El medio año de invierno Capítulo 33
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Capítulo 33

XXXIII

El sábado veintinueve de abril, Finlay subió a Dunrath a las diez y se enteró en el vestíbulo.

Bain bajaba con la cartera puesta y el sombrero en la mano y le dijo buenos días de una manera que no era la suya, y al fondo del pasillo estaba Aggie hablando con la señora Dow, y las dos se callaron al verlo.

En una casa se nota.

Subió, hizo la cura y no preguntó nada durante veinte minutos. La pierna iba bien. La herida del veinticinco de marzo estaba cerrada por segunda intención desde hacía nueve días y el músculo había vuelto un poco, y el hombre llevaba doce sin una décima.

—El jueves le quito la férula —dijo Finlay.

—¿Y el aparato?

—El aparato se lo pone el viernes y da usted seis pasos, y el sábado doce, y no se me suba a un carro hasta que yo lo diga.

—El quince tengo que estar en Aberlour.

—El quince va a estar usted en Aberlour.

—Doble.

Roderick dobló y Finlay le puso la mano en la rótula.

—Cuarenta y uno.

—El martes fueron treinta y ocho.

—El martes fueron treinta y ocho y hoy son cuarenta y uno, y eso está bien y se lo digo yo, que llevo desde diciembre no diciéndoselo. —Finlay le soltó la pierna—. A finales de mayo, sesenta. Con sesenta se sube usted a un carro sin ayuda.

—¿Y para andar?

—Para andar lo que hace falta no es la rodilla. Es el cuádriceps, que lleva cuatro meses y medio sin trabajar y que se le ha ido. Eso se recupera con meses y con dolor y no hay otra manera.

Roderick se quedó mirando la pierna.

—¿Cuánto se ha ido?

—Tres pulgadas y media de circunferencia respecto de la izquierda. Se lo medí el jueves.

—Dígamelo en tiempo.

—Otoño.

Recogió el instrumental y se lavó las manos, y fue entonces, de espaldas, cuando lo dijo.

—¿Qué ha pasado?

Roderick no preguntó a qué se refería.

—La señorita Balfour puso ayer un telegrama a Glasgow declarando el acuerdo de marzo —dijo—. Kerr y Wylie me preguntó anoche por telegrama si yo afirmo algún derecho sobre esa partida. He contestado que sí. La respuesta ha salido esta mañana.

Finlay se quedó con la toalla en las manos.

—¿Por escrito?

—Por escrito y con mi nombre entero.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que Glasgow no puede desembolsar mientras esa carga esté viva. —Roderick lo dijo sin apartar la vista de él—. Y que el quince de mayo vence una deuda de dieciséis mil doscientas libras que ella no puede pagar.

Finlay dejó la toalla en el respaldo de la silla.

—¿Se da usted cuenta de lo que acaba de contarme?

—Me doy cuenta.

—Yo soy su médico.

—Usted es mi médico y es el hombre que la quiere, y las dos cosas las sé desde el dieciséis de marzo a las once y media de la noche, porque me lo dijo usted delante de esa ventana. —Roderick señaló con la barbilla—. Prefiero decírselo yo a que se lo cuente Aggie en la escalera.

—¿Por qué lo ha hecho?

—Eso no se lo voy a decir.

—Lo sé de todas formas.

—Entonces no hace falta que se lo diga.

Finlay cogió el maletín.

Estuvo un momento de pie en medio de aquella habitación, y lo que le pasó por dentro no fue lo que había esperado que le pasara alguna vez si llegaba ese día.

No fue rabia. Fue una cosa más fría y más ordenada, que era la lista de lo que iba a tener que hacer a partir de la semana siguiente para que un hombre al que acababa de oír decir aquello volviera a andar.

—El lunes a las diez —dijo.

—El lunes a las diez.

Bajó la escalera despacio.

En el rellano se cruzó con la señora Dow, que iba con una bandeja y que se paró.

—Doctor.

—Señora Dow.

—¿Va a seguir usted viniendo?

Finlay se quedó parado.

—Voy a seguir viniendo hasta que ese hombre ande.

—Se lo pregunto porque anoche, cuando salió Bain con lo del telegrama, la chica se puso a llorar en la cocina y yo le dije que se callara, y después me senté y estuve pensando en qué pasa en esta casa a partir del quince.

