11 La guardia
«Un profesor, ¿acosando a una alumna en un instituto de Madrid?»
Lucía dejó el vaso de la máquina de vending —café aguado, un euro, el impuesto nocturno— y abrió el enlace.
Llevaba tres años pagando aquel impuesto y todavía no sabía si le salía a cuenta.
La redacción de El Meridiano a esas horas era un open space a medio apagar en una segunda planta de Tetuán: veinte mesas vacías, la suya con dos pantallas encendidas, y en la pared del fondo el dashboard de Chartbeat parpadeando en verde y rojo como un electrocardiograma.
Aquella noche, casi todo estaba verde. Casi todo estaba muerto.
Le tocaba la guardia de la semana. La guardia consistía en vigilar que internet no hiciera nada interesante mientras ella intentaba no dormirse, con el cepillo de dientes en el cajón por si la noche se alargaba.
A las tres de la mañana pasaba la mujer de la limpieza con el carro, sin mirarla.
Lucía la saludaba siempre y ella contestaba sin levantar la vista del carro.
El aire acondicionado zumbaba para nadie.
Internet había hecho algo interesante.
—Hijos de puta —dijo en voz alta. Dieciséis minutos.
El redactor de guardia de la competencia llevaba despierto desde las dos y media por el mismo motivo que ella: porque alguien tenía que estarlo.
Lucía lo imaginó en su silla, con su propio café de máquina.
No lo odió: lo envidió un segundo. Él ya había decidido.
Abrió el canal #portada del Slack y subió hasta arriba.
Tres meses atrás, Rober había escrito dos palabras y las había fijado con la chincheta: Bien, Javi.
Dos palabras, un nombre y una coma. Lucía había vuelto a aquel mensaje cuatro veces desde entonces, de noche, y cada vez le había dado un poco de vergüenza.
En tres años, su nombre no había aparecido ahí ni una vez.
Miró el reloj: las 2:51. Imaginó el mensaje de mañana a las ocho: Bien, Lucía.
Con la coma. La coma era lo importante: la coma quería decir que Rober se había parado a respirar antes de escribir el nombre.
Y debajo, más pequeña, otra imagen: su madre a las ocho, con el café, abriendo en el grupo de la familia el enlace que alguien habría reenviado.
Mirad a mi niña. Las dos cosas a la vez: la coma de Rober y el orgullo de su madre.
Llevaba tres años sin conseguir las dos a la vez.
Cerró el Slack y abrió su página de autora en el CMS: sus últimas tres piezas —un reportaje sobre los alquileres en Vallecas, una entrevista a una concejala de urbanismo, un tema de listas de espera en sanidad— marcaban 4.
000, 2.300 y 1.100 visitas. Números de nicho.
En la reunión de los lunes, el director había puesto su columna en rojo sin decir nada, que era peor que decirlo.
En el periódico local, su madre leía cada crónica de ochocientas palabras con el café de las ocho y la reenviaba al grupo de la familia: mirad a mi niña .
Ocho mil ejemplares de tirada y una lectora que lo leía todo.
En El Meridiano, su madre no le había reenviado nada en tres años.
Lucía no se lo había reprochado nunca. Tampoco ella le había mandado nada.
Seis semanas de trabajo, 7.400 visitas. El vídeo del profesor llevaba 200.000 en tres horas sin que nadie se hubiera levantado de la silla.
Cerró la página. Aquella noche no iba a necesitar el cepillo de dientes del cajón. Lo supo.
Después abrió los comentarios de la pieza de la competencia: cuatrocientos en dieciséis minutos.
Veinticinco por minuto, uno cada dos segundos y medio.
Lucía hizo la cuenta y pensó que ni en la final del Mundial se escribía tan deprisa.
Los leyó en diagonal, como se lee un parte de guerra: «HDP», «que lo cuelguen», «¿alguien sabe el nombre?
», «pobre niña». Ni una pregunta. Ni un «¿y si no es lo que parece?
