El medio segundo 17 El despacho
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17 El despacho

El despacho de Alicia olía a papel y a calefacción, y tenía en la pared el mapa de la Comunidad de Madrid con los institutos marcados con chinchetas de colores, como si fuera un general planificando una campaña.

Buscó el Vista Alegre sin querer y lo encontró: chincheta roja, Carabanchel.

Su instituto era un punto rojo en el mapa de alguien.

Sobre la mesa, una pila de partes sin firmar, un flexo encendido aunque era de día, y una foto enmarcada de su hijo con el uniforme del colegio.

Martín miró la foto sin querer: un niño de unos diez años con corbata, sonriendo con esfuerzo.

Alicia cerró la puerta —el clic del pestillo sonó más alto de lo normal— y le señaló la silla de enfrente sin sentarse ella todavía.

Sonó el teléfono fijo. Alicia lo miró, lo dejó sonar tres veces y lo descolgó.

—Dígame. —Una pausa—. No, ahora no puedo. Dígale que estoy en una reunión. —Colgó—. Perdona —dijo.

Martín se preguntó quién llamaba a un despacho de dirección a las nueve de la mañana un jueves. Seguro que alguien con prisa.

—Martín —dijo—. Voy a enseñarte una cosa. Quiero que la veas entera antes de decir nada.

Dejó el móvil sobre la mesa, entre los dos, y pulsó el play. Martín se inclinó.

El pasillo. La chica llorando. Él mismo, de espaldas a la cámara, apartándola del grupo: la camisa azul de los puños deshilachados, la de todos los días. Su mano en el hombro de la chica. Cuarenta segundos. Cuando terminó, Alicia no lo miró: miraba un punto de la pared, a la altura del mapa.

—¿Lo has visto? —preguntó Martín, con la voz más estable de lo que se sentía.

—Lo ha visto media España, Martín.

—¿Cuándo…? ¿Cómo…?

—Me lo ha pasado una madre del AMPA esta mañana, a las siete y media.

Dice que lleva toda la noche circulando.

—Alicia se sentó por fin, despacio—. El vídeo lo ha subido una cuenta anónima.

Martín imaginó el grupo del AMPA a las siete y media de la mañana: las madres desayunando, el vídeo pasando de mano en mano, alguien escribiendo «¿es el nuestro?

». La chica no se identifica, pero el pasillo sí.

Las puertas azules, el grafiti de la esquina. Es el nuestro.

Martín miró sus propias manos sobre las rodillas. Las tenía quietas. Le sorprendió que estuvieran quietas.

—Alicia, eso fue ayer en el recreo, de once y cinco a once y media.

La chica estaba llorando porque unas compañeras la estaban grabando para reírse de ella.

Yo la aparté del grupo y la consolé. Eso.

Nada más. —Se inclinó hacia delante—. Pregúntale a ella.

Pregúntale a Marisa, que estaba de guardia en el pasillo.

Y pasé el parte a Jefatura, Alicia: está en el Raíces.

Ayer mismo denuncié que estaban grabando a la chica.

Alicia lo miró un segundo más de lo necesario. Después negó con la cabeza, despacio.

—No te lo estoy preguntando —dijo—. Te estoy informando.

—¿De qué?

—De que hoy no entras en un aula. Con esto circulando, no puedes. —Hizo una pausa—. No es una sanción, Martín: es una protección. Para ti también.

—¿Para mí?

«Protección.» La palabra le sonó a eufemismo de los que se usan en los partes: como «incidente leve», como «diligencias previas». Tres palabras y ya no era profesor: era un caso.

—Si entras en clase con esto circulando, te linchan los padres en la puerta.

—Lo dijo sin crueldad, como quien lee una previsión meteorológica—.

Voy a abrir diligencias previas y a llamar a Inspección esta misma mañana.

Ellos decidirán si hay expediente. Hablarán con la alumna, con los testigos.

Tú no hables con nadie del centro sobre esto.

Ni con alumnos, ni con padres, ni con compañeros. ¿Entendido?

Martín asintió. ¿Con quién iba a hablar? Con Andrés, quizá, en la máquina de café. Con Marisa, que ya le había dicho lo que iba a decir. La palabra «diligencias» le sonaba a serie de televisión.

—¿Y mis clases?

—Las cubrimos con guardias. —Alicia dudó un segundo—. Martín, yo te conozco desde hace doce años. Esto… —señaló el móvil—… esto no me cuadra. Pero mi trabajo ahora no es que me cuadre. Mi trabajo es que el instituto siga funcionando mañana.

—Lo sé.

—Doce años viéndote entrar por esa puerta —dijo Alicia, más bajo, como si se lo dijera a ella misma—. Y ahora tengo que hacer como si no te conociera. Eso también es mi trabajo, parece.

Martín quiso decirle que lo entendía, y no lo dijo.

Se levantó, dando por terminada la conversación.

—Martín —dijo Alicia, cuando ya tenía la mano en el pomo—. Lo de no hablar con nadie del centro… con Marisa puedes. Pero que no salga de este despacho.

—Vete a casa. No cojas el teléfono a periodistas, si llaman. Y no entres en redes. ¿Me lo prometes?

Martín asintió. Él no tenía redes. Tenía WhatsApp, como todo el mundo, y un Instagram que no abría desde 2019. Su vida digital cabía en un grupo de vecinos que no leía.

—Alicia. —Martín se inclinó hacia delante—. ¿Puedo verlo otra vez?

Ella lo miró un momento largo. Después deslizó el móvil hacia él por encima de la mesa, como quien pasa una prueba.

—Treinta segundos —dijo—. Luego te vas.

Martín pulsó el play con un dedo que no le tembló, y eso le asustó más que si le hubiera temblado.

Se preguntó qué diría un perito de aquel dedo firme: que era un dedo inocente, o un dedo entrenado.

Los dedos no declaraban. Esta vez no miró a la chica: se miró a sí mismo.

Su espalda. Su brazo extendiéndose. La mano posándose.

Buscó en su propio cuerpo del vídeo algo que lo absolviera —una torpeza, una prisa, un gesto que se notara profesional— y no lo encontró: el hombre del vídeo se movía con una calma obscena, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Pausó en el segundo doce, donde su mano estaba a medio camino del hombro, suspendida en el aire.

Esa mano suspendida era lo peor: no consolaba ni agredía, solo existía, a medio camino.

Pensó en todas las personas que habrían pausado en ese mismo segundo: la madre del AMPA, los cuatrocientos comentaristas, su hija.

Su hija. Apartó el pensamiento como se aparta una brasa.

Devolvió el móvil. Treinta segundos exactos. Alicia lo guardó en el cajón del escritorio, no en el bolsillo: el cajón se cerró con un golpe sordo. Martín se levantó.