El medio segundo 22 El trending
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22 El trending

Sanz miró el número en la pantalla de Nadia y notó que se le aflojaban los hombros, como si el cuerpo entendiera antes que él lo que aquel número significaba.

En la pared, entre el cartel de la campaña y el mapa electoral, alguien había pegado un post-it: tolerancia cero . Lo había escrito él mismo hacía tres meses. Buen eslogan. Corto. No admitía matices.

—¿De dónde sale? —preguntó.

—De un instituto de Carabanchel —dijo Nadia—. Lo subió una cuenta anónima anoche. Esta mañana lo ha publicado El Meridiano y a mediodía ha entrado en la tele. Es un profesor con una alumna. Cuarenta segundos.

Nadia, sin que él se lo pidiera, ya había abierto la pestaña de tendencias y estaba redactando el borrador del comunicado.

Él también recordaba la suya: unas municipales, un concejal que había dimitido por unas fotos, y él redactando el comunicado con la misma hambre.

Las fotos resultaron ser de otro; el comunicado, ya publicado.

Se lo podría haber contado a Nadia, como advertencia. No se lo contó.

—¿Está verificado? —dijo Mario desde la puerta. No había entrado: se quedó en el quicio, con el móvil en la mano, sin mirarlo.

Nadia dudó un instante.

—El medio que lo publica dice que sí. Pixelan a la menor y citan fuentes del centro.

—¿Y él? —dijo Mario—. ¿Alguien le ha preguntado a él?

—Todavía no hay otra versión —dijo Nadia.

Mario se cruzó de brazos, despacio.

—Víctor. ¿Y si es mentira?

Sanz notó la pregunta como se nota un pinchazo en una muela: pequeña, precisa, imposible de ignorar una vez sentida.

Quince años con Mario a su lado y ni una pregunta inútil: si lo preguntaba era porque la respuesta importaba.

Y la hacía desde el quicio, sin entrar: la postura de quien no piensa estar en la habitación si esto revienta.

Por una fracción de segundo —tan breve que después no sabría decir si había ocurrido— se le cruzó la pregunta al revés: ¿y si el profesor no había hecho nada?

La miró de frente, la sopesó como se sopesa una moneda falsa y la descartó.

No porque fuera imposible, sino porque era irrelevante.

Irrelevante: la palabra le gustó por su limpieza.

Lo irrelevante no se discute. Se archiva.

—Nadia, sal un momento —dijo.

Cuando se quedaron solos, Mario cerró la puerta. No se sentó.

—Si esto se tuerce —dijo—, si el contexto era otro y sale en una semana, ¿qué tenemos?

—Tenemos una ley —dijo Sanz—. Las leyes no se tuercen. Los titulares, sí.

—Víctor.

—Mario. —Sanz se inclinó hacia delante; la lumbar le dio un aviso y se enderezó despacio, sin que se notara—. ¿Prefieres que lo diga Candela?

Mario no contestó. No hacía falta: los dos la vieron en el mismo atril, diciéndolo más alto.

—El protocolo —dijo Sanz, cogiendo el móvil—. Voy a llamar a la Consejería. Lo quiero esta semana, no el mes que viene.

Buscó el contacto y dejó el pulgar suspendido sobre el nombre. Miró a Mario. Un segundo. Dos. Mario no dijo nada: ni espera , ni piénsalo . Sanz notó una decepción pequeña y sucia, como si hubiera querido que se lo impidieran.

Marcó delante de Mario: quería que lo oyera. Al tercer tono, un director general con el que había compartido listas.

—Dime, Víctor.

—Te voy a pedir una cosa —dijo Sanz—. Un protocolo de tolerancia cero en los centros. Denuncias, consecuencias. Esta semana.

—Esta semana es imposible, Víctor. Los protocolos llevan meses.

—Esta semana —repitió Sanz—. Lo anuncio esta noche a las siete y media. Si el jueves me preguntan y no existe, existirá el viernes.

Silencio al otro lado. Después, una risa corta.

—¿Esto es por lo del vídeo?

—Esto es por los menores —dijo Sanz.

—Claro —dijo el director general—. Te lo miro. Pero Víctor: que conste que me lo pides tú.

—Que conste —dijo Sanz, y colgó.

Miró a Mario. Esperó un segundo de más.

—¿Ves? —dijo—. Ya existe.

Mario asintió una vez. Sanz soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Se quedó un momento a solas con el teléfono en la mano. Abrió el navegador y escribió el nombre del instituto: la web del centro, el teléfono en la cabecera. Lo miró unos segundos. Después borró la búsqueda letra a letra, como si no la hubiera hecho.

—¿Qué dicen los nuestros? —preguntó.

—¿Los votantes? —Nadia cambió de pestaña—. En X es lo primero en tendencias desde las once. En TikTok hay ciento veinte mil vídeos con el audio. Los comentarios piden… —buscó la palabra—… contundencia.

—Contundencia —repitió Sanz, saboreándola.

Mario asomó por la puerta y se quedó en el quicio, sin entrar. Sanz lo miró un instante de más.

—Si sale que el contexto era otro, el titular no lo pone nadie —dijo Mario—. Lo pones tú, esta noche, en tu rueda de prensa.

—Lo sé —dijo Sanz—. El contexto lo pone el que llega primero. —Señaló la pantalla, donde la cifra ya rozaba los 2.900.000—. Esto no va a desinflarse, Mario. Esto va a desayunar mañana con cinco millones. Y esta vez el primero voy a ser yo.

—Prepara una rueda de prensa para esta noche, a las siete y media —dijo Sanz—. Tema: protección de los menores en los centros educativos. Y llama a los de comunicación: quiero el corte para el informativo de la noche.

—Penal no podemos —dijo Mario—. Eso es Congreso.

—Proposición de ley al Congreso —dijo Sanz, sin mirarlo—. Y que la Consejería saque el protocolo de tolerancia cero esta misma semana. Lo demás es titular.

—¿El titular? —preguntó Nadia, con el bolígrafo en alto.

Sanz miró el post-it y después a Mario.

—Tolerancia cero —dijo—. Con los agresores, tolerancia cero.

Lo dijo en voz alta para probarlo, y sonó bien. Sonó a titular.

Se quedó un momento mirando el número —2.900.000, subiendo— y sintió algo parecido al hambre, pero no era hambre. Se levantó, se ajustó la americana y fue a prepararse, dejando atrás la pregunta de Mario, que seguía en el quicio de la puerta.

En el despacho, a solas, se aflojó la corbata y miró el móvil: 2.900.000. La pregunta volvió una vez más, sin que nadie la trajera, y la archivó otra vez.

En la sala de al lado, el móvil de Nadia vibró una vez, y otra, y otra: el anuncio de la rueda de prensa ya circulaba.