El medio año de invierno Capítulo 27
70%

Capítulo 27

XXVII

Glasgow olía a carbón mojado y no se callaba en toda la noche.

Moira había estado allí dos veces en su vida. Una a los once años, con su padre, en la exposición del ochenta y seis, de la que se acordaba de una máquina de vapor y de un hombre que vendía naranjas. Y otra en el noventa y cuatro, tres días de agosto, por una cosa que no se cumplió.

De aquella segunda vez no se acordaba de la ciudad.

Moira llegó el lunes veintisiete a las nueve y cuarto, después de ocho horas y dos transbordos, y durmió en una fonda de Renfield Street que le había recomendado Gault y que costaba tres chelines y seis, y no durmió, porque a las dos de la madrugada seguía pasando gente por la calle y a las cinco empezaron los carros.

A las siete de la mañana del martes se lavó, se vistió y bajó a desayunar, y desde la ventana del comedor contó los tejados que se veían y dejó de contar a los ochenta y tantos.

En Glen Corrie había setenta y cuatro casas.

Kerr y Wylie estaba en un edificio estrecho de cuatro plantas en Waterloo Street, con el nombre en dorado sobre la puerta y con un olor dentro que Moira reconoció antes de subir el primer escalón, porque era el olor de su propio almacén multiplicado por cien.

Un pasante la subió al segundo piso.

Eliza Kerr tenía cincuenta y tantos años, era menuda, iba de negro y no se levantó del todo cuando entró, que era exactamente lo que había hecho Gault en noviembre.

—Señorita Balfour.

—Señora Kerr.

—Ha traído usted la partida.

—He traído dos frascos y tres papeles.

—Enséñeme los papeles primero.

Aquello Moira no lo esperaba y le gustó.

Puso encima de la mesa los tres. El acta de Dunrath del diez de marzo, copiada y certificada.

El asiento de aduanas de la entrada en Corrieburn, con el número de barrica, el volumen, el grado, la merma del trayecto y la firma de Duff.

Y la relación de las cuarenta y tres barricas de origen, una por una, con año y procedencia.

Eliza Kerr los leyó los tres sin decir nada y tardó ocho minutos.

Después levantó la cabeza.

—Aquí hay whisky de Strachan.

—Hay una barrica.

—Barrica seiscientos once, lote de la costa, adquirida por R. Strachan en Rothes el diecinueve de enero. —Le dio la vuelta al papel para que Moira lo viera, como si Moira no lo hubiera escrito—. Ciento seis galones sobre ocho mil quinientos seis. Una parte en ochenta.

—Sí.

—¿Se la compró usted?

Y ahí Moira tuvo el primer segundo.

Fue un segundo entero y lo notó pasar. Tenía la respuesta verdadera en la boca y tenía al lado la otra, y la otra no era una mentira, y esa era la parte peligrosa.

—No se la compré —dijo—. La aportó él.

—¿A cambio de qué?

—De participar en el resultado.

Eliza Kerr la miró un momento.

—Eso es lo normal —dijo, y volvió a los papeles.

Moira no añadió nada.

No fue que decidiera callarse. Fue que la otra mujer ya estaba mirando la relación de barricas y preguntando por el noventa y dos, y la conversación siguió, y a los veinte segundos ya era tarde para volver atrás sin que pareciera otra cosa.

—Una cosa más antes de catar —dijo Eliza Kerr—. Su casa, ¿de quién es?

—Mía.

—¿Entera?

—La tierra y los edificios están gravados con un bono de nueve mil libras y las existencias con warrants por siete mil doscientas. Lo tiene todo Roderick Strachan, de Dunrath, desde octubre. —Moira lo dijo de corrido, porque lo había ensayado—. Vence el quince de mayo.

—Ya lo sabía.

—Me lo imaginaba.

—Lo sabía desde diciembre, cuando le escribí a usted que no entramos en casas cuyo almacén responde de otro. —Eliza Kerr se recostó—. Y aquí está usted en marzo. ¿Qué ha cambiado?

—Que en diciembre no tenía nada que enseñarle y hoy le traigo dos frascos.

Eliza Kerr se quedó un momento callada.

—¿Y el señor Strachan qué dice de esto?

—El señor Strachan sabe que estoy aquí. Me concedió en noviembre por escrito la libertad de negociar con quien yo quisiera.

—Eso es muy generoso.

—Eso es lo que yo pensé en noviembre —dijo Moira.

El mezclador de la casa se llamaba Dunlop, tenía la cara gris de los hombres que trabajan sin ventanas y fue el que hizo la cata.

La hizo en una sala del tercer piso con veinte vasos alineados, y no cató solo el frasco de Moira: cató el frasco de Moira en medio de otros seis.

Moira no supo cuáles eran los otros seis y no preguntó.

