Capítulo 36
XXXVI
El lunes uno de mayo, Colin Bain entró en el despacho de Peter Gault, en la calle Alta de Elgin, a las diez y veinte de la mañana.
Entregó en mano una hoja doblada en tres. Gault la leyó de pie, la volvió a doblar, escribió un recibo de cuatro líneas en el que constaba la fecha, la hora, el nombre del documento y quién lo entregaba, lo firmó y se lo dio.
Bain se lo guardó y se fue sin decir nada más.
A las once menos cuarto, Gault puso un telegrama a Waterloo Street. Decía que obraba en su poder la renuncia de R. Strachan a la carga, firmada el treinta de abril ante dos testigos, y que la enviaba aquel mismo día en pliego certificado a la atención de la señora Kerr.
A las once y diez la echó al correo.
A la una de la tarde de aquel mismo lunes, Moira estaba sentada al otro lado de su mesa.
—¿Ya está?
—Está firmada, está aquí y está de camino —dijo Gault—. Lo que no está es aceptado. Glasgow tiene que leerla, tiene que darla por buena y tiene que decir que desembolsa, y eso son sus procuradores y son días.
—¿Cuántos?
—Si el pliego llega el miércoles, el jueves o el viernes tenemos respuesta.
Los cuatro días que hubo en medio fueron los peores de los seis meses.
No había nada que hacer. Esa fue la parte.
Moira bajó al almacén el martes y el miércoles y sacó muestra de la cuba las dos veces, y las dos veces la anotó, y las dos veces estaba igual y las dos veces estuvo más rato del necesario con el vaso en la mano.
El miércoles tres bajó Jessie al patio a las seis de la tarde y la encontró mirando la fila cuarta.
—¿Se sabe algo?
—No.
—¿Y cuándo se sabe?
—El jueves o el viernes.
Jessie se secó las manos.
—Los de abajo preguntan.
—Diles que el viernes.
—Se lo dije el lunes. —Jessie se quedó donde estaba—. Señorita Balfour, yo no le estoy metiendo prisa. Le digo lo que hay, que es que llevan catorce semanas cobrando la mitad y que el viernes que viene es el quinto viernes que les digo que se sabrá.
—Ya lo sé.
—Y que el lunes quince es Whitsunday y que ese día lo tienen todos en la cabeza por otra cosa.
Moira no contestó a eso.
La respuesta llegó el viernes cinco por la mañana y fue mucho más larga de lo que Moira había esperado.
Kerr y Wylie daba por buena la renuncia. Eso estaba en la primera línea y era todo lo bueno que había en aquellas cuatro hojas.
En las otras tres y media venía lo demás.
La señora Kerr escribía que, habiendo quedado acreditado que sobre la partida había existido desde el diez de marzo un derecho de tercero no revelado en la documentación remitida el veinticinco de abril, y habiendo sido esa circunstancia conocida por la aportante desde el mismo día de su constitución, su casa debía revisar las condiciones ofrecidas el treinta de marzo.
Y las revisaba.
Moira las leyó dos veces y después sacó la carta del treinta de marzo y las puso al lado.
Lo primero era la participación. Donde en marzo ponía treinta por ciento para ella, ahora ponía veintidós.
Lo segundo era nuevo. La dirección de producción quedaba sujeta durante los tres primeros ejercicios a la supervisión de un delegado designado por Kerr y Wylie, con derecho de acceso a la destilería, a los libros y a las catas, y con obligación de informar trimestralmente al consejo.
Y lo tercero era lo que no cambiaba. Los diez años seguían siendo diez años, las acciones seguían siendo indisponibles y la recompra al valor de emisión seguía estando en la hoja tres.
Al final, después de la firma, había tres líneas escritas a mano:
No es un castigo, señorita Balfour. Es lo que me cuesta a mí explicarle a mi socio por qué entro en una casa cuya directora firmó en marzo un papel contra el consejo de su procurador y tardó seis semanas en decírmelo. Si usted estuviera en mi silla haría lo mismo y las dos lo sabemos.
Moira estuvo un rato con aquello.
Después cogió el lápiz y restó.
Ocho puntos. De treinta a veintidós.
