El medio segundo 4 La caza de brujas
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4 La caza de brujas

El aula de segundo de bachillerato B olía a rotulador y a calefacción recién estrenada.

En la esquina, el carrito de los Chromebooks, con tres enchufes colgando.

La pizarra digital, apagada: no iba el táctil desde septiembre.

Veintiséis alumnos, diecisiete años, ocho de la mañana: la hora a la que el cerebro adolescente todavía está arrancando y el cuerpo ya pide recreo.

Martín dejó la carpeta sobre la mesa, repartió los dossiers y esperó a que el murmullo bajara solo, que era su técnica de siempre: no pedir silencio, esperarlo.

El silencio pedido se olvida; el esperado, se respeta.

—Hoy vamos a quemar gente —dijo.

Dos o tres levantaron la vista. Los demás siguieron mirando el dossier como se mira un prospecto.

Repartió las miradas por la clase, buscando el primer enganche. Lo encontró en la tercera fila: Irene, una chica lista que se aburría con elegancia.

—Pregunta de examen —dijo Martín—. ¿Cómo se demuestra que alguien es bruja?

Silencio. Luego, desde el fondo, una voz somnolienta:

—¿Cogiéndola volando?

—Esa es la trampa —dijo Martín—. Si la coges volando, es bruja. Si no la coges volando, es que vuela cuando no miras. ¿Cómo demuestras que NO has volado nunca a un aquelarre?

Irene frunció el ceño. Aquello le interesaba más que el prospecto.

—No se puede —dijo—. Es imposible demostrar que no has hecho algo.

—Exacto. Y esa es la gracia del sistema.

—Martín se apoyó en la mesa—. Para condenar a una bruja no hacía falta verla volar.

Bastaba con que tres vecinos dijeran haberla visto.

Tres. Y los vecinos decían haberla visto porque el vecino de al lado también lo decía, y porque si no lo decías, a lo mejor la bruja eras tú.

Señaló el grabado del dossier.

—Mirad la plaza. Hay niños. La gente fue como quien va a una verbena.

Un chico de la primera fila —dos metros de escepticismo— levantó la mano sin esperar turno.

—Pero eso era en 1610. Eran unos paletos —dijo. Y luego, como si se lo pensara mejor—: Bueno, yo no lo tengo tan claro. Quiero decir: si tanta gente lo decía, algo habría. No se quema a cincuenta personas por nada.

—Se quemaron —dijo Martín.

—Ya, pero mi abuelo dice que en su pueblo había una que curaba con las manos y que todo el mundo le tenía miedo. A lo mejor no volaban, pero algo raro habría.

Irene se volvió hacia él como un resorte:

—¿«Algo raro»? ¿Ese es tu argumento?

—Mi argumento es que tú te crees todo lo que te cuentan si te lo cuenta un tío con pizarra —dijo él, y media clase se rio.

Martín notó el calorcillo familiar de una clase que se le va de las manos: dos segundos sin saber si cortar o dejar correr. Dejó correr diez segundos —a veces el desorden enseñaba más que el orden— y levantó una mano.

—Vamos a usar eso —dijo—. Tú acabas de hacer de inquisidor sin darte cuenta.

El chico abrió la boca y la cerró. Irene sonrió, vengada.

—Eran paletos con un sistema —siguió Martín—.

Y el sistema era perfecto: la acusación no necesitaba pruebas, la defensa era imposible y dudar te convertía en sospechoso.

Si tú decías «yo creo que María no es bruja», la pregunta siguiente era: «¿y tú cómo lo sabes?

». —Dejó que la frase reposara—. Pensadlo: un sistema en el que defender a alguien es sospechoso.

Irene lo miró fijamente. Martín sostuvo la mirada medio segundo de más y cambió de tercio.

—El edicto dice «por cuanto las dichas brujas vuelan de noche». Fijaos en el «por cuanto». No dice «hemos comprobado que». Dice «por cuanto». Es la fórmula mágica: una vez que escribes «por cuanto», ya no necesitas demostrar nada. El papel lo aguanta todo.

