Capítulo 29
XXIX
El jueves trece por la mañana, Finlay estuvo en Dunrath una hora y cuarenta minutos y le quitó el tubo.
Diecinueve días. El drenaje llevaba cuatro sin dar nada, la herida estaba limpia y el hombre llevaba tres días sin una décima, y Finlay tiró de aquel tubo despacio y lo dejó en la palangana y dijo:
—Ya está.
Roderick no contestó enseguida.
—¿Cuándo me quita la férula?
—A finales de abril. Y en mayo, el aparato.
—¿Y en mayo ando?
—En mayo se pone usted de pie con el aparato y da pasos por una habitación. Andar, andar de verdad, en verano.
—El quince de mayo me caso.
—Ya lo sé. —Finlay recogió la palangana—. Llegará usted a la iglesia. No va a llegar sin bastón y no va a llegar sin que se le note, y si alguien le dice que sí le está mintiendo.
Roderick se quedó mirando el techo.
—Está bien —dijo.
Finlay se enteró de lo de los diez años el viernes catorce de abril, por ella y en la escuela, y se enteró porque preguntó.
Moira había bajado a media tarde a traerle una cosa de Dunrath y se había quedado.
Aquello llevaba pasando desde febrero, de una manera que ninguno de los dos había nombrado: que ella bajaba a la escuela cada diez o doce días con cualquier motivo, un frasco de linimento, un recado de la señora Dow, una pregunta sobre Tam, y se quedaba veinte minutos o media hora, y se hablaba de trabajo.
Desde el veintiocho de febrero no se habían quedado nunca a menos de dos pasos.
—¿Cómo va lo de Glasgow?
—Va.
—Eso no es una respuesta.
Moira se sentó en uno de los caballetes, que era una cosa que no había hecho nunca.
—Va bien y va mal. Tengo las condiciones firmadas por ella. Tengo a Gault con los papeles de la sociedad. Tengo comprador para el whisky y tengo fecha.
—¿Y lo malo?
—Lo malo es una firma.
Se lo contó.
Se lo contó entero, por primera vez y a nadie más, sentada en un caballete en la escuela del viejo Calder: la carga, las seiscientas veinte libras, el círculo, la negativa del viernes siete y el no dicho sin explicación.
Finlay la escuchó de pie, con las manos en los bolsillos.
—¿Y las tres hojas de Glasgow? —dijo al final—. ¿Qué más hay ahí?
—Mayoría para ellos. Capital propio mío. Y diez años.
—¿Diez años de qué?
—De dirección de producción. Con sueldo, con mi nombre en los libros y sin poder vender mis acciones sin permiso del consejo. —Moira se encogió de hombros—. Y si me voy antes, me las recompran al valor de emisión.
Finlay no dijo nada durante un rato.
Después sacó las manos de los bolsillos.
—Siéntese usted ahí y déjeme hablar diez minutos —dijo—. Llevo desde el lunes preparando esto y si me interrumpe se me va a caer.
—¿Preparando qué?
—Diez minutos.
Y habló diez minutos.
Había escrito el lunes tres a un hombre de Cairns e Hijos, de Port Dundas, que era casa de mezclas mediana y que le debía a Finlay la mano de un hijo de dieciséis años que se había metido en una prensa en el noventa y siete. Ese hombre había contestado el sábado ocho.
Cairns compraría Corrieburn.
No entraría en una sociedad, no pondría capital al lado de nadie, no querría mayorías ni minorías.
Compraría la destilería entera, el agua, los edificios, las existencias y el vatting, pagaría al contado lo suficiente para cancelar las dieciséis mil doscientas libras y quedaría algo por encima, y contrataría a Moira Balfour como directora, por un año renovable y con salario, sin acciones, sin cadena y sin diez años.
Y había escrito además al Western Infirmary, donde le conocían, y había en junio una plaza de cirujano ayudante en el servicio de accidentados. Ciento noventa libras al año y tres años de contrato.
—Usted no tiene que salvar Corrieburn —dijo Finlay—.
Tiene que salir de esto. Y salir de esto es que alguien pague dieciséis mil doscientas libras, y me da exactamente igual quién las pague, y a los treinta y ocho hombres de su patio también les da igual, porque lo que ellos quieren es cobrar entero el sábado.
Sacó dos cartas del bolsillo interior y las dejó en el tablero.
—Esta es la de Cairns. Léala cuando quiera. Está fechada el sábado ocho y la firma él, no un pasante.
—¿Y la otra?
—La otra es del Western y no le interesa.
Moira no le había interrumpido.
—Cairns es un comprador de verdad —siguió él—. No es una idea. Tengo la carta. Puede leerla, puede escribirle usted, puede ir a verlo, y si no le gusta lo tira y no pasa nada. Y si le gusta, en mayo no hay boda, no hay carga, no hay diez años y no hay ese hombre encima de usted hasta 1909.
