El medio segundo
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1 La víspera
La noche anterior, Elena llegó a las ocho y media con los pies destrozados y hambre de algo que no fuera del hospital, y cenaron los tres en la cocina —tortilla de patata recalentada, ensalada, pan—, con el telediario puesto a un volumen que permitía ignorarlo.
Elena traía las manos rojas del gel y olor a hospital en el uniforme, ese olor a limpio agresivo que no se iba ni con dos duchas.
Se había cambiado en el cuarto de baño, como siempre, y había salido con la camiseta vieja del Rayo y el pelo todavía marcado de la coleta.
Martín la miró: seguía pareciéndole guapa de una forma que no sabía explicar.
No era la cara: era la manera de estar cansada sin quejarse.
Vega cenó con un ojo en el plato y otro en el móvil, como correspondía a sus diecinueve años, pero a mitad de la tortilla le enseñó a Martín un meme —un gato con cara de pocos amigos— y él se rio sin entenderlo, y ella se rio de que no lo entendiera, y Elena se rio de los dos.
—¿Qué tal el insti? —preguntó Vega, por decir algo.
—Bien —dijo Martín—. Mañana empiezo con las brujas.
—¿Las brujas?
—Zugarramurdi, 1610. Les cuento lo de Logroño y se escandalizan. Es mi mejor tema.
—Quemaban gente por volar —dijo Vega—. Lo dimos en el insti. Me acuerdo del «por cuanto».
—«Por cuanto las dichas brujas vuelan de noche» —recitó Martín—. La fórmula mágica: una vez que lo escribes, ya no tienes que demostrar nada.
—Eso en psicología lo llamamos de otra forma —dijo Vega, dejando el móvil boca abajo, que en ella era un gesto de máxima atención—. Histeria colectiva. El grupo necesita un enemigo para mantenerse unido, y si no hay enemigo, lo inventa.
Martín la miró con orgullo de padre y recelo de profesor.
—Cuidado, que me vas a quitar el trabajo.
—Tu trabajo es más antiguo. El mío tiene estadísticas.
—Las estadísticas son el «por cuanto» de los modernos —dijo Martín—. Vega se rio, y él añadió, medio en broma: —Ojalá todas las sobremesas fueran así.
—Suena a Twitter —dijo Vega, y volvió al móvil.
Elena la miró por encima de la ensalada con esa expresión suya de enfermera que lo ve todo.
—Deja el móvil en la cena, hija.
—Ya —dijo Vega, sin dejarlo—. Es que me ha escrito Paula.
—¿Quién es Paula? —preguntó Martín.
—Una de clase. Da igual.
Elena contó una cosa del turno —nunca más de dos, era su norma, pero por la noche la norma era más elástica—: un señor mayor al que le había tomado la tensión tres veces porque no se fiaba del aparato, y que al final le había regalado un chupachús de la mesilla «para la enfermera más paciente del hospital».
—¿Te lo comiste? —preguntó Vega.
—De fresa —dijo Elena, con dignidad—. Estaba buenísimo.
Martín las miró a las dos —su mujer con el chupachús de fresa, su hija con el gato del meme— y pensó que llevaba veinte años cenando con las mismas dos personas y que no lo cambiaría por ninguna otra cena del mundo.
No lo dijo. En su casa las cosas importantes no se decían: se fregaban, se secaban y se guardaban en su sitio.
Después de cenar, Vega se instaló en el sofá con el portátil —un trabajo de psicología, o eso decía la pantalla— y Elena se quedó dormida a las diez y media con la cabeza apoyada en el cojín, como le pasaba siempre que madrugaba.
Martín la tapó con la manta del sofá, apagó la tele y se quedó un rato mirando a su familia: su mujer dormida, su hija tecleando, el piso en silencio, la tortilla ya fregada y guardada.
Se preguntó qué estaría escribiendo Vega —si era de verdad el trabajo o si el trabajo era la excusa— y decidió no preguntar.
Apagó la luz del salón y se fue a la cama.
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Se despertó a las seis y cuarenta, un minuto antes de que sonara el despertador, como le ocurría desde hacía años. Su cuerpo, puntual como un funcionario, se adelantaba siempre.
El piso estaba en silencio. Elena se había ido a las seis menos cuarto —turno de mañana— y había dejado la cafetera preparada sobre el fuego apagado.
Martín la encendió y, mientras el café subía, se duchó con agua muy caliente, se afeitó con la maquinilla eléctrica que zumbaba como un insecto cansado y eligió la camisa azul de los puños deshilachados.
Llevaba meses diciéndose que tenía que tirarla.
Elena decía que le quedaba bien. Él le creía a medias y se la ponía entera.
Desayunó de pie en la cocina: café con leche, dos tostadas con aceite.
El aceite era del pueblo de Elena, de una almazara que les mandaba la garrafa por Navidad; picaba un poco al final, como tenía que picar.
Martín mojó el pan despacio, sin prisa, porque las prisas de la mañana eran de mentira: el autobús salía a las siete y diez hiciera lo que hiciera.
Miró el móvil. Nada de Vega. Normal. Fregó la taza, la secó y la guardó en su sitio, junto a la de Elena.
—Que tengas buen día, campeón —le dijo a la cafetera, y salió.
Pasó por delante del bar de la esquina. En la pizarra: CAFÉ 1,90 €. Como todo.
El autobús de las siete y diez iba medio vacío.
Martín se sentó en su sitio —tercera fila, ventanilla, lado derecho—, saludó al conductor con un movimiento de cabeza y el conductor le devolvió el movimiento de cabeza.
Llevaban seis años intercambiando aquel saludo.
No sabían cómo se llamaban. A veces, en los atascos, envidiaba aquella economía.
Con Vega ni siquiera tenían el saludo. Tenían dos ticks azules y un «ok» que él guardaba como una carta de amor, y cada mañana se preguntaba en qué parada se habría bajado su hija sin avisarle.
En la pantalla del autobús avisaban de cortes por las obras de la línea 11 del metro.
En un portal, un cartel escrito a mano: «SE ALQUILA HABITACIÓN — 650 €».
Martín lo leyó sin querer, como se leen esas cosas, y apartó la vista.
Seiscientos cincuenta por una habitación.
Hizo la cuenta sin querer: con un sueldo como el suyo, Vega necesitaría compartir piso hasta los treinta y cinco, o un milagro, o un novio con piso.
Pensó en decírselo alguna vez, en plan padre previsor, y siempre se le olvidaba.
Carabanchel pasaba por la ventanilla con su luz de octubre todavía perezosa: persianas subiendo, bares abriendo, un repartidor discutiendo con un portal.
El repartidor gesticulaba con el casco puesto, y el portal no contestaba, porque los portales nunca contestan.
Martín repasaba mentalmente el día. Segundo de bachillerato a primera hora —la caza de brujas, el dossier ya fotocopiado—. Cuarto B a sexta. Nada extraordinario.
En la parada del instituto, mientras esperaba a cruzar, un chaval tenía el móvil en alto, grabando a un grupo que se reía en la acera de enfrente. Martín pasó por delante sin mirar. Los chavales grababan todo ahora: el desayuno, el perro, la profesora de matemáticas estornudando.
Martín cruzó la calle sin mirar atrás. A su espalda, el móvil seguía en alto.