El medio año de invierno Capítulo 23
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Capítulo 23

XXIII

Gault no la dejó terminar.

—No lo firme.

Moira había cogido el primer tren y estaba en la calle Alta de Elgin a las once de la mañana del viernes, con los dos frascos en la bolsa y con el borrador que Bain le había mandado por la noche en un sobre.

—Todavía no le he dicho la mitad.

—No hace falta. —Gault se puso las gafas y volvió a quitárselas—. Léame otra vez la cláusula.

Se la leyó.

—Otra vez la última línea.

Se la leyó.

Gault se levantó y fue hasta la ventana, cosa que no hacía nunca, y se quedó allí de espaldas.

—Señorita Balfour, usted me va a decir ahora que eso no es una hipoteca, que no es una prenda y que no toca las sesenta y una barricas ni la casa ni el terreno. Y va a tener razón.

—Entonces.

—Entonces déjeme decirle lo que sí es. —Se dio la vuelta—.

Eso es un hombre que se sienta encima de la única cosa que usted puede vender.

No de la cosa. De la venta. Usted puede fabricar, puede mezclar, puede ponerle su nombre, puede llevárselo a Glasgow en un carro. Lo que no puede es cobrarlo sin él.

—Le he preguntado si me vendería la carga.

—¿Y qué le ha dicho?

—Que se lo pregunte cuando tenga el dinero.

Gault se quedó quieto.

—Eso no es un sí.

—No es un no.

—Señorita Balfour, en treinta y ocho años de oficio yo he oído esa frase once o doce veces, y las once o doce eran de hombres que sabían perfectamente lo que iban a contestar y que no querían contestarlo ese día.

Moira no dijo nada.

—Hay tres cosas y se las voy a decir despacio.

—Gault volvió a la mesa y se sentó—. La primera: esto hay que declararlo.

Kerr y Wylie, o quien sea, le va a poner delante un papel en el que usted garantice que lo que aporta está libre de derechos de terceros.

Es un papel corriente y lo firma todo el mundo sin leerlo. Usted no lo va a poder firmar.

—Eso me lo ha dicho él.

—¿Él?

—Él. Ayer. En su mesa y antes de que yo firmara nada.

Gault se quedó un segundo.

—Eso le honra y no cambia nada. —Siguió—. La segunda: si lo declara, Glasgow no desembolsa hasta que la carga esté extinguida o cubierta, y extinguirla significa pagarle a él o convencerle, y lo primero cuesta dinero y lo segundo depende de un hombre.

—¿Y la tercera?

—La tercera es la que le va a doler. —Gault juntó las manos—.

Si usted firma eso, el día quince de mayo, cuando llegue el vencimiento, va a haber dos cosas en la misma mesa: dieciséis mil doscientas libras de deuda y una carga de él sobre lo único que usted puede vender para pagarlas. Y él va a ser el titular de las dos.

Moira miró por la ventana la calle Alta.

—Señor Gault, si no lo firmo, ¿qué tengo?

Gault no contestó.

—Tengo ocho mil cuatrocientos galones de un whisky que se acaba a los cuatro segundos, tengo seis semanas hasta la cata de Glasgow y tengo treinta y ocho hombres cobrando la mitad desde Candlemas. —Moira se volvió—. Dígame usted qué hago con eso.

—No lo sé.

—Pues yo tampoco, y yo soy la que tiene que hacer algo con ello el lunes.

—Señorita Balfour, yo cobro cuatro guineas y llevo sin cobrarlas desde noviembre, y se lo digo ahora porque quiero que sepa desde dónde le hablo.

—Gault se recostó—. No le hablo desde el bolsillo.

Le hablo desde que llevo treinta y ocho años viendo llegar a esta habitación a gente que ha firmado la única cosa que podía firmar.

—¿Y qué les dice?

—A los que vienen después no les digo nada, porque ya está firmado.

Se quedaron callados.

—Hay una cuarta posibilidad y se la voy a decir aunque no le va a gustar —dijo Gault—. Puede usted no hacer nada. Puede dejar esos ocho mil galones donde están, escribir a Glasgow que no va, esperar al quince de mayo y casarse.

—Eso no es una posibilidad.

—Es la que tiene menos papeles.

—Es la que él ha estado esperando desde noviembre —dijo Moira.

Gault se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa.

—Va a firmarlo.

