El medio año de invierno Capítulo 38
98%

Capítulo 38

XXXVIII

El lunes quince de mayo, Finlay tuvo seis pacientes en la escuela y el último se fue a las siete y veinte.

Fue un lunes normal.

Vino una mujer de Archiestown con un crío de cuatro años que se había escaldado el brazo con un caldero.

Vino un hombre de la cantera con una piedra en el ojo, que fue lo más largo de la tarde y le llevó cuarenta minutos y una aguja.

Vinieron dos mujeres del valle, una con la pierna de siempre y otra con un dedo.

Vino el chico de la oreja, que ya no tenía nada y que venía porque su madre lo traía.

A las cinco vino la mujer del molinero, que era la que llevaba las actas del patronato y que tenía sesenta y un años y una pierna que no le aguantaba, y se sentó en el caballete a que se la mirara y se quedó veinte minutos.

—¿Sabe usted lo que pasa hoy? —dijo mientras él le vendaba.

—Sé lo que pasa hoy.

—Pues en el pueblo no se habla de otra cosa desde el viernes.

—Ya.

—Y a las once no había nadie en la iglesia. —La mujer se bajó la falda—. Me lo ha dicho la sobrina de Duguid, que estuvo allí ayudando a su tío.

Finlay le dio el brazo para que se levantara y no dijo nada.

—Doctor.

—Dígame.

—¿Va usted a subir a Corrieburn?

—No.

—Bien —dijo la mujer, y se fue apoyándose en el bastón.

Y vino Tam Geddes, que venía los lunes y los jueves desde enero y que aquel día llegó a las siete menos veinte, más tarde de lo normal.

Finlay le miró el muñón, que llevaba cerrado desde marzo y que estaba como tenía que estar, y le miró después el hombro derecho, que era el otro, y le dijo lo mismo que le decía siempre.

—¿Y usted qué tal? —dijo Tam.

—Bien.

—Ya.

Tam se puso la chaqueta con la mano derecha, que era una maniobra de tres tiempos que había aprendido en febrero y que ya hacía sin mirar.

—Hoy se me acaba lo de Dunrath —dijo, en la puerta.

—Lo sé.

—El señor Cruickshank me ha pagado esta mañana la semana entera y me ha dicho que si hace falta algo, que suba.

—¿Y va a subir?

—No.

Salió al camino.

Finlay se quedó en el escalón mirándolo irse, y se acordó de que el dieciséis de mayo era martes y de que Tam Geddes se lo había dicho el veintidós de febrero en un patio, y de que aquella conversación había sido hacía tres meses y parecía de otro año.

A las siete y media cerró la puerta y no echó la llave, que era lo que hacía desde enero.

Se quedó fuera diez minutos con la llave en la mano, mirando el camino.

El camino corto bajaba hasta la carretera y subía, a la izquierda, hacia Corrieburn, y en línea recta eran cuatro millas.

A las siete y media del quince de mayo todavía había luz.

Finlay pensó en subir, y lo pensó despacio y hasta el final, que era lo que había aprendido a hacer desde abril.

Si subía, llegaba a las nueve. Y lo que iba a hacer al llegar era lo mismo que había hecho en el noventa y cuatro, en abril con Cairns y el veintinueve de abril con seiscientas veinte libras, que era presentarse con una cosa resuelta en la mano a una mujer que llevaba seis meses resolviendo las suyas.

No subió.

Después se puso a lo suyo.

Lo suyo, aquellas semanas, era una cosa pequeña y trabajosa que no se parecía en nada a lo que había imaginado en diciembre.

El patronato existía desde el veinte de abril, con cinco nombres: el párroco de Dunrath, un comerciante de Aberlour, la mujer del molinero, el capataz de la cantera de Carron y él, y no tenía dinero pero tenía actas, y las actas las llevaba la mujer del molinero con una letra muy bonita.

Las treinta y una libras estaban en una cuenta a nombre del patronato desde el cinco de mayo.

Había un plan, escrito por él y aprobado en la sesión del dos, que decía que en otoño se alquilaría un local en el pueblo, más pequeño que la escuela y con tejado, y que se pondrían cuatro camas, y que el servicio de la escuela seguiría los lunes y los jueves mientras hiciera falta.

Cuatro camas. En enero había escrito doce.

Estaba con eso, sentado en el tablero con el cuaderno del patronato, cuando oyó los pasos fuera.

No era un carro. Eran pasos.

Eran las nueve y cuarto.

Se levantó y abrió la puerta, y ella estaba en el camino, a diez pasos, sin farol.

Había subido la luna por detrás del hastial y se veía bien, y aquella mujer llevaba de pie desde las seis y media de la mañana y había andado cuatro millas.