». Cuatrocientos comentarios y la duda no aparecía en ninguno.
Cerró la página. Después abrió el vídeo original.
Cuarenta segundos. Un pasillo de instituto, imagen movida, zoom tembloroso.
Una chica llorando —no más de dieciséis, calculó por oficio, y el cálculo le encendió una alarma pequeña y profesional en la nuca: menor, pixelar, no identificar el centro— y un hombre de unos cuarenta y tantos que la apartaba del grupo y le ponía la mano en el hombro.
La chica se dejaba hacer. El hombre decía algo que no se oía. Corte.
Lucía lo vio dos veces. La segunda, con el sonido al máximo y la imagen a pantalla completa, buscando lo que no estaba: el antes, el después.
Congeló un fotograma donde se veía, al fondo, el borde de un tablón de anuncios.
Amplió hasta que los píxeles se hicieron cuadrados.
Nada legible. Anotó mentalmente: tablón, pasillo ancho, luz fluorescente.
Instituto público, casi seguro. Era el tipo de detalle que en una redacción normal habría bastado para una tarde de trabajo.
A las tres de la mañana, era solo una nota mental.
No había antes ni después. Había cuarenta segundos y un título: «el profe más majo del insti 🥰».
Abrió la cuenta que lo había subido. Anónima.
Cuarenta y siete seguidores. El vídeo, en cambio, llevaba doscientas mil visitas y subía a un ritmo que el contador apenas podía seguir: 200.
431, 200.890, 201.205. En la columna de «trending» del dashboard ya aparecía tercero, con una flecha roja hacia arriba.
Abrió la pestaña de fuentes, por deformación profesional: el sesenta por ciento del tráfico de la última hora venía de un solo tuit, publicado a la una y media por una cuenta con doscientos mil seguidores —el vídeo incrustado y el texto «mirad lo que hace este profesor con una alumna»—.
Treinta y ocho mil likes. Así se había producido el salto: 2.
590 visitas a las once de la noche, doscientas mil a las tres de la mañana.
Bio con bandera, doscientos mil seguidores, especialidad en indignación ajena: desahucios un día, perros abandonados otro, profesores al siguiente.
Un empujón y la pendiente hacía el resto.
Se recostó en la silla y se frotó la nuca. Conocía aquel ritmo. Lo había visto una docena de veces en tres años. Por la mañana sería portada en todas partes o no sería nada. Y su columna estaba en rojo.
Abrió el Slack de la redacción y subió hasta el mensaje anclado de arriba del todo, el que había escrito el defensor del lector hacía dos años y que nadie había desanclado desde entonces: Protocolo de verificación: 1) Fuente original identificada.
2) Doble confirmación independiente. 3) Versión de todas las partes. 4) Menores: pixelado obligatorio.
Lo leyó entero, por primera vez en meses. La última vez que alguien lo había citado: ocho meses atrás, un becario, a propósito de un bulo. El becario ya no estaba. El defensor se había prejubilado hacía un año; su mensaje anclado era lo único que quedaba de él.
Lucía miró el reloj: 2:53. A las siete entraba el turno de mañana con el café de verdad y las ojeras de verdad, y para entonces esto sería una portada con su firma o una portada con la firma de otro.
Miró el dashboard: 204.902. Miró la pieza de la competencia, ya con cuatrocientos comentarios.
Miró una vez más el mensaje de la chincheta: Bien, Javi.
Alineó los tres bolis del portabolis por orden de tinta, del más gastado al menos gastado: una manía del local que le había sobrevivido a tres redacciones.
Cogió el móvil y escribió en el grupo de la redacción: «¿Estáis viendo esto?». Lo borró antes de enviarlo. Levantar la mano a las tres de la mañana era comprometerse. Lo volvió a escribir y lo envió.
No esperó respuesta. En el dashboard, el vídeo subía otro puesto en trending. Segundo. La flecha roja ya no era una flecha: era una pared.