3 La sala de profesores
El IES Vista Alegre a las siete y cincuenta y dos: fachada de ladrillo visto, ventanas que bostezaban.
Martín cruzó el patio —frío, los primeros alumnos pegados a las paredes buscando el sol— y subió a la sala de profesores, que a aquella hora parecía un bar después del cierre: luces frías, sillas desordenadas, olor a café de máquina que no se iba nunca, ni en agosto.
Dejó la cartera en su sitio —tercera mesa empezando por la ventana— y fue a la fotocopiadora con el dossier de la caza de brujas. Treinta copias. La máquina, como cada mañana, se tomó su tiempo.
—Buenos días —dijo Andrés, dejándose caer al lado con un café de máquina—. ¿Zugarramurdi otra vez?
—Otra vez. A ver si se escandalizan.
—Con los de segundo no te escandalizas ni con la peste. Están de vuelta de todo y no han salido de Carabanchel.
En la mesa del fondo, la secretaria pasaba hojas de firmas con la eficacia de quien lleva media vida sin mirar lo que firma la gente. Martín firmó la suya —entrada, 7:52— y dejó el bolígrafo en el bote común, donde convivían doce bolígrafos robados de doce bancos distintos.
—¿Has visto lo del parte digital? —dijo Andrés, señalando el tablón con la barbilla—. Ahora hay que subirlo al Raíces antes de las dos. Como si el acoso tuviera horario de oficina.
—Lo subiré —dijo Martín—. ¿Tú has subido el del otro día?
—¿Qué otro día?
—El de los de tercero, en el patio.
—Ah, eso. Lo subí. Puse «incidente leve» y me quedé tan ancho. Si pones «grave» te llaman a declarar, y yo a declarar no voy ni a mi propia boda.
Pilar entró con la carpeta azul y cara de prisa.
—Martín, ¿tienes a cuarto B a sexta?
—Historia. ¿Qué pasa?
—Me ha escrito una madre. Cuatro párrafos por un cuatro.
—¿Qué cuatro?
—El del examen de la semana pasada. Contéstale esta tarde, con cariño. Que si no, esto escala.
—Le contesto.
Cuatro párrafos por un cuatro. Martín hizo el cálculo: leerlos, respirar hondo, contestar «con cariño» —que era el eufemismo oficial para «sin decirle lo que piensas»—, releerlo para quitarle el filo, enviarlo.
Cuarenta minutos de su tarde por un cuatro que era un cuatro.
Y lo peor: que la madre tendría razón en algo.
Siempre tenían razón en algo, y ese algo era lo que hacía imposible mandarlas a paseo.
—Y acuérdate del protocolo si ves algo raro con móviles —dijo Pilar, ya a medio salir—. Nos lo piden por escrito este año.
—El protocolo —dijo Andrés cuando se fue—. El año pasado, el del calor. Este año, los móviles. El que viene, el aire.
—Tú ríete. A mí me toca aplicarlo. —Martín miró la circular del corcho, con su anexo de tres páginas—. Los protocolos eran las estaciones del instituto: llegaban, se cumplían a medias y se olvidaban.
—A ti te toca aplicarlo todo. Eres el único que todavía se lee las circulares.
Era verdad, y era una acusación. Martín se leía las circulares por el mismo motivo por el que contaba las fotocopias: porque alguien tenía que hacerlo y porque, si no lo hacía él, luego nadie sabía dónde estaban las cosas cuando había que buscarlas. El orden era su forma de superstición.
Rosa, la de matemáticas, entró con una pila de exámenes y la dejó caer sobre la mesa con un golpe sordo, como quien suelta un peso.
—¿Cuántos? —preguntó Andrés.
—Treinta y dos. Y tres madres ya me han escrito preguntando por la nota. Antes de corregirlos. Es la precognición materna: saben la nota antes que yo.
—Contéstales con cariño —dijo Pilar desde la puerta, sin volverse—. Que si no, esto escala.
En el corcho de la entrada, alguien había clavado con una chincheta la circular de la Comunidad: dos folios sobre la veda de móviles, con un anexo de tres páginas sobre «actuaciones ante el uso indebido».
Debajo, con rotulador rojo, una mano anónima había escrito: «¿Y si lo llevan apagado en el bolsillo? ». Nadie había contestado.
Martín miró la pregunta un segundo de más. «¿Y si lo llevan apagado en el bolsillo?»
La fotocopiadora escupió las treinta copias con un quejido.
Martín las recogió calientes —el grabado del auto de fe de Logroño, todavía oliendo a tinta— y las contó por encima: treinta.
Siempre las contaba, por si acaso, y siempre salían treinta.
Las metió en la carpeta. Se quedó mirando el grabado un segundo: la plaza, el tablado, la multitud con niños.
Lo había visto cien veces y seguía pareciéndole obsceno, no por lo que mostraba sino por lo normal que parecía todo: la gente había ido como quien va a una verbena.
En el tablón, entre la convocatoria de oposiciones y un cartel descolorido de la semana cultural, había uno nuevo, plastificado: «MÓVILES APAGADOS EN TODO EL RECINTO.
NORMATIVA COMUNIDAD DE MADRID». Debajo, un aviso de mantenimiento: «CALEFACCIÓN: PUESTA EN MARCHA PREVISTA, 15 DE NOVIEMbrE».
En la pizarrita de la entrada: «CLAUSTRO MIÉRCOLES 15:00».
—Los míos están que no duermen con la PAU —dijo Andrés, mirando el móvil—. Me han preguntado si las brujas entran.
—¿Y qué les has dicho?
—Que todo entra en la PAU. Es su superpoder.
—Las brujas no entran en la PAU —dijo Martín.
—Todo entra en la PAU —repitió Andrés, y se terminó el café de un trago, con la solemnidad de quien cumple un rito—. Hasta tú entrarías en la PAU, si te descuidas.
—¿Elena de mañana? —preguntó Andrés.
—De mañana. Ayer llegó con los pies destrozados y se durmió en el sofá a las diez y media.
—Dile que descanse.
—Se lo diré. No servirá de nada, pero se lo diré. —Elena descansaba como descansan las enfermeras: durmiendo cuatro horas y llamándolo descanso—. Lleva así veinte años y sigue en pie. Es lo más parecido a un milagro que conozco.
Martín se acercó a la ventana con el café.
Abajo, el patio se iba llenando: grupos, gritos, una pelota que cruzaba el aire de un lado a otro.
Un chaval de primero intentó rematar de chilena y cayó de culo, y sus amigos se rieron con esa crueldad breve y total que a los doce años todavía no ha aprendido a disimular. Martín sonrió sin querer.
Miró el suyo. Nada de Vega. Normal.
Sonó el timbre —largo, antimusical— y la sala se vació.
Junto a la puerta, la caja de objetos perdidos rebosaba: una sudadera del Decathlon, un estuche de Harry Potter, un móvil viejo con la pantalla rajada que llevaba allí desde junio.
Cada trimestre, lo no reclamado iba a una bolsa, y la bolsa a un armario.
Martín miró el móvil rajado un segundo de más y pensó en su dueño: alguien había perdido el móvil en junio y no había vuelto a por él.
A los dieciséis años, perder el móvil y no reclamarlo solo podía significar dos cosas: que tenías otro, o que en casa no querías explicar cómo lo habías perdido.
Salió al pasillo, contra la riada de adolescentes.
Delante del aula de segundo B, respiró hondo y empujó la puerta. Dentro, veintiséis móviles dormían en veintiséis bolsillos.
Faltaban tres horas para que uno despertara.