El medio año de invierno Capítulo 24
63%

Capítulo 24

XXIV

El jueves dieciséis de marzo, a Finlay no le gustó la cicatriz.

No había nada que enseñar. La herida estaba cerrada desde primeros de mes salvo un punto en la cara interna, a dos dedos por debajo de donde había estado el foco, que llevaba tres semanas siendo un punto y que aquella mañana estaba algo más rosa de lo que había estado el lunes.

La apretó con el pulgar y miró la cara del otro.

—¿Le duele?

—No.

—Le he preguntado si le duele, no si lo aguanta.

—Un poco.

—¿Desde cuándo?

Roderick tardó dos segundos, que en él era una eternidad.

—Desde el sábado.

Finlay volvió a apretar, en el mismo sitio y más despacio.

No salió nada. No estaba caliente. No había línea roja ni ganglio en la ingle, y el hombre llevaba doce días doblando la rodilla y no había tenido una décima.

—¿Cuántas horas estuvo usted de pie el día diez?

—No las conté.

—Las contó usted, porque cuenta usted los segundos y los apunta en el margen del libro de la mesilla y cree que no lo sé. —Finlay se enderezó—. ¿Cuántas?

—Catorce.

—Catorce horas a los ochenta y cinco días de una tibia abierta y conminuta.

—Tenía visita.

—Ya sé que tenía visita.

Lo dijo sin ninguna intención y los dos lo oyeron igual, y Finlay bajó la cabeza y siguió con el vendaje.

—Dos días en la cama con la pierna en alto —dijo al terminar—. Y después, seis horas al día de pie como mucho, repartidas.

—Tengo la casa que gobernar.

—Gobiérnela sentado, que es como la ha gobernado tres meses y no se ha hundido.

—Doble.

Roderick dobló. Finlay le puso la mano en la rótula y miró el ángulo.

—Veintitrés.

—El lunes fueron veinte.

—El lunes fueron veinte y le dije dieciséis.

—Finlay le soltó la pierna—. Señor Strachan, una rodilla que lleva tres meses sin doblar no se recupera con voluntad.

Se recupera con grados y con días, y los grados que se ganan con dolor se pierden con inflamación, así que lo que gana usted por la mañana se lo quita a sí mismo por la tarde.

—Veintitrés es más que veinte.

—Veintitrés es más que veinte y la tibia le da igual lo que usted opine de la aritmética.

Roderick se echó atrás en la almohada y por primera vez en tres meses Finlay le vio hacer una cosa que no le había visto hacer nunca, que fue cerrar los ojos un segundo.

Después subió Bain con los libros y Finlay se quedó a la puerta esperando, porque tenía otra cosa y no quería decirla a medias.

Bain tardó cuarenta minutos.

—He estado en Auchvaich —dijo Finlay cuando se quedaron solos.

Roderick levantó la cabeza.

—¿Y?

—Fui el lunes seis y me recibió el martes siete. Tardó ocho días en contestarme a la carta del veinticuatro de enero y once minutos en decirme que sí cuando me tuvo delante.

—Ya se lo dije.

—Me dijo usted que no le hablara de medicina. No le hablé de medicina. Le hablé de las once millas y del tiempo que tarda un carro de aquí a Elgin en marzo, y le dije que el año pasado pagó él medio puente porque se le ahogó un chico en el vado.

—¿Eso le dijo?

—Eso le dije.

Roderick se recostó.

—Ese hombre ha pagado tres puentes, dos escuelas y la mitad de un pósito, y todo eso lo ha pagado después de que le pasara algo a alguien delante. —Se quedó pensando—. ¿Qué pide?

—Setenta y cinco libras. La mitad exacta de la reparación y la dotación, que es la cantidad que activa las otras suscripciones. No pide más y no regatea.

—¿Y las otras cuánto son?

—Cuarenta condicionadas y treinta y una en firme. Con las setenta y cinco de Lumsden llegan a ciento cuarenta y seis, y falta poco y ese poco lo pongo yo.

—¿Cuánto pone usted?

—Lo que falte.

—Le he preguntado cuánto.

—Y yo le he contestado lo que le voy a contestar. —Finlay lo dijo sin acritud—. Si digo una cifra, el que la oiga la resta de las setenta y cinco de Lumsden, y entonces Lumsden pone menos.

Roderick lo miró un momento.

—Eso está bien pensado.

—Gracias.

—No es un cumplido. Es que llevaba tres meses creyendo que usted no sabía hacer esto.

—¿Entonces?

—Entonces pide una cosa y esa es la que vengo a decirle. —Finlay se apoyó en el respaldo de la silla que no había ocupado—. Quiere verlo.

—¿Ver qué?

