Capítulo 26
XXVI
La noche del sábado veinticinco al domingo veintiséis fue la más larga que Finlay había pasado desde el hospital.
No porque el hombre estuviera grave. A las seis de la tarde había bajado a treinta y ocho y medio y el drenaje daba lo que tenía que dar, y a medianoche estaba en treinta y ocho, y aquello, después de lo que había sacado por la mañana, era tan bueno como podía ser.
Fue larga por lo otro.
A las once había subido la señora Dow con caldo y con una cosa doblada en la mano.
—Han traído esto a las tres.
Era una tarjeta. Letra grande, temblona, tinta negra.
He estado en la escuela a la una. Como no había nadie, he entrado solo, porque la puerta estaba abierta. H. Lumsden.
Finlay se quedó con la tarjeta un rato.
Después la dobló, se la metió en el bolsillo del chaleco y volvió a mirar la temperatura.
Lo que había sacado por la mañana estaba en un tarro de cristal encima de la repisa del comedor, tapado con un paño, porque Ogilvie había querido verlo con luz de día.
Cuatro esquirlas. Tres estaban sueltas y grandes, y la cuarta no era una esquirla: era un trozo de la cara interna de la tibia, del tamaño de una uña del pulgar, que se había muerto en diciembre y que llevaba tres meses dentro con el hueso vivo creciendo alrededor.
Aquello era lo que había estado latiendo desde el miércoles.
Aquello era el punto rosa que Finlay había apretado el jueves dieciséis con el pulgar y había decidido no abrir.
Ogilvie se fue a las doce y media, después de catorce horas, y antes de irse se quedó un momento de pie junto a la puerta del comedor, que se había quedado oliendo a fenol y con la mesa todavía puesta.
—Doctor Calder.
—Dígame.
—El secuestro ese. —Ogilvie se puso el sombrero—. ¿Cuánto llevaba ahí?
—Desde diciembre.
—¿Y no había manera de saberlo antes?
—Había manera de sospecharlo y la sospeché el jueves dieciséis. —Finlay se apoyó en el marco—. Y no abrí, porque no había fiebre, ni calor, ni salida, y si abro a un hombre a los noventa días por un punto rosa y no hay nada dentro, lo que hago es meterle yo la infección que no tenía.
—Ya.
—Y si espero y sí hay algo dentro, pasa esto.
—Las dos cosas son razonables —dijo Ogilvie—. Eso es lo malo de este oficio.
Se fue.
A la una y media de la madrugada, Finlay se sentó por fin en la silla del cuarto, y entonces sacó la tarjeta y la leyó otra vez, y se puso a hacer la cuenta que llevaba desde las tres de la tarde sin hacerse.
Hugh Lumsden, sesenta y ocho años, había cruzado el río un sábado de marzo para ver un edificio.
Había llegado a la una. Había encontrado la puerta abierta, porque Finlay se la dejaba abierta desde enero por si alguien la necesitaba de noche.
Había entrado solo, había mirado el tejado desde dentro, se había quedado el rato que se queda un hombre solo en una ruina, y se había vuelto a su coche.
Y Rab Cruickshank no había estado allí, porque a Rab Cruickshank no se lo había pedido nadie, porque Finlay había cogido la hoja que le arrancó Strachan el jueves dieciséis por la noche y había pensado hacerlo el viernes y lo había dejado para el sábado por la mañana.
Eso fue lo que le hizo levantarse de la silla a las dos de la madrugada y quedarse de pie en medio de un cuarto a oscuras.
No lo del sábado. Lo del viernes.
Lo que se dijo a sí mismo a las dos de la madrugada, de pie en aquel cuarto, fue esto, y se lo dijo en orden porque era la única manera de que no le diera vueltas toda la noche.
Que el jueves dieciséis había tenido en las manos una hoja con dos líneas y un nombre.
Que el viernes diecisiete había tenido la mañana entera y había ido a la escuela, y que la tarde del viernes la había pasado en Archiestown con una anciana que se estaba muriendo y que se murió el domingo, y que aquello no era una excusa porque Cruickshank vivía a media milla de Dunrath y se le podía haber mandado un recado con cualquiera.