—Voy a firmarlo.

—Entonces déjeme hacer mi trabajo, que es que lo firme usted lo menos mal posible.

—Cogió el lápiz—. Tres cosas. Una, que la carga sea sobre el producto de la venta y no sobre el líquido, y que se diga con esas palabras, porque no es lo mismo y en mayo importará.

Dos, que la parte esté en una cifra y no en un tanto por ciento abierto, para que usted sepa lo que debe.

Y tres, que se pueda extinguir por pago.

—¿Va a aceptar eso?

—Lo tres primeros sí. El tercero le va a poner condiciones. —Gault escribió—. Y le voy a decir una cuarta cosa que no va en el papel y que le digo como el hombre que fue el único que le dijo en noviembre lo que la ley ya le daba.

—Dígala.

—Que cuando vuelva usted a Corrieburn esta tarde, se lo cuente a Jessie Innes.

Moira lo miró.

—¿A Jessie?

—A Jessie, o a los cuarenta, o al que usted quiera.

—Gault dejó el lápiz—. Yo no sé nada de whisky y no sé nada de su casa.

Sé que en febrero pasó algo ahí que usted no me ha contado y que se le nota en la letra de las cartas.

Y sé que un secreto de esta clase, guardado seis semanas, pesa más al final que al principio.

—Si se lo cuento a Jessie, en dos días lo sabe el valle.

—Sí.

—Y si lo sabe el valle, lo sabe Glasgow antes de abril.

—Puede.

—Entonces no puedo contárselo a nadie —dijo Moira.

Y Gault, que llevaba treinta y ocho años en aquella habitación encima de una sombrerería, asintió despacio y no volvió a insistir, y años después se acordaría de haber asentido.

Firmaron a las cinco y media de la tarde del viernes diez de marzo, en el escritorio de abajo de Dunrath, con Colin Bain y Rab Cruickshank de testigos.

Dos ejemplares. Uno para cada parte. Copia para Gault, que había bajado en el mismo tren que ella y que leyó el pliego entero dos veces antes de dejarla coger la pluma.

La barrica seiscientos once bajó de la fila once del almacén largo a las seis y diez.

La bajaron cuatro hombres. Duff había subido desde Corrieburn a las cinco con su libro, porque una barrica que sale de un almacén de aduana y entra en otro son dos asientos y una orden de entrega, y estuvo delante todo el tiempo y anotó el número, el volumen, el grado y la hora.

Ciento seis galones de prueba. Once años y tres meses. Procedencia declarada: lote de la costa, adquirido por R. Strachan en Rothes el diecinueve de enero de mil ochocientos noventa y nueve.

La llevaron a Corrieburn en el carro de Dunrath, con Moira detrás en el suyo, y llegaron a las ocho menos cuarto con la noche encima.

La entrada en Corrieburn la hizo Duff con la misma ceremonia con la que hacía todo.

Comprobó el precinto, comprobó el número contra la orden de entrega, volvió a aforar porque una barrica que ha viajado cuatro millas en marzo no pesa lo mismo que pesaba en el otro almacén, y anotó la diferencia, que fueron dos galones.

—Dos galones de merma en el trayecto —dijo—. Lo normal.

—Apúntelo.

—Lo estoy apuntando. —Cerró el libro—. Señorita Balfour.

—Dígame.

—Esta es la segunda entrada de existencias compradas de esta casa desde el noventa y siete.

—Esta no es comprada.

Duff se quedó un momento con el libro debajo del brazo.

—Ya. Eso es lo que le iba a preguntar. —Se ajustó el sombrero—. En la orden de entrega pone aportada. Yo no había visto nunca esa palabra en una orden de entrega y he tenido que preguntar en Elgin cómo se asienta.

—¿Y cómo se asienta?

—Se asienta igual. —Duff echó a andar hacia la puerta—. Lo que cambia no es el asiento.

La vaciaron en la cuba del almacén tres a las ocho y veinte.

Moira lo hizo ella. Se subió a la pasarela con la lámpara, abrió el bitoque y la dejó correr entera, y estuvo veintidós minutos oyéndola caer y viendo cómo el chorro se iba adelgazando, y cuando se acabó bajó y cogió el remo largo de alerce y removió la cuba durante media hora.

Sacó la primera muestra a las nueve y diez.

La sirvió. La probó.