Dunlop tardó cuarenta minutos y no dijo ni una palabra en los cuarenta. Olía, probaba, escupía en una pileta, se enjuagaba, apuntaba. Al final juntó tres vasos a un lado y los otros cuatro al otro.

El de ella estaba entre los tres.

—El cuatro —dijo Dunlop.

—¿Qué tiene?

—Tiene agua buena y tiene madera bien llevada, y tiene una cosa salada por debajo que le sujeta el final. —Se limpió la boca con el pañuelo—. Sin esa cosa salada sería el seis, que es el que está a la derecha del todo y que no me sirve para nada.

Eliza Kerr no había dicho nada durante los cuarenta minutos.

—¿Lo compraría usted? —dijo entonces.

—Lo compraría para la de exportación. En la proporción normal y sin pasarme.

—¿Cuánto?

—Ocho mil galones me valen para un año.

Dunlop recogió sus papeles y se fue, y aquello fue todo.

Moira bajó las escaleras detrás de Eliza Kerr y se le pasó por la cabeza una cosa que no se le había pasado en cuatro meses, que era que se había acabado.

Había pasado el invierno entero para llegar a una sala del tercer piso de Waterloo Street y a que un hombre con la cara gris pusiera un vaso a la izquierda en vez de a la derecha.

Y había salido bien.

Se agarró al pasamanos y siguió bajando, y no se le notó nada, porque en aquella casa era la tercera vez en el día que agradecía haber aprendido de niña a que no se le notara nada.

Bajaron al segundo piso.

—Voy a ser clara con usted, señorita Balfour, porque las dos tenemos otras cosas que hacer. —Eliza Kerr se sentó—. El producto me sirve. Eso ya está dicho y no lo voy a repetir. Ahora hablemos de lo demás, que es donde está el problema.

—Hable.

—Su casa produjo cuatrocientas diez barricas en el noventa y seis y va a producir ciento sesenta este año. Usted me escribió en diciembre que reduciría costes de manera demostrable sobre dos ejercicios. Enséñeme los dos ejercicios.

—Tengo uno completo y siete meses del segundo.

—Eso es uno.

—Eso es uno y siete meses de ir a peor en el mercado y a mejor en mi libro. —Moira sacó las hojas—. Mírelo usted.

Eliza Kerr lo miró dieciséis minutos.

—Ha bajado usted el coste por galón un once por ciento con la producción a la mitad —dijo al final—. Eso es difícil.

—Ya lo sé.

—¿Cómo lo ha hecho?

—Pagando la mitad de los jornales desde Candlemas —dijo Moira.

Lo dijo entera y sin adornarlo, porque llevaba desde el andén de Craigellachie decidiendo cómo iba a contestar a aquello si se lo preguntaban, y lo que había decidido era contestarlo así.

Eliza Kerr levantó la cabeza y la miró durante bastante rato.

—¿Se lo dijo antes a su gente?

—No.

—Pues eso es lo que yo no habría hecho —dijo—, y lo demás lo habría hecho igual.

No volvieron a hablar de eso.

Las condiciones se las dio por escrito a las cuatro de la tarde, en tres hojas, y se las leyó en voz alta ella misma antes de dárselas.

Kerr y Wylie entraba en una sociedad nueva y tomaba la mayoría. Eso no se discutía y Moira no lo discutió, porque el que pone el dinero pone la mayoría y lo sabían las dos.

Moira aportaba la destilería, las existencias libres y el vatting, y aportaba además capital propio en metálico, que era la tercera condición de diciembre y que seguía sin número porque seguía sin existir.

Y la tercera hoja era la de los diez años.

—Dirección de producción por diez años —leyó Eliza Kerr—. Con sueldo, que ahí va la cifra y es buena, y con la fórmula y las mezclas reconocidas a su nombre en los libros de la sociedad, que eso lo he puesto yo porque he visto su acta de marzo y porque me parece bien.

—¿Y lo otro?

—Lo otro es que durante esos diez años no puede usted disponer de sus acciones sin acuerdo del consejo. Y que si se va antes de los diez años, la sociedad puede recomprárselas al valor de emisión.

—Al valor de emisión.

—Al valor de emisión. Aunque para entonces valgan el triple.

Moira dejó la hoja en la mesa.

—Eso es una cadena.

—Eso es una cadena y no se la voy a llamar de otra manera. —Eliza Kerr juntó las manos—. Y le voy a decir por qué está ahí, y usted decidirá.

—Dígalo.

—Yo no compro una destilería. Compro un agua, unos edificios y a usted.

De las tres cosas, las dos primeras van a seguir estando en Glen Corrie dentro de diez años y la tercera se puede subir a un tren.

—No apartó los ojos—. Si dentro de dos años viene un hombre de Leith y le ofrece a usted el doble por ir a hacerle lo mismo allí, yo me quedo con el agua, los edificios y ningún whisky que valga nada.

Eso ya me pasó en el noventa y cuatro y por eso hay una tercera hoja.