—La mujer se cambió la bandeja de lado—.

Usted es el único que entra aquí todos los días y que no le debe nada a nadie.

—Yo le debo bastante.

—Usted le ha cobrado. —Lo dijo sin ninguna malicia—. Eso no es deber.

Bajó a Aberlour y en Aberlour se enteró del resto, porque en Aberlour se enteraba uno de todo antes de las doce.

Aberlour un sábado a mediodía tenía ochenta personas en la calle principal y a las once y media todas sabían lo mismo.

Lo supo por tres sitios y en ninguno tuvo que preguntar.

En la botica, donde la mujer del boticario le contó lo de la reunión del viernes en el almacén tres, con detalles y con dos cosas que no eran verdad.

En la puerta de la oficina de telégrafos, donde había tres hombres parados sin nada que enviar.

Y en la posada, a la una, donde el posadero le puso el plato delante y le dijo, sin que le hubiera preguntado, que la señorita Balfour había cogido el tren de las nueve para Elgin.

En la posada había cuatro hombres comiendo y los cuatro se callaron cuando entró, y volvieron a hablar a los dos minutos porque cuatro hombres no aguantan callados más de dos minutos, y lo que hablaron fue de Corrieburn.

Uno dijo que la casa cerraba en mayo.

Otro dijo que no, que la compraba el de Dunrath.

Un tercero dijo que si la compraba el de Dunrath no cerraba, y que cuarenta hombres trabajando para Strachan era mejor que cuarenta hombres sin trabajar, y que eso lo dirían todos en junio aunque no lo dijera nadie en abril.

El cuarto no dijo nada.

Finlay comió lo que le pusieron y no se acordaba de qué era cuando salió.

La escuela estuvo cerrada el sábado por primera vez desde enero.

Finlay bajó a las tres, abrió, barrió y ordenó el instrumental, que era lo que hacía los sábados aunque no viniera nadie, y no vino nadie.

Eso no era nuevo. Los sábados no venía casi nunca nadie porque los sábados se cobraba y se trabajaba hasta las seis. Lo que era nuevo era que llevaba media hora dentro de aquella habitación sin poder estarse quieto.

Se puso a colocar la pizarra rota del rincón, que llevaba tres años y medio allí y que él no había tocado en cuatro meses.

La fue apilando contra la pared, pieza a pieza, y a la cuarta o quinta se dio cuenta de que estaba haciéndolo para ver cuánta había, porque el pizarrero le había dicho en enero que la vieja no servía y él nunca lo había comprobado.

No servía. Estaba partida casi toda y la que no estaba partida estaba deslaminada por tres inviernos de agua.

Lo dejó y se lavó las manos en la palangana.

A las cuatro se sentó en el escalón de la puerta con el sol de abril dándole en la cara y sacó la libreta.

La cuenta la tenía hecha desde el trece de abril y no la había mirado desde entonces.

Ciento ochenta y una libras en el Union Bank de Glasgow. Eran los ahorros de once años de ejercicio y de una vida sin gastos, y los había juntado libra a libra desde el noventa y uno.

Quinientas libras del señor Strachan, pagadas el catorce de marzo en una letra a la vista contra el Banco del Norte de Escocia, con una nota de Bain de dos líneas que decía que el señor Strachan consideraba saldados los servicios prestados desde el dieciséis de diciembre.

Quinientas libras.

Finlay había estado tres días sin cobrar la letra.

En Glasgow, tres meses de asistencia diaria y dos intervenciones se habrían pagado con ochenta o cien, y aquel hombre había puesto quinientas, y Finlay había tardado esos tres días en entender que no era generosidad: era que Roderick Strachan no pensaba deberle nada a nadie, y menos a él.

De las quinientas había gastado cincuenta y ocho.

Dieciséis en gasa, algodón y carbólico, que se le acababan cada quince días.

Nueve en el tablero, los caballetes y la palangana.

Once en la posada desde enero. Veintidós en un instrumental nuevo que había encargado a Edimburgo en marzo y que no había llegado.

Le quedaban cuatrocientas cuarenta y dos, en el Banco del Norte de Escocia de Aberlour, a su nombre y sin ninguna traba, y ciento ochenta y una en el Union Bank de Glasgow, que tardaban tres días en moverse y que el lunes se podían pedir por telegrama.

Seiscientas veintitrés.

