Capítulo 25
XXV
El viernes veinticuatro por la mañana, Roderick Strachan supo que tenía fiebre por el modo en que le sabía el té.
Era una cosa que había aprendido en el noventa y dos, con unas fiebres que le habían tenido diez días en la cama y que le habían dejado la costumbre de comprobarlo así. El té le sabía a metal. Cuando el té le sabía a metal, tenía por lo menos treinta y ocho.
Se lo bebió entero y no llamó a nadie.
Lo segundo que hizo fue el cálculo de lo que había que hacer aquel día y de qué parte de aquello se podía posponer.
Los libros con Bain, no. Lo de Leith, no. Lo del patio con Rab, se podía posponer y no lo pospuso. El pliego, si ella venía, no.
Lo tercero que hizo, antes de bajar, fue mirarse la pierna.
La cicatriz estaba igual que el jueves. El punto de la cara interna estaba algo más alto, algo más tenso y ya no era rosa. Lo apretó con el pulgar como se lo había apretado Calder y le dolió de una manera distinta a como le dolía la pierna, y aquello fue lo que le dijo lo que ya sabía.
Se puso el pantalón encima.
Bain subió a las nueve y estuvieron dos horas con los libros, y Roderick trabajó bien, y al final de las dos horas se dio cuenta de que había hecho tres veces la misma suma.
—Lo de Leith —dijo Bain.
—Léelo.
—Lo leí ayer, señor.
—Léelo otra vez.
Bain lo leyó otra vez. Era la carta del dieciséis, que decía que la firma vería con agrado un estado de existencias a treinta de abril y que confiaba en que la casa mantuviera la política acordada en enero.
—Contesta que sí.
—Ya contesté el lunes.
Roderick se quedó mirando la mesa.
—Bain.
—Señor.
—Vete a comer y vuelve a las tres.
Cuando se quedó solo se levantó, llegó hasta la ventana en cinco pasos en vez de en cuatro y se quedó allí con las dos manos en el bastón.
No era la pierna. La pierna le dolía como le dolía desde enero, sordo y abajo, y aquello lo tenía medido.
Lo que tenía era el punto de la cara interna, que llevaba latiendo desde el miércoles y que a las once de la mañana del viernes latía con el pulso, lo cual quería decir algo y él sabía perfectamente lo que quería decir porque se lo había explicado Calder en diciembre con todas las palabras.
A la una intentó comer y no pudo con el segundo bocado.
A las dos vino Rab con lo del patio y se quedó dieciocho minutos, que era lo que duraba siempre, y le contó que la segunda fila del tres seguía asentada, que había que cambiar dos durmientes y que el maltero de Rothes había subido el precio otra vez.
Roderick lo escuchó entero. Al final, Rab se quedó de pie un segundo más de lo normal.
—¿Está usted bien, señor?
—Estoy bien.
—Bien. —Rab cogió su gorra—. Lo digo porque en diciembre no me preguntó usted nada y hoy tampoco me ha preguntado nada, y en medio me ha preguntado usted todos los días.
—Mañana te pregunto.
—Mañana le pregunto yo a usted.
Salió.
Moira llegó a las cuatro.
La oyó en la escalera y tuvo tiempo de sentarse y de colocarse, y cuando entró estaba detrás de la mesa con los libros abiertos y con la cara que ponía para las visitas de negocios.
—Señor Strachan.
—Señorita Balfour.
Traía el pliego de anexos. El de diciembre, el de los doce folios y las quince materias, que llevaba desde el catorce de diciembre esperando a que él pudiera sentarse dos horas seguidas.
—Gault dice que si no se firma esta semana, habrá que rehacer la cláusula tercera por las fechas.
—Pues fírmese esta semana.
—Siéntese.
—Estoy bien de pie.
—Siéntese, señorita Balfour, que si se queda de pie me voy a tener que levantar y hoy no me apetece.
Ella se sentó.
Lo puso encima de la mesa y él lo leyó.
Lo leyó entero, doce folios, y tardó cincuenta minutos, y a los treinta le costaba seguir una línea hasta el final y a los cuarenta se dio cuenta de que estaba leyendo con el dedo.
En diciembre le había dicho a aquella mujer que no pensaba firmar un pliego de doce folios con la cabeza a medias.
