El medio segundo 30 La portada
30%

30 La portada

Lucía miró el dashboard en la pared de la redacción —el Chartbeat, con sus números rojos parpadeando— y sintió algo parecido a la felicidad, pero con dientes.

Había dormido cuatro horas en el sofá de la sala de descanso, con la chaqueta de almohada, y se había despertado con el móvil vibrando: Javi, a las siete.

—Tienes que ver esto —le había dicho.

Lo había visto: el vídeo era portada en todas partes.

No en El Meridiano —en todas partes. Los grandes lo llevaban en portada digital, con el titular que ella había inventado y el condicional que todos habían copiado.

Un profesor, ¿acosando a una alumna? Su frase, sin su firma. La habían convertido en plantilla.

La redacción a las ocho era otro animal: el equipo de limpieza se iba con los carros, los primeros redactores llegaban con cara de noche, la máquina de café trabajaba a destajo.

Lucía se sirvió el primer café en un vaso de cartón y se lo bebió de pie, mirando la bandeja del correo: cuarenta y tres sin leer.

Uno era de un gabinete de prensa ofreciéndole el testimonio en exclusiva de una exalumna de otro centro .

Lo leyó dos veces. Lo borró sin contestar.

Archivó el resto sin abrirlos, uno por uno, con un placer pequeño y administrativo.

Se descubrió tarareando el anuncio de la lotería, bajito, y se calló.

Se miró en el cristal del monitor: el pelo recogido a la prisa, la marca de la cremallera en la mejilla.

Se lo soltó y se lo volvió a recoger. Se dijo que era para estar presentable.

Era mentira: le gustaba cómo sonaba su nombre en boca de los demás aquella semana.

La de El Meridiano. La que lo vio primero.

Llevaba tres años picando piedra en la sección y de pronto su firma pesaba. El peso le gustaba. Lo dejó ahí.

En la reunión de las nueve y media, Rober estaba de pie delante del dashboard, con el café en la mano y cara de no haber dormido tampoco.

—Cuatro millones setecientos mil —dijo—. Ayer a estas horas pasábamos del millón. —Miró a Lucía—. Enhorabuena. Lo digo en serio.

—Gracias —dijo Lucía.

Javi, a su lado, aplaudió dos veces, despacio, con una sonrisa que no llegó a decidir si era admiración o otra cosa. Lucía la archivó para después.

A la salida, Javi le enseñó el móvil: la competencia había clonado su pieza, hasta el condicional.

—Te han copiado hasta las comas —dijo—. Enhorabuena. Ahora eres la referencia.

—O la plantilla —dijo Lucía.

—Lo mismo, pero cobrando —dijo Javi, y se rio solo.

Lucía se rio también, un poco. Le gustaba que Javi —que llevaba dos años más y la había mirado por encima del hombro hasta ayer— ahora le enseñara el móvil como se enseña un trofeo. Le gustaba demasiado, y archivó también eso.

—Ahora viene lo difícil —dijo Rober—. El segundo día. —Hizo una pausa—. El primero te lo regala el algoritmo. El segundo hay que ganárselo.

Lucía asintió. Ganárselo : le gustó el verbo. Pensó en el bien de verdad de ayer: un bien dicho una vez pesaba poco. Hoy tenía que volver a ganárselo.

—¿Qué tenemos? —preguntó Rober.

—El político —dijo Javi—. Sanz anunció anoche una ley. Tolerancia cero. Eso nos da para la pieza de política.

—¿Y del centro? —dijo Rober—. ¿Alguien ha hablado con el instituto?

—La directora no coge —dijo Lucía—. He llamado tres veces. Salta el contestador.

Llamó una cuarta vez desde su mesa, por cumplir el expediente. Contestador: el horario, las extensiones. Colgó antes del pitido. Cuatro llamadas. Nadie diría que no lo había intentado.

—¿Y la familia de la chica? ¿Les llamamos?

—No —dijo Rober—. No nos conviene una desmentida ahora.

