23 Tolerancia cero
La rueda de prensa era a las siete y media en la sede, en la sala pequeña, la de las fotos. Habían colocado el atril delante del cartel de la campaña —un cartel con una arruga en la esquina que nadie había planchado— y habían puesto cuatro sillas para la prensa, aunque vinieron nueve medios.
Sanz se ajustó la corbata mirándose en el cristal de la puerta. Azul oscura, sin estridencias. Las corbatas también votan , pensó, y se dio cuenta de que lo pensaba en serio, y eso le hizo gracia y no le hizo gracia.
Nadia le retocó el micrófono de solapa con dedos rápidos y le susurró, enseñándole el móvil:
—Tres millones y medio. Y subiendo.
—Perfecto —dijo Sanz.
En la sala pequeña, los nueve medios se acomodaban. Reconoció a dos: una agencia y la competencia, que había llegado tarde a todo y lo sabía.
Antes de salir, se quedó un segundo con la mano en el pomo.
Por la rendija: nueve medios, ningún Mario.
Al otro lado, el murmullo de los nueve medios, el clic de las cámaras probando.
Pensó en la pregunta de Mario — ¿y si es mentira?
— y en la fracción de segundo en que la había mirado de frente. Después abrió la puerta.
Salió. Los flashes hicieron lo suyo. Se sentó, cruzó las manos sobre la mesa y miró a cámara —a las cámaras— con la cara que había ensayado mil veces.
—Gracias por venir —dijo—. Voy a ser breve, porque lo importante no soy yo.
Hizo una pausa —las pausas también votan, lo sabía— y siguió.
—Esta mañana, millones de españoles han visto un vídeo de cuarenta segundos grabado en un instituto de nuestra Comunidad. —Otra pausa—. No voy a describir lo indescriptible.
—Anuncio —dijo Sanz, y notó cómo la sala se inclinaba hacia delante— que vamos a llevar al Congreso una proposición de ley orgánica de garantía de la infancia en el ámbito educativo.
Y le pedimos a la Consejería que apruebe esta misma semana un protocolo de tolerancia cero en los centros: canales de denuncia seguros y consecuencias reales para quien se salte la línea.
—¿El partido ha podido hablar con el profesor? —preguntó otro, de la primera fila—. ¿Tienen su versión?
—Estamos en contacto con todas las partes —dijo Sanz, sin pestañear.
La mentira salió redonda, profesional, sin esfuerzo. Archivó el escalofrío con todo lo demás.
—La otra frase — no lo sé, no hemos hablado con nadie — se le había formado primero, entera, y la había tragado a tiempo. El trago le supo a nada.
—¿Han hablado con la familia de la menor? —preguntó una redactora joven.
—Pedimos el máximo respeto para la familia —dijo Sanz—. Están viviendo una pesadilla. Lo último que necesitan es un circo.
La frase le salió sola, redonda. Y mientras la decía pensó que no sabía cómo se llamaba la familia. Ni la niña. Sabía el nombre del instituto, el barrio, las visitas. De la niña, nada.
Terminó con la frase del post-it, mirando a la cámara grande, la del informativo de la noche:
—Con los agresores, tolerancia cero. Gracias.
Se levantó entre flashes. En el pasillo, de vuelta al despacho, Nadia le enseñó el móvil: el corte ya circulaba, con el titular que él había dictado sin dictarlo.
Sanz anuncia una ley de protección de menores: «Tolerancia cero con los agresores».
Debajo, los comentarios se multiplicaban.
El texto del post lo había escrito ella.
Sanz lo leyó por encima y notó lo que faltaba: estamos en contacto con todas las partes no estaba. La miró. Ella no dijo nada.
Mario lo esperaba en la puerta del despacho, con los brazos cruzados.
—Bien —dijo Mario—. Muy bien.
—¿Pero? —dijo Sanz.
—No hay pero. —Mario miró el móvil, donde el contador pasaba de los 3.600.000—. Solo que esta noche vas a dormir con eso puesto. Y mañana también. Y cuando quieras quitártelo, no vas a poder.
—¿Tú crees que…? —empezó.
No terminó. Mario lo miró, esperando. Sanz negó con la cabeza.
—Nada —dijo—.
Sanz se quitó la corbata y la dejó sobre la mesa, doblada por la mitad. La miró un momento: azul oscura, sin estridencias. Mañana habría que ponérsela otra vez.