El medio año de invierno Parte cuarta. Whitsunday
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Parte cuarta. Whitsunday

XXX

El paquete de Glasgow llegó el martes veinticinco de abril con Hendry, a las diez y veinte de la mañana, y pesaba.

Eran veintidós folios cosidos en tres legajos y una carta de acompañamiento de dos líneas de los agentes de Kerr y Wylie, que decían que adjuntaban los documentos de cierre para revisión de su procurador y que agradecerían tenerlos de vuelta firmados antes del cinco de mayo.

Moira los abrió en el escritorio y los leyó en orden.

Los leyó de la manera en que había aprendido a leer papeles desde noviembre, que era al revés de como los lee la gente: primero las cifras, después las fechas y al final las frases.

El primer legajo era la escritura de aportación.

Lo que entraba en la sociedad y con qué valor: la destilería, los edificios, el terreno industrial, el derecho de agua, las treinta y nueve barricas libres y los ocho mil quinientos seis galones de la cuba.

Había una tasación al lado de cada cosa y las tasaciones eran razonables, y en la del vatting ponía mil seiscientas ochenta libras.

En la tasación de los edificios había una nota al pie que decía que el almacén número tres presentaba deterioro en la vertiente norte de la cubierta y que se había descontado de la valoración.

Treinta y cuatro libras.

Moira se quedó un momento con eso. Rab Cruickshank lo había dicho el once de noviembre desde el patio, sin que nadie se lo preguntara, mirando el tejado con la vara en la mano: le aguanta este invierno, el que viene no.

Le habían costado treinta y cuatro libras en la tasación y el hombre lo había dicho gratis hacía cinco meses y medio.

El segundo era el contrato de dirección de producción. Diez años, sueldo, la autoría en los libros, las acciones indisponibles y la recompra al valor de emisión. Y el párrafo del matrimonio, que estaba en la hoja quince y que ella ya conocía desde el tren de Perth.

El tercero eran los anexos.

Y en el tercero, en la página cuatro, entre una declaración sobre litigios pendientes y otra sobre impuestos atrasados, había ocho líneas.

Las leyó dos veces, despacio, y después se quedó con el dedo encima.

Decían que la aportante declaraba y garantizaba que los bienes aportados eran de su libre y exclusiva propiedad, que no existían sobre ellos ni sobre sus frutos o producto gravámenes, cargas, reclamaciones ni derechos de terceros de ninguna clase, revelados o no, y que respondería personalmente de la inexactitud de esta declaración.

Al final había una línea para la firma y la fecha.

Estuvo un minuto entero sin apartar el dedo.

Después se levantó, fue hasta la ventana, volvió y se sentó otra vez, y lo leyó por tercera vez para ver si en la tercera decía algo distinto.

Decía lo mismo.

No era una sorpresa.

Moira lo había sabido desde el diez de marzo, de boca de Roderick Strachan, en una mesa de Dunrath, antes de firmar nada. Se lo había dicho él mismo con estas palabras: habrá que revelarla o habrá que extinguirla antes de que se cierre nada.

Y se lo había repetido Gault esa misma semana en Elgin, y otra vez el cinco de abril en aquel mismo escritorio, y las dos veces ella había asentido.

Lo que había pasado entre el diez de marzo y el veinticinco de abril era que ella había ido dejando aquello para más adelante mientras hacía todo lo demás, y todo lo demás ya estaba hecho.

Ahora eran ocho líneas y una raya para la firma.

Bajó al almacén tres a media tarde, que era donde iba cuando no quería estar en el escritorio.

La cuba llevaba cuarenta y seis días reunida. Ya no había que hacerle nada. Estaba tapada, estaba quieta, y lo único que se podía hacer con ella era sacar una muestra cada quince días y anotarla, y Moira llevaba tres muestras anotadas y las tres decían lo mismo con menos aristas.

Se subió a la pasarela y se quedó un rato con la lámpara al lado.

Mil seiscientas ochenta libras. Eso era lo que valía aquello según los tasadores de Kerr y Wylie, y eso era más dinero del que había pasado por las manos de aquella casa desde el noventa y seis.

