8 El zoom
Yago grababa todo. No por nada en concreto. Era simplemente que su móvil era el único sitio donde las cosas, al mirarlas después, parecían tener algún sentido.
Aquella mañana Toñi lo había echado de casa a las siete menos diez, como cada día: Toñi entraba a las siete en el supermercado —caja tres, la de la esquina— y no quería que Yago llegara tarde otra vez.
Él había desayunado un vaso de leche de pie, con la mochila ya puesta, mientras ella se pintaba la raya del ojo en el espejo del pasillo con la prisa de quien lleva toda la vida llegando justa a todas partes.
—Pórtate bien —le había dicho, como cada día.
—Siempre —había contestado él, como cada día. Era su chiste privado. Ninguno de los dos se reía ya, pero seguían diciéndolo.
El piso era pequeño y olía a lejía y a café recalentado.
En la nevera había una foto de Yago con ocho años y un diente menos, disfrazado de pirata en carnaval.
Toñi decía que era su foto favorita. Yago la odiaba: aquel niño sonreía como si el mundo fuera un sitio amable.
A veces miraba la foto y sentía una lástima rara, como si el niño fuera otra persona a la que le hubieran prometido algo que no iban a cumplirle.
Luego se acordaba de que era él y la lástima se convertía en otra cosa, más seca.
Había llegado al instituto a las siete y media, con una hora por delante, y se había quedado en el pasillo de la segunda planta, apoyado en la pared del fondo, matando el tiempo.
Tenía cuarenta y siete seguidores en la plataforma.
Cuarenta y siete. Su primo pequeño tenía doscientos y subía vídeos de su perro roncando.
Doscientos. El perro roncando tenía cuatro veces más público que él.
Yago había hecho las cuentas: para llegar a doscientos necesitaría cuarenta años, o un perro, o algo que la gente quisiera mirar.
Para matar el tiempo, había grabado cosas: la persiana del aula subiendo a trompicones, un profesor bostezando en la sala de profesores —sin que lo viera—, sus propias zapatillas andando por el pasillo, en plano cenital, que quedaba sorprendentemente bien.
Su galería era un archivo de la nada: cientos de vídeos de nada.
A las ocho había tenido lengua, y se había pasado la hora mirando por la ventana y pensando en el examen de historia de la tarde.
A las nueve, matemáticas: la profesora explicando ecuaciones y él dibujando en el margen del cuaderno un dragón que le salía cada vez peor.
En ninguna de las dos clases le habían preguntado nada.
En ninguna de las dos clases nadie se había dado cuenta de que estaba.
A las once y veinte, en el recreo, se había quedado en la segunda planta en vez de bajar al patio —el patio era para los que tenían con quién estar— y se había apostado en el quicio de la puerta del aula de música, vacía a aquellas horas, con el móvil pegado al marco.
Los móviles estaban prohibidos en todo el recinto desde el año pasado; grabar a escondidas era la mitad de la diversión.
Grabó a Nerea y a Aitana riéndose porque eran guapas y daban buen plano. Grabó a Carla llorando porque el contraste quedaba bien.
Y entonces llegó el profe.
Yago lo conocía de vista: historia, cuarto B, el del examen de la semana pasada. El profe dijo algo que Yago no oyó —estaba lejos, medio tapado por el marco— y las chicas se fueron, y el profe se quedó con Carla, y le puso la mano en el hombro, y la apartó hacia la ventana.
Yago hizo lo que hacía siempre sin pensar: zoom.
El zoom no era un capricho: era necesario. Desde el quicio, a quince metros, sin zoom no se veía nada.
El zoom cambió todo. Sin zoom, la escena era un profesor hablando con una alumna que lloraba, una escena de instituto de las de todos los días.
Con zoom —con aquel zoom tembloroso de móvil barato, que pixelaba un poco los bordes—, la escena era otra cosa: una mano grande en un hombro pequeño, una chica llorando con la cara vuelta, un hombre inclinado hacia ella.
Yago miró la pantalla y luego miró la escena real, y luego otra vez la pantalla.
En la realidad, el profe le estaba diciendo algo a Carla —«respira», le pareció oír— y ella se reía un poco, de esa forma húmeda.
En la pantalla, sin sonido, sin antes ni después, no había risa: había una chica llorando y una mano.
Sintió algo raro en el estómago, como cuando encuentras dinero en un bolsillo que no es el tuyo. No se dijo «esto es algo». Se dijo, con la precisión de los dieciséis años: «esto se ve raro».
Siguió grabando hasta que el profe se fue hacia la máquina de café y Carla hacia las escaleras. Dos minutos y catorce segundos. Lo guardó en la galería con el nombre automático —VID_20261007_1122— y se lo quedó mirando un rato en miniatura, aquel rectángulo pequeño con un hombre y una chica.
En casa, Toñi estaría ya en el supermercado, en la caja tres, sonriendo a gente que no la miraba.
Después hacía horas de limpieza en unas oficinas hasta las siete, y llegaba a casa con los pies destrozados y la cena a medio hacer.
Yago le había preguntado una vez si no estaba cansada y ella le había dicho «los cansados no preguntan».
Su padre se había ido cuando él tenía nueve años.
No hubo drama, ni portazo: un día estaba y al siguiente no, como un mueble que se llevan a otra casa.
Desde entonces existía solo en forma de Bizums que no llegaban y de un «felicidades, campeón» por WhatsApp cada cumpleaños, siempre dos días tarde.
Yago había dejado de contestar a los dieciséis.
No por rencor. Por aritmética: para qué.
En el instituto era invisible con carnet.
No era el gracioso, ni el listo, ni el problemático: era el del fondo, el que nunca levantaba la mano, el que los profesores miraban por encima como se mira un mueble.
En cuarto B había un Yago-shaped hole donde debería haber un alumno.
Solo Nerea se acordaba de que existía, y solo para pedirle los apuntes.
Pero con el móvil en la mano, Yago no era invisible. Con el móvil en la mano, era el que miraba. Y lo que miraba, aquella mañana, era un rectángulo de dos minutos y catorce segundos donde un profesor ponía la mano en el hombro de una alumna que lloraba.
Lo vio tres veces seguidas, allí apoyado en la pared del fondo, mientras el pasillo se vaciaba hacia el patio. A la tercera, sonrió sin saber por qué.
Guardó el móvil en el bolsillo y bajó al patio, silbando entre dientes. Todavía no sabía lo que tenía. Pero sabía —con la certeza física de los dieciséis años— que tenía algo.
En el patio compró un bocadillo de tortilla en el quiosco —uno cincuenta, el de siempre— y se sentó en el bordillo de la pista, lejos de los grupos.
Grabó el bocadillo en primer plano, el mordisco, el patio al fondo: material para nada, como siempre.
Pero esta vez, entre toma y toma, abría la galería y miraba la miniatura del vídeo del pasillo.
Dos minutos y catorce segundos. Lo tenía ahí, en el bolsillo, como una moneda caliente.