Capítulo 34
XXXIV
El sábado veintinueve de abril, Moira hizo tres cosas y ninguna sirvió.
La primera fue en Elgin, entre las once y las cuatro.
El telegrama de Eliza Kerr había llegado a Corrieburn a las nueve y diez de la mañana y decía cuarenta y una palabras:
Strachan afirma derecho por escrito. No podemos desembolsar sobre partida con derecho vivo. Existe salida. Si consigna usted el importe máximo de la reclamación en manos neutrales con instrucciones escritas de liberación, desembolso antes de Whitsunday. Seiscientas veinte libras. E. Kerr.
Moira cogió el tren de las nueve con el telegrama en el bolso.
Gault lo leyó dos veces y dijo lo primero que dice un procurador, que fue que aquello estaba bien redactado.
—Es la salida buena —dijo—. No le pide que extinga, le pide que cubra. Si ese dinero está en manos de mi despacho o de un banco con instrucciones, ella desembolsa, usted paga el quince, se cancela el bono y lo de Strachan se discute después con calma y con el dinero ya parado.
—¿Y si al final gana él?
—Si al final gana él, cobra sus seiscientas veinte de ahí y usted ha perdido seiscientas veinte y ha salvado dieciséis mil doscientas. —Gault dejó el papel—. Eso no es un mal negocio, señorita Balfour. Eso es el mejor negocio que le han ofrecido desde noviembre.
—Entonces consígnelas.
—Con qué.
Estuvieron cinco horas con eso.
Gault fue por orden y lo fue tachando en voz alta, que era como trabajaba.
El Banco del Norte de Escocia, no. Moira tenía allí una cuenta a cero desde el treinta de enero y ni un chelín de crédito, y el director de Aberlour no prestaba seiscientas veinte libras a una casa con el almacén pignorado ni aunque lo mandara el consejo.
Las treinta y nueve barricas libres, no. Estaban comprometidas como capital propio en la escritura de aportación que había encima de aquella mesa, y gravarlas era quedarse sin la tercera condición de diciembre.
El vatting, no, y por el mismo motivo y por otro peor, que era que ya tenía una carga encima.
El precio de la casa, no. Las misivas estaban cruzadas y el settlement era el sábado seis de mayo, y hasta el sábado seis de mayo aquel dinero no existía.
Gault escribió al procurador del señor Dallas a las dos de la tarde preguntando si su cliente adelantaría parte contra el cierre, y la respuesta llegó a las cuatro menos veinte y decía que el señor Dallas lamentaba no estar en condiciones.
—Es un hombre retirado con una mujer enferma —dijo Gault—. No es un banco.
—Ya lo sé.
El vatting como mercancía, tampoco. Gault lo intentó de otra manera a las tres: escribió a un corredor de Elgin preguntando si alguien compraría al contado cuatro mil galones de una partida compuesta, entrega inmediata.
La respuesta vino a las cinco menos cuarto y decía que sí, que a dos chelines y tres, que era menos de la mitad de lo que valía y que era lo que se paga por una cosa que el vendedor tiene que vender hoy.
—Cuatro mil galones a dos y tres son cuatrocientas cincuenta libras —dijo Moira.
—Cuatrocientas cincuenta libras —repitió Gault— y se queda usted sin la mitad de lo que ha aportado a Glasgow, y entonces la escritura de aportación no vale y hay que rehacerla, y no hay tiempo.
—Gault tachó la línea—. Y además esa venta tiene encima la carga, o sea que de esas cuatrocientas cincuenta, seiscientas veinte son de él.
Ahí ya no es que no llegue: es que sale usted debiendo.
Un prestamista privado, no, porque en aquella comarca no había ninguno que moviera esa cantidad en dos días y porque en Elgin los dos que había querían garantía y ella no tenía ninguna sin usar.
—¿Y el pleito? —dijo Moira.
Gault se quitó las gafas y se tomó su tiempo.
—Puede usted impugnar el acuerdo de marzo. Puede alegar que lo firmó bajo apremio económico, que el otro contratante era su acreedor y su prometido, y que le puso delante la única cosa que le permitía cumplir con un tercero.
—¿Eso se gana?
—Eso no se gana, señorita Balfour, y se lo digo yo, que soy el que cobraría por intentarlo.
