10 La edición
La habitación de Yago medía nueve metros cuadrados y olía a zapatilla vieja.
Una cama, un escritorio cojo, un póster del Real Madrid de hacía tres temporadas —los jugadores ya no eran esos, pero el póster seguía ahí, como un documento histórico— y, en la pared que daba al vecino, el televisor ajeno murmurando un concurso a través del tabique.
Toñi llegaba a las siete y media de la limpieza de las oficinas.
Eran las seis y diez. Tenía la casa para él solo, que era su forma favorita de tenerla.
Se había venido andando desde el instituto, como siempre, por el camino largo: bordeando el parque, pasando por delante del chino, cruzando la plaza donde los viejos jugaban a la petanca con una seriedad de profesionales.
Le gustaba andar solo. Había parado en el chino a mirar fundas de móvil que no iba a comprar —la suya estaba rajada desde septiembre— y el chino le había dicho «¿buscas algo?
» y él «no, mirando», y los dos tan contentos.
Pero aquella tarde no miraba escaparates. Aquella tarde repasaba.
«Tú vales.» Como si valiera para algo que te lo dijeran. Como si las palabras pagaran el alquiler, o doblaran la ropa, o te quitaran las ganas de desaparecer en clase.
Yago apretó el paso. En el bolsillo, el móvil latía contra el muslo como un animal pequeño y caliente.
Dos minutos y catorce segundos. La mano en el hombro.
El zoom. Lo había visto ya seis veces —en el pasillo, debajo de la mesa, en el baño—.
Ya no necesitaba verlo: lo tenía en la cabeza, recortado, con el «tú vales» sonando por debajo como una banda sonora.
Al cruzar la plaza, uno de los viejos de la petanca le gritó «¡eh, chaval, nos falta uno!» y los demás se rieron. Yago negó con la cabeza sin pararse. No era su tarde para jugar a nada.
Merendó de pie en la cocina —un bocadillo de chopped, un vaso de leche—, dejó el plato en el fregadero para Toñi y se encerró en su cuarto con el móvil.
Abrió la galería. VID_20261007_1122. Dos minutos y catorce segundos.
Lo vio entero una vez, con el volumen bajo.
El pasillo, las chicas riéndose, Carla llorando, el profe llegando, la mano en el hombro, los dos minutos de consuelo, el «trato», la mano levantada al final.
Visto entero, el vídeo no era nada: un profesor haciendo de profesor.
Yago lo sabía. Y también sabía que nadie veía nada entero.
La gente veía cuarenta segundos, con suerte.
Abrió el CapCut.
Primero cortó el principio: fuera las chicas riéndose, fuera Nerea con el móvil. Si se veía que había otras cámaras, la gente preguntaría por qué solo importaba la suya. Fuera.
Luego cortó el final: fuera el «gracias, profe», fuera la mano levantada, fuera la sonrisa. Si se veía que ella le daba las gracias, la gente entendería el contexto. Fuera.
Se quedó con el medio: el profe acercándose, la mano en el hombro, Carla llorando, el profe inclinado hacia ella. Cuarenta y un segundos. Lo dejó en cuarenta cerrados, porque los números redondos dan confianza.
Lo vio tres veces. Con cada pasada, el vídeo era menos lo que había pasado y más lo que parecía. La mano pesaba más. Las lágrimas brillaban más. El profe, inclinado, parecía… Yago no terminó el pensamiento. No hacía falta terminarlo. El vídeo lo terminaba solo.
Faltaba el título.
Escribió: «un profesor consolando a una alumna». Lo leyó. Era verdad y era inútil. Lo borró.
Escribió: «mirad lo que hace este profe». Lo leyó. Era carnaza barata, de esa que la gente huele a la legua. Lo borró.
Y entonces le salió solo: «el profe más majo del insti 🥰».
Lo leyó tres veces. El emoji —la carita con corazones— era lo mejor y lo peor del título: lo convertía todo en ironía, en insinuación, en «ya sabéis lo que quiero decir sin que tenga que decirlo». Era cobarde y era perfecto.
Dudó medio segundo con el dedo sobre el emoji.
Medio segundo en el que pensó —sin pensar, porque pensar habría sido peligroso— en el cuatro en rojo, en el «tú vales» dicho delante de todos, en la risita de Nerea.
Pensó también —esto sí lo pensó, un segundo entero— en Toñi, y en lo que diría Toñi si supiera lo que estaba haciendo su hijo en su cuarto a las seis de la tarde.
Y decidió no pensarlo más. El medio segundo pasó. Dejó el emoji.
El pulgar se quedó quieto encima de «Publicar».
La casa estaba vacía —Toñi no llegaba de las oficinas hasta las siete y media— y el silencio se oía: la nevera, el concurso del vecino al otro lado del tabique.
Yago miró el botón un segundo, dos, tres.
Que lo miraran. Eso era lo único que quería: que lo miraran una vez, aunque fuera así.
Pero debajo del pulgar el vídeo esperaba, cuarenta segundos, y de golpe lo notó como un pinchazo: una vez arriba, aquello ya no sería suyo.
La gente miraría lo que quisiera mirar, y él no iba a estar allí para decirles qué ver.
