Capítulo 28
XXVIII
Gault subió a Corrieburn el miércoles cinco de abril, que era la primera vez que subía en once meses.
Vino en el tren de la mañana y en el carro de Hendry, con la cartera y con el abrigo de siempre, y no quiso que le enseñaran nada. Se sentó en el escritorio, aceptó un té y sacó dos hojas.
—Lo primero, lo bueno. —Puso la primera—. He empezado con el memorando y los estatutos, y tengo cuatro suscriptores.
—¿Cuatro?
—Yo, mi pasante, mi cuñado y un procurador de Elgin que me debe un favor. Son firmas, señorita Balfour, no son socios: cada uno suscribe una acción y se acabó. Me faltan tres y los tendré.
—¿Y el registro?
—Si los papeles salen de Elgin en la última semana de abril, la sociedad puede estar inscrita antes del quince de mayo. —Gault levantó un dedo—. Si salen. Y eso depende de lo segundo.
—La carga.
—La carga. —Puso la segunda hoja—. He hecho lo que me pidió. Seiscientas veinte libras.
Moira miró la cifra.
—Eso es lo que dice el acuerdo.
—Eso es lo que dice el acuerdo, que lo redacté yo con esas palabras precisamente para que hoy usted pudiera mirar una cifra y no un tanto por ciento. —Gault se recostó—. Y ahora le voy a explicar por qué esa cifra no le sirve de nada.
—Dígamelo.
—Usted no tiene seiscientas veinte libras.
—Lo sé.
—Las va a tener el día en que Kerr y Wylie desembolse. —Gault la miró por encima de las gafas—. Y Kerr y Wylie no desembolsa mientras la carga esté viva, porque usted va a tener que firmarles un papel diciendo que lo que aporta está libre de derechos de terceros.
Moira se quedó quieta.
—Repítalo.
—Para pagar la carga necesita el dinero de Glasgow. Para que Glasgow le dé el dinero necesita que la carga no exista. —Gault juntó las manos encima de la mesa—. Eso se llama un círculo, y en un círculo no se entra por ningún sitio. Solo se sale si alguien lo abre desde fuera.
—Strachan.
—Strachan. Si él firma una renuncia, el círculo se rompe y todo lo demás es trabajo mío. Si no la firma, usted puede tener siete suscriptores, una sociedad inscrita y a la señora Kerr con el talonario en la mano, y no se cierra nada.
—¿No hay ninguna otra manera?
—Hay tres y las tres son malas. —Gault levantó un dedo—. Una, pleito. Usted alega que el acuerdo de marzo se firmó bajo apremio. Yo no lo ganaría, porque estuve yo allí y le aconsejé que no lo firmara y consta.
—¿Y las otras dos?
—Dos, que Kerr y Wylie acepte comprar sabiendo que hay una carga y descontándola del precio. Eso se hace todos los días con una hipoteca y no se hace nunca con una carga de un particular sobre el producto de una venta, porque nadie sabe lo que vale eso hasta que se vende.
—¿Y tres?
—Tres, que no declare usted nada. —Gault lo dijo sin cambiar de tono, como quien enumera—. Y esa no se la voy a explicar, porque el día que se la explique ya no soy su procurador, soy otra cosa.
Moira se levantó y fue hasta la ventana, que era lo que hacía cuando tenía que convertir una cosa en otra.
—Se lo voy a comprar.
—Con qué.
—No lo sé todavía.
—Señorita Balfour.
—Le voy a ofrecer las seiscientas veinte pagaderas en el cierre. —Se volvió—. Él firma la renuncia hoy y cobra el día que cobre Glasgow, con el interés que quiera. Es lo mismo dinero y él lo cobra igual, y lo único que pierde es tenerlo tres semanas antes.
Gault no dijo nada durante un rato.
—Eso es razonable —dijo al fin—. Es tan razonable que si dice que no, ya sabrá usted a qué atenerse.
Fue a Dunrath el viernes siete por la tarde.
Lo encontró en la cama.
Llevaba trece días con la férula larga otra vez, de la ingle al empeine, con el tubo todavía puesto, y estaba flaco de una manera que en marzo no estaba, y tenía la mesa grande arrimada a la cama con los libros abiertos encima y un cojín debajo del codo para poder escribir tumbado.
—Señorita Balfour.
—Señor Strachan.
—¿Cómo fue Glasgow?
—Bien.