—Volvió a ponerse las gafas—. No se gana porque su procurador estuvo en la habitación el diez de marzo, le dijo a usted por escrito que no lo firmara y usted lo firmó igual, y eso consta y lo firmé yo.
No se gana porque el otro contratante le advirtió a usted en esa misma mesa y antes de firmar que habría que revelarla o extinguirla, y eso lo van a declarar dos testigos.
Y no se gana porque en abril usted le ofreció comprársela por seiscientas veinte libras, que es reconocer el derecho.
—Entonces no hay nada.
—Hay dieciséis días y hay un hombre.
Moira se quedó de pie junto a la ventana de la calle Alta.
—Señor Gault.
—Dígame.
—¿Usted sabe por qué no me la vende?
Gault tardó.
—Tengo una idea y no se la voy a decir, porque llevo treinta y ocho años sin decirle a un cliente lo que creo que piensa la otra parte. —Recogió las carpetas—. Y porque si se la digo y acierto, usted va a hacer algo con eso, y si se la digo y me equivoco, va a hacer algo peor.
La segunda cosa fue en Dunrath, a las seis menos cuarto de la tarde.
Llegó de Elgin directamente, sin pasar por Corrieburn, con el abrigo puesto y el telegrama en la mano.
Roderick estaba incorporado y con la mesa arrimada. Le había cambiado la cara en dos semanas, o a lo mejor era que ella lo miraba de otra manera.
—Seiscientas veinte libras en manos neutrales —dijo Moira, y le puso el telegrama encima de los libros—. Léalo.
Lo leyó.
—No hace falta consignar nada —dijo ella—.
Usted firma una renuncia esta tarde, mañana está en manos de Gault y el lunes en Glasgow, y no le cuesta a usted un chelín, porque el siete de abril le ofrecí pagarle las seiscientas veinte en el cierre y se lo vuelvo a ofrecer hoy con el interés que quiera.
—No.
—Es el mismo dinero.
—No es el dinero.
—Ya sé que no es el dinero. —Moira no levantó la voz—. Lo que le estoy preguntando es qué es.
Roderick le devolvió el telegrama.
—Ya se lo dije el siete —dijo—. No se lo voy a decir.
Y no se lo dijo.
Moira se quedó de pie al otro lado de aquella mesa un rato largo, y después cogió el telegrama y se lo guardó, y se fue sin darle la mano.
La tercera cosa fue en Corrieburn, a las siete y media de la tarde, y no la había buscado ella.
Finlay estaba en el patio, con las botas mojadas hasta media caña y sin maletín.
—Vengo de la escuela —dijo—. Necesito quince minutos.
Subieron al escritorio porque en el patio hacía frío.
No se sentó. Puso encima de la mesa la libreta abierta y se quedó de pie al otro lado, y lo dijo como quien da un parte.
—Ciento ochenta y una libras en el Union Bank de Glasgow, que son mis ahorros. Y cuatrocientas cuarenta y dos de las quinientas que me pagó el señor Strachan el catorce de marzo por lo de la pierna. Seiscientas veintitrés.
Moira no dijo nada.
—El lunes por la mañana puedo tenerlo en Aberlour y en manos del señor Gault, con instrucciones escritas. Y tres libras me sobran.
—Doctor Calder.
—Déjeme terminar, que esto ya lo he hecho mal dos veces y quiero hacerlo mal del todo. —Finlay puso la mano encima de la libreta—. No se lo estoy preguntando. Se lo estoy poniendo delante hecho, porque si se lo pregunto usted me dice que no.
—Le voy a decir que no igual.
—Ya lo sé. —No apartó la mano—. Pero ahora lo dice usted sabiendo que existe, y no sabiendo que existía.
Moira se sentó.
Miró la libreta abierta sobre la mesa. Estaba escrita con la letra pequeña y recta de las hojas de temperatura que él había llevado en diciembre, y las cifras estaban en columna y sumadas al pie, y aquello era lo que más le costó de todo, porque era exactamente como escribía ella.
Estuvo callada lo suficiente para que a Finlay se le pasara por la cabeza que a lo mejor no.
—¿Esas quinientas libras eran para el tejado? —dijo ella.
Finlay no contestó enseguida.
—Sí.
—¿Se lo ha dicho usted a alguien?
—No.