Seiscientas veinte de aquellas mil seiscientas ochenta eran de un hombre que estaba a cuatro millas con una férula.

Volvió a bajar y apagó la lámpara.

Fue a Elgin el miércoles veintiséis en el tren de las nueve.

Gault la esperaba con el escritorio despejado y con una hoja delante, y lo primero que hizo fue darle una buena noticia.

—Tengo los siete.

—¿Los siete?

—Los siete. El séptimo lo conseguí el viernes: un escribiente del registro de Elgin que suscribe una acción y no pregunta nada.

—Le pasó la hoja—. Memorando redactado, estatutos redactados, siete firmas.

Si esto sale de aquí el veintiocho o el veintinueve, la sociedad está inscrita antes del diez de mayo.

—¿Antes del diez?

—Antes del diez. —Gault se quitó las gafas—. Y ahora deme usted el tercer legajo.

Moira se lo dio.

—¿Cuánto tiempo lleva usted con esto encima de la mesa?

—Desde ayer a las diez y veinte.

—¿Y ha dormido?

—No.

—Bien. —Gault pasó las hojas—. Eso está mejor que si hubiera dormido.

Lo leyó sin prisa, encontró la página cuatro sin buscarla y se quedó en ella un minuto largo.

—¿Qué tengo? —dijo Moira.

—Tiene usted dos cosas y son las dos únicas, y no hay una tercera aunque nos pasemos aquí hasta la noche.

—Dígalas.

—Una. Firmar eso tal como está. —Gault puso el dedo encima de la página—. Y aquí quiero que me escuche con mucho cuidado, señorita Balfour, porque llevo treinta y ocho años viendo a gente confundir esto.

—Le escucho.

—Firmar esa hoja no es callarse. —Lo dijo despacio—.

Callarse es lo que ha hecho usted desde marzo, y callarse tiene un nombre feo y no tiene consecuencias jurídicas.

Esto es otra cosa. Esto es coger una pluma y declarar por escrito un hecho que usted sabe que es falso, delante de dos testigos y con su nombre debajo.

—Lo entiendo.

—No estoy seguro de que lo entienda del todo, así que se lo voy a poner en dinero y en años.

—Gault contó con dos dedos—. Si firma y no pasa nada, no pasa nada.

Si firma y sale, que en este negocio sale siempre, la sociedad puede pedir la resolución y puede reclamarle a usted daños, y usted responde con todo lo que tenga, que en ese momento serán sus acciones y su sueldo y nada más, porque la casa ya no será suya.

Y si a alguien le da por llevarlo más lejos, y hay quien se lo lleva, eso es una declaración falsa hecha para obtener dinero y tiene nombre en el código.

Moira no se movió.

—¿Y la segunda?

—Revelarla.

—¿Y qué pasa entonces?

—Entonces Glasgow no desembolsa. —Gault volvió a ponerse las gafas—.

No es que se enfade. Es que no puede. Ninguna casa desembolsa capital sobre existencias con un derecho de tercero vivo, porque el día de mañana ese tercero cobra antes que ellos.

Le van a pedir a usted que lo extinga, y usted no puede extinguirlo, y ahí está el círculo que le expliqué el cinco de abril.

—O que lo cubra.

Gault levantó la cabeza.

—¿Cómo dice?

—Que lo extinga o que lo cubra. En diciembre me dijo usted que en estas cosas se puede consignar una cantidad y seguir adelante mientras se discute.

—Se puede —dijo Gault despacio—, y para consignar hace falta la cantidad, y usted no la tiene. Pero sí, se puede. No se lo he dicho porque no quería que se agarrara usted a un clavo.

—Agárremelo usted, que ya me agarro yo.

—Le voy a hacer una pregunta que no es de procurador —dijo Gault cuando ella ya tenía los guantes puestos.

—Hágala.

—¿Por qué no me lo contó usted el once de marzo?

Moira se quedó de pie.

—Se lo conté el diez. Usted estuvo allí.

—Le estoy preguntando por lo de Glasgow.

—Gault no levantó la voz—. El veintiocho de marzo estuvo usted en Waterloo Street y la señora Kerr le preguntó por la barrica.