Cinco de esos ocho eran el precio de seis semanas de silencio y los podía contar exactamente: eran lo que costaba haber salido de aquella sala de Waterloo Street el veintiocho de marzo sin decir una palabra.
Los otros tres los iba a gastar ella misma aquella misma tarde.
Fue a Elgin en el tren de las dos y estuvo con Gault hasta las siete.
—Quiero la cláusula de los jornales —dijo.
—Ya se lo dije en abril y se lo repito hoy: eso no está en ninguna de las dos cartas.
—Por eso lo quiero.
Gault se quitó las gafas.
—Explíquemelo.
—En esa sociedad, a partir del quince de mayo, la que decide cuántos hombres hay en ese patio no soy yo.
Es un consejo de Glasgow con un delegado sentado en mi sala de cubas.
—Moira puso la mano encima de la escritura de aportación—.
Y si en octubre la mezcla de exportación va mal y hay que ajustar, lo primero que ajusta un consejo son cuarenta jornales.
—Treinta y ocho.
—Treinta y ocho. —Retiró la mano—. Quiero que no puedan.
Trabajaron cuatro horas en tres párrafos.
Gault lo escribió, lo tachó, lo volvió a escribir y le explicó dos veces lo que aquello podía y lo que no podía.
—Esto no es un derecho de los trabajadores —dijo—. Que le quede claro, porque si usted baja mañana al patio y les dice que tienen un papel, les está mintiendo. Un obrero de Corrieburn no va a poder coger esta cláusula y presentarse con ella ante un juez.
—¿Y entonces qué es?
—Esto es una obligación de la sociedad frente a usted, y de Kerr y Wylie frente a la sociedad y frente a usted.
—Golpeó el papel con el nudillo—. Si el consejo despide por debajo del número pactado durante los cinco primeros ejercicios sin causa de fuerza mayor acreditada, usted puede exigir el cumplimiento y puede reclamar. Usted. No ellos.
—Eso me vale.
—Eso le vale a usted y le vale a ellos porque usted es la que está ahí todos los días. —Gault volvió a coger la pluma—. Y ahora le digo lo que cuesta, porque esto no lo van a firmar por amabilidad.
—Dígame lo que cuesta.
—Tres puntos de su participación.
Moira no lo pensó.
—Póngalo.
—Señorita Balfour, tres puntos de esa casa dentro de diez años van a ser mucho dinero.
—Ya lo sé.
—Es su dinero. No el de la sociedad ni el de Glasgow. Sale de lo suyo y de nadie más y no se lo va a agradecer ni una sola persona de ese patio, porque no se van a enterar nunca.
—Ya lo sé —dijo Moira—. Póngalo.
Gault lo puso.
Salió de allí a las siete y cuarto y cogió el tren de las siete y media, y en el vagón, con el cuaderno en la rodilla, escribió la cifra y la miró.
Veintidós por ciento.
En marzo había sido treinta. En noviembre no había sido nada, porque en noviembre lo que había era una casa entera con dieciséis mil doscientas libras encima.
Veintidós por ciento de una sociedad que llevaba su apellido en el nombre y en la que ella no podía vender una acción sin permiso de siete hombres de Glasgow.
Cerró el cuaderno antes de Craigellachie y no volvió a abrirlo.
La Corrieburn Distillery Company, Limited, quedó inscrita en el registro el miércoles diez de mayo.
Habían salido de Elgin el veintiocho de abril el memorando y los estatutos con las siete firmas, y la inscripción vino con ocho días de retraso sobre lo que Gault había calculado en marzo, y aquellos ocho días se los pasó Moira sin dormir bien.
El miércoles diez por la tarde, Moira bajó al patio y se lo dijo a los treinta y ocho.
Lo hizo a las seis menos cuarto, antes del cambio, de pie en la puerta del almacén y sin mesa.
Dijo que la sociedad estaba inscrita desde aquella mañana.
Dijo que el viernes entraría el dinero y que el lunes quince se pagaría la deuda.
Dijo que el jornal entero volvía el sábado veinte y que las catorce semanas atrasadas se pagarían en dos veces, en julio y en agosto, porque en mayo y en junio no había con qué y no les iba a decir que sí lo había.