Y lo que pasó en su boca fue exactamente lo que aquel hombre había dicho que iba a pasar en una mesa a cuatro millas de allí y doce horas antes: que aquello entró, se abrió, hizo lo que tenía que hacer, y a los cuatro segundos, donde no había habido nada, había ahora una cosa seca y salada y un poco quemada que se quedaba.

No estaba hecho. Faltaban semanas de reposo y aquello se iba a asentar y a cambiar, y lo que ella tenía delante a las nueve de la noche del diez de marzo no era la mezcla que iba a catar Eliza Kerr.

Era la prueba de que había una.

Moira se quedó con el vaso en la mano en un almacén vacío y se le doblaron las rodillas un poco, y se sentó en el borde de la pasarela, y no lloró porque no lloraba, pero le costó.

Estuvo así diez minutos.

Lo que le vino durante esos diez minutos no fue Glasgow.

Fue Wishart llegando a las seis en punto.

Fue Sandy Shand en la puerta del escritorio diciendo que no podía permitirse creerla.

Fue Bell Geddes con el pan debajo del brazo y la cola del patio detrás.

Fue la línea en blanco del cuadernillo de tapas azules.

Aquello de la cuba pagaba todo eso o no lo pagaba nada.

Y para que lo pagara, el hombre que acababa de hacerlo posible tenía que soltar, en algún momento entre abril y mayo, una firma.

Volvió a probarlo por segunda vez, más despacio, para estar segura de que no se lo estaba inventando.

No se lo estaba inventando.

Volvió a Dunrath a las once de la noche porque el acta se levantaba allí y porque Bain se iba a Elgin al día siguiente.

Colin Bain escribió de pie, en la mesa del escritorio de abajo, con los dos hombres delante y con ella al lado.

Diez de marzo de mil ochocientos noventa y nueve.

Se hace constar que la composición denominada Corrieburn, de ocho mil quinientos seis galones de prueba, es obra de la señorita Moira Balfour, de Corrieburn, a quien corresponde la fórmula y la dirección técnica.

Se hace constar asimismo la aportación por esta casa de la barrica número seiscientos once y de la proporción de empleo, en los términos del acuerdo de esta fecha.

Bain lo leyó en voz alta, lo firmó, y Roderick puso debajo su nombre.

Después le pasó el libro a ella para que lo leyera.

Moira leyó las dos frases dos veces.

Era la primera vez en doce años que su nombre estaba escrito en un libro al lado de algo que había hecho ella.

Su padre había vendido durante veinte años whisky que hacía ella y en ninguna hoja de aquella comarca constaba, y ella se lo había dicho a aquel hombre en noviembre, en una mesa, en la sexta condición, y él lo había escrito.

Levantó la cabeza.

Roderick estaba de pie al otro lado de la mesa, apoyado en el bastón, con la cara gris de llevar catorce horas levantado y con el peso todo en el lado izquierdo.

Bain cerró el libro, dijo buenas noches y salió. Rab salió detrás.

Moira dio la vuelta a la mesa.

Fue ella. No hubo ninguna duda sobre eso, ni esa noche ni después.

Le cogió la cara con las dos manos, que él tenía la barba de dos días y la piel fría, y lo besó, y él dejó caer el bastón contra el borde de la mesa y le puso una mano en la espalda, solo una, porque la otra la necesitaba para no caerse.

Ella lo sostuvo. Eso fue lo que después no se le quitó de la cabeza: que lo estaba sosteniendo.

Duró mucho más que lo del veintiocho de febrero.

Fue ella la que lo paró, al final, y lo paró apartando la cara y no las manos, y se quedó con las dos manos en el cuello de él un momento más antes de soltarlo.

Ninguno de los dos dijo nada.

Roderick recuperó el bastón del borde de la mesa, se apoyó, y no dijo ni una palabra de lo que acababa de pasar, y ella se lo agradeció más de lo que había agradecido nada en cuatro meses.

—Buenas noches, señorita Balfour.

—Buenas noches.

Volvió a Corrieburn en el carro, a oscuras, con el acta copiada en el bolsillo y con el ejemplar del acuerdo en la bolsa de lona, envuelto en el mismo paño en el que había traído los frascos.

El lunes trece iba a bajar al patio y les iba a decir a treinta y ocho hombres que la partida funcionaba.

Eso era verdad y se lo iba a contar entero.

Lo otro no.