El medio segundo 21 La casa en silencio
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21 La casa en silencio

Elena abrió la puerta de casa a las cuatro y diez de la tarde con las llaves temblándole un poco en la mano, del cansancio. Doce horas de noche más siete de mañana: había doblado por la baja de Sonia y llevaba diecinueve horas de pie, y el cuerpo le pedía la cama.

En el portal se había cruzado con la vecina del segundo, que subía la compra, y le había dicho hola, Elena, qué cara traes con esa alegría de quien no sabe nada. Elena le había sonreído con la cara que traía.

El piso olía a nada. A piso cerrado de octubre, a radiador todavía apagado. Los zapatos de Martín, junto a la puerta. Bien puestos, paralelos, como si alguien los hubiera colocado con cuidado para no hacer ruido.

—Martín —dijo.

Nadie contestó.

Dejó el bolso en la silla de la entrada y avanzó por el pasillo descalzándose a medio camino, una zapatilla aquí y otra allí, sin agacharse a recogerlas. En el salón, la persiana a medio bajar. Y en el sofá, Martín, tumbado de lado, de espaldas a ella, con el móvil sobre el pecho.

La pantalla se iluminó. Elena. El móvil vibró contra su esternón, una, dos, tres veces. Martín no se movió.

Elena se quedó quieta en el umbral con su propio móvil en la mano, escuchando cómo el de él vibraba a tres metros de distancia, y comprendió que su marido acababa de decidir no cogerle el teléfono teniéndola delante.

Podría haber dicho su nombre más alto. Podría haber cruzado el salón y haberle quitado el móvil de las manos y haberle preguntado qué estaba pasando, como se pregunta a un enfermo que se niega a decir dónde le duele.

En vez de eso, colgó. El silencio volvió de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta.

—¿Has comido? —preguntó al aire.

Martín no se dio la vuelta. Dijo, con la voz pastosa del que no ha dormido:

—Luego.

Elena fue a la cocina. Abrió la nevera. Las lentejas de la nota — He dejado lentejas…

Te quiero — seguían allí, en el tupper grande, con la cuchara de madera encima.

Las calentó en un cazo, sin prisa, removiendo en círculos.

Comió de pie, junto a la encimera, mirando por la ventana el patio interior.

Una vecina tendía sábanas. Un niño lloraba en alguna parte.

Mientras masticaba pensó en mañana. En las ocho de la mañana, el control, los boxes, Sonia con la cara de las malas noticias.

En las pantallas de la sala de espera, donde a veces dejaban puesto un informativo.

En las compañeras, que ya lo habrían visto todas —¿quién no lo había visto?

— y que la mirarían. Se le cerró el estómago a mitad del plato. Dejó la cuchara dentro del cazo.

En el fregadero estaba la taza del desayuno de Martín, sin lavar.

La miró un rato. Se dio cuenta entonces de algo en lo que no había pensado en todo el día: no sabía a qué hora se había ido de casa, ni adónde.

Por la mañana él había dejado que su llamada sonara hasta el contestador en una plaza, tiritando —eso lo sabía por Alicia—.

Pero entre la plaza y el sofá había un hueco de horas del que no sabía nada. Su marido tenía huecos.

Lavó el cazo y el plato. Los dejó escurriendo. Se lavó las manos —una vez, por costumbre— y se las secó en el paño de los cuadros.

Pasó por delante del cuarto de Vega. La puerta, entornada.

Dentro, la cama sin hacer, el escritorio con los apuntes abiertos, una taza con un poso de café.

Elena entró un momento y enderezó una pila de libros sin saber por qué lo hacía, con cuidado de no mover nada de sitio.

El cuarto olía a su hija: a champú y a ropa limpia.

Sobre el escritorio, el portátil cerrado.

Elena lo miró y apartó la vista enseguida, como si el portátil pudiera devolverle la mirada.

¿Qué habría visto Vega hoy? ¿En la facultad, entre clase y clase, alguien le habría puesto el móvil delante?

¿O habría sido ella la que lo buscara, a solas, con el pulgar temblando?

No lo sabía. No sabía nada de su hija desde ayer, y lo peor era que no se atrevía a preguntar.

Se quedó allí de pie, sin tocar nada más, y pensó que aquella mañana, en el hospital, entre box y box, había estado a punto de llamarla cinco veces. No lo había hecho.

Después llamó a su hermana.

Un tono, dos, tres. El contestador no: Julia contestó al tercer tono, con ruido de fondo —platos, una tele infantil—.

—¿Elena? ¿Va todo bien? Es raro que llames a estas horas.

—Sí, sí. Solo… quería oírte.

Hubo una pausa mínima al otro lado, la pausa de quien conoce a su hermana desde antes de que tuviera memoria.

—¿Y Martín?

Elena miró hacia el salón, hacia el bulto inmóvil del sofá.

—En casa. Hoy no ha ido al instituto.

—¿Está malo?

—No. Es… un asunto del centro. Ya te contaré.

No le contó nada. Hablaron de los niños de Julia, del cumpleaños de su madre el mes que viene — me preguntó por vosotros el domingo, dice que no os ve desde agosto —, de la caldera que había vuelto a fallar, durante seis minutos que a Elena le supieron a tregua.

Al despedirse, Julia dijo: —Dale un beso a Martín de mi parte.

—Se lo daré —dijo Elena. Colgó y se quedó mirando el salón, el bulto inmóvil del sofá.

Dos veces estuvo a punto de decirlo — ha salido un vídeo, dicen que…

— y dos veces se mordió la lengua a tiempo.

Y mientras hablaba del precio de las tartas y de si la caldera aguantaría el invierno, se oyó a sí misma poniendo la voz de siempre, la voz de todo bien .

Cuando colgó, se quedó con el móvil en la mano y una certeza pequeña y sucia: le había mentido a su hermana.

Y lo había hecho para protegerse ella, no a él.

A las doce de la mañana había decidido no someter a su marido a votación.

A las cuatro y media acababa de descubrir que ella tampoco se presentaba voluntaria.

Lo que quería, al llamar, no era contarlo: era oír una voz que todavía no supiera nada, y refugiarse en ella un rato. Usar a su hermana de escondite.

Bloqueó el móvil.

En la galería seguía la captura. No la había borrado. Bloqueó el móvil otra vez.

Fue al dormitorio. Se quitó los vaqueros y el jersey del uniforme y se puso la camiseta vieja de dormir, la del cuello dado de sí.

Se tumbó encima de la colcha, sin meterse dentro, con los zapatos quitados a patadas al pie de la cama.

Al incorporarse un poco para ahuecar la almohada, el cuarto se movió un centímetro a la izquierda y volvió a su sitio.

Vértigo del cansancio, se dijo. Como cuando miras al vacío desde un balcón. No le dio más vueltas.

El techo tenía una grieta fina que iba de la lámpara a la esquina, y Elena la siguió con la vista hasta que se le cansaron los ojos.

En el salón, ni un ruido. Ni la tele, ni un plato, ni una respiración que llegara hasta allí.

Pensó en despertarlo para decirle algo — estoy aquí , he visto el vídeo , tenemos que hablar — y no lo hizo. Las palabras, decidió, podían esperar a que uno de los dos tuviera fuerzas para decirlas. No decir nada era lo único que los dos sabían hacer bien desde ayer.

Cerró los ojos. El cansancio le cayó encima como una manta mojada.

La casa tenía dos personas y ningún sonido.