En la página nueve había una cláusula sobre lo que entrara en la sociedad después de la boda, y era la cláusula que más le había costado a Gault en diciembre y sobre la que habían estado tres cuartos de hora.
Roderick la leyó dos veces. La segunda vez no entendió la segunda mitad y tuvo que volver al principio del párrafo.
En la página once había una lista de quince materias. Las contó. Salieron quince.
Firmó a las cinco menos cuarto.
—¿Cuándo se va usted a Glasgow?
—El lunes. Cato el martes por la mañana.
—¿Con qué?
—Con dos frascos de la cuba y con el acta.
Roderick asintió.
—Lléveles también el asiento de aduanas de la seiscientos once —dijo—. El de la entrada en Corrieburn, con el aforo y la merma. A una casa de Glasgow le gusta más un papel del vista que tres declaraciones nuestras.
Moira lo apuntó.
Y después se quedó de pie un momento al otro lado de la mesa y no se fue, y Roderick supo lo que venía antes de que hablara.
—Tiene usted mala cara.
—Llevo tres meses con mala cara.
—Hoy más.
—Es el pliego. —Se echó atrás—. Doce folios de su procurador. Eso le pone mala cara a cualquiera.
Ella no se rio. Se quedó mirándolo dos segundos más de la cuenta y después cogió el pliego firmado, lo metió en la cartera y se fue, y no le dio la mano y él no se la ofreció, y desde el diez de marzo aquello era lo que hacían los dos.
A las siete le subió Aggie la cena y no la tocó.
A las siete y media le pidió papel y escribió dos cartas.
La primera a Bain, con instrucciones para el lunes y el martes, por si acaso: lo que había que contestar a Leith, lo que no había que contestar, dónde estaban las llaves de la caja pequeña y qué se hacía con el vencimiento del maltero. La escribió entera y la escribió bien.
La segunda la empezó tres veces y no pasó de la primera línea.
Era para su hermana de Keith, que le había escrito todos los meses desde el quince de diciembre y a la que no había contestado ninguna. La primera vez escribió Querida Isobel. La segunda vez escribió Querida Isobel, perdona que. La tercera vez no escribió nada.
Rompió las tres y se quedó con la de Bain encima de la mesilla, doblada, sin sobre.
A las ocho y media, con el termómetro todavía en la mano, se acordó de una cosa de mil ochocientos setenta y nueve.
Su padre había estado tres semanas con una mano mala, de una astilla, y no había dicho nada a nadie hasta que no pudo cerrarla, y cuando por fin fue a Aberlour ya no había mucho que hacer y el hombre volvió a casa con dos dedos rígidos y siguió armando barricas once años más con ocho dedos.
Roderick tenía catorce años cuando pasó aquello y se acordaba de la cara de su madre, que no le había dicho nada al marido tampoco.
En aquella casa no se llamaba al médico. Se aguantaba, y después se aguantaba lo que quedara.
Se quedó un rato con esa idea y no le sacó ninguna conclusión, porque nunca había sido hombre de sacar conclusiones de las cosas de su padre.
A las nueve tenía treinta y nueve y medio y lo sabía porque se lo tomó él, con el termómetro de la mesilla, sentado en el borde de la cama y con la puerta cerrada con pestillo.
Lo anotó en el margen del libro, con la hora.
Y después hizo el cálculo, que era lo que hacía siempre con todo, y el cálculo era este: Calder venía los sábados a las diez.
Faltaban trece horas. En trece horas aquello iba a estar peor o iba a estar igual, y en ninguno de los dos casos cambiaba nada llamarlo esa noche, porque a esa hora estaba en Aberlour y había cuatro millas y había helado.
Eso fue lo que se dijo.
Lo otro, que era que llevaba tres meses dejando que un hombre le mandara sobre su propio cuerpo y que no pensaba mandar a buscarlo a las nueve de la noche como un crío, no se lo dijo.
A las dos de la madrugada se despertó empapado y con la pierna latiéndole hasta la rodilla.
A las seis de la mañana, cuando Aggie entró con el agua, estaba sentado en el borde de la cama con la manta echada por encima de los hombros, y la chica dejó el jarro, lo miró y salió corriendo sin decir una palabra.
Calder llegó a las ocho y veinte, no a las diez.
No dijo nada al entrar. Retiró la manta, miró, puso la mano y apretó el punto de la cara interna, y el punto se abrió.
—Señora Dow.