—Buenas noches —dijo Moira.

—Buenas noches.

Entró.

Tenía el abrigo puesto y el pelo recogido y estaba cansada de una manera que él le conocía, y traía las botas limpias y secas.

Finlay se quedó mirándole las botas.

Había llovido el sábado y el domingo y el vado bajaba crecido desde entonces. Él había cruzado aquella mañana y se había mojado hasta media caña, como se mojaba todo el que venía por el camino largo.

Las botas de aquella mujer estaban secas.

—Ha venido usted por el camino corto.

—He venido por el camino corto.

Finlay no dijo nada.

—Llevo tres años dando la vuelta por el vado —dijo Moira—. Media hora más, con el agua por el tobillo en invierno. Se lo he contado a mucha gente y siempre les he dicho que era por el vado.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabía?

—Me lo dijo Tam Geddes en enero, sin querer decírmelo. —Finlay se apoyó en el tablero—. Me dijo que usted cogía siempre el largo y que él nunca le preguntaba por qué.

Moira se quedó de pie en medio de aquella habitación.

—Hoy he pagado dieciséis mil quinientas sesenta y cuatro libras y diez chelines —dijo—. Tengo los warrants en una cartera y el bono cancelado. No debo nada a nadie.

—Lo sé. Lo sabe el valle desde las cuatro.

—Y he devuelto el anillo. Se lo he dejado encima de la mesa a las dos menos cuarto.

—Eso no lo sabía.

—Lo va a saber mañana.

Se quitó los guantes y los dejó en el tablero, y dejó al lado la mano izquierda, abierta, con la palma hacia abajo.

Finlay le miró la mano.

No había ninguna marca. El anillo le había bailado siempre y lo había llevado en el dedo corazón, y de todos modos hacía una hora que no lo tenía.

—Doctor Calder.

—Dígame.

—No he venido a darle las gracias, ni a explicarle nada, ni a que hablemos de nada de lo de estos meses.

—Lo dijo mirándolo—. He venido por el camino corto y voy a volver por el camino corto, y mañana voy a bajar otra vez, y el jueves también, y en septiembre cuando alquilen ustedes el local del pueblo voy a estar en la sesión, porque Corrieburn puso dos libras en enero y esas dos libras son mías y las quiero votar.

—Eso no es una declaración.

—Es la mía.

Finlay se apartó del tablero.

—Yo tengo tres libras —dijo.

—¿Cómo?

—Tres libras. Es lo que me queda después de lo de abril.

—Se metió las manos en los bolsillos—. Y una plaza que dejé en diciembre, y un tejado que no voy a poner, y cuatro camas en otoño en un local alquilado en vez de doce en una casa de piedra.

Eso es lo que tengo, señorita Balfour, y se lo digo entero porque usted me lo ha dicho entero a mí.

—Ya lo sé.

—Y no me voy a ir de este valle.

—Eso también lo sé.

—Se lo digo igual.

—¿Sabe usted lo que hay en esa sesión del jueves? —dijo Finlay.

—No.

—Punto uno, alquiler del local de la calle de atrás, que son cuatro chelines al mes y que no tenemos. Punto dos, cuatro camas de hierro de segunda mano que hay en Elgin a dieciocho chelines la cama. Y punto tres, si se le pide o no se le pide otra vez a Hugh Lumsden.

—¿Y usted qué va a votar en el tres?

—Que no.

—Yo voy a votar que sí.

Finlay se quedó un momento.

—Usted no tiene voto. Corrieburn tiene voto y Corrieburn es de una sociedad de Glasgow desde el miércoles.

—Corrieburn puso dos libras en enero y las puso mi firma. —Moira no se movió—. Y si el consejo de Glasgow quiere discutirme dos libras de una suscripción de enero, que baje y me lo diga.

Moira dio un paso.

Y esta vez no hubo ni pregunta ni límite ni nada que decir, y fue ella la que le puso las dos manos en la cara.

Lo besó con calma, que fue lo que lo hizo distinto de las otras dos veces. En febrero había sido en un almacén a oscuras y con las solapas agarradas, y en abril había sido a las seis de la tarde con la luz por el hueco del tejado y él la había parado.

Aquello fue despacio desde el principio, porque no había nada que interrumpiera.

Le sabía la boca a frío y a camino.

Finlay le desabrochó el abrigo sin dejar de besarla y se lo bajó de los hombros, y ella sacó primero un brazo y después el otro y el abrigo se quedó en el suelo, al lado del tablero, y ninguno de los dos lo recogió.

Le puso las manos en la cintura y las subió por la espalda, por encima de la blusa, y notó debajo de los dedos la línea de los corchetes y le llevó un rato largo, y ella no le ayudó ni le metió prisa.

