Capítulo 31
XXXI
El viernes veintiocho de abril, a las seis y veinte de la tarde, había treinta y siete hombres y dos mujeres en el almacén tres de Corrieburn.
Faltaba uno, que estaba enfermo. Habían venido los treinta y siete, y había venido Jessie, y había venido la mujer de Wishart, que cobraba aparte por la sala de botellas, y había venido Tam Geddes desde las once millas en el carro de un vecino.
Moira había mandado poner la cuba de mezcla al fondo y había mandado dejar el sitio libre delante, y había puesto una mesa pequeña de lado, no de frente, para no estar detrás de ella.
Empezó a las seis y veinte y tardó doce minutos en decirlo todo.
Lo dijo por orden y en cifras.
Que el diez de marzo había firmado un acuerdo con Roderick Strachan por el que él aportaba una barrica de once años que era la que le faltaba a la mezcla, y que sin esa barrica lo que había en aquella cuba no se lo compraba nadie.
Que a cambio él conservaba un derecho de seiscientas veinte libras sobre lo que se cobrara por ese whisky, y que ese derecho estaba vivo.
Que Glasgow había aprobado el producto el veintiocho de marzo y había mandado los papeles el veinticinco de abril, y que en los papeles había una hoja en la que ella tenía que declarar que allí dentro no había derechos de nadie.
Que si la firmaba, en diez días entraba el dinero, se cancelaba la deuda y ellos cobraban las once semanas y media que se les debían, que eran ciento noventa y siete libras y catorce chelines y que estaban apuntadas con nombre y fecha.
Que si la firmaba, estaría firmando una cosa falsa y respondería ella con lo que tuviera.
Y que si no la firmaba, Glasgow paraba y el quince de mayo llegaba con la deuda entera.
—Eso es lo que hay —dijo—. Y no he venido a que voten, porque esto no se vota y la que firma soy yo. He venido a decirlo antes.
Nadie la interrumpió en los doce minutos.
Eso fue lo que después le pareció más raro de toda aquella tarde: que treinta y nueve personas que llevaban tres meses cobrando la mitad la dejaran hablar doce minutos seguidos sin decir una palabra, y que ella pudiera oír el goteo del canalón de la vertiente norte del almacén, que llevaba sin arreglarse desde que Rab Cruickshank dijo en noviembre que aguantaba un invierno y el siguiente no.
Se hizo un silencio de los que duran más de lo que parece.
El primero que habló fue Alec Wishart, y habló desde donde estaba, sin adelantarse.
—¿Once semanas y media?
—Once y media.
—A mí me deben cinco libras y nueve chelines.
—Cinco libras, nueve chelines y seis peniques.
Wishart asintió despacio.
—Firme usted —dijo.
—Alec.
—Le he oído. He oído lo de que es falso.
—Wishart se metió las manos en los bolsillos—.
Señorita Balfour, yo llevo treinta y un años en esta casa y a mí no me ha engañado usted en nada.
Lo que usted ha hecho en marzo lo ha hecho para que esto siga abierto.
Y lo que hay en ese papel es que usted diga que no hay nadie más metido ahí dentro, y el que está metido es el hombre con el que se casa usted en mayo, o sea que dentro de tres semanas no va a estar metido nadie porque van a ser ustedes lo mismo.
—Eso no es así.
—Pues a mí me lo parece.
—A mí también —dijo otro desde el fondo.
—Alec, si se cierra con Glasgow yo no me caso.
Aquello lo dijo antes de pensarlo y no supo, después, por qué lo había dicho allí.
Se hizo otro silencio y este fue distinto.
—Entonces es al revés —dijo Wishart al cabo.
—Es al revés.
—Entonces no lo había entendido.
Habló uno de los jóvenes, uno de los que llevaban tres años, que se llamaba Hutcheon y al que se le debían dos libras y ocho.
—¿Y si lo firma y no se entera nadie?
—Puede pasar.
—¿Y usted qué cree?
—Yo creo que se entera alguien. —Moira lo dijo mirándolo a él—.
En ese almacén hay un vista de aduanas que apunta todo lo que entra y sale desde hace once años, y la barrica seiscientos once entró aquí el diez de marzo con una orden de entrega que pone de dónde viene y quién la aportó, y esa orden está en el libro de Duff y va a estar ahí en 1920.