—¿Se lo compran?
—Se lo compran.
Roderick se quedó un momento con la pluma en la mano.
—Dunlop —dijo.
—Dunlop.
—¿Lo puso entre seis?
—Entre seis.
—¿Y quedó entre los tres?
—Quedó entre los tres.
Roderick dejó la pluma encima del libro y se recostó en las almohadas, y a Moira le pareció que se le aflojaba algo en la cara que llevaba meses sin aflojarse.
—Eso está bien —dijo—. Eso está muy bien.
Y lo dijo de verdad. Eso fue lo que después le costó más recordar.
Había otra cosa encima de la mesa, al lado de los libros, y Moira la vio antes de sentarse.
Era una caja de cartón con hilo de bramante, abierta, con un aparato de hierro y correas dentro.
—¿Qué es eso?
—Un aparato. Lo mandó ayer el ortopédico de Aberdeen. —Roderick lo miró sin ningún interés—. Calder dice que dentro de cuatro semanas, cuando salga esto de aquí, hay que poner algo que sujete y que no llegue a la ingle. Eso sujeta.
—¿Se lo ha probado?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque todavía no me hace falta.
Moira miró la caja y no dijo nada más de la caja.
Moira sacó la hoja.
—Vengo a comprarle la carga.
Él no cambió de postura.
—Seiscientas veinte libras —siguió ella—. Es la cifra del acuerdo y no le discuto un chelín. Se las pago el día del cierre, con el interés que usted diga, y firmamos hoy la renuncia. Usted no pierde dinero. Pierde tres semanas de tenerlo.
—No.
Moira esperó.
Esperó de verdad, con la hoja en la mano, porque llevaba dos días preparando tres argumentos y el primero era para después del no.
—Le he traído la cuenta hecha por Gault, con el interés al cinco.
—No hace falta.
—¿No quiere verla?
—Está bien hecha, seguro. —Roderick la miraba sin ninguna dureza, y eso era lo peor—. No es por el dinero, señorita Balfour. Ya sabe usted que no es por el dinero.
—Entonces dígame por qué.
—No.
—¿No me lo va a decir?
—No se lo voy a decir.
Y eso fue todo.
No hubo nada más. Ni una explicación, ni una condición, ni una contraoferta.
El mismo hombre que en noviembre le había puesto tres carpetas encima de una mesa y le había enseñado lo que tenía dentro de cada una antes de que ella preguntara, se quedó tumbado en una cama con un tubo en la pierna y le dijo que no y no dijo por qué.
Moira se quedó de pie con la hoja en la mano más tiempo del que hacía falta.
—Es usted el único obstáculo que me queda —dijo.
—Ya lo sé.
—Y en mayo nos casamos.
—El quince.
—Y si yo no consigo cerrar con Glasgow, en mayo nos casamos igual y usted se queda con la casa y con el agua y conmigo, y todo esto habrá sido un invierno.
Roderick no se movió.
—Váyase a su casa, señorita Balfour —dijo, y lo dijo con una suavidad que ella no le había oído nunca—. Está usted cansada y le queda mucho abril.
Moira no descubrió aquella tarde que la habían engañado.
Descubrió otra cosa, y la descubrió en el carro de vuelta, con la hoja de Gault todavía en la mano: que llevaba cinco meses creyendo que sabía negociar con aquel hombre.
Había negociado siete condiciones en noviembre y había ganado cinco. Había negociado quince materias en enero y había ganado quince. Había ido en marzo a pedir un juicio técnico y había vuelto con una barrica.
Y las tres veces había ganado porque él había querido que ganara, y la primera vez que le pedía algo que él no quería darle, resultó que no tenía absolutamente nada con qué hacerle cambiar de opinión.
Ni dinero, ni razón, ni tiempo, ni ley.
Volvió a Corrieburn a las ocho y subió al escritorio sin quitarse el abrigo.
Escribió a Gault en veinte minutos. Cuatro líneas: que Strachan había rehusado, que no había dado razón, que siguiera con los papeles de la sociedad y con los tres suscriptores que faltaban, y que le dijera cuánto tardaba el registro contando desde el veinticinco de abril.
Después abrió el cuaderno y escribió, debajo de la fecha:
7 abril. Dice que no. No dice por qué.
Y debajo de eso, después de un rato:
No es por dinero. No es por el whisky. No es por Glasgow.
Se quedó mirando las tres frases.
