El medio segundo 18 La mano
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18 La mano

Salió del despacho con la carpeta bajo el brazo, como si fuera un día normal y la carpeta pesara lo de siempre.

En el pasillo no había nadie: las clases habían empezado y el instituto contenía la respiración detrás de las puertas cerradas.

Martín anduvo hasta el baño de profesores, entró, echó el pestillo y abrió el grifo del lavabo.

Se miró la mano derecha bajo el chorro.

Era una mano normal. Cuarenta y siete años, nudillos marcados, una cicatriz vieja en el pulgar de una lata de conservas. La mano que había puesto en el hombro de una alumna que lloraba, ayer a las once y veinticinco, en el pasillo de la segunda planta. La mano del vídeo.

La giró bajo el agua, palma arriba, palma abajo, como si la viera por primera vez. En el vídeo, la mano hacía algo. Aquí, bajo el grifo, no hacía nada. Entre una cosa y otra había cuarenta segundos de grabación y un abismo que Martín no sabía cruzar.

Cerró el grifo y se apoyó en el lavabo, mirándose en el espejo empañado.

Intentó reconstruir la mañana anterior, minuto a minuto, como si fuera un examen: el recreo, las once y cinco.

El llanto —lo había oído desde la puerta del aula—.

Nerea con el móvil en alto, riéndose. Aitana al lado.

Él cruzando el pasillo. «Eh», había dicho, o algo parecido.

Las chicas retrocediendo. Carla —¿se llamaba Carla?

Sí, Carla, de cuarto B— llorando con la espalda contra la pared.

Él la había cogido del brazo, suavemente, para apartarla del grupo.

Le había puesto la mano en el hombro. «Tranquila», había dicho, o «no les hagas caso», o nada: a lo mejor no había dicho nada.

Lo recordaba todo. Y al mismo tiempo, al lado del recuerdo, estaba el vídeo: cuarenta segundos mudos donde un hombre se inclinaba sobre una chica que lloraba y le ponía la mano encima.

El vídeo no tenía sonido, no tenía antes, no tenía después.

El vídeo era más simple que el recuerdo.

Y lo simple, notó Martín con un frío pequeño en el estómago, lo simple gana siempre.

Intentó recordar lo que había dicho. Aquello debería ser lo más fácil: las palabras propias no se olvidan.

Pero al intentarlo encontró un hueco blanco, como un diente que falta.

¿Había dicho «tranquila»? ¿«No les hagas caso»?

¿O no había dicho nada, solo la había apartado con la mano y ya está?

Lo intentó tres veces y las tres obtuvo versiones distintas, y a la tercera sintió algo peor que el miedo: la sospecha de que su memoria estaba reescribiéndose para parecerse al vídeo.

Sacó del bolsillo un bolígrafo y, en el dorso de una fotocopia vieja que llevaba en la carpeta, escribió: «Tranquila, no les hagas caso.

» Lo leyó. Lo tachó con tres rayas furiosas y debajo escribió: «Eh, venga, vamos.

» Lo leyó otra vez y tampoco lo reconoció: la letra era la suya, las palabras podían ser las suyas, pero al leerlas sentía lo mismo que al mirar una foto de grupo donde sabes que estás y no te encuentras.

Lo intentó una tercera vez — «¿Estás bien?

» — y al releerla sintió una náusea pequeña, porque aquella frase sí le sonaba, le sonaba demasiado, como si la hubiera sacado del vídeo y no del recuerdo.

Tachó también la tercera línea, dobló la fotocopia por la mitad y la guardó en el bolsillo.

Ya no intentaría recordar las palabras. Las palabras, decidió, eran lo de menos.

Recordaba, en cambio, con nitidez obscena, cosas inútiles: la risa de Nerea, aguda, por encima del hombro; el olor a lejía del pasillo recién fregado; el dossier de la caza de brujas que llevaba bajo el brazo y que se le había caído al agacharse —no, eso no: el dossier lo llevaba en la clase de primera hora, no en el recreo—.

¿O sí lo llevaba? Ya no estaba seguro ni de eso.

Se secó las manos con papel, despacio, y al hacerlo se dio cuenta de que estaba tratando su propia mano con cuidado. La dejó caer al costado.

Salió del baño. El pasillo seguía vacío. En la sala de profesores ya no había nadie —todos en clase— y su café sin probar seguía en el borde de la mesa, frío, con la cucharilla al lado. Lo tiró a la papelera. Recogió su carpeta.

En la puerta del instituto, antes de salir a la calle, sacó el móvil. Abrió el buscador. Escribió su nombre — Martín — y el teclado le sugirió el resto antes de que terminara: Martín profesor instituto vídeo .

El pulgar quedó suspendido sobre la sugerencia.

No pulsó. Guardó el móvil y cruzó la calle hasta el bar de la esquina, el de los desayunos de 2,50, porque no sabía adónde ir a las nueve menos cuarto de un jueves.

Pidió un café y una tostada y se sentó al fondo, con la carpeta en las rodillas.

En la tele del bar, sin volumen, un informativo pasaba imágenes en bucle.

Martín miró la pantalla de reojo, buscando cuarenta segundos que no aparecieron, y se sintió ridículo por buscarlos.

En la barra, dos hombres miraban el móvil de uno de ellos y se reían.

Martín apartó la vista. El camarero, al cobrarle, lo miró un segundo de más.

O eso le pareció. A esas alturas ya no distinguía.

Sacó el móvil y llamó a Elena. Un tono, dos, tres.

Saltó el contestador. Colgó sin dejar mensaje: ¿qué mensaje se deja en un contestador a las nueve de la mañana?

«Soy yo, llámame» habría sonado a emergencia.

«Tenemos que hablar» ya lo había escrito.

Escribió: Tenemos que hablar. Llámame cuando puedas.

Lo envió y se quedó mirando el doble check gris, que no se volvía azul.

Después buscó el contacto de Vega. Dudó con el dedo encima del nombre. Marcó. Al tercer tono saltó también el contestador: Hola, soy Vega, deja tu mensaje después de la señal. Colgó sin dejar mensaje.

Pagó con un billete de diez, dejó la vuelta en el platillo, como siempre, y al hacerlo pensó que estaba actuando para el camarero: mira, un cliente normal, un hombre normal.

Dejó la tostada a medias y salió. En la acera, una madre llevaba a un niño de la mano hacia el colegio de la esquina.

Martín apartó la vista de las manos —de la mano de la madre, de la mano del niño— y echó a andar sin rumbo, con la carpeta bajo el brazo.

A las diez, en una plaza, se sentó en un banco a mirar pasar a la gente.

Nadie lo miraba. Un chaval pasó con el móvil en horizontal, grabando a su perro.

Martín siguió el móvil con la vista hasta que desapareció tras unos setos.

El móvil vibró en el bolsillo: Elena. Martín miró el nombre en la pantalla y no supo qué decir, así que no dijo nada.

Dejó que sonara hasta que saltó el contestador.

Salió a la mañana, que seguía siendo una mañana normal.