Capítulo 35
XXXV
El domingo treinta de abril, Roderick Strachan llevaba desde las siete de la mañana esperando.
No lo había reconocido así. Se había levantado, se había afeitado, había dejado que Aggie le subiera el desayuno y se lo había comido entero, y a las nueve había pedido los libros aunque era domingo y no los había abierto.
A las once oyó las campanas de Aberlour, que se oían desde Dunrath con viento del oeste, y calculó sin querer quién estaría dentro.
Moira Balfour no. Llevaba tres domingos sin ir y él lo sabía porque se lo había dicho la señora Dow sin que se lo preguntara.
A las doce le subieron la comida y comió la mitad.
A la una y veinte oyó el carro en el patio.
Le dio tiempo a sentarse bien y a apartar la mesa, que era lo que hacía desde diciembre, y después se dio cuenta de que llevaba tres meses colocándose para que aquella mujer no lo viera mal sentado, y lo pensó como quien encuentra una cifra en un libro y no sabe cuándo la puso.
Moira entró sin quitarse el abrigo.
—Le va a costar dinero lo que le voy a decir —dijo—, así que se lo digo de pie y en dos minutos.
—Siéntese.
—No.
Se quedó al otro lado de la mesa.
—Anoche tuve seiscientas veinte libras encima de esta misma mesa, en otra casa. —Lo dijo sin adornarlo—. Alguien me las ofreció y no eran un préstamo y estaban en un banco y podían estar el lunes en manos de Gault. Las he rechazado esta mañana a las nueve.
Roderick no preguntó de quién.
—Y ahora le digo lo otro, y es lo que he venido a decirle.
—Moira puso las dos manos en el respaldo de la silla que no había ocupado—.
El quince de mayo yo no voy a tener dieciséis mil doscientas libras.
Usted lo sabe mejor que yo. Y no voy a firmar una declaración falsa, y eso también lo sabe desde el diez de marzo, porque me lo advirtió usted mismo.
—Lo sé.
—Entonces el quince de mayo usted ejecuta.
—El quince de mayo tengo derecho a ejecutar.
—Ejecute. —Moira se agarró al respaldo—. Yo no voy a impugnar nada, no voy a pedir plazos y no voy a escribirle a nadie para que interceda. Voy a dejar que esto caiga entero, con la casa, con el agua, con las barricas y con lo que hay en esa cuba.
Roderick esperó.
—Y tampoco entonces me caso con usted.
Lo dijo sin levantar la voz y sin adornarlo y sin mirar a otro sitio.
—No el quince, ni en junio, ni cuando usted me lo vuelva a ofrecer con la casa de vuelta. —Siguió agarrada al respaldo—. Se lo digo hoy, con tiempo, para que cuando haga la cuenta la haga bien y no se la haga con eso dentro.
Roderick estuvo un momento sin decir nada.
—¿Ha terminado?
—He terminado.
—Entonces váyase a su casa. Está usted en pie desde las siete y ha subido en carro con este frío.
Moira se quedó quieta dos segundos más, y después se dio la vuelta y se fue, y él la oyó bajar la escalera y oyó el carro salir del patio.
Se quedó solo.
Estuvo diez minutos sin hacer nada. Eso tampoco le pasaba desde hacía veinte años.
Lo que le quedó de aquellos dos minutos, y le quedó mucho tiempo, no fue nada de lo que ella había dicho.
Fue que no se había sentado. Había subido cuatro millas en carro un domingo de abril con el suelo helado y se había quedado de pie agarrada al respaldo de una silla, y se había ido sin quitarse el abrigo.
En noviembre, en aquella misma casa, se había sentado.
Y entonces hizo lo que llevaba veinte años haciendo con todo, que era contar, y aquella vez lo contó despacio y hasta el final, porque llevaba seis meses contando solo hasta la mitad.
Estaba el resultado primero, que era la fusión.
Eso se había acabado el veintiocho de abril a las seis y veinte de la tarde, en el almacén tres de Corrieburn, delante de treinta y siete hombres.
No se había acabado porque ella lo hubiera contado.
Se había acabado porque aquella mujer acababa de decirle en su cara, de pie y agarrada a un respaldo, que prefería la ruina, y eso no se deshace.
Estaba el tercero, que era cobrar. Dieciséis mil doscientas libras íntegras, el bono cancelado, los warrants devueltos. Ella libre. Aquello no lo había querido nunca.
Y estaba el segundo, que era el que llevaba tres meses guardando y que era, en abril de mil ochocientos noventa y nueve, un negocio excelente.
Lo repasó entero. Era la primera vez que lo repasaba entero.
Si ella no pagaba el quince, él podía ejecutar la garantía heritable sobre la tierra y los edificios. Ese era su derecho y estaba inscrito desde el noventa y cinco y nadie se lo discutía.
Y en esa venta él no podía comprar.
Eso lo sabía desde el noventa y uno, cuando lo había intentado en Keith con una malteria y un procurador de Elgin le había explicado por qué no, y le había costado dos semanas entenderlo y treinta años no olvidarlo.