Quedaba una cuarta y no la escribió.
Lo de la casa se movió deprisa porque las cosas que uno no quiere se mueven deprisa.
Gault le había dicho en marzo que si iba a hacerlo lo hiciera antes de que se supiera lo de Glasgow, porque una casa que se vende para levantar capital se vende peor que una casa que se vende sin motivo.
El comprador era un tal Dallas, de Forres, que se había retirado del comercio de maderas, que tenía sesenta años y una mujer con los pulmones malos y que llevaba dos años buscando algo en el valle porque el aire de allí arriba era más seco.
Vino el sábado ocho a las once de la mañana con su procurador.
Moira le enseñó la casa ella misma.
Le enseñó las siete habitaciones, la cocina, el lavadero, la despensa donde su madre había guardado la fruta, la ventana del rellano por la que se veía el cerro, y la habitación pequeña del fondo, que había sido de ella hasta los diecinueve años, y en la que había una mancha de humedad en el techo que llevaba allí desde el ochenta y nueve.
El señor Dallas era un hombre educado que preguntaba por las cañerías.
Preguntó por las cañerías, por el pozo negro, por si la chimenea del salón tiraba con viento del norte y por cuánto costaba calentar aquello en enero.
Moira le contestó a las cuatro cosas con exactitud y sin adornar ninguna, y en la del viento del norte le dijo que no tiraba y que había que abrir la puerta, y el procurador del hombre levantó la vista del cuaderno.
En la despensa, la mujer del señor Dallas, que había subido del carro porque hacía sol, se paró delante de las baldas vacías y dijo que aquello estaba muy bien puesto.
—Lo puso mi madre —dijo Moira.
—¿Vive?
—Murió en el noventa y uno.
—Ah. —La mujer se apoyó en el marco y tosió—. Yo tenía una así en Forres y la tuve que dejar.
Y siguieron.
Las misivas se cruzaron entre los dos procuradores el mismo sábado por la tarde, de despacho a despacho, con las condiciones y con la fecha de settlement puesta en el seis de mayo.
Y con tres reservas expresas, que Gault redactó tres veces y que fueron lo único de todo aquel asunto en lo que Moira puso alguna atención.
Quedaban fuera de la venta el salto de agua del arroyo de Corrie y el derecho a tomar el agua.
Quedaba fuera el terreno industrial, que era la parcela donde estaban la destilería, los almacenes y el patio.
Y quedaban constituidas las servidumbres de paso que hacían falta para entrar y salir de ese terreno por el camino que cruzaba las tierras vendidas, y la de conducción de agua desde el salto.
Gault se lo leyó en voz alta y Moira lo escuchó entero, y cuando terminó dijo:
—Léalo otra vez desde el salto de agua.
Lo leyó otra vez.
—Ahora está bien —dijo ella.
Esa noche, después de que se fueran todos, subió a la habitación pequeña del fondo y descolgó las dos cosas que había en la pared, que eran un mapa de la comarca de 1881 y un marco con un recorte de periódico de cuando su padre había ganado una medalla en una exposición de Edimburgo en el ochenta y seis.
Las bajó al escritorio y las dejó apoyadas contra la pared, detrás de la puerta.
El lunes diez le dijo a Jessie lo de la casa, en la sala de cubas, con el remo entre las dos.
—¿Vendida?
—Misivas cruzadas el sábado. Se cierra el seis de mayo.
Jessie dejó de remover.
—¿Y la destilería?
—La destilería no. Ni el agua. Están fuera, por escrito, con las servidumbres.
—¿Seguro?
—Se lo hice leer tres veces a Gault.
Jessie volvió al remo y estuvo un rato sin decir nada.
—¿Y usted dónde vive en mayo?
Moira no había pensado en aquello. No lo había pensado ni una sola vez en dos semanas, y se dio cuenta allí, de pie, en la sala de cubas.
—En mayo me caso —dijo.
—Ya.
—Y si no me caso, hay habitaciones encima de la oficina del vista.
Jessie golpeó el remo dos veces contra el canto.
—Hay una —dijo—. Y tiene la estufa que tira mal.
No pensaba en la casa. Pensaba en que faltaba un mes y una semana para el quince de mayo, en que tenía siete suscriptores casi, una sociedad casi, una tasación casi y un comprador para el whisky de verdad.
Y en que todo aquello se paraba en una firma que un hombre le había negado sin decirle por qué.