Se paró.
—Y en junio yo estoy en Glasgow con un sueldo.
Aquello fue lo último que dijo, y lo dijo más bajo, y ahí se acabaron los diez minutos.
Moira se levantó del caballete.
—¿Ha terminado?
—He terminado.
—¿Cuándo escribió a Cairns?
—El lunes tres.
—El lunes tres yo estaba volviendo de Glasgow con tres hojas firmadas. —Se puso los guantes y se los quitó otra vez, que fue lo único que hizo con las manos en toda la conversación—. Y usted llevaba once días sabiendo lo de Lumsden y no me lo había contado.
—Eso es otra cosa.
—Es exactamente la misma cosa. —No levantó la voz—.
Doctor Calder, en once días usted ha escrito a una casa de mezclas de Port Dundas, ha pedido una plaza en el Western Infirmary y ha montado una salida completa para mi vida, y en once días no se le ha ocurrido bajar aquí y preguntarme qué quiero yo.
—Sé lo que quiere usted.
—No, no lo sabe.
—Quiere no casarse con él.
—Quiero no tener que casarme con él —dijo Moira—, que no es lo mismo, y es exactamente la diferencia que lleva usted cinco meses sin ver.
Finlay se quedó callado.
—Si vendo a Cairns, en junio Corrieburn es de una casa de Port Dundas.
—Moira empezó a contarlo con los dedos y no se dio cuenta de que lo estaba haciendo—.
En el primer año me mantienen porque no saben llevarla.
En el segundo mandan a un hombre suyo a mirar por encima del hombro.
En el tercero cierran la sala de botellas porque embotellan en Glasgow.
En el cuarto miden el agua y descubren que el salto da para tres veces lo que estamos destilando, y en el quinto hay ciento veinte hombres en ese patio haciendo whisky que no sabe a esta agua y yo estoy contratada por un año renovable.
—Eso no lo sabe usted.
—Lo sé porque lleva pasando en este valle desde el ochenta y siete y porque he visto cerrar dos casas y comprar cuatro. —Se paró—. Y usted no lo sabe porque usted no es de aquí.
—Me crie a doscientos pasos de esta puerta.
—Y se fue.
Aquello lo dijo y lo oyó al mismo tiempo, y se le notó en la cara que lo habría retirado si hubiera podido.
Finlay no se movió.
—Sí —dijo—. Me fui.
—No he querido decir eso.
—Sí ha querido, y tiene usted razón, y llevo cinco años sabiéndolo. —Cogió el paño del tablero y lo dejó otra vez, que era lo que hacía con las manos—. Pero le voy a decir una cosa, señorita Balfour, y después no le voy a volver a hablar de Cairns.
—Dígala.
—Que no le estoy ofreciendo que se marche usted conmigo. Le estoy ofreciendo dieciséis mil doscientas libras de otro hombre.
—Y una plaza suya en Glasgow en junio.
—Y una plaza mía en Glasgow en junio, que es lo que hago yo cuando quiero algo y no sé pedirlo.
—Se pasó la mano por la cara—. Lo he vuelto a hacer.
En el noventa y cuatro le puse delante una casa en Hillhead y un puesto y un billete, y usted me dijo que no, y yo estuve cinco años creyendo que me había dicho que no a mí.
—Le dije que no al plan.
—Ya lo sé. Ahora ya lo sé.
—Con Kerr y Wylie es distinto —dijo Moira—. Ellos no compran la casa. Entran en la casa. Y la cadena de los diez años, que usted ve como una cadena, yo la veo como el papel que dice que en 1909 el que hace ese whisky sigo siendo yo.
—Usted la ve como quiere verla.
—Puede. Y usted ve un contrato de un año renovable y le parece libertad, y un contrato de un año renovable quiere decir que el año que no les gusto no me renuevan.
Finlay se quedó callado un momento.
—Eso es verdad —dijo.
—Sí.
—Eso no lo había pensado.
—Ya lo sé. —Moira se levantó del caballete—. Y no se lo digo para ganarle, doctor Calder. Se lo digo porque llevo cinco meses haciendo estas cuentas dieciséis horas al día y usted las ha hecho en once días entre cataplasmas, y por eso las suyas están bien y les falta la mitad.
Se quedaron los dos callados.
Eran casi las seis y el sol de abril entraba por el hueco del tejado y daba en el montón de pizarra rota del rincón, y era la primera vez en todo el invierno que aquella habitación tenía luz a esa hora.
—Deje que le diga lo que quiero —dijo Finlay—, y lo voy a decir sin plan, que es lo que no he hecho nunca.
Moira no dijo nada.
—La quiero a usted. —Lo dijo sin levantar la voz—.