Hutcheon no dijo nada más.
Y entonces habló Jessie, desde la pared, con los brazos cruzados.
—En enero decidió usted sola.
—Sí.
—Y en enero nos costó a nosotros y no le costó a usted.
—Sí.
—Y ahora que le puede costar a usted, nos lo pregunta.
Aquello cayó en aquel almacén como cae una cosa que todo el mundo ha pensado y nadie ha dicho.
Moira no contestó deprisa.
—Es verdad —dijo—. Las dos cosas son verdad. Y no lo voy a arreglar diciendo que en enero me equivoqué, aunque me equivoqué, porque eso no le devuelve a nadie la mitad de once semanas.
—No se lo devuelve.
—No. —Moira se quedó quieta—. Lo que puedo decir es que llevo desde Candlemas sabiendo lo que se me dijo en esta casa y que hoy estoy aquí por eso.
Jessie no dijo nada más. Descruzó los brazos y se quedó como estaba.
Habló después uno de los del derrumbe, uno de los dos que Strachan había sacado por el cuello del chaquetón en diciembre y que llevaba desde enero en Corrieburn porque Dunrath tenía de sobra y Corrieburn andaba corto.
—Yo no soy de aquí —dijo—. Yo entré en enero y a mí se me deben cuatro semanas.
—Se te deben cuatro y dos días.
—Pues cuatro y dos días. —Se quedó mirando el suelo—. Lo que le digo es que a mí ese hombre me sacó de debajo de un tejado, y ahora resulta que el papel que la va a hundir a usted lo ha firmado él. Y yo no sé qué hacer con las dos cosas a la vez.
—Ni yo —dijo Moira.
Y aquello fue lo único que dijo en toda la reunión que no era una cifra ni una consecuencia, y fue lo que más se comentó después en el valle.
Habló entonces un carretero de los que venían tres días, que se llamaba Innes y que no era pariente de Jessie, y dijo que a él lo que le importaba era si en junio había trabajo, y que si firmar quería decir que había trabajo en junio, que firmara, y que si firmar quería decir que la metían a ella en un pleito en septiembre y la casa cerraba en octubre, entonces no.
Y una mujer, la de Wishart, dijo desde el fondo que ella había limpiado botellas en aquella casa veintidós años y que su padre había trabajado allí antes, y que lo que no quería era que dentro de diez años se dijera en el valle que Corrieburn se había levantado con una mentira, porque eso se dice de las casas y no se quita nunca.
Un hombre mayor que llevaba en la casa desde el setenta y ocho, y que no había hablado en una reunión en su vida, dijo desde el fondo una sola cosa:
—Su padre firmó dos papeles en el noventa y cinco sin decírselo a nadie y aquí estamos.
No lo dijo con mala intención. Lo dijo como quien señala una fecha.
Moira lo oyó entero. No contestó a eso y tardó bastantes años en dejar de oírlo.
Hubo quince o veinte minutos así.
Habló un hombre de los de la sala de cubas y lo que dijo fue una pregunta práctica, que era si las once semanas y media estaban apuntadas de manera que las pudiera reclamar un hombre si la casa cerraba.
—Están en el libro de jornales, con nombre, semana y cantidad, y firmado por mí cada sábado.
—¿Y eso vale?
—Eso vale en un concurso y lo cobraríais antes que el señor Strachan, porque los jornales van delante. —Moira lo dijo mirando a Jessie, que era quien se lo había preguntado a Gault en marzo por ella—. Lo que no os puedo decir es cuándo.
—Ya.
—Y os digo también lo otro, que es que si la casa cierra, lo que hay dentro no da para todos.
No votaron. Nadie propuso votar. Se dividieron como se divide la gente cuando se le pregunta de verdad, que es en tres partes: los que querían cobrar, los que tenían miedo, y los que estaban pensando en otra cosa que no era ninguna de las dos.
Tam Geddes habló el último y habló el más corto.
Estaba apoyado en la pared, al lado de la puerta, con la manga sujeta.
—Señorita Balfour.
—Dime, Tam.
—Aquí hay gente que ha dicho mi nombre.
Lo habían dicho dos veces. Habían dicho que Geddes no podía trabajar, y habían dicho que a Geddes se le acababa lo de Dunrath el quince, y las dos veces lo habían dicho para el mismo lado.
