corazón desbocado, como después de una urgencia de verdad.

Tardó unos segundos en situarse: el dormitorio a oscuras, la colcha todavía por encima —se había quedado dormida vestida a media tarde y nadie la había tapado—, y al lado, en el otro lado de la cama, la almohada intacta.

El lado de Martín, vacío y liso, como una cama de hotel.

Se incorporó. La cabeza le pesaba. Doce horas de noche, siete de mañana, cuatro de sueño roto: el cuerpo le pasaba factura con intereses.

En la cocina, el vaso de agua de Martín seguía sobre la mesa, intacto, junto al móvil boca abajo. Lo miró y no lo tocó. Abrió el grifo y bebió directamente del chorro, con las manos en cuenco, como hacía en las guardias. El agua estaba fría y le supo a hospital.

Vega, en su cuarto, ni un ruido. Elena se acercó a la puerta y apoyó la frente en la madera, un segundo.

Dentro, silencio. Pensó en llamar con los nudillos — ¿estás despierta?

— y no lo hizo: una madre que llama a la puerta de su hija a las tres de la mañana es una madre que ha perdido el control, y Elena todavía no estaba dispuesta a admitirlo.

Vega había empezado a echar el pestillo a los dieciséis, después de una discusión por una puerta abierta y un necesito intimidad dicho con la voz de quien ensaya ser adulta.

Elena se había enfadado entonces — en mi casa no hay pestillos — y Martín había instalado uno igualmente, a escondidas, un sábado por la mañana, con cara de culpable.

Aquella noche, con la frente en la madera, Elena bendijo el pestillo.

Que su hija tuviera un sitio donde cerrar por dentro era lo único que funcionaba en aquella casa.

Se acordó de Vega con seis años y cuarenta de fiebre, llamándola desde la cama con una voz de pito, y de cómo entonces bastaba con entrar, ponerle la mano en la frente y quedarse.

Qué sencillo era ser madre cuando el peligro tenía termómetro.

Ahora el peligro no tenía termómetro ni puerta que abrir, y su hija estaba al otro lado de una madera con el pestillo echado desde los dieciséis, y ella no sabía si lo que la separaba de ella era una puerta o un vídeo.

Volvió al salón y se sentó en el sofá, en el hueco donde Martín había pasado la tarde. El cojín guardaba su forma. Cerró los ojos y trató de no pensar, que era como tratar de no respirar.

Pensó en el turno de mañana —tenía que volver a las ocho, otro día entero después de diecinueve horas—, en la lista de boxes, en Sonia con la cara de las malas noticias.

Pensó en la captura de la galería: la mano en píxeles, enorme, a medio camino del hombro.

La había mirado diez segundos por la tarde y no la había borrado.

¿Por qué no la había borrado? ¿Qué guardaba exactamente, una prueba o una condena?

Sacó el móvil. Abrió la galería. Allí estaba, entre la foto de la compra del sábado y el parte de una analítica.

La amplió sin querer, con el pulgar, y la mano creció hasta ocupar la pantalla.

La estudió como había estudiado el vídeo en la sala de medicación: la tensión de los dedos, el ángulo de la muñeca.

Nada. La mano se posaba. La chica no se apartaba.

Era, en los píxeles congelados, la imagen más inocente del mundo. Y sin embargo.

Amplió más, hasta que los dedos ocuparon la pantalla.

Los contó, como se cuentan las costillas en una radiografía: uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Cinco dedos de su marido, con la alianza en el anular, posados en el aire a medio camino de un hombro.

Cinco dedos que ella conocía mejor que los suyos —los había visto corregir exámenes, abrir botes, acariciar frentes con fiebre— y que ahora eran evidencia.

Se preguntó qué diría un perito. Se preguntó qué diría un juez.

Se preguntó qué decía ella, y no se contestó, y bloqueó el móvil.

Se quedó mirando la pantalla apagada, viendo su propia cara reflejada en el negro, con mala cara de enfermera de cuarenta y seis años que no ha dormido.

Se levantó y fue a la ventana. La calle, vacía.

Una farola parpadeando. Un gato cruzando con prisa, con asuntos propios.

Un repartidor en bici, con la mochila cuadrada a la espalda, pedaleando hacia alguna parte a las tres y media de la mañana, porque Madrid ya no dormía del todo ni siquiera a esas horas.

Pensó en llamar al hospital y decir que estaba enferma.

Lo pensó en serio, un segundo: la supervisora lo entendería, le diría que descansara, que ya la cubrirían.

Después pensó en los boxes, en la lista de espera, en Sonia doblando también.

Y pensó en algo peor: en quedarse en casa todo el día, entre el sofá y la cocina, con Martín y el silencio.

No. Iría. Trabajar era lo único que sabía hacer sin pensar, y pensar era lo peligroso.

Volvió al dormitorio. Se metió por fin dentro de la cama, bajo la colcha, en su lado. El otro lado seguía vacío y liso. Apoyó la mano en la almohada de Martín —fría— y la retiró.

Cerró los ojos. Contó sus propias respiraciones, como les enseñaba a los pacientes ansiosos: uno, dos, tres. A la séptima, se dio cuenta de que estaba contando para no pensar en la mano, y de que contar también era pensar en la mano.

A la veintena se levantó otra vez, sin hacer ruido, y fue a la cocina. Llenó otro vaso y bebió de pie. Volvió a la cama y siguió contando donde lo había dejado.