Escribió en la pizarra, con su letra de profesor que había empeorado con los años: «POR CUANTO = NO HACE FALTA DEMOSTRARLO».

—Apuntadlo. Es lo único útil que vais a aprender hoy.

—¿Entra en la PAU? —preguntó uno del fondo.

—Todo entra en la PAU —dijo Martín—. Es su superpoder.

Hubo un murmullo de bolígrafos, el sonido más hermoso del mundo para un profesor. Martín continuó con los detalles: los sambenitos, las penas, la multitud de la plaza. Y entonces contó lo de Salazar.

—Había un inquisidor —dijo— que se llamaba Alonso de Salazar.

Estuvo en Logroño, lo vio todo, y cuando volvió a Madrid escribió un informe diciendo que no había habido brujas.

Que todo eran sueños, rumores y gente asustada diciendo lo que los inquisidores querían oír. ¿Sabéis qué le pasó por decirlo?

Nadie contestó. El de la primera fila había dejado de dibujar en el margen del dossier.

—No lo quemaron —dijo Martín—. Peor: lo apartaron.

Lo dejaron sin casos, sin comisiones, sin nada.

Se pasó el resto de su vida escribiendo informes que nadie leía, diciendo «aquí no hay brujas» a gente que ya había decidido que las había.

—Hizo una pausa—. Salazar tenía razón. Y tener razón no le sirvió de absolutamente nada.

Irene lo miraba con atención, el bolígrafo en alto. Martín la vio anotar algo en el dossier, deprisa, como si no quisiera que se le escapara.

Contó que de los cincuenta y tres acusados, la mayoría salió con penas menores, y que eso era lo más terrible: que el sistema no necesitaba quemar a todos, le bastaba con que todos tuvieran miedo.

Contó que las acusaciones empezaban siempre igual —una vecina, una envidia, una desgracia que necesitaba explicación— y que una vez que el rumor echaba a andar, ya no había forma de pararlo, porque pararlo era sospechoso.

A las ocho y cuarenta, Irene volvió a levantar la mano.

—Profe. ¿Y si eran inocentes?

Martín se quedó quieto un segundo.

—Casi seguro que lo eran —dijo—. Pero eso se supo trescientos años después. A ellos no les sirvió de nada saberlo.

No dijo lo que pensó: que él había sido Salazar alguna vez —un parte por un chaval al que todos daban por perdido, una tutoría que no sirvió para nada— y que tampoco le había servido. Los Salazares no salían en los libros: salían en las actas, con letra pequeña.

La clase se quedó en un silencio distinto. Martín lo reconoció y no lo estropeó hablando más. Dejó que el silencio hiciera su trabajo unos segundos, mirando por la ventana: el patio vacío, la portería sin red, un gato cruzando con total impunidad.

Recogió sus cosas despacio.

—Para mañana —dijo—, pensad en esto: ¿qué haríais vosotros si vivierais en Zugarramurdi en 1610 y vuestra vecina fuera acusada? No me contestéis ahora. Contestadme mañana, si os atrevéis.

Sonó el timbre. Los veintiséis se levantaron con el estruendo habitual —sillas, mochilas, un estuche que cayó al suelo con escándalo—, y Martín los vio salir pensando que dos o tres —quizá Irene, quizá alguno de los del fondo— le darían vueltas a la pregunta en el autobús.

Irene salió la última, con el dossier doblado bajo el brazo, y al pasar por su mesa le dijo «mola, profe» sin mirarlo, como si le diera vergüenza admitirlo.

Martín sonrió para sus adentros. «Mola, profe».

Lo anotó mentalmente en la lista corta del trimestre, junto a otras dos o tres frases que lo mantenían en el oficio.

Cuatro o cinco al año. Le bastaba.

Recogió los dossiers sobrantes, borró la pizarra y salió al pasillo con la carpeta bajo el brazo, satisfecho como solo puede estarlo un profesor que cree haber encendido una cerilla en la cabeza de alguien.