El medio año de invierno Capítulo 32
83%

Capítulo 32

XXXII

El viernes veintiocho de abril, Roderick Strachan no tenía nada que hacer.

Se dio cuenta a las cinco de la tarde y fue una sensación tan rara que tardó un rato en identificarla.

Había firmado por la mañana lo de Leith, que era el estado de existencias a treinta de abril que le habían pedido en marzo y que estaba limpio. Había despachado con Bain los dos vencimientos de mayo. Había visto a Rab veinte minutos. Había leído tres cartas y había contestado tres.

Y a las cinco de la tarde, sentado en la cama con la mesa arrimada y la férula puesta, no le quedaba encima de aquella mesa una sola cosa que hiciera falta decidir.

Llevaba veinte años sin que le pasara eso.

Se quedó un rato mirando por la ventana el tejado nuevo del almacén largo.

Había cosas que hacer. Siempre hay cosas que hacer en una casa de cuarenta hombres. Lo que no había era una sola que tuviera que decidir él, porque las de mayo estaban decididas desde marzo y las de junio dependían de lo que pasara el quince.

Todo dependía del quince.

Llevaba desde octubre construyendo una cosa que se resolvía en un solo día, y se había pasado seis meses trabajando para llegar hasta ahí, y ahora que estaba a diecisiete días no había nada que hacer más que esperar, y él no sabía esperar.

Nunca había tenido que hacerlo. En veinte años no había comprado ni vendido nada que no pudiera empujar.

A las cinco y media pidió que le subieran la caja del ortopédico.

Aggie se la puso encima de la cama y se fue. Roderick deshizo el hilo de bramante, que llevaba tres semanas puesto, y sacó el aparato.

Era de hierro forrado en cuero, con dos varillas laterales, una articulación de rodilla con un pasador y cinco correas. Pesaba lo que pesa una herradura grande. Lo puso encima de la manta, al lado de la pierna con la férula, y lo estuvo mirando un rato largo.

Después lo volvió a meter en la caja.

Bain subió a las siete menos cuarto sin llamar, que no hacía nunca.

Diecisiete días para Whitsunday. Y el quince de mayo, a las once de la mañana, en la iglesia parroquial de Aberlour, iba a casarse con una mujer de veintiocho años que llevaba desde noviembre intentando no tener que hacerlo.

No se lo dijo así. Se lo dijo de la manera en que llevaba diciéndoselo desde enero, que era: el quince nos casamos y el dieciséis se juntan las dos casas, y lo demás se arregla con el tiempo, y ella en mayo lo entenderá.

Bain subió a las siete menos cuarto sin llamar, que no hacía nunca.

—Señor Strachan.

—Dime.

—Vengo de Aberlour.

Roderick dejó la pluma.

—Ha habido reunión en Corrieburn esta tarde. En el almacén tres, después del turno. Todo el personal. —Bain no se sentó—. La señorita Balfour les ha contado lo del acuerdo de marzo.

—¿Qué les ha contado?

—Todo. La barrica, las seiscientas veinte libras y el papel que le mandan de Glasgow.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el carretero de Archiestown se lo ha contado a su cuñado en la puerta de la taberna a las siete menos veinte y a esa hora había dentro once personas.

—Bain se ajustó las gafas—. Y porque a las siete y cuatro minutos la señorita Balfour ha puesto un telegrama desde la oficina de Aberlour y el telegrafista ha tardado dos minutos en decírselo al primero que ha entrado.

Roderick se quedó muy quieto.

—¿A quién?

—A Glasgow.

—¿Qué decía?

—Eso no lo sabe nadie, señor. Eso el telegrafista no lo dice. —Bain hizo una pausa—. Lo que dice es que eran treinta y siete palabras y que ella las escribió cuatro veces.

Roderick apartó la mesa un poco, lo justo para poder estirar la pierna.

Lo había calculado en marzo, en aquella misma habitación, y lo había calculado bien.

Aquella mujer no iba a firmar una declaración falsa.

Lo había sabido el diez de marzo mientras Bain levantaba el acta, y lo había sabido con la misma clase de certeza con la que sabía que una barrica pesa menos de lo que debe antes de meter la vara.

Se lo había dicho él mismo en la mesa, delante de ella, antes de que cogiera la pluma: habrá que revelarla o habrá que extinguirla.

Se lo había dicho para que constara y para no ser un hombre que engaña.

Y se lo había dicho sabiendo que ella no iba a poder extinguirla.

Ahora estaba hecho.

Se quedó esperando a sentir la cosa que se siente cuando sale una cuenta.

No vino.

Repasó las tres, que era lo que hacía cuando no sabía qué estaba sintiendo.

La primera era la fusión, que era la que llevaba persiguiendo desde octubre.