El que vende no compra. Un acreedor que ejecuta y se adjudica lo suyo puede ver anulada la venta, y no hace falta que nadie demuestre que ha habido perjuicio.
O sea que para quedarse con Corrieburn no le valía su propia ejecución. Necesitaba que aquello se vendiera por mano de otro.
Necesitaba un liquidador.
Y para que hubiera un liquidador tenía que haber concurso, y para que hubiera concurso tenía que pedirlo alguien, y el único acreedor de aquella casa con cantidad bastante para pedirlo era él.
Roderick se quedó con eso.
O sea que la segunda opción, la que llevaba desde enero guardando como quien guarda una barrica en la fila once, era esta: pedir él el concurso de la casa de Moira Balfour, poner a treinta y ocho hombres en manos de un liquidador nombrado por un tribunal, esperar a que ese liquidador tasara y sacara a venta pública el agua de Glen Corrie, y presentarse a pujar como un tercero cualquiera, en una subasta que no controlaba, contra quien apareciera, con el mercado del whisky como estaba y con todo el noreste de Escocia sabiendo quién era él y qué había sido de aquella casa.
Probablemente la ganaría. Con el mercado como estaba, probablemente la ganaría barata.
Y había otra cosa en esa cuenta que llevaba tres meses sin ponerse delante, y que se puso aquel domingo porque estaba poniéndoselo todo.
Un concurso no se acaba en un mes. Un liquidador tasa, publica, espera plazos, oye a los acreedores y saca a venta cuando saca.
Eso son seis meses, ocho, un año. Y durante ese año aquella casa no destila, porque un liquidador no destila; se para, se apaga la caldera, se despide a los hombres y se guarda el whisky.
En noviembre él no compraría una destilería. Compraría unos edificios fríos, un agua que llevaba medio año sin correr por un tubo de cobre y ocho mil galones que habrían pasado el verano en una cuba sin que nadie los mirara.
Y no compraría a Moira Balfour, porque Moira Balfour no estaría.
En noviembre, aquella mujer llevaría seis meses trabajando para quien la hubiera querido, y en aquel país había cuatro o cinco casas que la habrían querido en cuanto se supiera lo de Waterloo Street.
Eso tampoco lo había contado nunca. Lo contó aquel domingo y le salió que el negocio excelente lo era menos de lo que llevaba tres meses diciéndose, y que la parte de aquel negocio que él había estado guardando no era el agua.
Y seguía siendo un negocio excelente. Eso no se le movió en ningún momento. El agua, los edificios, el terreno industrial y ocho mil quinientos galones por una fracción de dieciséis mil doscientas libras, y su propia carga cobrando por delante.
Lo que había cambiado, y lo que tardó veinte minutos en ponerse delante con todas las letras, era otra cosa.
Aquello ya no llevaba a ninguna parte.
Durante seis meses, la segunda opción no había sido nunca la segunda opción.
Había sido el camino largo hacia la primera.
Él lo había pensado así en octubre cuando compró el papel, y en noviembre cuando le concedió la libertad de buscar comprador, y en enero cuando compró cuarenta y seis barricas que no le hacían falta, y en marzo cuando le puso delante una barrica y un acuerdo: todo aquello no era para quedarse con una destilería.
Era para que en mayo no hubiera ninguna otra puerta.
Y ahora había una mujer que acababa de subir en carro un domingo de abril, con frío, para decirle de pie que prefería la ruina.
Poseer Corrieburn no iba a hacer que aquella mujer lo eligiera. No iba a hacerlo en mayo, ni en el noventa y nueve, ni nunca. Iba a hacer lo contrario, y él lo sabía desde hacía un rato y llevaba seis meses sin dejarse saberlo.
Se podía quedar con el agua.
No se podía quedar con las dos cosas, y nunca se había podido, y lo que había estado comprando desde octubre con dinero, con barricas y con un acuerdo firmado ante testigos era el derecho a no tener que elegir.
Ese derecho no existía. Eso era todo lo que había averiguado en seis meses, y le había costado dieciséis mil doscientas libras de papel de banco y una pierna.
Tiró del cordón.
Aggie apareció a los dos minutos.
—Dile a la señora Dow que mande un chico a Aberlour a buscar a Bain y otro a casa de Cruickshank.
—Señor, es domingo.
—Ya sé que es domingo. Que vengan los dos.
Bain llegó a las cuatro y veinte y Rab Cruickshank a las cuatro y media, los dos con la ropa de la iglesia, y ninguno de los dos preguntó nada.
—Señor Strachan —dijo Bain, todavía de pie—. ¿Quiere que traiga los libros?
—No.
—¿Puedo preguntar para qué nos ha llamado?
—Para firmar una cosa delante de dos testigos.
Bain no dijo nada más. Sacó el tintero de la cartera, lo puso en la mesa y se apartó dos pasos.
