15 El pasillo
Lo primero que notó fue que el patio estaba demasiado callado.
El patio a las ocho menos diez solía ser un gallinero: gritos, mochilas, el balón de siempre contra la verja.
Aquella mañana había grupos, había movimiento, pero el volumen estaba bajado dos puntos, como si alguien hubiera girado un mando.
Cruzó hacia la entrada y un grupo de tercero se apartó para dejarle pasar con una corrección exagerada, casi ceremonial, que le resultó cómica antes de resultarle rara.
Un chaval que siempre lo saludaba —uno de segundo, de los de atrás— miró al suelo al pasar.
Otro le sostuvo la mirada un segundo de más, con una curiosidad desnuda que no era hostil.
En el pasillo de la segunda planta, dos chicas que venían de frente bajaron la voz al verlo. Una de ellas llevaba el móvil en la mano, con la pantalla hacia él, y lo giró al pasar, como si escondiera algo.
Martín subió las escaleras pensando en la clase de ayer. La caza de brujas había funcionado —Irene saliendo la última, el «mola, profe» sin mirarlo—.
En el aula de segundo B, veintiséis sillas ocupadas y un silencio de los que pesan.
Irene no levantó la vista del dossier. El chico de la primera fila —el de los dos metros de escepticismo— miraba por la ventana con una aplicación sospechosa.
Martín dejó la carpeta, esperó a que el murmullo bajara solo, y el murmullo no bajó: ya estaba abajo.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —dijeron algunos, sin convicción.
Dio la clase sobre la marcha, con el dossier de ayer todavía caliente: las penas, los sambenitos, Salazar y sus informes que nadie leía.
Pero la clase no estaba. Los bolígrafos no se movían.
Irene tenía el dossier abierto por la página del grabado y lo miraba como si fuera la primera vez que lo veía, o como si estuviera mirando otra cosa a través de él.
Martín sintió una pérdida física: ayer, aquella chica le había dicho «mola, profe» sin mirarlo, y había sido lo mejor del trimestre.
Hoy miraba el grabado como si él fuera parte del grabado.
Quiso preguntarle qué pasaba —«Irene, ¿estás bien?
»— y no pudo. Martín la llamó por su nombre, por recuperar algo de ayer —«Irene, ¿qué era el sambenito?
»— y ella contestó «una túnica» sin levantar la vista, con la voz de quien recita una contraseña.
Ayer había dicho «mola, profe». Hoy decía «una túnica».
A mitad de la explicación, el móvil de un alumno vibró en la mochila —un zumbido largo, insistente— y tres cabezas se giraron a la vez hacia el sonido, y luego hacia Martín, con una sincronización que le puso la piel de gallina.
Entendió un segundo después: estaban comprobando si el profesor de la pantalla era el profesor de la tarima.
—¿Todo bien? —preguntó, y se arrepintió en cuanto lo dijo: sonaba a profesor de película americana.
—Sí —dijeron varios, demasiado deprisa.
Terminó la clase diez minutos antes, cosa que no hacía nunca, y los dejó salir en un silencio que ya no intentó interpretar. Nadie preguntó por qué terminaba antes. En circunstancias normales, habrían celebrado. Aquella mañana, recogieron en silencio.
En el baño de la segunda planta se mojó la cara.
En el espejo, un profesor de cuarenta y siete años con cara de no haber dormido, aunque había dormido ocho horas.
Se mojó la cara dos veces. El agua estaba fría y le supo a tubería, y pensó que ojalá el día fuera solo cansancio, porque el cansancio se dormía.
Se secó con papel y al salir se cruzó con Tomás, el de matemáticas, que venía de frente por el pasillo y al verlo giró bruscamente hacia el aula 2.
4, como si se hubiera acordado de algo urgente.
El aula 2.4 estaba vacía a aquella hora.
Martín lo sabía porque llevaba doce años en aquel pasillo.
Tomás y él habían compartido guardias, claustros y una paella del AMPA; Tomás le había pedido consejo una vez sobre un alumno.
Ahora giraba hacia un aula vacía. Martín no se lo tomó a mal.
La hora siguiente tenía primero de bachillerato.
Entró, dejó la carpeta, y un chico de la última fila —uno de esos que viven con el móvil en la mano como si fuera una prótesis— lo miró, sonrió a la vez que tecleaba por debajo de la mesa, y le enseñó la pantalla al de al lado.
Los dos se rieron por lo bajo, con la mano delante de la boca.
Martín siguió la mirada del chico hasta su propia mano, que descansaba sobre la carpeta. La retiró y la metió en el bolsillo.
—¿De qué os reís? —preguntó, y sonó más brusco de lo que quería.
—De nada, profe —dijo el chico, demasiado deprisa—. Es un meme.
Dio la clase sobre los Reyes Católicos sin mirar a nadie a los ojos, cosa que no le había pasado nunca. A mitad de la explicación, una chica de la segunda fila levantó la mano.
—¿Profe? ¿Es verdad que…? —empezó, y se calló, mirando a sus compañeros.
—¿Que qué?
—Nada —dijo la chica, y bajó la mano—. Nada, da igual.
«Da igual.» Martín asintió y notó la garganta seca, y siguió hablando de la expulsión de los judíos como si las palabras fueran una barandilla.
Mientras hablaba notó que estaba sudando, un sudor frío y pequeño en la frente, y que veintiocho pares de ojos lo miraban como se mira un experimento.
Cuando sonó el timbre salió el primero, con la carpeta apretada contra el costado como si pesara de pronto el doble.
En el pasillo, camino de la sala de profesores, se cruzó con Nerea y Aitana —las de cuarto, las del grupo del pasillo de ayer— y Nerea se quedó mirándolo fijamente, sin disimulo, con el móvil en la mano y la pantalla encendida.
Martín sostuvo la mirada un segundo. Nerea no apartó la vista.
Sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de quien sabe algo.
Siguió andando con la carpeta apretada contra el costado, como si fuera un escudo.
Al final del pasillo, junto a la puerta de Jefatura, Pilar estaba de pie, esperándolo.
No llevaba papeles, no llevaba prisa. Solo estaba allí, plantada, mirándolo venir.
La puerta de Jefatura, entreabierta, dejaba ver la luz del flexo.
Martín pensó que aquella luz llevaba encendida toda la mañana para él.
—Martín —dijo.