El medio segundo 16 La sala de profesores
16%

16 La sala de profesores

La sala de profesores tenía el olor de siempre —café recalentado, el ambientador de pino del enchufe junto a la puerta, el tupper de alguien que había explotado en el microondas— y un silencio que no era el de siempre.

Martín lo notó al cruzar el umbral: cuatro compañeros alrededor de la mesa grande, dos más junto a la ventana, y la conversación muriendo en mitad de una frase, como una radio a la que le quitan el volumen de golpe.

Martín conocía aquel silencio: era el que se hacía cuando entraba el inspector, o cuando alguien contaba que a otro lo habían denunciado.

Marisa, la de guardia, lo miró por encima de las gafas y volvió muy deprisa a unos exámenes, con una aplicación repentina.

Rosa, la de matemáticas, removía un café que ya no humeaba, mirando la cucharilla como si fuera lo más interesante de la mañana.

Los de la ventana se quedaron mirando el patio con un interés total y absoluto por el patio.

—Buenos días —dijo Martín.

—Buenos días —dijeron tres voces a destiempo, sin mirarlo. Contó sin querer: tres de siete. Los otros cuatro ni siquiera contestaron.

Dejó la carpeta en su taquilla y fue a por café a la máquina, porque no sabía qué hacer con las manos.

Las manos: ese era el problema de aquella mañana.

No sabía dónde ponerlas, si en los bolsillos o sobre la mesa, si quietas o en movimiento.

Eligió el vaso de la máquina. Mientras el vaso bajaba con su traqueteo habitual, repasó el menú de explicaciones normales que todo profesor lleva encima: un padre quejándose de una nota, un comentario en clase que alguien había llevado a casa cambiado, lo de los móviles —siempre lo de los móviles—.

La semana pasada había requisado uno en mitad de un examen y la madre había llamado.

Cosas así pasaban cada mes. Cosas así se arreglaban con una conversación.

Ensayó la conversación en su cabeza: «Mire, lo del móvil de su hijo…

». La madre contestaría lo de siempre —«es que lo necesita para avisarme»—, y él diría lo de siempre —«la norma es la norma»—.

La máquina escupió el café con su ruido de siempre. Se volvió con el vaso en la mano y sonrió, por decir algo.

—¿Pasa algo?

Nadie contestó. Marisa tosió. Uno de la ventana se frotó los ojos con concentración.

Andrés entró entonces por la puerta del fondo, con su cartera de cuero vieja y su cara de lunes.

Vio a Martín, vio la sala, y se quedó parado un segundo de más en el umbral, haciendo un cálculo visible.

Después cruzó hasta la máquina y se puso a su lado, de espaldas a los demás, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo.

—¿Has mirado el móvil esta mañana?

—No. ¿Por?

Andrés removió su café con una cucharilla de plástico.

La cucharilla temblaba un poco. Martín lo notó y decidió no notarlo, por hacerle el favor.

Andrés tenía cincuenta y cuatro años y veinticinco de instituto, y Martín lo había visto capear claustros, inspecciones y una reforma entera sin que le temblara nada.

—Míralo —dijo Andrés—. Pero no aquí. Y no… —miró a los de la ventana—… no se lo enseñes a nadie. Míralo tú solo.

—Andrés, ¿qué pasa? ¿Es lo del móvil de la semana pasada? Porque si la madre ha vuelto a llamar…

—No es la madre. —Andrés miró hacia la puerta de Jefatura, que seguía cerrada—. Martín, yo esta mañana… —empezó, y lo dejó—. Da igual lo que te enseñen. Da igual, ¿vale? Tú míralo y luego hablamos. Luego me llamas. A mí, ¿eh? No a… —señaló vagamente hacia la sala—… a estos.

—¿Que me enseñen el qué?

Andrés abrió la boca, la cerró, miró su reloj como si el reloj tuviera la respuesta, y se llevó el café a su mesa sin decir nada más.

En la mesa grande, alguien se rio de algo en voz baja —una risa corta, nerviosa— y se calló en seco, como si le hubieran pisado el pie por debajo de la mesa.

Martín miró la puerta de Jefatura: seguía cerrada.

Marisa se levantó entonces de la mesa grande con sus exámenes bajo el brazo y se cruzó con él junto a la puerta, como quien no quiere la cosa.

Tenía sesenta y dos años y treinta y ocho de instituto, y había visto pasar tres directores, dos reformas educativas y una inspección que acabó en los periódicos.

—Martín —dijo, sin bajar la voz, para que la oyeran—. Yo ayer estaba en el pasillo. En el de la segunda planta, a la hora del recreo. Vi lo que pasó.

Martín la miró.

—¿Y qué pasó, Marisa?

—Que una niña lloraba y tú la apartaste de las que se reían de ella. Eso pasó. —Se ajustó las gafas—. Y si alguien pregunta, eso es lo que voy a decir. Que lo sepas.

—¿Hay un vídeo, Marisa? —preguntó Martín, porque Andrés no había terminado la frase y alguien tenía que terminarla.

—Me lo ha dicho la de inglés, que se lo ha pasado su hija. No lo he visto. —Marisa dudó un segundo—. Martín, yo no sé lo que se ve en ese vídeo. Sé lo que vi yo. Quédate con eso.

Marisa llevaba treinta y ocho años viendo recreos, y Martín pensó que si había alguien en aquel edificio cuya palabra pesara, era la suya.

No esperó respuesta. Salió al pasillo con sus exámenes, y Martín se quedó mirando la puerta con el café frío en la mano y una gratitud tan grande que le dolió físicamente. La puerta se cerró despacio, sin golpe.

Martín sacó el móvil del bolsillo —el gesto de cien veces al día— y en ese momento se abrió la puerta de Jefatura. Pilar apareció en el umbral con una carpeta fina bajo el brazo y la cara de quien trae un papel que no quiere traer.

—Martín —dijo—. Alicia quiere verte. No en el mío: en el suyo.

«En el suyo.» No en Jefatura, con su mesa de partes y su impresora atascada: en el despacho, con el mapa y el pestillo.

La sala entera contuvo la respiración. Martín dejó el café sin probar en el borde de la mesa, guardó el móvil sin mirar —ya lo miraría después; el «después» iba a tardar en llegar— y siguió a Pilar por el pasillo, notando a su espalda cómo la conversación tardaba exactamente tres segundos en reanudarse, en voz más baja que antes.