Despierta, no agradecida. Aquí, no en Hillhead.
Con su destilería, con su agua, con sus hombres y con su sala de cubas, y si eso quiere decir que yo me quedo en un valle de mil doscientas personas poniéndole cataplasmas a canteros durante treinta años, eso es lo que quiero.
—Doctor Calder.
—Déjeme acabar, que viene lo otro y lo otro es peor.
Dio un paso.
—Lo que no voy a ser —dijo— es su amante mientras usted lleve el anillo de ese hombre. Ni una vez más. No voy a ser tampoco el sitio al que baja usted cuando el día ha sido malo, y no pienso cobrarme en cariño lo que le he hecho a él en esa casa, que es lo único decente que he hecho este año.
—Yo nunca he pensado eso.
—Yo sí lo he pensado —dijo Finlay—. El veintiocho de febrero, andando de vuelta.
Y entonces fue cuando pasó.
No hubo paso previo ni pregunta. Estaban a un palmo desde hacía medio minuto y ninguno de los dos lo había notado, y lo que hizo Finlay fue ponerle una mano en la nuca, debajo del pelo recogido, y aquello fue todo.
Fue distinto de febrero en todo.
En febrero había sido una cosa de dos personas derrotadas a oscuras, con el abrigo puesto y con las solapas agarradas. Aquello fue a las seis de la tarde, con luz, y no fue rápido, y ninguno de los dos tenía nada agarrado.
Moira le puso las dos manos en el pecho y no empujó.
Finlay la levantó del suelo dos dedos sin darse cuenta de que la estaba levantando, y la dejó otra vez, y ella se le agarró a la espalda de la chaqueta con la mano derecha entera y tiró.
Duró bastante.
Y la paró él.
La paró apartándose el primero, con las dos manos todavía en su cara, y se quedó así, a un palmo, respirando por la nariz y con los ojos cerrados un segundo.
—No —dijo.
Moira no se movió.
—No hoy, y no así, y no con eso puesto en el escritorio de su casa.
—Le soltó la cara—. Y no porque yo sea mejor que nadie, que no lo soy, sino porque si esto pasa hoy, el quince de mayo usted se casa con él y yo me paso el resto de mi vida sabiendo que le hice más difícil una cosa que ya era imposible.
—No me hable del quince de mayo.
—Es que es el quince de mayo dentro de un mes.
Y después, más bajo:
—Y porque llevo cuatro meses curándole la pierna a ese hombre todas las mañanas a las diez, y no puedo hacerle esto a las seis de la tarde y volver mañana a las diez a meterle una sonda. Eso es lo que soy yo, y si dejo de serlo no valgo para nada de lo demás.
Moira dio un paso atrás.
Tenía las dos manos abiertas a los lados y la respiración alta, y lo miró de una manera que él no le había visto nunca, ni en diciembre en el rellano, ni en el almacén tres en febrero.
—Está usted equivocado en una cosa —dijo.
—¿En cuál?
—En que esto me lo hace más difícil.
Cogió los guantes del tablero, no se los puso, y salió al camino.
Finlay se quedó dentro.
Estuvo un rato de pie en medio de la escuela de su padre, con las manos colgando, y después fue hasta el tablero y se apoyó en él con los dos brazos y se quedó así.
Fuera se oyó el carro de ella salir hacia el vado.
A las siete vino el cantero de Carron, que venía los viernes desde marzo aunque ya no le hacía falta, y Finlay le miró los dos dedos y medio y le dijo lo mismo que le decía todos los viernes.
A las ocho cerró.
Se quedó fuera, en el escalón, con la llave en la mano y sin echarla, porque llevaba desde enero sin echarla.
Lo que había hecho aquella tarde, cuando lo puso en orden, fue esto: le había llevado a una mujer una salida que servía, se la había puesto delante sin preguntarle nada, y cuando ella le había explicado por qué no servía, había resultado que ella tenía razón y él no.
Y después había dicho en voz alta lo que quería, que era lo único que no había dicho nunca, y ella no había dicho nada.
Y después la había parado.
Eso era lo que llevaba media hora sin poder colocar en ningún sitio: que la había parado él y que ella se había ido diciendo que aquello no se lo hacía más difícil.
Echó la llave por primera vez en cuatro meses y después volvió a abrir y la dejó como estaba, porque si alguien la necesitaba de noche tenía que poder entrar, y se fue andando a Aberlour.
Faltaban treinta y un días para Whitsunday, y aquella mujer tenía una sociedad casi constituida, siete suscriptores casi, un comprador de verdad en Port Dundas que él le había puesto en la mano y que ella no iba a usar, y una casa vendida con fecha seis de mayo.
Y tenía una carga de seiscientas veinte libras que no había mencionado en Glasgow y que no sabía nadie más que Gault, aquel hombre y él.