Lucía lo miró.

—Rober, la chica es menor. Pixelamos y todo, pero…

—Pero nada —dijo Rober—. Buscamos un testimonio. Una exalumna, una madre, alguien que hable del centro. Algo que no sea el vídeo, porque el vídeo ya lo tiene todo el mundo. —La miró—. Lucía, esto es tuyo. Ayer lo viste tú primero. Hoy lo rematas tú.

Lucía asintió. En la pantalla, el número pasó de 4.700.000. Cada cien mil visitas era una palmadita en la espalda que no se sentía como una palmadita.

—Una cosa más —dijo Rober—. La competencia lleva lo mismo que nosotros, pero sin la firma.

Si conseguimos el testimonio, somos los primeros otra vez.

—Hizo una pausa—. Y Lucía: que sea limpio.

Verificado. Y de este curso. El abogado me tumba todo lo anterior sin verificar.

Lo de anoche funcionó porque fuimos rápidos y cuidadosos.

Cuidadosos. Lucía pensó en los veinte minutos, en las tres llamadas, en Sergio colgándole, en el temblor del pulgar sobre Publicar . Cuidadosos.

—Lo será —dijo.

Pensó en llamar a su madre y decirle «la del profesor es mía». Llevaba un día entero con la frase en la boca. No la llamó: decírselo ahora, con el segundo día por delante, sería pedirle permiso para lo que viniera después. Y ella no quería su permiso. Quería su orgullo intacto.

Salió con una lista mental: exalumnas en redes, madres del AMPA, el defensor —correo a las ocho, asunto hablemos , sin abrir—.

Lo vio en la bandeja y dejó el dedo quieto encima.

Si lo abría, tendría que explicar los veinte minutos, y explicar era un lujo: el defensor podía esperar; el bien de verdad , no.

Lo marcó como no leído y por la tarde lo arrastró a una carpeta que llamó pendientes .

Empezó por lo fácil: buscó Vista Alegre en X y filtró por quejas.

Había cientos. La primera era de hacía dos años, una exalumna que hablaba de un profesor que gritaba.

La leyó dos veces. Era jugosa — gritaba, humillaba, nadie hacía nada — y encajaba como un guante.

La descartó sin dudar: el abogado la tumbaría en treinta segundos y, además, no era Martín.

No importaba que no fuera Martín —eso lo sabía—; importaba que fuera verificable.

Siguió buscando. Entre los resultados, un meme: su vídeo con el audio de un programa del corazón, maldito , con la cara del profesor congelada en el segundo doce.

Tenía 20.000 likes. Un quote-tweet con 30.

000: esto pasa todos los días en todos los institutos y nos escandalizamos ahora .

Debajo, una guerra. Lucía pasó de largo: el ruido no era su trabajo.

Su trabajo era encontrar algo pequeño, reciente y comprobable: una madre del AMPA de este curso, un parte, una queja con fecha.

Algo que el abogado no pudiera vetar y que Rober pudiera titular.

Lo que temía era no encontrar nada: que el segundo día fuera un desierto y tuviera que volver a la reunión con las manos vacías, y que entonces alguien —Rober, Javi, ella misma— propusiera lo fácil.

Lo fácil ya sabía cómo se llamaba: la exalumna de hacía dos años.

Y lo fácil, si lo proponía otro, dejaría de ser suyo.

Encontró un hilo de hacía cuatro meses: una madre quejándose del trato de un profesor en una excursión.

Reciente. Con nombre y apellidos. Abrió el mensaje directo y escribió: Hola, soy Lucía, periodista de El Meridiano.

Estoy con el caso del profesor del vídeo y necesito un testimonio que…

Lo borró. Escribió: Hola, soy Lucía, periodista de El Meridiano. ¿Podríamos hablar? Y lo envió.

Mientras esperaba respuesta, miró el dashboard otra vez: 4.800.000.

El móvil vibró. La madre había contestado: ¿Sobre qué?

Lucía empezó a escribir.