2 El desayuno
A las siete menos cinco Martín estaba sentado a la mesa de la cocina con el café con leche delante y el móvil en la mano, haciendo lo que hacía cada mañana y no le contaba a nadie: abrir el WhatsApp de Vega y leer la conversación de arriba abajo, como si fuera un texto antiguo del que pudiera extraer un significado nuevo.
La conversación tenía tres días. El último mensaje era suyo: «Buenos días ? ? ». Dos ticks azules. Nada más.
Por encima, el ecosistema habitual: un meme que ella le había mandado el lunes —un perro con peluca rubia—, su «jajaja» debajo, ignorado con elegancia.
Un audio de ocho segundos del domingo: «pa, ¿me pasas veinte euros?
». Él se los había pasado por Bizum antes de que terminara el audio. Ella había contestado «ok».
Escribió: «¿qué tal llevas la semana?». Lo leyó. Sonaba a encuesta del CIS. Lo borró.
Escribió: «llámame cuando puedas, sin prisa». Lo leyó. A los diecinueve años, un «llámame cuando puedas» de tu padre sonaba a citación judicial. Lo borró también.
Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.
En el grupo de vecinos había cuarenta y siete mensajes sin leer sobre la derrama del ascensor.
No los abrió. Había guerras en las que un hombre sensato no se alistaba.
La derrama llevaba tres meses coleando: el ascensor se había quedado parado en agosto con la señora del cuarto dentro, y desde entonces el grupo era un parte de guerra con emojis.
Martín había aprendido que en los grupos de vecinos, como en los claustros, el que calla no otorga: sobrevive.
La cocina estaba como Elena la había dejado: impecable. Se había ido a las seis menos cuarto y había dejado una nota pegada en la nevera con el imán de la playa de Gandía: «He dejado lentejas en la olla (con chorizo del Mercadona). No las quemes. Te quiero.»
Tocó el imán —un socorrista de plástico con la pintura saltada— y se acordó de aquel agosto: Vega con once años enterrándolo en la arena hasta el cuello, Elena riéndose con la boca llena de horchata. El imán había sobrevivido a tres neveras. Las neveras se cambiaban; el socorrista, no.
Elena seguía escribiendo «te quiero» en las notas de la nevera, y a Martín le parecía un milagro administrativo: el amor, sobreviviendo a la burocracia doméstica.
Él nunca escribía notas. Llevaban veinte años entendiéndose en aquel idioma de gestos pequeños y ninguno de los dos había necesitado traductor.
La había conocido hacía veintitrés años, en una boda —ella era amiga de la novia, él amigo del novio, los dos colocados en la mesa de los «compromisos»—, y se había pasado toda la cena pensando que aquella mujer se reía demasiado alto para una boda.
Luego descubrió que se reía así siempre, y que era lo mejor de ella.
Con los años descubrió más cosas, y ninguna le había hecho cambiar de idea.
Descubrió, por ejemplo, que la risa alta era su forma de decir que estaba a gusto, y que cuando se reía bajito era cuando había que preocuparse.
Llevaba veintitrés años calibrando el volumen de su mujer como quien calibra un instrumento.
La radio murmuraba las noticias de las siete desde el aparato colgado bajo el armario: atasco en la M-30, lluvia para el fin de semana, el precio de la luz por las nubes.
Nada que le concerniera. A Martín le gustaba esa sensación: el mundo ocurriendo en otra parte, a un volumen bajo, mientras él desayunaba.
El precio de la luz llevaba dos años «por las nubes» y nadie miraba ya hacia arriba: las nubes eran el paisaje.
A aquella hora Elena estaría ya en el hospital, con el uniforme azul y el pelo recogido, regañando a algún residente con aquella mezcla suya de dureza y ternura que los pacientes adoraban y los médicos temían.
Volvería a las tres y media, agotada, con hambre de algo que no fuera del hospital.
Él llegaría a las cuatro menos cuarto. Ella le contaría dos cosas del turno —nunca más de dos, era su norma— y él le contaría una del instituto —nunca más de una, era la suya—, y comerían las lentejas.
Había gente que necesitaba aviones y proyectos.
Él necesitaba lentejas y dos cosas del turno.
En el cuarto del fondo del pasillo, Vega probablemente dormía todavía, con el móvil en la mano como un rosario.
Cuando tenía ocho años le contaba los sueños en el desayuno, con la boca llena de cereales: un perro gigante que la perseguía por el pasillo del colegio y ella se escondía dentro de la mochila.
Martín le había explicado, con su autoridad de padre y su ignorancia de psicólogo, que el perro era el miedo a crecer y la mochila era él.
Vega lo había mirado con la seriedad de los ocho años y había dicho: «vale».
Ahora tenía diecinueve y le mandaba memes.
Martín había decidido considerar los memes una forma de correspondencia y no una derrota.
Era una decisión que tomaba cada mañana y que cada mañana le costaba un poco.
Si había sido buen padre era una pregunta sin respuesta —los hijos no entregan notas al final del curso— y la archivó donde archivaba todas: en el mismo cajón mental donde guardaba si había cerrado bien el gas. El gas lo comprobaba dos veces, por si acaso.
Fregó la taza, la secó y la guardó en el armario, junto a la de Elena. Las dos tazas, juntas, en el mismo estante, desde hacía veinte años. A veces pensaba que si un día faltaba una, la otra seguiría allí, esperando. Apartó el pensamiento.
En el portal se cruzó con la vecina del segundo, que bajaba con el perro —un chucho nervioso que ladraba a todo lo que se movía—.
—Buenos días, Martín.
—Buenos días, Rosario. —No sabía si Rosario era su nombre o el de su madre. Llevaban doce años saludándose y ninguno había querido romper el hechizo preguntando. El chucho tiró de la correa hacia él y Martín lo esquivó por costumbre.
Y entonces, ya con la mano en el pomo de la calle, se acordó de Paula.
«Una de clase. Da igual.» No daba igual. A los diecinueve años, «da igual» era la palabra que más significaba.
No le preguntaría quién era Paula —eso lo podía averiguar mirando el Instagram de Vega, y mirarlo sería peor que no saber—.
Le preguntaría si estaba contenta, que era la única pregunta que importaba y la única que no se podía hacer sin sonar a interrogatorio.
Había dos tipos de padres: los que preguntaban demasiado y los que preguntaban demasiado poco, y Martín llevaba diecinueve años sin saber en cuál de los dos cajones estaba.
Se guardó el propósito en el bolsillo, junto a las llaves: aquella noche le preguntaría por Paula. Fue la última decisión pequeña de su vida.