Que el lunes veinte, el martes y el miércoles había ido a Dunrath todos los días a las diez.
Y que el jueves veintitrés, mirando el punto de la cara interna por segunda vez y pensando en si abría o no abría, se había olvidado por completo de que existía Rab Cruickshank.
Eso era todo. No había más.
Un hombre que había renunciado a una plaza de ciento veinte libras por quedarse en un valle, y que llevaba nueve semanas atendiendo gratis a media comarca, no había sido capaz de mandar un recado de media milla en siete días.
Escribió a Lumsden el domingo por la mañana.
Cuatro líneas y ninguna excusa larga, porque las excusas largas son para los que tienen otra cosa que ofrecer.
Decía que había tenido que operar de urgencia a un enfermo grave a la hora convenida y que lamentaba no haberlo podido avisar, y que estaría a su disposición cuando quisiera, cualquier día y a cualquier hora.
La echó al correo del lunes.
El domingo veintiséis por la mañana, a las siete, el enfermo estaba a treinta y ocho y dos y había dormido cuatro horas seguidas, y Finlay, que había dormido una en la silla, le cambió el apósito y le miró el drenaje a la luz de la ventana.
—¿Qué me sacó?
—Cuatro trozos. Tres pequeños y uno del tamaño de la uña de su pulgar.
—¿Y eso llevaba ahí?
—Desde diciembre.
Roderick se quedó mirando el techo.
—¿Y por qué no lo sacó en diciembre?
—Porque en diciembre estaba vivo y no se sabía que se iba a morir. —Finlay terminó de vendar—. Eso pasa. Un trozo de hueso se queda sin riego, aguanta unos meses, se muere y el cuerpo lo echa. Lo echa cuando le parece a él, no cuando le parece a uno.
—¿Y ahora?
—Ahora está fuera, y esa pierna va a estar mejor dentro de seis semanas de lo que estaba el jueves pasado, aunque el jueves pasado usted la doblara veintitrés grados y hoy no la doble nada.
Roderick tardó en contestar.
—El viernes tuve treinta y nueve y medio y no mandé a nadie.
—Ya lo sé.
—¿Por qué no me lo ha dicho?
—Porque ya lo sabe usted —dijo Finlay—, y porque llevo tres meses diciéndole cosas y esta prefiero que se la diga usted.
Moira se fue el domingo veintiséis a las ocho de la mañana.
Finlay bajó al patio porque estaba bajando de todos modos y porque el coche estaba en el patio.
Llevaba la bolsa de lona y la cartera, y los dos frascos, y tenía la cara de alguien que no ha dormido y que no se ha permitido no ir.
—¿Cómo está?
—Treinta y ocho. El drenaje da poco y da bien. Eso es lo que quiero.
—¿Y la pierna?
—La pierna vuelve a estar como en diciembre, con la férula larga, y va a tener que estarlo cuatro o cinco semanas más. Va a perder lo que había ganado en marzo. Va a volver a ganarlo.
—¿Cuándo va a andar?
—No lo sé.
Moira asintió.
—Me quedo —dijo.
—No.
—Doctor Calder, ese hombre estuvo a punto de morirse ayer en el comedor de su casa.
—Ese hombre no estuvo a punto de morirse ayer.
Ayer tenía cuarenta de fiebre y hoy tiene treinta y ocho porque le he sacado lo que tenía dentro, y de aquí a que usted vuelva el miércoles lo único que hace falta es que alguien le cambie el apósito y le tome la temperatura cada dos horas, y eso lo voy a hacer yo.
—Finlay se metió las manos en los bolsillos—.
Lo que no puedo hacer yo es ir a Glasgow a catar ocho mil quinientos galones.
Ella no se movió.
—Súbase al coche —dijo él.
—Me está usted mandando.
—Sí.
Moira se quedó un momento mirándolo y después subió al coche.
Desde dentro, con la portezuela ya cerrada, bajó el cristal.
—Doctor.