Moira le sacó la camisa del pantalón con las dos manos y le puso las palmas en la piel, y estaban frías del camino, y él se quedó quieto un segundo y ella lo notó y no las quitó.

—¿Dónde vive usted? —dijo ella contra su boca.

—A cuatrocientos pasos, subiendo.

—Pues ahí.

Cogieron el abrigo del suelo y salieron, y él echó la llave de la escuela por segunda vez en cinco meses.

La casa de Finlay eran dos habitaciones encima de la carpintería vieja, que había alquilado en enero por seis chelines al mes y en las que no había casi nada, porque un hombre que se cree de paso no compra muebles.

Había una cama, una mesa, dos sillas, una estufa, un armario con cuatro cosas y una estantería con libros de medicina y el retrato de un hombre mayor con barba, que era el maestro Calder.

Encendió la estufa antes que nada, porque hacía frío y porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos durante medio minuto.

Moira se quedó de pie en medio de la habitación mirando la estantería.

—¿Es su padre?

—Es mi padre.

—Nunca lo vi de cerca.

—Se murió corrigiendo, en enero del noventa y cinco. Lo encontraron a la mañana siguiente con la estufa apagada.

—Lo sé. Fue mi padre al entierro.

—Y usted no.

—Y yo no.

Se miraron.

—Eso también lo vamos a tener que hablar alguna vez —dijo ella.

—Alguna vez.

—Hoy no.

—Hoy no.

Ella se soltó el pelo delante de él, de pie, con las dos manos, sacándose las horquillas una a una y dejándolas en la mesa, y Finlay se quedó mirándola hacerlo y no se movió.

Lo demás lo hicieron los dos, y lo hicieron despacio, y hubo dos veces en las que pararon: una para que él soltara los corchetes que llevaba media hora sin poder soltar, y otra porque a ella le entró la risa y tardó un rato en pasársele.

Finlay tenía treinta y cuatro años y cinco años de acordarse de una cosa que no se había repetido nunca.

Ella era más delgada que en el noventa y cuatro y tenía las manos peores, con la uña del índice derecho crecida de mala manera desde diciembre, y tenía en el hombro izquierdo una marca de quemadura de la que él no sabía nada y por la que no preguntó aquella noche.

Le puso la boca en el hueco de la clavícula y notó cómo se le paraba la respiración medio segundo, y después no la apartó.

Hubo un momento en que ella se quedó quieta y él paró.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Moira tenía los ojos abiertos y lo estaba mirando—. Que llevo seis meses sin que nadie me pregunte lo que quiero, y usted me lo ha preguntado tres veces en veinte minutos.

—¿Y?

—Y que siga.

—Aquí —dijo una vez, y le cogió la mano y se la puso donde quería.

Y otra vez, más tarde, le dijo el nombre entero, y era la primera vez en cinco años que se lo oía decir.

Cuando terminaron, la estufa tiraba bien y en la habitación se estaba caliente.

Estuvieron un rato sin hablar.

Finlay tenía el brazo debajo de ella y la mano izquierda en su hombro, y se quedó mirando el techo, que era de vigas y estaba a dos metros y medio y que había mirado solo ciento veinte noches.

Lo que pensó, y le dio vergüenza pensarlo, fue que aquella mujer se iba a ir a las cinco o a las seis de la mañana y que lo iba a hacer por el camino corto, y que en el valle lo iba a saber alguien antes del jueves.

—Van a hablar —dijo.

—Van a hablar.

—Lo digo por usted.

—Ya lo sé. —Moira se movió un poco—. Llevan hablando de mí desde el veinte de noviembre y no han acertado ni una vez.

—Esta van a acertar.

—Esta van a acertar.

Se quedó callada un momento.

—El primer domingo que vaya a la iglesia sin anillo, se acabó —dijo—. Eso dura tres semanas y después empieza otra cosa. Yo he visto pasar esto dos veces en este valle y las dos veces duró un mes.

—¿Y después?

—Después somos los que somos. Una mujer que lleva una destilería que ya no es suya del todo y un médico que tiene tres libras.

Finlay se echó a reír por lo bajo.

—¿De qué se ríe?

—De las tres libras.

Moira se quedó boca arriba con un brazo debajo de la cabeza mirando el techo, y estuvo así un rato largo sin decir nada, y Finlay la dejó.

—El jueves hay sesión del patronato —dijo ella por fin.

—El jueves a las siete.

—Voy a ir.

—Va a haber cinco personas y una libreta.

—Ya lo sé. —Se volvió hacia él—. Y la mujer del molinero escribe muy bien.

Finlay se echó a reír, y fue la primera vez que se reía desde el veinticinco de marzo.