El medio segundo 7 Lo que pasó
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7 Lo que pasó

Carla se enteró de lo de la captura a las nueve y media, en clase de matemáticas, por el zumbido de un móvil —el de Dani, dos pupitres por delante—, y luego otro, y otro más, como palomitas.

La profesora se detuvo en mitad de una ecuación, localizó el sonido y tendió la mano sin decir nada.

Dani entregó el móvil con una sonrisa de circunstancias: la norma era clara desde el año pasado, móviles apagados en todo el recinto.

El móvil iría al cajón de Jefatura hasta el viernes.

Todo quedaba registrado en el Raíces: hasta el castigo tenía acta.

La clase contuvo la respiración. Cuando sonó el timbre del cambio de hora, veinte móviles salieron de veinte bolsillos a la vez.

No hizo falta que nadie le dijera nada. Cuando veinte personas miran el móvil y luego te miran a ti, ya sabes.

Nerea la había subido al grupo de la clase a las nueve y veintisiete.

La captura era de la conversación de Carla con Dani, de la noche anterior: ella escribiendo «porfa no me dejes, porfa, te lo pido», él contestando «es que necesito pensar», ella «vale, piensa, pero no me dejes», él el doble tick azul del que ya no vuelve.

Debajo de la captura, Nerea había escrito: «JAJAJAJA mirad a la desesperada».

Y luego un audio de Aitana riéndose que Carla no llegó a abrir.

Lo peor no fue la captura. Lo peor fue darse cuenta de que Nerea la tenía guardada desde hacía semanas —Dani se la había pasado a un amigo, el amigo a Nerea—, esperando el momento.

Semanas. Mientras Carla le preguntaba a Nerea por los deberes, mientras compartían banco en el patio, Nerea tenía aquello en el bolsillo, como una navaja cerrada.

Y Dani. Dani se la había pasado a un amigo —¿cuándo?

¿riendo? ¿picado?—, y Carla repasó la noche anterior buscando el momento en que su novio se había convertido en un remitente, y no lo encontró: un día te escriben «es que necesito pensar» y al día siguiente tu «porfa no me dejes» está en el grupo de la clase.

El momento había sido aquella mañana, sin motivo, por aburrimiento.

Eso era lo que más dolía: no el odio, el aburrimiento.

El odio, al menos, te elige. El aburrimiento te usa y te tira.

Aguantó hasta el recreo. En clase de lengua se sentó muy recta y miró a la pizarra sin verla, y cuando la profesora le preguntó si estaba bien dijo «sí» con una voz que no era la suya.

A su lado, Marta —su amiga desde primaria, la de las pulseras a juego— no dijo nada.

Ni una palabra en toda la hora. Carla miró las pulseras —la suya, roja; la de Marta, azul—.

Después, en el pasillo, Marta le diría «es que no sabía qué decir», y Carla le diría «ya».

En el pasillo, entre una clase y otra, oyó a alguien decir «la desesperada» por lo bajo y notó la risa contenida como una ola que pasaba.

En el baño se encerró en el tercer retrete —el de la puerta que cierra mal— y lloró un minuto exacto.

Se sonó con papel higiénico, que raspa, y se miró en el espejo rajado del lavabo: ojos rojos, cara de mapa. «Estupenda», se dijo, y casi se rio.

Salió del baño con la cara lavada y los ojos hechos polvo. Y entonces, en el pasillo del fondo, se las encontró: Nerea y Aitana, esperándola.

—Mira quién viene —dijo Nerea, levantando el móvil—. La protagonista.

Aitana se rio. Carla quiso pasar de largo, quiso ser digna, quiso ser de esas tías que pasan de largo. Pero las piernas no le obedecieron y los ojos se le llenaron otra vez, y oyó su propia voz salir en un sollozo pequeño y asqueroso que odió en el acto.

—Está llorando, miradla —dijo Nerea, acercando el móvil—. Saluda a tus fans, desesperada.

Y entonces pasó lo único bueno de aquella mañana.

Una voz de hombre —cansada, normal— cortó el aire, y las chicas se fueron: Nerea bajando el móvil despacio, con esa cara de «yo no he hecho nada» que ponía siempre.

Carla no registró las palabras, solo el tono: bajo, sin prisa.

De pronto estaba a solas con Martín, el profesor de historia, el de cuarto B.

Lo conocía, claro que lo conocía: era el de los exámenes corregidos con dos subrayados, el de las clases que no dolían.

Él le preguntó algo —¿que si estaba bien?— y ella negó con la cabeza.

Y entonces notó la mano en el hombro.