—Dígame.
—El sábado a la una tenía usted una cosa.
Finlay se quedó muy quieto.
—¿Se lo ha dicho la señora Dow?
—Me lo ha dicho Aggie, que no sabía lo que decía. —Moira tenía la mano en el marco de la ventanilla—. ¿Era lo de Auchvaich?
—Era lo de Auchvaich.
—¿Y?
—Y no pasa nada. Le he escrito esta mañana.
Moira lo miró dos segundos más.
—Eso no es que no pase nada.
—Súbase la ventanilla, que hace frío.
El coche salió del patio.
El lunes veintisiete, Finlay durmió cinco horas seguidas por primera vez desde el viernes y se despertó a las seis con la sensación de que se le olvidaba algo.
Subió a Dunrath a las ocho. Treinta y siete y ocho. El drenaje, limpio.
Bajó a la escuela a las once y estuvo hasta las dos, y en esas tres horas vino una sola persona, que fue el chico de la oreja, al que se le había cerrado en enero y al que la madre traía cada tanto porque sí.
A las dos se sentó en el escalón de la puerta, al sol, que era el primer sol del año que calentaba, y se quedó mirando el camino.
Aquella escuela llevaba cerrada tres años y medio. Su padre había dado clase allí durante veintinueve y se había muerto dentro, en enero del noventa y cinco, corrigiendo, y lo habían encontrado a la mañana siguiente con la estufa apagada.
Finlay no había vuelto a Glen Corrie desde el entierro hasta el dieciséis de diciembre del noventa y ocho.
Se levantó y entró y estuvo un rato mirando el hueco del tejado desde dentro, que era lo que había estado mirando Lumsden el sábado a la una mientras a cuatro millas de allí él tenía las dos manos dentro de una pierna.
La carta de Lumsden llegó el martes veintiocho a media tarde.
Eran nueve líneas, escritas con la misma letra grande y temblona de la tarjeta, y eran de una cortesía perfecta del principio al final, y Finlay las leyó dos veces de pie en el patio de Dunrath y una tercera después, sentado en la escalera de la escuela, y a la tercera se dio cuenta de que no había en las nueve líneas un solo reproche.
Decía que comprendía perfectamente que un médico atienda primero a un enfermo y que no cabía otra cosa.
Decía que había entrado en el edificio y que había estado dentro un cuarto de hora.
Decía que era una obra necesaria y que confiaba en que se hiciera.
Y decía, en las tres últimas líneas, que el señor Lumsden cumplía en junio sesenta y nueve años, que hacía tiempo que había resuelto no comprometer cantidades importantes en empresas cuya continuidad dependiera de la permanencia de una sola persona, y que, habiendo visto el edificio, entendía que este era uno de esos casos, por lo que no suscribiría la cantidad solicitada.
Le deseaba mucha suerte.
Finlay se quedó con las nueve líneas en la mano y con los ojos en el montón de pizarra rota del rincón.
Empresas cuya continuidad dependiera de la permanencia de una sola persona.
No era el retraso. Aquello era lo que Strachan le había dicho en enero con otras palabras y lo que él había contestado que no iba a pasar.
Lumsden había entrado solo en una casa de piedra sin tejado, con los pupitres apilados contra la pared y una lona encima, y había visto exactamente lo que había: un tablero sobre dos caballetes, una palangana y el maletín de un hombre que aquel sábado no estaba allí.
Lo primero que hizo fue la cuenta, porque no sabía hacer otra cosa con una hoja de papel en la mano.
Setenta y cinco de Lumsden. Cuarenta condicionadas, que estaban condicionadas a las setenta y cinco. Treinta y una en firme.
Ciento cuarenta y seis, y lo que faltara lo ponía él.
Sin las setenta y cinco, las cuarenta se iban detrás. Eso lo sabía antes de escribir la primera carta y lo había escrito él mismo en enero en la hoja donde llevaba las cuentas del asunto.
Quedaban treinta y una.
Lo demás cayó en cuatro días y cayó solo.
