6 El gesto
La mano pesaba lo justo. No era un abrazo —un abrazo habría sido demasiado—, era una mano en un hombro: la unidad mínima de consuelo entre dos personas que se conocían de vista y de lista, que era casi peor.
La apartó con suavidad hacia el ventanal, lejos de los ojos del pasillo. Carla se dejó llevar. Temblaba un poco.
La llevó hasta la ventana, donde la luz de octubre entraba a raudales y abajo se veía el patio, ya medio lleno.
Un grupo de primero jugaba a algo con una botella; los gritos llegaban amortiguados por el cristal, de otro mundo.
La mano seguía en su hombro. Martín notó el momento exacto en que el temblor empezó a ceder, como un motor que se apaga poco a poco, y sintió algo parecido al orgullo, y después algo parecido a la vergüenza por sentir orgullo de una cosa tan pequeña.
—Respira —dijo Martín—. Por la nariz. Eso es. Otra vez.
Ella respiró. Se rio —un sonido húmedo, a medio camino entre el llanto y la risa—. Se limpió la cara con la manga del jersey.
—Gracias, profe —dijo, con la voz tomada.
—¿Quieres contarme qué ha pasado?
Negó con la cabeza. Luego, como si la negativa necesitara explicación:
—Son tonterías. Cosas de… ya sabes.
Martín sabía, o creía saber.
—¿Las chicas esas te están haciendo algo? —preguntó, señalando con la cabeza hacia donde se habían ido Nerea y Aitana—. Porque si te están haciendo algo, eso sí me lo tienes que contar. Eso no son tonterías.
Carla dudó. Martín vio la duda pasarle por la cara como una nube.
—No es nada —dijo—. De verdad. Ya se les pasará.
—Vale —dijo Martín—. Pero si no se les pasa, me lo dices. Los jueves tengo hora de tutoría, ¿te acuerdas? Y si no, está la orientadora, que para eso le pagan. Y si no quieres a la orientadora, me lo dices a mí.
—Vale —dijo Carla, y por primera vez lo miró a los ojos.
Tenía los ojos enrojecidos y una expresión que Martín tardaría mucho tiempo en olvidar, aunque entonces no lo sabía: gratitud pura, sin defensas.
Fue entonces cuando registró, a la vez, tres cosas: el peso exacto de su mano sobre el hombro de la chica, la cámara del pasillo parpadeando en rojo en la esquina del techo, y la circular de la directora —la de septiembre, la de «evitar el contacto físico con el alumnado»—.
Las registró una por una, con la claridad fría de quien está haciendo algo que sabe que no debe, y no movió la mano.
Había protocolos que se cumplían y gestos que se hacían.
Aquel era de los segundos. Ya pasaría el parte después; el parte era para lo otro.
—¿Mejor? —preguntó.
—Un poco —dijo ella, y se sonó con un pañuelo de papel que sacó de la manga, arrugado y húmedo—. Perdona.
—No hay nada que perdonar.
—Es que me da vergüenza —dijo ella de pronto, en voz muy baja—. Llorar aquí, delante de todo el mundo.
—Delante de mí no cuenta —dijo Martín—. Yo soy de los que fingen no haber visto nada.
—Venga —dijo Martín, y le dio un par de palmaditas suaves en el hombro antes de retirar la mano—. Al patio, que hace sol. Y si esas dos vuelven a darte la lata, me lo dices a mí antes que a nadie. ¿Trato?
—Trato —dijo ella, y hasta sonrió un poco. Una sonrisa pequeña, rota por los bordes, pero sonrisa.
Cogió la mochila del suelo, se la echó al hombro y se alejó hacia las escaleras con ese paso de quien finge que no ha pasado nada, un paso que Martín conocía bien porque lo había visto mil veces en mil pasillos: la espalda un poco más recta de lo normal, la cabeza un poco más alta.
Dignidad de emergencia. Al llegar a la escalera se volvió y levantó la mano, un gesto pequeño. Él se la devolvió.
Se quedó mirando la escalera vacía un rato más de lo necesario.
En la esquina del techo, la cámara seguía parpadeando en rojo, grabando un pasillo vacío para nadie.
El parpadeo era el único testigo de lo que había pasado allí, y no entendía nada: solo guardaba.
Martín pensó que las cámaras eran los alumnos perfectos: miraban sin juzgar.
El peso de la mano le volvió de golpe —dos minutos, nada— y con el peso volvió la pregunta que siempre volvía después: ¿y si no?
¿Y si la mano, en vez de consolar, hubiera sido la prueba de algo?
Apartó la pregunta como se aparta una mosca.
Llevaba años apartándola. La circular de septiembre no había inventado el miedo: solo le había puesto membrete.
Martín se quedó un momento allí, con la carpeta bajo el brazo, en el pasillo ya casi vacío, sintiendo esa satisfacción pequeña y cálida y un poco estúpida.
Estuvo a punto de contárselo a Elena en la comida —«hoy he consolado a una alumna que lloraba»— y decidió que no: sonaría a medalla, y no era una medalla. Era solo un gesto.
Sabía cómo se llamaba: Carla, de cuarto B, una de las buenas.
La conocía de clase: la mano levantada, los ochos, la sonrisa de verdad.
El horror no era no saber su nombre. El horror era saberlo: que le pasara aquello a alguien que él conocía, a alguien real, y no a «una alumna», esa categoría abstracta en la que cabían todas y no dolía ninguna.
No siempre llegaba a tiempo — había cursos enteros que se le habían escapado entre los dedos, chavales que lloraban en baños que él no vigilaba, y de los que se enteraba meses después, cuando el parte ya no servía para nada—.
Aquel día, al menos, había estado en el pasillo correcto a la hora correcta.
Al fondo del pasillo, en el quicio de la puerta del aula de música, un chico bajaba un móvil con mucha calma, como si acabara de terminar algo importante.
Martín no lo vio. Ya se había dado la vuelta hacia Jefatura: antes del café, el parte.
Dos alumnas grabando a una tercera en el pasillo de la segunda planta, sobre las once y veinticinco.
Martín miró la pantalla del Raíces de reojo: campos, desplegables, códigos.
El sistema pedía hechos con hora y lugar, y él acababa de darle hechos con hora y lugar.
Lo que no pedía —lo que no podía pedir— era la mano.
Las manos no tenían código. En la impresora, un parte anterior atascaba el papel; Pilar lo sacó de un tirón, lo firmó sin leerlo y lo dejó en la bandeja de salida.
Todo el sistema funcionaba así: deprisa, por escrito, para nadie.
—¿Nada más? —preguntó Pilar.
—Nada más —dijo Martín.
Casi dijo: «le he puesto la mano en el hombro».
No lo dijo. No era mentira: era que el parte pedía hechos y aquello no le parecía un hecho.
Se imaginó escribiéndolo — 11:25. El profesor pone la mano en el hombro de la alumna — y al leerlo en su cabeza sonó a otra cosa, a algo que necesitaría explicaciones.
Los gestos, al escribirlos, se volvían sospechosos.
Mejor no escribirlos. Le parecía un gesto. Y los gestos no cabían en el Raíces.
Si las cámaras del pasillo lo habían grabado, nadie las miraría en directo: las cámaras se miraban después, cuando ya era tarde. Trámite hecho.