Capítulo 37
XXXVII
El lunes quince de mayo amaneció despejado y sin viento, que en aquel valle en Whitsunday no pasaba nunca.
Moira estuvo en el Banco del Norte de Escocia de Aberlour a las nueve en punto, esperando a que abrieran, con Gault al lado.
El talón lo firmó ella y lo firmó Gault como segunda firma de la sociedad, y Symon lo selló y lo anotó y les dio el resguardo, y les llevó cincuenta minutos porque dieciséis mil quinientas sesenta y cuatro libras y diez chelines no se mueven en un cuarto de hora ni en un banco de pueblo.
Salieron a las diez menos diez.
A las once, en la iglesia parroquial de Aberlour, no había nadie.
Moira lo supo después y no lo vio. Lo supo porque se lo contó Jessie el miércoles: que el reverendo Duguid había estado en la sacristía desde las diez y media, como estaba siempre los lunes, y que a las once y veinte había salido y se había vuelto a su casa.
De las diez menos diez a las doce menos veinte no tenía nada que hacer y no se le ocurrió dónde ponerse.
Gault se volvió a Elgin en el tren de las diez y cuarto, después de darle el resguardo y de decirle que si lo necesitaba mandara recado, y ella le dijo que no lo iba a necesitar.
Se quedó en Aberlour.
Estuvo media hora sentada en un banco de la estación con la cartera encima de las rodillas, y después anduvo hasta el final de la calle principal y volvió, y a las once menos cuarto se metió en la mercería a comprar hilo bramante del gordo, porque en la sala de cubas siempre faltaba, y pagó once peniques y lo apuntó en la libreta.
A las once, en la iglesia parroquial de Aberlour, no había nadie.
Llegó a Dunrath a las doce y veinte.
Roderick Strachan la estaba esperando de pie en el recibidor.
Llevaba el traje negro y el chaleco gris y el cuello duro, afeitado, con el pelo mojado y peinado hacia atrás, y llevaba el bastón en la mano derecha y el aparato debajo del pantalón, y se le notaba en cómo tenía el peso.
Se había vestido para una boda que era a las once y eran las doce y veinte.
Moira se quedó un segundo en la puerta.
—Señorita Balfour.
—Señor Strachan.
—Pase al escritorio, que ahí hay mesa.
Fue delante. Anduvo los catorce pasos del recibidor al escritorio con el bastón y con la pierna derecha rígida por el aparato, y le costaron, y no se apoyó en la pared ni una vez, y Moira fue detrás y no se ofreció, que era lo único que se podía hacer.
Bain estaba dentro, con la cartera abierta encima de la mesa y las carpetas sacadas.
El escritorio estaba ventilado y templado y no había nada encima de la mesa que no hiciera falta, que era como lo dejaba aquel hombre cuando esperaba a alguien, y Moira se acordó de la sala de muestras del nueve de marzo y de que entonces había pensado lo mismo.
Lo hicieron en el orden en que se hacen estas cosas y tardaron una hora y diez minutos.
Primero se contó. Bain leyó el principal, leyó los intereses desde Martinmas y leyó la suma, y Moira puso el talón encima de la mesa y Bain lo comprobó contra la cifra y dijo que estaba conforme.
Después se pagó. Roderick lo tomó, lo firmó al dorso y lo dejó en la carpeta.
Después se extendió el recibo, que escribió Bain y firmó Roderick, y que decía que quedaba íntegramente satisfecha la deuda de la señorita Moira Balfour y de la Corrieburn Distillery Company, Limited, con expresión de principal e intereses y con la fecha.
Después vino la descarga del bono. Roderick firmó la escritura de cancelación que Gault había preparado y que llevaba tres semanas hecha, y Bain anotó que se remitiría a Elgin para su inscripción en el registro, que era cosa de días y que no dependía ya de nadie de aquella habitación.
Y al final vinieron los warrants.
Bain los sacó de la carpeta de abajo. Eran trescientas setenta y cuatro órdenes de entrega, en tres fajos, atadas con hilo, cada una con su número de barrica y con el endoso al dorso, y las habían tenido en aquella casa desde el veinticuatro de octubre de mil ochocientos noventa y ocho.
Roderick las endosó de vuelta.