Lo escribió y se quedó mirándolo, y lo primero que le vino a la cabeza fue una tontería: que en once años de trabajo había ahorrado ciento ochenta y una libras, y que un hombre le había pagado quinientas por doce semanas y dos operaciones, y que las dos cifras juntas decían bastante sobre en qué país vivía.

Se quedó mirando el número un rato largo.

En abril, después de lo de Lumsden, había tomado una decisión y no se la había contado a nadie, que era lo que hacía él con todo.

Había decidido pagar la techumbre él, en otoño, cuando se hubiera olvidado lo de la primavera y cuando el presupuesto del pizarrero se pudiera renovar.

Ochenta y siete libras y catorce chelines de tejado y sesenta de dotación.

Con eso y con las treinta y una que quedaban en firme, la escuela abría en noviembre con cuatro camas.

Lo había calculado cuatro veces y las cuatro salía.

Y lo que había en aquella libreta, en la línea de abajo, era que con seiscientas veinte libras no salía ninguna de las dos cosas a la vez.

Y había una tercera línea en aquella libreta que llevaba allí desde el catorce de abril y que no era dinero.

Decía: Preguntar antes.

La había escrito la noche del día en que ella le dijo que en once días no se le había ocurrido bajar a preguntarle qué quería, y la había escrito con la letra con la que apuntaba las temperaturas.

Finlay la leyó y se quedó con la libreta abierta encima de las rodillas.

Lo que tenía delante era esto: una mujer que en dieciséis días iba a perder una destilería, una casa y cuarenta años de trabajo de su padre, y seiscientas veinte libras suyas en dos bancos, y una línea de su propia letra que decía preguntar antes.

Y si preguntaba, ella decía que no. Eso lo sabía con la misma certeza con la que sabía que un secuestro de hueso acaba saliendo.

Se levantó del escalón a las cinco menos cuarto.

Lo primero que pensó fue lo evidente, y lo pensó con vergüenza y lo pensó igual: que aquel dinero era de Strachan.

Que iba a pagar la carga de Strachan con el dinero que Strachan le había pagado por la pierna de Strachan, y que había una simetría en eso que a él no le hacía ninguna gracia y que a ella se la iba a hacer menos.

Lo segundo lo pensó en el camino, bajando hacia el vado.

Que aquello no lo podía prometer. Que una promesa no desbloquea nada y que lo que Glasgow iba a querer era el dinero puesto, en manos de procuradores, con instrucciones escritas de cuándo se libera y a quién, y que para eso hacía falta el lunes, un banco y Gault.

Lo tercero lo pensó en el vado, con el agua por encima de las piedras porque había llovido el jueves.

Que no le iba a preguntar si lo quería.

Que se lo iba a poner delante hecho, con las dos cifras y con el nombre del banco, porque si se lo preguntaba iba a decir que no.

Se paró en mitad del vado con el agua en las botas.

Y lo cuarto que pensó fue que ya lo había hecho dos veces. En el noventa y cuatro con una casa en Hillhead y en abril con Cairns e Hijos, y las dos veces había llegado con el plan terminado y las dos veces le habían dicho que no.

Se quedó allí parado un minuto entero.

Y lo quinto, que no lo pensó en el vado sino cien pasos después y que le costó seguir andando, fue el tejado.

No el tejado como cifra. El tejado como el crío de la oreja, que había estado supurando desde junio del noventa y ocho hasta el veinte de diciembre porque entre junio y diciembre nadie había hecho doce millas.

Y como el hombre de Carron, que había andado tres millas con la mano en alto porque en aquella comarca no había otro sitio.

Y como el cuñado de Cruickshank, que se había caído de un tejado en el noventa y cuatro y se había muerto en un carro camino de Elgin, y que Finlay no había conocido y del que llevaba tres meses acordándose.

Once personas habían puesto treinta y una libras en enero contando con que aquello se iba a hacer.

Y él era la única persona del mundo que sabía que las quinientas de Strachan eran el tejado, porque no se lo había contado a nadie.

Eso era exactamente lo que le permitía gastárselas en otra cosa sin que nadie pudiera decirle nada.

Después salió del vado y siguió andando hacia Corrieburn, porque eran seiscientas veinte libras y porque no se le ocurría ninguna otra manera de que aquella mujer no se casara el quince.