—¿Ni a Ogilvie, ni al párroco, ni a las once personas que pusieron treinta y una libras en enero?
—A nadie.
—¿Y cuándo lo decidió?
—El catorce de abril —dijo—. El día que bajó usted a la escuela y me dijo lo de los diez años.
Moira se quedó mirando la libreta.
—Deme hasta mañana.
—No hay hasta mañana. Mañana es domingo y el banco abre el lunes.
—Deme hasta mañana —repitió—, porque si le contesto esta noche le voy a contestar con lo que tengo en la cabeza a las siete y media de un sábado, y usted se merece otra cosa.
Finlay cerró la libreta.
—Hasta mañana.
Le contestó el domingo treinta a las nueve de la mañana, en la escuela, de pie y sin sentarse ninguno de los dos.
—No.
Finlay asintió una vez, que fue lo único que hizo.
—Déjeme decirle por qué, y no es por lo que usted cree.
—No sé lo que creo.
—Cree que es por orgullo. —Moira se quitó los guantes y los volvió a poner, que era lo que hacía con las manos—. Y no lo es, y se lo voy a demostrar con números, que es lo único que sé hacer.
—Dígalos.
—En Corrieburn hay treinta y ocho hombres a los que se les deben once semanas y media. Eso es lo que yo tengo delante. —Levantó un dedo—. Si acepto sus seiscientas veinte, esos treinta y ocho cobran y la casa sigue abierta, y eso es verdad y no lo voy a discutir.
—Entonces acéptelas.
—Y en este valle hay mil doscientas personas y una casa de piedra sin tejado.
—Levantó el segundo dedo—. Y la mujer del molinero, que tiene sesenta y un años y una pierna que no le aguanta, y el crío de los Innes, y el hombre de Carron al que le salvó usted dos dedos y medio andando tres millas con la mano en alto.
Y en noviembre, cuando vuelva a nevar, el que se caiga de un tejado en esta comarca va a hacer tres horas de carro hasta Elgin.
Finlay no dijo nada.
—Eso es lo que yo estaría comprando, doctor Calder. No estaría aceptando su ayuda. Estaría pagando once semanas y media de treinta y ocho hombres con el tejado de mil doscientas personas, y a esas mil doscientas no les ha preguntado nadie.
—A mí sí.
—Usted no es el dueño de eso. —Lo dijo sin dureza—. Usted es el hombre que lo iba a pagar. Es distinto y usted lo sabe, porque si fuera suyo se lo habría contado a las once personas que pusieron treinta y una libras en enero.
Finlay se apoyó con las dos manos en el tablero.
Estuvo así un momento.
—Lo he vuelto a hacer —dijo.
—Sí.
—En el noventa y cuatro fue una casa en Hillhead. En abril fue Cairns. Y anoche fue esto. —Levantó la cabeza—. Las tres veces he llegado con el plan hecho y las tres veces he decidido yo por dónde tenía que salir usted.
—Las tres veces.
—Y las tres veces era un buen plan.
—Los tres eran buenos planes —dijo Moira—. Ese es el problema. Si fueran malos, sería más fácil.
Finlay se apartó del tablero.
—Entonces pregúntemelo usted a mí.
—¿El qué?
—Lo que le tenía que haber preguntado yo anoche. —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Qué necesita?
Moira tardó en contestar.
—Nada —dijo—. No hay nada que usted pueda hacer, y no lo digo para que se sienta mal. Lo digo porque es verdad y porque llevo desde noviembre haciendo cuentas y esta también la he hecho.
—Nada.
—Nada.
Finlay asintió. No dijo que lo entendía, porque no lo entendía del todo. No dijo que estaba bien, porque no lo estaba. Y no volvió a ofrecerle el dinero, que fue lo más difícil de las tres cosas.
—Entonces me quedo aquí —dijo—, que es lo que hago los domingos por si viene alguien.
Moira se quedó en la puerta.
—Doctor Calder.
—Dígame.
—Lo que ha hecho usted anoche no lo ha hecho nadie por mí en mi vida.
—Eso no me sirve de nada.
—Ya lo sé —dijo ella—. Se lo digo igual.
Salió al camino a las nueve y media de la mañana del domingo.
Y a la una, después de haber estado sentada tres horas en el escritorio de Corrieburn sin escribir una sola línea, mandó a buscar el carro y subió a Dunrath.