—El edificio. Quiere ir a la escuela, entrar, mirar el tejado desde dentro y decidir allí. Viene el sábado veinticinco a la una.

—Un hombre de sesenta y ocho años cruzando el río en marzo para mirar una ruina.

—Eso mismo pensé yo.

—Es que es lo que hace. —Roderick se quedó un momento callado—. No firma nada que no haya pisado. En el noventa y uno le vendí yo doscientas barricas y estuvo dos horas dentro de mi almacén contando durmientes antes de darme la mano.

—¿Y compró?

—Compró. Y me pagó en tres días, que en el noventa y uno no lo hacía nadie. —Roderick se removió en la almohada—. Le voy a decir tres cosas de ese hombre y le van a servir más que la carta que le escribió usted en enero.

—Dígalas.

—Una. No le enseñe papeles el sábado. Si le enseña una lista de suscripciones, se la va a leer entera y le va a preguntar por qué el párroco de Dunrath pone cinco libras y los comerciantes de Aberlour ponen dos. Enséñele el edificio.

—¿Y si pregunta por el dinero?

—Va a preguntar por el dinero al final, no al principio. Si se lo saca usted al principio, se ha convertido en una colecta.

—Dos.

—Dos. No le hable en plural. No le diga lo que vamos a hacer ni lo que se va a hacer. Dígale lo que hace usted los lunes y los jueves, que es lo que hay.

—Tres.

Roderick tardó un momento.

—Tres, y esta no se la va a creer. —Levantó la mano del libro—. Si le pregunta cuánto tiempo piensa quedarse usted en este valle, no le diga que para siempre. Dígale la verdad, sea la que sea, aunque la verdad sea que no lo sabe.

—¿Por qué?

—Porque va a preguntárselo, y porque un hombre de sesenta y ocho años que ha enterrado a dos socios distingue una promesa de un hecho a veinte pasos.

Finlay dejó pasar un momento.

—Quiero que venga usted.

—No.

—No le he dicho todavía para qué.

—No me hace falta. —Roderick cerró el libro que tenía delante—.

Quiere usted que el sábado, cuando Lumsden entre en esa escuela, haya allí un hombre que tenga dinero y que diga que aquello hace falta, porque un médico que pide dinero para su propio consultorio es un médico que pide dinero para su propio consultorio, y un propietario que dice lo mismo es otra cosa.

—Exactamente eso.

—Pues no.

—¿Por qué no?

Roderick se lo dijo.

—Porque el sábado veinticinco, si yo cruzo el patio de esa escuela apoyado en un bastón delante de Hugh Lumsden y del párroco de Dunrath y de los seis que van a estar mirando desde el camino, el lunes en este valle no hay una enfermería.

Hay el hospital de Strachan. —Lo dijo despacio y sin subir la voz—.

Y dentro de dos años, cuando a un hombre de Corrieburn se le meta la mano en un engranaje, ese hombre va a pensarlo dos veces antes de entrar por esa puerta. Se lo dije en enero y no me creyó.

—Le creí en enero y le creo ahora.

—Entonces no me lo pida.

—Se lo pido igual —dijo Finlay—, porque el sábado necesito setenta y cinco libras más de lo que necesito que un hombre de Corrieburn no se lo piense en 1901.

Roderick lo miró.

Y por primera vez en tres meses, a Finlay le pareció que aquel hombre estaba considerando de verdad una cosa que le habían pedido.

—No —dijo al final—. Pero le voy a decir lo que sí.

—Dígalo.

—Que el sábado a la una, a la hora en que ese hombre entre en la escuela, esté allí Rab Cruickshank.

—Cogió el lápiz—. Rab lleva veintidós años trabajando en esta casa y es capataz, no propietario.

Lumsden lo conoce desde el ochenta y siete.

Y Rab tiene un cuñado que se cayó de un tejado en el noventa y cuatro y que se murió en un carro camino de Elgin.

Finlay se quedó quieto.

—¿Eso es cierto?

—Pregúnteselo a él, que se lo va a contar mejor que yo. —Roderick apuntó dos líneas y arrancó la hoja—. Y no le diga que se lo he mandado yo. Pídaselo usted.

Finlay cogió la hoja. Eran dos líneas y un nombre.

—¿Por qué me ayuda con esto y no me da el dinero?

Roderick tardó.

—Porque lo primero no me cuesta nada y lo segundo sí —dijo—. Y porque usted ha creído durante tres meses que yo le decía que no por tacañería, y no es por tacañería, y me fastidia que un hombre al que le debo una pierna piense eso de mí.

—Yo no he pensado eso.

—Lo ha pensado en enero. —Volvió a coger el lápiz—. En febrero ya no, porque en febrero le dije lo de Leith. Y ahora sabe usted una cosa de esta casa que no sabe nadie en este valle y que yo no le he contado a mi hermana.