Y dijo, al final, que la casa era ahora de una sociedad de Glasgow que tenía la mayoría, y que ella seguía llevando la producción, y que a partir de julio iba a venir cada tres meses un hombre de Kerr y Wylie a mirar los libros y las cubas.
Alec Wishart preguntó dos cosas. Cuándo exactamente en julio, y si el hombre de Glasgow podía despedir.
—El hombre de Glasgow no despide. Despide el consejo.
—¿Y usted está en el consejo?
—Estoy en el consejo y tengo un voto de siete.
Wishart asintió.
—Está bien —dijo.
Y esa vez le dieron las buenas noches veintinueve de los treinta y ocho, y Moira los contó sin querer contarlos.
El jueves once se formalizaron las aportaciones.
La destilería, los edificios, el terreno industrial, el derecho de agua, las treinta y nueve barricas libres y los ocho mil quinientos seis galones de la cuba, con las tasaciones de abril y con el visto del vista de aduanas en las existencias, que Duff firmó en el almacén tres a las once de la mañana y que le llevó dos horas.
El viernes doce, Kerr y Wylie desembolsó contra la cuenta de la sociedad en el Banco del Norte de Escocia de Aberlour.
Aquel viernes por la tarde, por primera vez desde el treinta de enero, había dinero en una cuenta a nombre de Corrieburn.
El sábado seis de mayo, a las once y cuarto de la mañana, cuatro días antes de que existiera la sociedad, se había cerrado la venta de la casa.
Fue en el despacho del procurador del señor Dallas, en Forres, y duró cuarenta minutos. Se firmó la disposición, se entregaron las llaves, se cobró el precio y se liquidaron las prorratas del año.
Fuera de la venta quedaron, por reserva expresa, el salto de agua del arroyo de Corrie y el derecho a tomar el agua, y el terreno industrial con la destilería, los almacenes y el patio, y quedaron constituidas las servidumbres de paso y de conducción.
Moira firmó cinco veces.
La cuarta fue la disposición y la quinta el recibo del precio, y entre las dos hubo un momento en que el procurador del señor Dallas se puso a contar las llaves encima de la mesa, en voz alta, porque eran nueve y había que dejar constancia de que eran nueve.
La de la puerta principal. La de la cocina.
La del lavadero. La de la despensa. La del cuarto de arriba del fondo, que llevaba sin cerrarse desde que ella tenía diecinueve años y que su madre había cerrado alguna vez.
Las dos del cobertizo del jardín. La del pozo.
Y una que no sabía de dónde era y que estaba en el manojo desde antes de que ella naciera.
Moira las contó con él.
Al salir, el señor Dallas le dijo que su mujer estaba muy contenta con la despensa.
Se mudó el jueves cuatro, dos días antes, a la habitación de encima de la oficina del vista, que era la que Jessie había dicho en abril que tenía la estufa que tiraba mal.
Se llevó la cama, una cómoda, dos sillas, el mapa de la comarca de 1881 y el marco con el recorte de la medalla de Edimburgo del ochenta y seis. Lo demás se vendió con la casa o se repartió.
La habitación tenía la ventana al canal y era la de encima de la oficina de Duff, y debajo del suelo, a partir de las siete de la mañana, se oía a un hombre pasando hojas.
La primera noche no encendió la estufa porque no sabía si tiraba, y a la segunda la encendió y no tiraba.
El sábado seis por la noche, después de Forres, subió, se sentó en el borde de la cama con el abrigo puesto y estuvo un rato así.
Después colgó el mapa de la comarca de 1881 en la pared de la izquierda y el marco de la medalla de Edimburgo debajo, y los colgó torcidos porque no tenía con qué medir, y al día siguiente los enderezó.
El viernes doce por la tarde, con el dinero ya en la cuenta, Moira hizo la última cuenta de la semana.
Dieciséis mil doscientas libras de principal.
Los intereses corridos desde Martinmas al cuatro y medio por ciento, que eran trescientas sesenta y cuatro libras y diez chelines.
Dieciséis mil quinientas sesenta y cuatro libras y diez chelines.
El lunes quince, a las once, en Dunrath.