14 Un millón
A las seis el Slack se poblaba de iconos verdes: el turno de mañana, despierto en la cama mirando el móvil, como todo el mundo.
Brutal , escribió una compañera de economía.
Cómo lo has pillado , escribió otro. Rober escribió bien y nada más.
Lucía leyó el «bien» dos veces. Era la primera vez en tres años que Rober le escribía «bien» sin un «pero» detrás. Lo guardó.
A las seis y media, noventa mil. Actualizaba cada cinco minutos, y cada vez la certeza le pesaba un poco más en el estómago: lo había construido con sus manos y lo había firmado con su nombre.
Abrió los comentarios para moderar —era su pieza— y los leyó como se lee un parte meteorológico: «HDP», «que lo echen», «¿alguien sabe cómo se llama?
», «en el instituto de mi hijo hay uno igual».
Este último la dejó quieta un segundo: hay uno igual .
Siguió leyendo: «yo a ese lo conozco», «seguro que no es la primera», «asqueroso de mierda».
Uno pedía la dirección del instituto «para ir a esperarlo».
Tenía doscientos likes. Lucía lo dejó pasar —moderar aquello habría sido vaciar el mar con un dedal— y se anotó mentalmente la frase para el seguimiento: «los lectores piden».
Se levantó a por otro café de la máquina y se cruzó con Javi, del turno de mañana, que entraba a las siete y cuarto con la cazadora todavía puesta.
—¿La del profesor es tuya? —preguntó Javi, señalando la pantalla grande con la barbilla.
—Mía.
—Buen pelotazo. —Javi se sirvió un café—. ¿Está verificado?
Lucía tardó un segundo de más en contestar.
—El vídeo es auténtico.
—Ya. —Javi no preguntó más. Se quedó mirándola un segundo, con el café en la mano. Era la primera vez en dos años que no la miraba por encima del hombro.
Volvió a su mesa y miró la hora: las siete y veinte.
En la facultad le habían enseñado que el periodismo era contar lo que pasa.
En el periódico local donde empezó —tirada de ocho mil ejemplares, crónicas de ochocientas palabras que leía su madre y poco más— lo había creído.
Luego llegó la hipoteca, luego el ERE del papel, luego El Meridiano con su sueldo un veinte por ciento mejor y su promesa de «periodismo nativo digital».
Sin amargura. Lo había aceptado como los turnos de noche: sin creer que fueran justos y sin dejar de hacerlos.
A las siete y media llamó Rober, ya duchado, en modo mañana.
—Te hago el relevo a las ocho —dijo—. Deja preparado el seguimiento: qué se sabe, qué no, y el vídeo arriba del todo. Y Lucía… bien. Bien de verdad.
Colgó antes de que contestara. Bien de verdad. Lo repitió en voz baja, probándolo. No tenía coma ni chincheta, pero era lo más parecido en tres años.
El móvil vibró: Quique. Tía. Lo he visto.
Eres la puta ama. Te debo una cena. Lucía sonrió de verdad, por primera vez en la mañana.
Quique no quería nada: ni exclusiva, ni declaración, ni titular.
Solo una cena, como en el local. Guardó el mensaje con el «bien» de Rober, en el mismo cajón de las cosas que no se enseñan.
A las ocho menos cuarto el móvil vibró. No era el Slack: era su madre, que desde que se jubiló se despertaba con las gallinas y desayunaba con el móvil.
¿Has visto lo del profesor?
No contestó. Su madre reenviaba todo; a aquellas horas ya lo habría mandado al grupo de la familia con tres emojis de enfado.
En el grupo de la familia nadie miraba las firmas.
La mañana había arrancado: el turno completo, el dashboard en rojo vivo, el teléfono sonando.
Dos redactores discutían si el titular llevaba la interrogación en la app —la llevaba—.
Lucía se dio cuenta de que llevaba cinco horas en aquella silla y de que no se había movido más que para ir a la máquina de café, y de que no quería moverse.
A las ocho y media el contador marcó 900.000 y la curva ya era vertical: la gente lo compartía en el metro, en los atascos, en las cocinas.
A las 8:55, en el Slack, un compañero del turno de mañana escribió lo que ella ya sabía que iba a escribir alguien: lo acaban de poner en Espejo Público.
Al millón entra la tele. Lo sabía por oficio, como sabía lo del pixelado. El vídeo iba a salir de las pantallas pequeñas y entrar en las grandes, y entonces ya no habría vuelta atrás posible, porque la tele no pregunta: la tele muestra.
Se levantó y fue a la sala de descanso, donde la tele estaba puesta sin que nadie la mirara.
En la pantalla, el plató de Espejo Público: una mesa, tres tertulianos, y en el monitor lateral los cuarenta segundos en bucle, con la cara de la chica pixelada —su pixelado, reconoció Lucía con un escalofrío— y un rótulo debajo: «¿Acoso en un instituto de Madrid?
» . Un tertuliano dijo «esto es intolerable» antes de que terminara el bucle.
No esperó al final. La presentadora, con la voz grave de los informativos, dijo: «Las imágenes hablan por sí solas.
» Lucía se quedó mirando hasta que pusieron publicidad. Después volvió a su mesa.
A las 9:04 el contador marcó 1.000.000. Lucía se quedó mirando el número.
Siete cifras. Había tardado tres años en conseguir 7.
400 visitas con seis semanas de trabajo; aquel número lo había conseguido una noche sin dormir.
Abrió su página de autora en el CMS: la columna ya no estaba en rojo.
La miró un rato, la columna en negro, con el millón al lado de su nombre, y pensó en la reunión del lunes.
El director no diría nada, que era su forma de decirlo todo.
Se recostó en la silla y esperó a que el cuerpo se enterara.
Tres años detrás de aquel «bien» y ahí estaba, en la pantalla, con siete cifras al lado.
Movió los hombros, como para acomodar algo que no acababa de colocarse.
No se colocó. Releyó el «bien» de Rober en el Slack. La segunda vez sonaba más pequeño.
Lucía se quedó mirando el número. Después abrió el chat de su madre y escribió: Sí.
Lo he visto. No añadió que lo había publicado ella.
Lo pensó —teclear «la he publicado yo» y pulsar enviar— y no lo hizo.
Su madre le habría contestado con tres emojis de orgullo, y el orgullo le habría sabido a algo que no quería nombrar a las nueve de la mañana.
Con el móvil aún en la mano, abrió su contacto y dejó el pulgar quieto sobre el botón verde.
La llamó. Su madre cogió al segundo tono: «¿Qué pasa, hija?
». «Mamá, tengo que contarte…» —se oyó decir—.
«¿El qué?». «Que… a ver si llueve el finde.
Que no sé qué ponerme.» Su madre se rio. «Mira el móvil, anda.» Colgó.
Se quedó en la silla, con el dashboard en rojo vivo delante, y no se movió.