Finlay se guardó la hoja en el chaleco.

El viernes diecisiete por la mañana, Finlay bajó a la escuela con la hoja de Strachan en el bolsillo del chaleco.

Estuvo allí hasta la una y vinieron cuatro. A la una y media subió a Dunrath a la cura del mediodía, y a las tres le mandaron recado de Archiestown por una anciana de ochenta y un años que llevaba dos días sin levantarse, y fue andando y estuvo allí hasta las ocho.

Lo que tenía la anciana era el corazón y no había nada que hacerle. Se murió el domingo.

Aquella noche, en la posada de Aberlour, Finlay sacó la hoja del chaleco, la leyó, la volvió a doblar y se dijo que el lunes.

Eran las once y media de la noche del jueves dieciséis cuando había pasado lo otro, y pasó porque los dos estaban cansados y porque llevaban tres meses evitándolo.

Había vuelto a subir a las once porque quería mirar otra vez el punto de la cara interna antes de irse a Aberlour, y lo miró, y seguía igual, y se estaba lavando las manos en la palangana cuando Roderick habló desde la cama.

—Calder.

—Dígame.

—¿Por qué se quedó usted en diciembre?

Finlay siguió lavándose.

—Por la pierna.

—La pierna estaba fuera de peligro el veintisiete y usted mandó tres cartas a Glasgow el veintisiete.

—¿Se lo ha contado Hendry?

—Me lo ha contado Hendry, me lo ha contado la señora Dow y me lo ha contado Cruickshank, y ninguno de los tres sabía que me lo estaba contando. —Roderick tenía la cabeza vuelta hacia él—. Renunció usted a una plaza.

—Renuncié a una plaza.

—¿Por el tonelero?

Finlay se secó las manos.

—En parte.

Se quedaron los dos callados un momento, y el momento duró lo justo para que ninguno de los dos pudiera fingir después que no había entendido.

—Está prometida conmigo desde el dieciocho de noviembre —dijo Roderick.

—Lo sé.

—Y nos casamos el quince de mayo.

—Puede.

Roderick no se enfadó. Aquello fue lo que Finlay recordó después: que no se enfadó, que no levantó la voz y que no dijo ninguna de las cuatro o cinco cosas que un hombre dice en ese momento.

Lo que hizo fue quedarse mirando el techo durante unos segundos, como quien acaba de recibir un dato y lo está colocando.

—Bien —dijo.

—¿Bien?

—Bien es que ya está dicho y no vamos a tener que decirlo otra vez. —Volvió la cabeza—. Usted es el que me está curando la pierna. Si no lo dijéramos nunca, uno de los dos acabaría pensando que el otro se calla por algo.

—¿Y ahora qué?

—Ahora usted me cura la pierna y yo me caso en mayo, y si en mayo no me caso, no será porque usted haya hecho nada y no será porque yo haya hecho menos.

—Eso no depende de ninguno de los dos.

—No. —Roderick lo dijo sin darle importancia, y a Finlay le pareció que era la primera vez que aquel hombre decía una cosa así—. Depende de ella y de si consigue dieciséis mil doscientas libras antes del quince de mayo, que es lo que lleva intentando desde noviembre y lo que no va a conseguir.

—Puede que sí.

—Puede que sí. —Roderick volvió la cabeza—. ¿Usted quiere que las consiga?

Finlay tardó en contestar y contestó la verdad, que era lo único que se podía hacer a las once y media de la noche.

—Quiero que esa mujer no se case con nadie porque deba dinero.

—Eso no es lo que le he preguntado.

—Es lo que le voy a contestar. —Roderick se estiró un poco en la cama—. Y el sábado va usted a la escuela con Cruickshank y consigue las setenta y cinco libras, que falta le hacen.

Finlay cogió su maletín.

—Buenas noches, señor Strachan.

—Buenas noches. —Y cuando ya estaba en la puerta—: Calder.

—Dígame.

—Ese punto de la cara interna. ¿Es algo?

Finlay se paró un segundo con la mano en el marco.

—No lo sé —dijo—. Dos días con la pierna en alto.

Bajó las escaleras y salió al patio y echó a andar hacia Aberlour.

No pensó en la pierna en todo el camino. Pensó, cuatro millas seguidas, en que aquel hombre acababa de decirle que se casaba en mayo y que él había contestado puede, y en que había tres maneras de entender esa palabra y él sabía cuál de las tres había querido decir.

Y pensó en una cuarta cosa, que era que llevaba tres meses curando todos los días a un hombre que le caía bien.

Eso no lo había previsto en diciembre. Había previsto muchas cosas y no había previsto que le fuera a caer bien.

El sábado a la una.