Carla lo recordaría después con una precisión absurda: pesaba lo justo, ni mucho ni poco.

No era la mano de su padre —su padre no ponía la mano en el hombro, su padre ponía la mano en la cartera—.

La apartó de la pared hacia la ventana, le dijo algo —«respira», quizá— y ella respiró, y se rio sin querer, ese sonido húmedo de cuando el cuerpo no sabe qué hacer, y le dio las gracias, y él siguió hablando —tutorías, orientadora, no sé qué— y ella dijo «vale» a todo, y todo duró dos minutos.

Dos minutos.

Se alejó hacia las escaleras fingiendo normalidad, se volvió, levantó la mano.

Él se la devolvió. En el baño del patio se miró al espejo —ojos rojos, cara de mapa— y se recompuso como pudo con papel higiénico.

Miró el grupo de la clase: 63 mensajes. No los leyó.

Apagó las notificaciones del grupo, que era lo más parecido a un acto de guerra que se atrevía a hacer.

El grupo seguiría sin ella. Lo sabía. En el grupo se diría «qué exagerada», se mandarían stickers, alguien pondría «pobre» con tres eses irónicas.

Y mañana habría otro tema. No vio al chico del fondo del pasillo.

No vio ningún móvil aparte del de Nerea, que ya estaba bajado cuando llegó el profesor.

Dos minutos después, en el patio, Aitana le dijo «oye, lo de la captura, era broma» sin mirarla a los ojos, y Carla dijo «ya» sin mirarla a los suyos, y las dos supieron que no era broma y que no pasaba nada, que era lo mismo.

Aitana le ofreció un chicle de menta. Carla lo aceptó.

El chicle sabía a hospital, a limpio agresivo.

Lo masticó hasta que se le cansó la mandíbula.

El resto del recreo lo pasó con Marta, su amiga desde primaria, que por fin habló y le dijo «tía, lo siento, es que no sabía qué decir» con la cara compungida. Carla le dijo «no pasa nada» y supo que sí pasaba, que pasaba todo.

Comieron juntas el bocadillo —Marta le dio la mitad del suyo, de tortilla, sin que se lo pidiera—, y hablaron de un examen y de una serie, de todo menos de lo importante, con ese cuidado exagerado de quien camina alrededor de un agujero. Carla masticaba y asentía.

Y entonces decidió algo.

No fue un plan. Fue una decisión pequeña y torcida, de las que se toman con el bocadillo a medias: iba a decirle a Nerea, a la cara, que borrara la captura. No porque creyera que iba a funcionar —sabía que no—.

La encontró junto al quiosco, con Aitana, riéndose ya de otra cosa. Se plantó delante.

—Borra la captura del grupo —dijo.

Nerea la miró de arriba abajo, despacio.

—¿Qué captura? —dijo.

Aitana miró al suelo. Carla sostuvo la mirada de Nerea dos segundos que le parecieron una hora, y luego se dio la vuelta y se fue. Le temblaban las manos.

En casa, su madre le dejó la cena en una bandeja delante de la puerta del cuarto: tortilla, pan, un vaso de leche.

Llamó dos veces con los nudillos y se fue.

Carla esperó a que los pasos se perdieran por el pasillo y entonces abrió.

Comió la tortilla de pie, mirando por la ventana el patio de luces, y dejó el resto en la bandeja.

En el baño se quitó la pulsera roja —la de Marta, la de primaria— y la dejó en el borde del lavabo, junto al jabón. Se la volvió a poner. Se la volvió a quitar. La dejó allí.

Se tocó el hombro izquierdo con dos dedos, por encima de la camiseta, en el punto exacto donde por la mañana había estado la mano. No dolía. No era nada. Era solo un sitio. Dejó los dedos allí un rato, quietos.

El móvil, boca abajo sobre la cama. No lo tocó. Apagó la pantalla del todo.

Su madre llamó otra vez a la puerta.

—¿Carla? ¿Estás bien?

Quiso decir: déjame en paz. Quiso decirlo una vez, en voz alta, sin llorar. Lo que salió fue:

—Sí. Estoy cansada.

—Vale, cariño. Estoy aquí para lo que necesites.

Los pasos se alejaron. Carla se tumbó en la cama vestida y miró el techo. Mañana habría que volver: el pasillo, el grupo, las miradas. Se le hizo en el estómago un nudo pequeño y caliente. Pensó en decir que estaba mala. Pensó en el timbre de las ocho.

Apagó la luz.

Lo que Carla no sabía —lo que no podía saber— era que aquellos dos minutos ya estaban guardados en otro móvil. Y que en otro móvil no había consuelo: solo una mano.