Las dos casas juntas, el agua de Glen Corrie, ella dirigiendo la producción y él llevando las ventas, y el apellido que quisiera.

Esa se acababa de morir, porque una mujer que en abril le cuenta a treinta y siete hombres lo que él le hizo firmar en marzo no llega a la iglesia el quince de mayo en el estado en que él la había imaginado. Llega. Llega de otra manera.

La segunda era la liquidación. Corrieburn no paga el quince, él ejecuta, y con el mercado como está compra el agua, los edificios y las existencias por una fracción.

Eso seguía siendo, a veintiocho de abril, un negocio excelente.

Lo había hecho tres veces en veinte años y las tres veces había salido bien.

Y la tercera era cobrar. Dieciséis mil doscientas libras, el bono cancelado, los warrants devueltos, y aquella mujer libre y con una casa de Glasgow detrás.

De las tres, la única que no le servía era la tercera.

Y la única que había querido nunca era la primera.

Lo que sí sintió, y tardó un rato en ponerle el nombre porque no lo tenía catalogado, fue alivio.

Alivio de que hubiera hablado.

Llevaba desde el diez de marzo sabiendo que aquella mujer estaba durmiendo mal por una cosa que había firmado en su mesa, y la había visto tres veces desde entonces y las tres había visto lo mismo, y el siete de abril, cuando vino a comprarle la carga y él le dijo que no dos veces sin dar razón, ella se había quedado de pie en aquella habitación con una hoja en la mano y una cara que a él le costó tres noches quitarse.

Ahora lo había contado. Y lo había contado a treinta y siete hombres antes que a nadie, lo cual quería decir que no lo iba a llevar sola hasta mayo.

Que aquello lo dejara a él en el sitio en el que lo dejaba era otra cuestión.

Bain seguía de pie.

—¿Algo más?

—Sí, señor. Esto ha llegado hace veinte minutos.

Le puso delante un impreso de telégrafos.

Roderick lo leyó dos veces.

Kerr y Wylie, Glasgow, a R. Strachan, Dunrath. Rogamos confirme si afirma usted derecho, carga o reclamación de cualquier clase sobre partida de whisky compuesta en Corrieburn o sobre producto de su venta. Ruego respuesta inmediata. E. Kerr.

Lo dejó encima de la mesa.

Bain no se movió.

Aquello tardó, después, en ordenársele en la cabeza, porque las cosas de un minuto son las que peor se ordenan.

Lo que había encima de aquella mesa no era una noticia. Era una pregunta, y era una pregunta que solo podía contestar él, y las dos respuestas posibles cabían en una palabra.

Si contestaba que no afirmaba nada, aquel derecho se moría allí mismo. Glasgow desembolsaba, el bono se cancelaba, le pagaban las dieciséis mil doscientas libras, y él perdía las seiscientas veinte de la carga y el agua de Glen Corrie y a ella.

Si contestaba que sí, el derecho seguía vivo y Glasgow no podía desembolsar, y el quince de mayo seguía siendo el quince de mayo.

No era un cálculo difícil. Los cálculos difíciles le gustaban y aquel no lo era.

Y sin embargo estuvo dos minutos con la hoja delante sin coger la pluma, y aquello tampoco le había pasado en veinte años.

Lo que pensó, y fue lo único que pensó con palabras, fue que ella había mandado su telegrama a las siete y cuatro y que este había salido de Glasgow antes, lo cual quería decir que Eliza Kerr había leído el de ella y había preguntado sin esperar ni media hora.

Y que aquella mujer de Waterloo Street, que no lo conocía de nada, sabía perfectamente que el que decidía esto era él.

Lo otro que pensó, y no lo pensó con palabras, fue una cosa de noviembre.

El once de noviembre, a las cuatro de la tarde, en la sala de muestras de aquella casa, le había puesto delante a aquella mujer un vaso con dos dedos de su propio whisky y le había dicho que le dijera qué era.

Y ella lo había olido sin beber y había dicho noventa y tres y madera trabajada, y él había pensado en aquel momento, con una claridad que no le había vuelto, que si aquella mujer se subía a un tren con otro hombre, él iba a acordarse de ese minuto durante treinta años.

Cogió la pluma.

E. Kerr, Glasgow. Afirmo derecho. Carga contractual exigible de seiscientas veinte libras sobre el producto de la venta de la partida compuesta en Corrieburn, constituida por acuerdo de diez de marzo de mil ochocientos noventa y nueve, suscrito por la señorita M.

Balfour y por mí ante testigos, del que obra ejemplar en mi poder y copia en el de don Peter Gault, procurador en Elgin. Subsiste íntegra. R. Strachan.

Lo leyó. Contó las palabras y le salieron cincuenta y nueve.