Me lo escribió usted en la carta del treinta con esas palabras: me preguntó si se la compré y le dije que la aportó él a cambio de participar en el resultado.

Y yo leí esa frase en mi despacho y supe lo que faltaba, y no le escribí.

—¿Por qué no me escribió?

—Porque me dije que ya me lo diría usted. —Se quitó las gafas—. Y llevo cuatro semanas sabiendo que eso no es una razón, es una comodidad. Así que le pido disculpas, señorita Balfour, porque mi obligación era escribirle el treinta y uno de marzo y no la cumplí.

Moira no supo qué contestar a eso.

—Usted me dijo el diez que no lo firmara.

—Se lo dije. Y usted lo firmó, que era lo que había que hacer. —Gault volvió a ponerse las gafas—. Lo que había que hacer después era otra cosa y ahí fallamos los dos.

Volvió en el tren de las dos y veinte y lo hizo todo en aquel vagón, con el cuaderno apoyado en la rodilla y con dos columnas.

En la de la izquierda escribió lo que pasaba si firmaba.

Se cerraba antes del diez de mayo. Se cancelaban las dieciséis mil doscientas libras.

Se devolvían los warrants. Los treinta y ocho cobraban lo atrasado, que a veintinueve de abril eran once semanas y media a la mitad, ciento noventa y siete libras y catorce chelines repartidas entre treinta y ocho nombres que ella tenía apuntados uno por uno con la fecha.

La casa seguía abierta. Tam Geddes tenía a quién pedirle trabajo el dieciséis de mayo, que era lunes.

Y en la de la derecha escribió lo que pasaba si declaraba.

Glasgow paraba. El quince de mayo llegaba con la deuda entera. El seis de mayo se vendía la casa de todos modos, porque las misivas estaban cruzadas y eso no lo paraba nadie. Y los treinta y ocho no cobraban lo atrasado ni en mayo ni en junio ni nunca.

Le faltaba una cosa en las dos columnas y la escribió aparte, sin columna, porque no sabía de qué lado ponerla.

Si firmo, ¿me caso?

Porque si firmaba y se cerraba con Glasgow, el quince de mayo Corrieburn no debía nada y ella no tenía ninguna obligación de casarse con Roderick Strachan, y aquel hombre lo sabía perfectamente.

Y porque si firmaba, lo primero que estaría haciendo con la libertad que se había pasado seis meses intentando comprar era una declaración falsa sobre un papel que él le había advertido en su propia mesa que iba a tener que firmar.

Lo tachó.

Miró las dos columnas un rato largo.

Después escribió debajo, sin columna:

Si firmo y sale, lo pierden ellos igual y además yo respondo.

Si no sale, lo he hecho igual.

Y después, en el vagón, con el tren parado en Craigellachie y el viento de siempre entrando por el hueco del valle, escribió la frase que la llevaba esperando desde febrero.

No lo puedo decidir yo sola otra vez.

No lo escribió como una revelación. Lo escribió con la misma letra pequeña con la que apuntaba las mermas.

En Craigellachie, mientras esperaba el transbordo, se le pasó por la cabeza bajar a la escuela al llegar.

Eran cuatro millas de más y llegaría de noche, y lo que quería contarle no se lo iba a contar a nadie hasta el viernes.

Se quedó en el andén con las dos manos en el bolso y estuvo así hasta que llegó el tren, y en ningún momento se dijo a sí misma que estaba allí de pie pensando en un hombre.

Llegó a Corrieburn a las cinco y veinte y subió directamente a la sala de cubas.

Jessie estaba con el remo.

—El viernes, después del turno —dijo Moira—. En el almacén tres. Todos.

Jessie sacó el remo y lo dejó apoyado.

—¿Todos quién?

—Los treinta y ocho. Y manda recado a Tam.

—Tam cobra de Dunrath.

—Tam está en mi libro desde el noventa y uno y su puesto está guardado hasta Whitsunday. Manda recado.

Jessie se limpió las manos en el delantal.

—¿Es malo?

—Es una cosa que he hecho yo en marzo y que ellos no saben.

Jessie la miró un momento largo.

—Ya era hora —dijo, y volvió a coger el remo.