El miércoles escribió a los dos propietarios del otro lado del río, que además de lo poco que habían puesto en firme tenían comprometidas quince y diez libras condicionadas a que se completara la mitad.
Los dos contestaron lo mismo, uno en dos líneas y el otro en seis: que su ofrecimiento seguía en pie para cuando el proyecto estuviera cubierto.
Lo cual, traducido, era que no.
La sociedad de socorros de Rothes retiró la suya el viernes, las quince condicionadas y no lo demás, sin carta, por medio del secretario, diciendo que aquel año tenían compromisos.
De las setenta y una libras entre firmes y condicionadas quedaron treinta y una.
Treinta y una libras. La reparación costaba ochenta y siete y catorce, presupuestada y firmada, con validez hasta el uno de mayo, y la dotación otras sesenta.
No se iba a reparar aquel tejado.
No se iba a reparar en abril, ni en mayo cuando caducara el presupuesto, ni en junio cuando la junta escolar volviera a reunirse y el comerciante de Charlestown volviera a proponer lo de la madera y la pizarra.
Con treinta y una libras no se ponía un tejado.
Con treinta y una libras se compraban una estufa, dos camas y una mesa, y se ponían debajo de medio cielo.
El jueves treinta, Finlay bajó a la escuela a las ocho de la mañana porque era jueves y los jueves venía Tam Geddes desde las once millas.
Vino Tam y vinieron cinco más: una mujer de Archiestown con un crío, el cantero de Carron a que le mirara los dos dedos y medio, una anciana, y dos del derrumbe que seguían viniendo por la espalda.
Finlay los atendió a los seis en tres horas, con el tablero puesto y la puerta abierta.
Al terminar, el cantero de Carron, que había puesto una libra en enero, se quedó el último.
—Doctor, ¿es verdad lo de Auchvaich?
—Es verdad.
El hombre se miró la mano.
—¿Entonces esto se cierra?
Finlay estuvo dos segundos.
—No —dijo—. Esto sigue abierto. Los lunes y los jueves, como hasta ahora, y si hay urgencia cualquier día.
—¿Y el tejado?
—El tejado no se puede arreglar este año.
—Ya. —El cantero se puso la gorra—. Bueno. Con medio tejado también se está.
Salió al camino.
Finlay se quedó de pie en medio de la escuela de su padre, con el tablero puesto y la palangana sucia, y lo que había dicho era verdad.
Seguían abiertos. Los lunes y los jueves. Con una lona, dos caballetes, una estufa que no tenía y treinta y una libras.
Era verdad y era exactamente la mitad de lo que le había dicho a aquel hombre en enero, y a Lumsden en febrero, y a once personas que habían puesto dinero contando con otra cosa.
Recogió el instrumental y lo metió en la lata.
Después sacó del maletín la hoja donde llevaba las cuentas del asunto desde enero, la que tenía en una columna las suscripciones y en la otra el presupuesto, y fue tachando.
Lumsden, setenta y cinco. Tachado.
Los dos del otro lado del río, quince y diez. Tachados.
La sociedad de socorros de Rothes, quince. Tachada.
Debajo del todo, donde estaba el presupuesto del pizarrero, escribió la fecha del uno de mayo y al lado, entre paréntesis, caduca.
Y en la última línea, donde había puesto en enero sede, escribió no.
Dobló la hoja y la guardó, y aquella hoja se quedó en aquel maletín, con esas tachaduras y esa última palabra, durante los treinta y un años siguientes.
No se lo contó a nadie.
No se lo contó a Ogilvie, que le preguntó el sábado cómo iba lo del tejado y al que le dijo que despacio. No se lo contó al párroco de Dunrath. No se lo contó a Rab Cruickshank, al que llevaba desde el veintiséis sin mirar a la cara y que no tenía ninguna culpa de nada.
Y no se lo contó a Roderick Strachan, que el jueves treinta estaba a treinta y siete y dos, con el tubo todavía puesto, y que le preguntó desde la cama, mientras le cambiaba el apósito, si al final había conseguido las setenta y cinco libras.
—Todavía no —dijo Finlay.