Lo escribió de corrido y no tachó nada, que era como escribía él.

Y lo escribió largo a propósito. Podía haber contestado con cuatro palabras. Afirmo derecho. Strachan. Con eso bastaba y costaba un chelín.

Puso cincuenta y nueve porque quería que en Waterloo Street constara la fecha del acuerdo, los testigos, el ejemplar que obraba en su poder y la copia del procurador de ella, y quería que constara todo eso de su puño y no del de nadie.

Si aquello se iba a hacer, se iba a hacer con su nombre entero y con todos los datos encima de la mesa, que era como había hecho las cosas desde que tenía veintitrés años.

Después escribió debajo su nombre entero, que en un telegrama no hacía ninguna falta, y lo firmó.

—Que salga mañana en cuanto abran —dijo.

Bain cogió la hoja.

—Señor Strachan.

—Dime.

—¿Quiere usted que lo lea otra vez por la mañana antes de mandarlo?

Roderick levantó la cabeza.

Llevaba doce años con aquel hombre. Bain le había dicho que no en cuatro ocasiones en doce años, y las cuatro veces había tenido razón, y las cuatro veces lo había dicho exactamente así.

—No —dijo.

—Bien.

Bain no cogió el impreso enseguida.

—Señor Strachan, ¿me permite una pregunta de tenedor de libros?

—Otra vez.

—Otra vez. —Bain se ajustó las gafas—. Esas seiscientas veinte libras. ¿Las quiere usted cobrar?

Roderick lo miró.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Es la única que puedo hacerle yo. —Bain no bajó la vista—. Yo llevo sus libros. Si esa carga es un activo de usted, la tengo que asentar, y para asentarla tengo que saber si es cobrable y cuándo. Y llevo desde el diez de marzo sin asentarla, porque no sé lo que es.

—Asiéntala como carga sobre producto de venta, seiscientas veinte, sin vencimiento.

—Eso ya lo hice provisional en marzo. —Bain seguía sin coger la hoja—. Lo que le pregunto es si el día que se venda ese whisky usted va a mandar a alguien a cobrar seiscientas veinte libras.

Roderick no contestó enseguida.

—No —dijo.

—Entonces no es un activo.

—Entonces no es un activo.

Bain asintió una sola vez.

—Bien, señor. —Cogió el impreso—. Se lo digo porque un hombre que afirma por escrito un derecho que no piensa cobrar tiene que saber que lo está afirmando por otra cosa. Y usted lo sabe.

—Lo sé.

—Bien.

Bain dobló el impreso y se lo guardó en la cartera.

—Señor, ¿apunto la hora?

—Apunta la hora.

Bain apuntó la hora en el margen, que era la tercera vez desde enero, y salió y cerró la puerta.

Roderick se quedó con la mesa arrimada y con la pluma en la mano.

La dejó. La volvió a coger. Acercó el tintero y no escribió nada.

Lo que se le pasó por la cabeza fue escribirle a ella.

Dos líneas. Que había contestado a Glasgow lo que tenía que contestar. Que se lo decía él y no se lo dijera nadie.

Lo pensó entero y hasta empezó a colocar la frase, y después lo dejó, porque una carta así no explica nada y la única explicación que él tenía no la podía escribir, porque era esta: que si la soltaba, la perdía, y que llevaba desde octubre sin encontrar otra manera de no perderla.

Y eso, escrito, era una cosa que un hombre no le manda a una mujer a la que va a arruinar en diecisiete días.

Roderick Strachan había comprado y vendido durante veinte años y no había escrito nunca una carta que no pudiera enseñar.

Dejó la pluma.

Fuera se había hecho de noche del todo y en el patio no se oía nada, porque los viernes se acababa a las seis.

Diecisiete días.

Hizo la última cuenta de la noche y la hizo entera, porque llevaba haciéndola desde febrero y se la sabía.

Lo que aquella mujer tenía el veintiocho de abril de mil ochocientos noventa y nueve era esto: una destilería gravada hasta el último clavo, treinta y nueve barricas libres que estaban comprometidas como capital propio y que no valían ni la quinta parte de lo que debía, ocho mil quinientos galones en una cuba con una carga encima, una casa vendida con fecha del seis de mayo cuyo importe estaba comprometido también, treinta y ocho jornales atrasados y una cuenta a cero en el Banco del Norte de Escocia de Aberlour que él sabía que estaba a cero porque en aquel valle todo se sabía.

Y tenía un procurador de Elgin que cobraba cuatro guineas y que llevaba desde noviembre sin cobrarlas.

No había, en once millas a la redonda, un solo hombre que fuera a prestarle a Moira Balfour seiscientas veinte libras en diecisiete días.

Eso lo sabía él mejor que ella, porque él sí había preguntado.

Apagó la lámpara.