—Yo no le he pedido nada a usted y no le voy a pedir nada —dijo Tam—. Y no quiero que lo que me pasó a mí en diciembre sirva para que usted firme un papel falso. Eso no me arregla el brazo y a usted la mete en un lío, y el día que se sepa, el que va por el valle con esto encima soy yo.
Se apartó de la pared.
—Yo lo que le digo es lo mismo que le dije en noviembre en el vado, que era si iba cedido o iba vendido. —Cogió la gorra—. Usted haga lo que tenga que hacer y dígalo, que es lo que ha venido a hacer hoy. Yo el dieciséis de mayo buscaré.
Salió al patio.
Jessie fue detrás de él hasta la puerta y volvió.
Moira estuvo callada un momento más largo de lo que habría querido.
—Voy a declararla —dijo.
Nadie dijo nada.
—Voy a declararla hoy y les va a costar a ustedes las once semanas y media, y no sé si las van a cobrar alguna vez.
—Cogió la mesa pequeña y la apartó, que fue lo único que hizo con las manos—.
No les estoy pidiendo que estén de acuerdo.
Les estoy diciendo lo que voy a hacer antes de hacerlo, que es lo que no hice en enero.
Wishart se puso la gorra.
—Está bien —dijo.
Y eso fue todo lo que le dijo nadie.
Salieron en veinte minutos, de dos en dos y de tres en tres, por la puerta del almacén y por el portón, y a Moira le dieron las buenas noches once de los treinta y siete.
En noviembre se las daban los treinta y siete.
Se quedó dentro con Jessie y con la mujer de Wishart, que recogió la mesa pequeña sin que nadie se lo pidiera y la llevó a su sitio.
—¿Once? —dijo Jessie.
—Once.
—En febrero fueron cuatro.
Fue a Aberlour en el carro con Jessie al lado, que se subió sin que se lo pidiera.
La oficina de telégrafos estaba a punto de cerrar y el telegrafista la conocía.
Moira escribió el texto de pie, en el mostrador, y lo escribió cuatro veces.
La primera vez explicaba. La segunda pedía. La tercera se disculpaba. La cuarta era la buena y decía lo que había que decir y nada más:
Señora Kerr. Debo declarar antes de firmar anexos. Sobre producto venta vatting existe carga contractual exigible de R. Strachan, Dunrath, seiscientas veinte libras, constituida diez marzo. No consta en papeles remitidos. Sigue carta explicando. Balfour, Corrieburn.
Treinta y siete palabras.
El telegrafista las contó dos veces y le dijo el precio y ella lo pagó, y después se quedó mirando cómo el hombre se sentaba y ponía la mano en la llave.
El telegrafista puso la mano en la llave y esperó.
—¿Lo mando?
—Mándelo.
Empezó a las siete y cuatro minutos.
Moira se quedó de pie delante del mostrador oyendo los golpes, que era un ruido que había oído tres veces en su vida: en diciembre, cuando Rab escribió lo de Calder, y dos veces desde entonces.
Treinta y siete palabras tardan poco.
Cuando el hombre paró y levantó la mano de la llave, Moira se dio cuenta de que había estado contando los golpes sin saber contarlos.
Fuera ya era de noche.
Jessie la esperaba en el carro.
—¿Ha salido?
—Ha salido.
Volvieron sin hablar hasta el vado.
—Señorita.
—Dime.
—¿Va a cobrar Wishart sus cinco libras?
—No lo sé.
—Ya. —Jessie se ajustó el pañuelo—. Se lo pregunto porque me lo van a preguntar a mí mañana y quiero decir la verdad.
—Dile que no lo sé.
La carta la escribió esa noche, entre las diez y la una, y le salió de tres folios.
Contaba el diez de marzo entero, sin quitar nada y sin ponerse bien.
Contaba que ella sabía desde ese día lo que había firmado.
Contaba que el veintiocho de marzo, en Waterloo Street, la señora Kerr le había preguntado si había comprado la barrica y que ella había contestado que la había aportado él a cambio de participar en el resultado, y que aquello era verdad y era incompleto, y que la palabra que no había dicho era la cantidad y era la palabra carga.
Y en la última línea decía que si la señora Kerr decidía retirarse, lo entendería y no le escribiría más.
La copió en el libro de cartas, como copiaba todo.
Salió el sábado veintinueve por la mañana con Hendry.