El medio segundo 9 El cuatro
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9 El cuatro

La sexta hora era historia con cuarto B, y Yago la afrontaba como se afronta una cita con el dentista: sabiendo que va a doler y que no puedes escaquearte.

El aula a última hora tenía la luz cansada de la tarde y el aire viciado de treinta respiraciones.

Los radiadores todavía no funcionaban —la calefacción entraba el quince de noviembre, decía el aviso— y había quien llevaba la chaqueta puesta a las cuatro de la tarde.

Yago se sentó en su sitio —última fila, junto a la ventana— y miró por la ventana mientras entraban los demás: Nerea y Aitana, riéndose de algo del móvil, con esa risa que ya no se molestaba en disimular; Carla, dos filas por delante, con la cara todavía un poco hinchada del recreo; Hugo, el repetidor, con los cascos al cuello.

Martín entró con un montón de exámenes bajo el brazo y la cara de los días buenos.

—Bien en general —dijo, dejando el montón en la primera mesa—. La media ha subido. Seguid así.

Los exámenes circularon de mano en mano.

El montón avanzaba hacia el fondo de la clase.

Yago contó los que quedaban: tres, dos. Nerea: 7,5, recibido con un encogimiento de hombros.

Aitana: 6, con un suspiro de alivio. Carla: 8, doblado con cuidado y guardado en la carpeta.

Hugo: 3, que celebró como si fuera un 10, levantando el examen por encima de la cabeza.

La clase se rio. Hasta Martín sonrió. Yago miró a Hugo con una envidia breve. Él, con un cuatro, solo sabía doblar.

Yago miró el suyo con el rabillo del ojo, como se miran las malas noticias.

Un 4. En rojo. Con dos subrayados. Debajo, la letra de Martín: «Hay que currárselo un poco más. Tú puedes.»

«Tú puedes.» Yago imaginó a Martín escribiendo aquello en treinta exámenes, con la misma letra, como quien firma. A lo mejor lo escribía en todos los cuatros. A lo mejor había una plantilla. La idea de que su fracaso viniera con plantilla lo puso peor.

La noche anterior, en vez de repasar el tema tres, había ayudado a Toñi a doblar la ropa de la semana —montañas de uniformes del súper— y se había dormido encima del libro, con la mejilla pegada a la crisis del 29.

Los uniformes olían a suavizante y a jornada partida.

Toñi doblaba a una velocidad imposible, sin mirar, mientras veía un concurso en el móvil apoyado en el microondas.

«Tú estudia, que yo termino», le había dicho, y él había abierto el libro en la mesa de la cocina, entre una pila de polos azules y otra de pantalones.

A la tercera página, la crisis del 29 se había convertido en una almohada.

Se había despertado a las dos de la mañana con la mejilla marcada por el lomo del libro y Toñi tapándolo con una manta, sin despertarlo, porque despertarlo habría sido admitir que aquella no era hora de estudiar sino de dormir.

Yago dobló el examen por la mitad. Y otra vez. Y otra, hasta convertirlo en un cuadrado pequeño y denso, un origami de fracaso. Notó que las manos le temblaban un poco y las metió debajo de la mesa.

—Yago —dijo Martín, desde la mesa—. No te desanimes, ¿vale? El cuatro no es el fin del mundo. Pero tienes que ponerte las pilas, que tú vales.

Lo dijo en voz alta. Delante de todos. Con esa sonrisa de profesor bienintencionado.

El silencio duró medio segundo. Después, Nerea, dos mesas más allá, soltó una risita corta. Otro se rio por contagio. Otro más. Martín no lo oyó, o hizo como que no lo oía, y siguió con la clase, con la corrección de la pregunta tres.

Yago no oyó la corrección. Oyó solo la frase, en bucle: «tú vales».

En la pizarra, Martín escribía las fechas de la crisis del 29 con su letra de profesor —1929, crac, jueves negro— y cada fecha era un clavo más en el cuatro.

Yago miró la pizarra sin verla. La humillación no estaba en el cuatro —el cuatro se lo había ganado—.

Estaba en el «tú vales» dicho delante de treinta personas, con la cara ardiéndole, con las manos temblándole debajo de la mesa como si fueran de otro.

Porque Martín no entendía que «ponte las pilas» era fácil decirlo cuando tenías una nevera con una nota que ponía «te quiero».

Había casas donde estudiar era lo normal y casas donde era un lujo.

Para algunos, las pilas no se ponían: se compraban, y costaban dinero.

Y había algo más, algo peor que la vergüenza: la certeza de que Martín no lo había hecho con mala intención.

Si lo hubiera hecho para humillarlo, Yago habría podido odiarlo limpiamente.

Pero no: lo había hecho porque de verdad creía que «tú vales» ayudaba.

Esa era la parte que no se podía perdonar: que te destrozaran sin querer, como quien pisa un insecto sin mirar.

Pensó en Toñi doblando uniformes a las once de la noche para que él pudiera estudiar la crisis del 29, y en él durmiéndose encima. Y Martín, con su «tú puedes», acababa de restregárselo por la cara delante de treinta personas.

La rabia le subió por el cuello como una fiebre. Metió la mano en el bolsillo y tocó el móvil. Caliente, como si llevara todo el día esperando.

Y entonces, en medio de la corrección de la pregunta tres, el vídeo. Los dos minutos y catorce segundos. La mano en el hombro. El zoom.

Lo vio en su cabeza con una claridad repentina: el pasillo, el profesor, la chica llorando, la mano. Dos minutos y catorce segundos de un señor mayor tocando a una alumna de dieciséis años. Eso era lo que se veía. Lo que no se veía —el llanto, las chicas riéndose, el «respira»— no se veía.

No fue una decisión. Fue como ver una puerta entreabierta y que el cuerpo se mueva solo. El cuatro en rojo, el «tú vales», la risita de Nerea: todo encajó con un clic silencioso. Que se rieran de él. Que supiera lo que era.

Sacó el móvil debajo de la mesa. Abrió la galería. VID_20261007_1122. La miniatura: el pasillo, dos figuras. Nada. Todo.

—Yago, ¿me sigues? —dijo Martín.

—Sí, profe —dijo Yago, guardando el móvil—. La crisis del 29. Muy interesante.

Nerea se volvió medio segundo y le guiñó un ojo, cómplice de nada. Yago le sostuvo la mirada hasta que ella la apartó. Que se rieran. Y notó que la rabia, por primera vez en todo el día, tenía una dirección.

Cuando sonó el timbre, Yago fue el último en salir, como siempre. En el pasillo vacío se detuvo delante de la pared del fondo, donde aquella mañana había pasado todo. Golpeó la pared con los nudillos, como si llamara. Nadie contestó, claro. Sacó el móvil. Le dio al play.

Vio la mano. Vio el hombro. Vio el zoom que él mismo había hecho, el temblor del pulso ampliando lo que no debía ampliarse.

Vio a la chica —Carla, la del ocho— y por un momento casi sintió lástima.

Dos minutos y catorce segundos después, lo paró, se lo guardó en el bolsillo y se fue a casa andando, con el cuatro doblado en ocho partes en el bolsillo de atrás del pantalón.

En el camino, metió la mano en el bolsillo de atrás y tocó el cuadrado de papel, duro como una piedra pequeña. Lo apretó. Era suyo, al menos.

Ya sabía lo que iba a hacer. Solo faltaba hacerlo.