El medio segundo 5 El pasillo
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5 El pasillo

El recreo del instituto Vista Alegre era un fenómeno meteorológico: once y cinco, setecientos adolescentes liberados a la vez, un ruido que no bajaba de volumen ni con lluvia.

Martín lo atravesaba cada mañana con la carpeta bajo el brazo y la resignación de quien ha aprendido hace años que no se puede ordenar un río.

—Martín —dijo Marisa, al verlo pasar—. ¿Tú no tenías clase ahora?

—Tengo un hueco. Voy a por café.

—Qué suerte tienen algunos. Yo tengo que vigilar que no se maten. —Miró hacia el partido de fútbol, donde acababa de haber una entrada criminal—. Demasiado tarde.

Martín sonrió y siguió hacia la escalera del fondo, la que usaban los profesores para evitar la riada. Subió saludando con la cabeza a los alumnos que se apartaban sin mirarlo. A aquellas horas, un profesor en el pasillo era mobiliario.

En el tramo del fondo, junto a los ventanales, donde la luz entraba de lado y dejaba una franja de sombra, lo oyó.

No era un llanto escandaloso. Era peor: el llanto contenido, el que se hace con la boca cerrada y los hombros subiendo y bajando.

Carla estaba apoyada contra la pared, con la mochila a los pies y las manos en la cara.

El pelo le caía hacia delante y le temblaba un poco, como si tuviera frío.

Llevaba la falda más corta de lo que su madre le dejaba, las zapatillas blancas inmaculadas, y se había hecho un agujero en la media de la pierna izquierda, un agujero pequeño por el que asomaba la rodilla.

Martín se fijó en el agujero sin querer.

Los detalles pequeños eran los que hacían insoportable ver llorar a alguien: no las lágrimas, la media rota.

A tres metros, Nerea y Aitana la miraban y se reían —esa risa aguda, de complicidad total, que a los dieciséis años es un arma de precisión—.

Nerea tenía el móvil en alto, grabando en vertical: un iPhone con la funda rota por una esquina.

Los móviles estaban prohibidos en todo el recinto desde el año pasado; en el recreo, la prohibición era teórica.

Aitana decía algo por lo bajo y las dos se rieron más, y Nerea amplió el plano, como una directora satisfecha con la toma.

Martín se detuvo a unos pasos, con la carpeta bajo el brazo.

Y entonces hizo el cálculo.

Un hombre de cuarenta y siete años, profesor, acercándose a una alumna de dieciséis que llora, en un pasillo lleno de cámaras. El cálculo duró medio segundo y le dio vergüenza. ¿Desde cuándo había que hacer cálculos para acercarse a alguien que llora?

Pero el cálculo existía, y Martín sabía de dónde venía.

Venía de las instrucciones de principio de curso, leídas por la directora con cara de funeral: «eviten el contacto físico con el alumnado; ante cualquier situación, llamen al tutor o a orientación».

Venía de Julián, un compañero de Móstoles al que una denuncia archivada —una mano en un hombro para felicitar un notable, una madre, tres meses hasta el archivo, cero pruebas— le había dejado dos años de insomnio y la costumbre de no acercarse a un alumno sin otro adulto delante.

«No me pasó nada», le había dicho una vez, «y me pasó todo».

Martín se había reído entonces, incómodo, y había cambiado de tema. Ahora, en el pasillo del Vista Alegre, entendía la frase entera. Y entendía otra cosa: que Julián no se la había contado para advertirle, sino para que alguien supiera que le había pasado.

El cálculo existía. Y mientras existía, Carla sollozó —un sonido pequeño, roto, el que se te escapa cuando ya no puedes aguantar más— y Nerea, sin dejar de reírse, acercó un poco más el móvil, buscando el primer plano de las lágrimas.

Martín echó a andar hacia ellas.

No lo decidió, exactamente. Fue más bien que sus piernas decidieron no obedecer al cálculo.

Los años de profesor le habían enseñado muchas cosas inútiles —las fechas de los reyes visigodos, los nombres de todos los ministros de la Transición—, pero también una útil, la única que de verdad importaba: cuando un chaval llora en un pasillo, vas.

Vas aunque haya cámaras. Vas sobre todo si hay cámaras.

Nerea lo vio venir y bajó el móvil, despacio, con esa insolencia sin prisa de quien sabe que no ha hecho nada demostrable.

Aitana dio un paso atrás, como si la distancia la hiciera inocente.

Las dos lo miraron con esa expresión neutra y perfecta que las adolescentes reservan para los adultos: ni desafío ni respeto, algo intermedio.

Martín las miró a su vez, un segundo a cada una, y no dijo nada sobre el móvil. «El móvil, Nerea», estuvo a punto de decir. No lo dijo. Decirlo habría sido abrir la caja de la normativa —el parte, el Raíces, la madre llamando—. En su lugar, dijo lo único que funcionaba:

—Eh —dijo al llegar—. ¿Qué pasa aquí?

Usó la voz de profesor —grave, sin prisa, la que había ensayado durante veinte años hasta que le salía sola—.

—Nada, profe —dijo Nerea, con una inocencia tan trabajada que casi daba pena.

—Venga. Al patio, las dos.

Nerea se guardó el móvil en el bolsillo trasero, despacio, sin dejar de mirarlo. Aitana ya se había dado la vuelta. Antes de doblar la esquina, Nerea se volvió medio segundo y sonrió a Carla: «esto no ha terminado».

Martín se quedó a solas con la chica del llanto contenido.

—¿Estás bien? —preguntó.

Carla negó con la cabeza, sin apartar las manos de la cara.

Miró a un lado y a otro del pasillo. Vacío.

Y aun así, el cálculo seguía ahí, revoloteando: la mano, el hombro, la distancia.

Entonces vio a Vega —no pensó en ella: la vio— con quince años, llorando en su cuarto porque una amiga había dejado de hablarle, y a Elena entrando sin dudarlo mientras él se quedaba en la puerta.

Elena se había sentado en el borde de la cama y había esperado.

Él se había quedado en la puerta con las manos en los bolsillos, haciendo de padre de puerta, y después se había sentido culpable durante una semana.

El cálculo se disolvió como un azucarillo.

—Ven —dijo Martín, y le puso la mano en el hombro.