Rab Cruickshank se quedó junto a la ventana con la gorra en las dos manos, mirando al patio, y en cuarenta minutos no se movió de allí ni una vez.
Roderick lo escribió él mismo, de su puño, sentado en la cama con la mesa arrimada, y le llevó cuarenta minutos y lo escribió tres veces.
La primera la rompió porque explicaba.
La segunda la rompió porque tenía una frase de más al final.
La frase decía y hágase constar que quien renuncia lo hace libremente y sin que le haya sido pedido, y era verdad y era exacta, y la leyó dos veces y entendió que aquello no lo escribía un hombre que renuncia, lo escribía un hombre que quiere que alguien sepa que ha renunciado.
Rompió la hoja.
La tercera decía lo que había que decir.
Que Roderick Strachan, de Dunrath, en la parroquia de Aberlour, renunciaba pura y simplemente, sin condición, plazo ni contraprestación, a la carga contractual exigible de seiscientas veinte libras sobre el producto de la venta de la partida compuesta en Corrieburn, constituida por el acuerdo de diez de marzo de mil ochocientos noventa y nueve suscrito entre él y la señorita Moira Balfour ante testigos.
Que la renuncia era irrevocable.
Y que autorizaba a don Peter Gault, procurador en Elgin, a hacer de ella el uso que estimara conveniente frente a quien correspondiera.
Lo releyó entero antes de firmar.
Había tres palabras que había puesto a propósito y que un procurador no habría puesto, porque no hacían falta: pura y simplemente, y sin contraprestación, e irrevocable.
Las dejó.
Firmó al pie, con el nombre entero.
Bain firmó debajo y puso su dirección. Cruickshank firmó debajo de Bain, despacio, con la letra grande y cuadrada de un hombre que escribe poco.
—¿Le pongo la fecha, señor? —dijo Bain.
—Ponla.
—Domingo treinta de abril de mil ochocientos noventa y nueve.
—Ponlo así.
Bain lo puso así.
Nadie dijo nada durante un minuto.
—Señor Strachan —dijo Bain al fin.
—Dime.
—¿Se lo llevo mañana a Elgin?
—Mañana a primera hora. En mano, no por correo, y que te firme el recibo.
—Bien.
Bain dobló la hoja en tres y la guardó en la cartera, y Rab Cruickshank se puso la gorra y se quedó un momento en el umbral.
—¿Algo más, señor?
—No.
—El lunes le traigo lo del patio.
—Tráemelo.
Salieron los dos.
Roderick se quedó con la pluma encima de la mesa y con las dos hojas rotas en el suelo, y no llamó a nadie para que las recogiera.
Antes de irse, Rab Cruickshank había vuelto desde el pasillo.
—Señor Strachan.
—Dime.
—Yo he firmado ahí debajo y no he leído lo que he firmado.
—Puedes leerlo. Bain lo lleva.
—No hace falta. —Rab se quedó en el umbral con la gorra en las dos manos—. Lo que le digo es que llevo veintidós años en esta casa y hoy es la primera vez que me llama usted un domingo.
—Ya lo sé.
—Bien. —Se puso la gorra—. Pues ya está dicho.
Se recostó.
No sintió nada parecido a lo que había esperado sentir, que era lo que le venía pasando desde el veintiocho. Lo que sintió fue lo que se siente al soltar un peso que se ha llevado mal durante mucho rato, que no es alivio: es darse cuenta de cómo se tenía el hombro.
Se quedó mirando el techo.
Lo que había hecho en aquella habitación en los últimos cuarenta minutos no lo había hecho nunca, y no era firmar un papel. Era decidir una cosa cuyo resultado no podía comprobar.
Llevaba veinte años comprando y vendiendo, y en veinte años no había firmado ni una sola vez algo sin saber de antemano lo que iba a pasar después.
Compraba cuando el mercado estaba feo porque sabía lo que hace un mercado feo.
Compraba barricas en enero porque sabía lo que vale una malta vieja en un año sin llenados.
Compró dieciséis mil doscientas libras de papel de banco en octubre porque sabía exactamente qué le pasa a una casa pequeña con el almacén gravado.
Aquello no lo sabía.
Hizo la última cuenta, deprisa y por costumbre.
El lunes uno, Gault recibía aquello. El martes o el miércoles estaba en Waterloo Street.
Glasgow desembolsaba. El quince de mayo, aquella mujer subía a Dunrath con dieciséis mil doscientas libras y él tenía que cobrarlas y tenía que firmar la cancelación del bono y la devolución de los warrants, porque pagada la deuda estaba obligado y lo estaría aunque no quisiera.
Y después de eso, el quince de mayo por la tarde, Moira Balfour no le iba a deber a Roderick Strachan absolutamente nada.
No sabía qué iba a hacer ella entonces.
Era la primera vez en veinte años que abría una puerta sin saber qué había al otro lado, y estuvo un rato largo tumbado en aquella cama, a oscuras, comprobando que efectivamente no lo sabía.