El pulgar le temblaba. O se lo parecía.
Lo pulsó.
El vídeo subió con la ruedecita gris dando vueltas, y de pronto estaba ahí, en su perfil, entre un vídeo de su primo con el perro y una captura de un videojuego. «el profe más majo del insti 🥰». Cuarenta segundos. Cero visualizaciones.
Yago dejó el móvil sobre el escritorio y fue al baño. Cuando volvió, un minuto después: 3 visualizaciones.
Se sentó en la cama. Actualizó: 11.
Se tumbó. Actualizó: 29.
Se incorporó de golpe, con el corazón haciendo algo raro en el pecho. 29 personas. Veintinueve desconocidos habían mirado, en un minuto, lo que él había recortado aquella tarde. Actualizó otra vez: 47. Sus cuarenta y siete seguidores, todos, y alguno más.
—No jodas —dijo en voz alta, a la habitación vacía.
Actualizó: 68. 94. 121.
Los números subían solos, sin que él hiciera nada, como si el vídeo tuviera vida propia y hubiera decidido vivirla deprisa. Yago sintió algo que no había sentido nunca: una especie de vértigo cálido, como estar en lo alto de algo y mirar abajo.
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A las siete y pico, en el pasillo de la facultad, Nora —la de los apuntes en tres colores— le puso el móvil delante a Vega.
—Mira esto, que es buenísimo.
Cuarenta segundos. Un pasillo de instituto, una chica llorando, un profesor que le ponía la mano en el hombro. El título: «el profe más majo del insti 🥰». Vega lo vio entero. El vídeo se repetía solo y lo vio otra vez: la mano bajando al hombro, la chica que no se apartaba.
—¿De dónde es? —preguntó.
—De un insti de Carabanchel, creo. Lo ha pasado no sé quién.
Nora ya se reía con otra cosa. Vega le devolvió el móvil. Al profesor solo se le veía de espaldas; a la chica no la conocía de nada. Cuarenta segundos de un sitio que no era el suyo, de gente que no era su gente.
—Qué mal rollo —dijo, porque había que decir algo.
La mano se le quedó en la cabeza un rato, como se queda una canción, y a los cinco minutos ya no pensaba en ello.
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A las siete y media oyó la llave de Toñi en la cerradura y escondió el móvil debajo de la almohada, por reflejo, como cuando tenía ocho años y jugaba a algo prohibido.
Su madre entró en la cocina, dejó las bolsas, puso la radio —un programa de copla que escuchaba desde joven y que Yago fingía odiar—.
La normalidad de siempre, a dos metros de lo que estaba pasando en su pantalla.
—¿Qué tal el día? —gritó Toñi desde la cocina.
—Bien —gritó Yago, que era la respuesta oficial para todo.
Yago cenó con ella —lentejas recalentadas, ella contándole algo de una clienta que había intentado pagar con un billete roto— con el móvil en el bolsillo del pantalón, vibrando de vez en cuando contra el muslo.
Toñi contaba lo del billete roto con la gracia de quien lleva todo el día de pie y aun así encuentra algo que contar, y Yago asentía con la boca llena, y cada vibración en el muslo era un recordatorio de que aquella cena —la de siempre, la buena— estaba pasando al lado de otra cosa que ya no podía parar.
Cada vibración era una notificación: un «me gusta», un comentario, un seguidor nuevo.
No las miró delante de ella. Las guardaba, como se guardan los regalos para abrirlos después.
Toñi, que lo conocía mejor de lo que él creía, lo miró dos veces por encima de la cuchara, pero no dijo nada.
A las once, en la cama, con la luz apagada, abrió la aplicación por última vez.
1.842 visualizaciones.
Mil ochocientas cuarenta y dos personas.
Más que todo su instituto junto. Más que toda su calle.
Abrió los comentarios: eran demasiados para leerlos todos, pero leyó los primeros.
El primero decía: «pero esto qué es ? ? ».
El segundo: «denunciadlo ya». El tercero: «pobre chica, se le ve la cara de miedo».
Yago leyó «se le ve la cara de miedo» dos veces.
En el vídeo original, Carla no tenía cara de miedo: tenía cara de llorar.
Apagó la pantalla y se quedó mirando el techo en la oscuridad, con el corazón todavía acelerado.
El profe, su cara de buena gente repartiendo exámenes.
El cuatro doblado en ocho partes en el bolsillo de su pantalón, ahí en la silla, junto a la cama.
Nerea riéndose. Y —esto sí, con todas las letras, aunque después diría que no—: a ver qué cara ponía el profe cuando lo viera. Cuando lo vieran todos.
En la mesilla, el móvil volvió a vibrar, y otra vez, y otra: 1.900, 1.947, 2.003.
Se durmió con el teléfono en la mano, como se duerme con algo valioso.
En la mesilla, la pantalla se encendía sola cada pocos segundos, bañando el cuarto en una luz azul y silenciosa: 2.140. 2.311. 2.590. Yago la miraba con un ojo abierto, sin despertarse del todo, como se mira un marcador cuando tu equipo va ganando y no quieres gafarlo.
El vídeo seguía subiendo, solo, mientras él dormía.