19 El turno
A las nueve menos cuarto, entre box y box, Sonia la abordó en el pasillo con el móvil en la mano y la cara que se pone para las malas noticias que no son del hospital.
—Elena. Tienes que ver esto.
—¿Qué es?
—Míralo. —Sonia miró a los lados—. Es de un instituto. Dicen que es de aquí, de Madrid.
Sonia y ella llevaban seis años compartiendo turno y se leían la cara mejor que los análisis: Elena supo, antes de que abriera la boca, que aquello no era un chisme.
Elena se puso los guantes para el siguiente box y negó con la cabeza.
—Ahora no puedo, Sonia. Tengo el 4 y el 7.
—Son cuarenta segundos.
—Pues en cuarenta segundos atiendo al del 7, que lleva esperando una hora.
Sonia guardó el móvil con una expresión difícil de leer, a medio camino entre la comprensión y la decepción, y Elena entró en el box 7 a tomar una tensión, a preguntar por el dolor del uno al diez, a hacer su trabajo con las manos mientras una parte pequeña y desatendida de su cabeza registraba el dato: un vídeo, un instituto, Madrid.
La parte pequeña tiraba de la manga de la parte grande, y la parte grande seguía tomando la tensión.
En el box 6 había un hombre de unos cincuenta años con la muñeca vendada —una caída en el patio del colegio, explicó—. Mientras Elena le revisaba el vendaje, el hombre miró el móvil que vibraba en la mesilla y soltó una risita.
—¿Ha visto lo del profesor? El del vídeo. Yo soy maestro, ¿sabe? De primaria. Y le digo una cosa: yo ya ni les doy la mano. Ni la mano, oiga. Así está el patio.
Elena siguió vendando. La venda le quedó perfecta, como siempre le quedaban las vendas.
—¿Y eso? —dijo, porque había que decir algo.
—Que con un móvil te joden la vida en cuarenta segundos. —El hombre movió la muñeca vendada, probándola—. Pobre hombre, la verdad. O no tan pobre, qué sé yo. Ya no se sabe.
«Ya no se sabe.» Elena repitió la frase en su cabeza mientras anotaba. El hombre lo decía sin maldad, como quien dice «así está el patio».
Elena no contestó. Terminó la venda, anotó, salió. En el pasillo se apoyó un segundo en la pared.
En el office, a las diez, el grupo de WhatsApp del turno echaba humo.
Elena se había sentado con el café de la máquina del sótano —aguado, quemado, imprescindible— y los pies apoyados en la silla de enfrente, en la postura exacta de quien lleva doce horas de pie y no piensa levantarse hasta que la obliguen.
El cuerpo le pedía la cama con una insistencia física, como una mano tirando de ella hacia abajo.
Abrió el grupo por encima del café y vio el enlace compartido siete veces, con siete comentarios distintos encima.
¿Habéis visto esto? Qué asco. Dicen que es en Carabanchel.
Pobre chica. A estos habría que caparlos.
Elena leyó este último dos veces. Lo había escrito Maribel, la de farmacia, que en persona era incapaz de matar una mosca.
Elena la imaginó en la farmacia del sótano, entre cajas, escribiendo «caparlos» con los pulgares.
Abrió el chat de Martín y vio que le había escrito a las nueve y cuarto: Tenemos que hablar. Llámame cuando puedas. Llamó. Un tono, dos, tres. Saltó el contestador. Colgó y se quedó mirando el móvil, con el café enfriándose en la mano.
Carabanchel. Elena dejó el vaso en la mesa. Su marido trabajaba en Carabanchel. Cientos de profesores trabajaban en Carabanchel.
No abrió el enlace. Bloqueó el móvil y volvió a los boxes.
El pasillo le pareció más largo que de costumbre, como si el hospital hubiera crecido mientras miraba el grupo.
El del 7 tenía la tensión alta por los nervios.
Era un chaval de veintipocos con un esguince, que no paraba de mirar el móvil y de pedir perdón por mirar el móvil.
Elena le tomó la tensión sin decirle que se calmara —decir «cálmese» a un nervioso es como echarle agua a un incendio de aceite— y le dejó el móvil a mano.
La del 4 lloraba un poco, de alivio, porque la analítica había salido bien.
Elena hizo su trabajo con las manos y dejó que la parte pequeña de su cabeza tirara de la manga todo lo que quisiera. Ya la atendería después.
A las once, en el descanso, se encerró en el baño de personal, se sentó en la tapa del inodoro y abrió el enlace.
Cuarenta segundos. Un pasillo. Una chica llorando. Un hombre de espaldas que la apartaba del grupo y le ponía la mano en el hombro.
Elena lo vio una vez. Lo vio otra vez, con el pulgar temblando sobre la pantalla.
El hombre del vídeo llevaba una camisa azul de puños deshilachados.
Se fijó en los puños y sintió una ternura física, casi dolorosa: ella misma había intentado remendarlos dos veces, con hilo azul que no era del todo azul, y él se la seguía poniendo porque decía que le quedaba bien. «Te queda bien», le había dicho ella.
Elena se quedó mirando la pantalla apagada, viendo su propia cara reflejada en el negro. Detrás de la puerta del baño, el hospital seguía funcionando: un carro, una voz por megafonía, alguien riéndose. Ella no se movió.
Se guardó el móvil en el bolsillo del uniforme y salió a lavarse las manos. Se las lavó dos veces. El bolsillo del uniforme tenía un roto por dentro, y el móvil se le clavaba en el muslo al andar. Lo notaba a cada paso.