El ama de llaves estaba ya en la puerta.
—Agua hirviendo, toda la que haya. El comedor. La mesa grande. Que la frieguen con jabón y que la sequen. Y mande a un chico a Aberlour a por el doctor Ogilvie ahora mismo.
—Son las ocho y media, doctor.
—Ahora mismo.
Después se volvió hacia la cama.
—Esto lleva abierto por dentro desde el miércoles —dijo—. ¿Desde cuándo tiene fiebre?
—Desde ayer por la mañana.
—¿Cuánta?
—Treinta y nueve y medio a las nueve.
—¿Y no mandó a nadie?
—No.
Finlay no le contestó a eso, que fue peor que si le hubiera contestado.
Lo que pasó después, Roderick lo recordó siempre a trozos y con los trozos en desorden, que era lo que tenía el cloroformo y lo que tenía tener cuarenta grados.
Recordó que le dijeron que iban a bajarlo y que él dijo que bajaba solo, y que Calder contestó que no, y que fue la primera vez en tres meses que aquel hombre le contestó a algo sin explicarle por qué.
Recordó que lo bajaron entre cuatro por la escalera en una puerta desmontada, y que uno de los cuatro era Rab Cruickshank y que Rab iba a los pies y no le miró la cara ni una vez, y que aquello lo agradeció.
Recordó a la señora Dow fregando la mesa del comedor con un cepillo y con jabón mientras él estaba tumbado en la puerta desmontada en el pasillo, esperando, y recordó que la mujer fregaba llorando y sin hacer ruido y sin parar.
Recordó el frío de la mesa del comedor contra la espalda, y el olor del fenol, que después de tres meses le olía a Calder y no a hospital.
Recordó a Ogilvie llegando con el abrigo puesto y quitándoselo sin saludar.
Recordó que Calder le dijo, muy cerca de la cara y en el tono en que se le dicen las cosas a alguien que va a estar dormido dentro de un minuto:
—Hay un trozo de hueso ahí dentro que se ha muerto y que lleva tres meses esperando. Voy a abrir, voy a sacarlo y voy a dejarlo abierto otra vez. Cuando despierte va a estar usted como en diciembre y le va a parecer que ha perdido tres meses, y no los ha perdido.
Y recordó que él contestó una cosa que después le pareció ridícula y que en aquel momento le pareció lo único importante.
—El lunes se va a Glasgow.
—Ya lo sé.
—Que se vaya.
Recordó, por último, y este fue el trozo que se le quedó de verdad, que en algún momento, cuando todavía no le habían puesto la máscara, entró Aggie en el comedor y dijo desde la puerta, en voz baja y con esa cosa de las criadas que anuncian lo que no entienden:
—Doctor, que del otro lado del río ha llegado un coche a la escuela y que el señor está esperando.
Y que Calder no levantó la cabeza, y que no preguntó qué hora era, y que dijo:
—Que espere.
Dos palabras.
Roderick llevaba veinte años oyendo a hombres decir que espere, y las había dicho él mil veces, y sabía distinguir en el tono las tres o cuatro clases que hay.
Aquella no era ninguna de las que él decía.
Lo último que pensó antes de que le pusieran la máscara, y lo pensó con la claridad rara que da la fiebre, fue que acababa de costarle algo a alguien y que no sabía el qué.
Y recordó una cosa más, aunque nunca supo si era del sábado o si se la había inventado después: que en algún momento, con la máscara ya puesta y el olor dulce subiendo, oyó a Ogilvie decir aquí hay tres y a Calder contestar hay cuatro, mire debajo.
Cuando despertó era de noche y tenía la pierna otra vez con la férula larga, de la ingle al empeine, y un tubo saliendo por debajo del vendaje, y sed.
La señora Dow estaba en la silla.
—¿Qué hora es?
—Las nueve y diez.
—¿Se ha ido?
—¿Quién, señor?
—La señorita Balfour.
La señora Dow dejó la labor.
—Vino a las seis. El doctor le dijo que se fuera y que el lunes cogiera el tren, y ella dijo que no, y estuvieron discutiendo diez minutos en el pasillo.
—¿Y?
—Y se va mañana por la mañana.
Roderick se quedó mirando el techo.
—¿Y él?
—El doctor está abajo. —La señora Dow volvió a coger la labor—. Lleva desde las ocho y media de la mañana sin salir de esta casa.