Firmó los tres fajos, uno detrás de otro, y Bain fue anotando, y cuando acabó el tercero los empujó por la mesa.
Moira los cogió.
Pesaban.
Moira los abrió por encima. El de arriba era la barrica uno. El de en medio empezaba por la ciento veintiséis.
Buscó la ciento setenta y ocho, que era la que había llenado el día que murió su padre, y la encontró a la tercera hoja del segundo fajo, con la firma de Archie Balfour en el anverso y con dos endosos al dorso: el del banco, de octubre del noventa y ocho, y el de Roderick Strachan, de aquella misma tarde.
Volvió a atar el hilo.
—Está todo —dijo Bain—. Si le parece, señorita Balfour, lo repasamos una vez más.
—Repáselo.
Lo repasó. Estaba todo.
Bain cerró la cartera, dijo buenas tardes y salió, y cerró la puerta.
Se quedaron los dos.
—Escribí al reverendo Duguid el viernes —dijo Roderick—. Para que no estuviera esperando.
—Se lo agradezco.
—No lo haga.
Se apoyó con la mano libre en el borde de la mesa y se quedó así.
—Le voy a decir una cosa y va a ser la última vez —dijo—, y después no se lo voy a volver a decir mientras vivamos los dos en este valle.
Moira no se movió.
—Cásese conmigo.
No lo dijo como lo había dicho el once de noviembre. Aquella vez lo había puesto encima de una mesa en una carpeta, con un contrato antenupcial dentro y con quince materias y una lista de acciones.
Esta vez no había papel.
—No le traigo una carpeta —dijo—. Le traigo lo que tengo. Dunrath. La casa, el patio, el almacén largo y las setecientas ochenta y una barricas. La mitad de todo, escriturada a su nombre el mismo día, y no una participación: la mitad.
—Señor Strachan.
—Déjeme acabar, que llevo seis meses sin poder decirlo entero.
—No levantó la voz—. Dirección compartida.
Las mezclas las hace usted y las ventas las llevo yo, y si algún día no estamos de acuerdo en una cosa, la hacemos a su manera, porque en whisky tiene usted mejor paladar que yo y lo sé desde el once de noviembre.
—Eso no es verdad.
—Es verdad y usted lo sabe. Y el apellido, el que quiera. Balfour, Strachan o los dos con un guion, que eso lo inscribe uno donde quiera y a nadie le importa.
Se quedó callado un momento.
—Y no le puedo ofrecer su casa —dijo—. Lo he intentado.
Moira levantó la cabeza.
—¿Cómo que lo ha intentado?
—El miércoles diez mandé a Bain a Forres a hablar con el señor Dallas. —Lo dijo sin ninguna intención de que sonara a nada—. Le ofrecí cuatrocientas libras por encima de lo que le costó y que se quedara en ella hasta que encontrara otra. Dijo que no. Tiene a la mujer mala y ya se había mudado.
—¿Usted hizo eso?
—Lo hice el diez, cuando supe que la sociedad estaba inscrita. —Movió el peso al otro lado—. Se lo cuento porque si no se lo cuento se lo va a contar alguien en el mercado de Dufftown dentro de dos años y va a sonar peor.
Moira se quedó mirando la mesa.
Moira se quedó callada bastante rato.
Lo que tenía delante no era una proposición mala. Esa fue la parte que después no le contó a nadie, ni a Jessie ni al hombre con el que iba a dormir aquella noche.
La mitad de Dunrath escriturada el mismo día.
Setecientas ochenta y una barricas. Un patio que funcionaba, un almacén largo con el tejado nuevo y un libro de ventas de verdad, que era la única cosa que a Corrieburn le había faltado siempre y que a ella le seguía faltando aquella misma tarde, porque las ventas ahora las llevaba un consejo de Glasgow.
Y las mezclas las haría ella y, cuando no estuvieran de acuerdo, se harían a su manera.
Era, medida en lo que ella sabía medir, la mejor oferta que le habían hecho en su vida y la mejor que le iban a hacer.
—Le voy a contestar —dijo—. Y le voy a contestar entero, porque usted acaba de hablar entero y porque es la única vez que vamos a hablar de esto.
—Hable.
—Lo he pensado.
Roderick no se movió.
—Lo pensé en enero, cuando compró usted la partida de Rattray y yo no sabía todavía que había sido usted.