—¿Y si me caso?

—Si se casa usted no pasa nada, porque la cláusula es sobre las acciones y su contrato antenupcial es cosa suya y no mía.

—Eliza Kerr hizo una pausa muy breve—. Ahora bien.

Si se casa usted con un hombre que tenga casa de mezclas en este país, entonces sí pasa, y en esa hoja hay un párrafo que lo dice.

Moira no contestó a eso.

—Fecha de cierre —dijo en cambio.

—Antes del quince de mayo, que es lo que usted me pidió y lo que yo le concedo. —Eliza Kerr se levantó—. Y le voy a decir lo que hace falta para llegar ahí, porque estamos a treinta de marzo y seis semanas parecen muchas y no lo son.

—Dígalo.

—Sociedad limitada constituida y registrada.

Eso son papeles y tiempo, y hacen falta siete suscriptores, y siete suscriptores no se encuentran en un valle en una tarde.

—Contó con los dedos—. Tasación de lo que usted aporta.

Traspaso de las existencias con el visto del vista de aduanas.

Cancelación del bono y devolución de los warrants de su acreedor.

Y una declaración suya de que lo que aporta está libre.

—¿Libre de qué?

—De derechos de terceros. Es un papel corriente y lo firma todo el mundo.

Moira se puso los guantes.

—Escríbale usted esta tarde a su procurador —dijo Eliza Kerr—. Que empiece hoy con el memorando y los estatutos, no la semana que viene. Mis agentes le mandarán el borrador el lunes.

—Lo haré desde la fonda.

—Hágalo desde aquí, que tengo pluma y tinta y sale el correo a las seis.

—Una última cosa, señorita Balfour, y esta se la digo porque me va a costar dinero decírsela. —Eliza Kerr se paró con la mano en el respaldo—. Si el quince de mayo llega y no hemos cerrado, yo no le voy a dar a usted una prórroga.

—No se la he pedido.

—Se la va a pedir el diez. —Volvió a sentarse un momento, que fue lo único que hizo en dos días que pareciera una concesión—.

Se la va a pedir porque a todo el mundo se le echa encima el día y porque todo el mundo cree que una firma de Glasgow tiene más tiempo que él.

Yo no tengo más tiempo que usted. Tengo un mezclador que ha apartado ocho mil galones de su plan del año y que en junio va a llenar ese hueco con otra cosa, y si lo llena con otra cosa, esta casa no vuelve a comprarle a usted hasta el mil novecientos uno.

Moira asintió.

—El quince de mayo.

—El quince de mayo.

Moira escribió a Gault en aquella mesa, de pie, en veinte minutos.

Le decía que empezara con el memorando de asociación y los estatutos de una sociedad limitada, que buscara siete suscriptores y que le dijera cuánto tardaba el registro. Le decía la fecha de cierre.

Y le decía, en la última línea, que mandara aparte una nota con lo que costaría extinguir la carga.

—Señora Kerr.

—Dígame.

—¿Por qué me recibe usted?

Eliza Kerr se estaba poniendo los guantes y no paró.

—Porque el whisky de su casa es bueno y porque el año que viene va a haber menos.

—Eso no es todo.

—No, no es todo. —Terminó con el guante izquierdo—. Yo me quedé esta casa en el ochenta y nueve, cuando se murió mi marido, y tenía cuarenta y un años y dos socios que dieron por hecho que iba a vender. Estuve dos años demostrando que sabía firmar un contrato.

—¿Y?

—Y no la estoy ayudando a usted por eso, que quede claro. —Se puso el otro guante—. La estoy ayudando porque me conviene. Pero cuando su carta llegó a esta mesa en diciembre, la leí yo y no la leyó un pasante, y esa es toda la ventaja que le he dado y no le voy a dar ninguna más.

Cogió el tren de vuelta el jueves treinta a las siete y media de la mañana y llegó a Aberlour a las cinco y veinte de la tarde.

En el tren, entre Perth y Aberdeen, sacó las tres hojas y las leyó por cuarta vez, y en la tercera hoja se paró otra vez en el párrafo de las acciones.

No podrá disponer de sus acciones sin acuerdo del consejo.

Lo leyó entero y después leyó el siguiente, que era el que Eliza Kerr le había mencionado de pasada al final y que ella no había querido mirar delante de ella.

Decía que si la directora de producción contrajera matrimonio con persona que tuviera interés directo o indirecto en casa de mezclas o destilación establecida en el Reino Unido, el consejo podría exigir la venta de sus acciones a la sociedad al valor de emisión, y podría resolver el contrato de dirección con tres meses de aviso.

Moira lo leyó dos veces y volvió a doblar las hojas.

En el bolso llevaba tres hojas escritas a máquina y firmadas por Eliza Kerr.

Era la primera vez desde el once de noviembre que volvía a Glen Corrie con algo.