Lo pensé en marzo, en su sala de muestras, cuando me dijo que no necesitaba diez barricas sino una y que sabía cuál.
Y lo pensé el diez de marzo por la noche, después del acta, cuando salí de esta casa en un carro.
—Lo dijo despacio y sin apartar los ojos—. Y lo he pensado otras veces.
—Eso no me lo diga si no va a decir lo otro.
—Voy a decir lo otro.
Puso las dos manos en el respaldo de la silla, como el treinta de abril.
—Nunca voy a saber si lo habría elegido.
Roderick no dijo nada.
—Usted compró mi deuda en octubre. Me concedió en noviembre la libertad de buscar comprador y en enero compró las barricas que yo necesitaba para usarla.
En marzo me puso delante la única cosa que me faltaba y le puso encima un derecho suyo.
Y en abril, cuando le pedí que lo soltara, me dijo que no dos veces y no me dijo por qué.
—No levantó la voz ni una vez—. Yo no digo que me engañara.
No me engañó nunca, ni una sola vez, y eso es lo peor de todo.
—¿Entonces?
—Que usted se aseguró de que todos los caminos volvieran aquí. Y el que creí que era mío, el de Glasgow, lo abrió usted en esta casa el once de noviembre preguntándome cuántas de las trescientas setenta y cuatro valían para una mezcla de exportación.
Roderick se quedó muy quieto.
—Eso fue una pregunta técnica.
—Eso fue la puerta. Y usted lo sabía.
Se quedaron callados los dos.
—Si le digo que sí esta tarde —dijo Moira—, no voy a saber nunca si lo he dicho yo o si lo ha construido usted.
Y a los cuarenta años, cuando estemos los dos en esta casa y yo mire por esa ventana, voy a hacer esa cuenta, porque hago cuentas, y no me va a salir.
Y eso no se lo merece ninguno de los dos.
Roderick tardó bastante.
—Si yo no hubiera hecho nada de eso —dijo al fin—, ¿me habría elegido?
Y ahí fue.
Moira lo miró y supo, con una claridad que le duró años, que aquella era la única pregunta que aquel hombre había hecho en toda su vida sin saber la respuesta de antemano, y que la había hecho a las dos menos cuarto de la tarde del quince de mayo de mil ochocientos noventa y nueve, en su propio escritorio, con el traje de la boda puesto.
—No lo sé —dijo—. Y se lo digo como se lo digo todo, que es la verdad. No lo sé, y me habría gustado poder saberlo.
—Eso no es un no.
—Sí que lo es.
Roderick bajó la cabeza una vez. No fue un asentimiento. Fue otra cosa.
—Está bien —dijo.
Moira se quitó el guante izquierdo, se sacó el anillo del dedo corazón y lo dejó encima de la mesa, al lado del recibo.
Lo había llevado puesto aquella mañana. Se lo había puesto en la habitación de encima de la oficina del vista a las siete y media, y había sabido perfectamente por qué se lo ponía, que era para poder dejarlo allí y no mandarlo en un sobre.
—Es suyo —dijo.
—Lo compré sin medida.
—Ya lo sé.
Roderick no lo cogió.
Se quedó donde estaba, apoyado en el borde de la mesa, con el bastón en la mano derecha, y Moira recogió los tres fajos de warrants y el recibo y la escritura de cancelación y se los metió en la cartera.
—Señor Strachan.
—Dígame.
—Gracias por la barrica.
Y salió.
En el recibidor estaba la señora Dow.
Le dio el abrigo y le sostuvo la cartera mientras se lo ponía, y cuando Moira iba a coger el picaporte dijo, en voz baja y sin mirarla:
—Señorita Balfour.
—Dígame.
—Se levantó a las seis y media para eso.
Moira se quedó con la mano en la puerta.
—Ya lo sé —dijo.
Y salió.
Cruzó el patio de Dunrath a las dos y diez de la tarde del lunes quince de mayo con una cartera debajo del brazo, y en aquel patio había catorce o quince hombres trabajando y todos la vieron pasar y ninguno la miró a la cara.
Subió al carro.
No debía nada a nadie por primera vez desde el veinticuatro de octubre de mil ochocientos noventa y ocho, que era el día en que el Banco del Norte de Escocia había vendido el papel de su padre sin decírselo.