Capítulo 22
XXII
La férula corta se la habían puesto el lunes seis, y el lunes seis, por primera vez en ochenta días, Roderick Strachan había doblado la rodilla derecha.
Calder se la había cambiado sin ceremonia, a las diez de la mañana, después de mirarle la cicatriz un minuto entero con las gafas bajadas.
—Hasta aquí —había dicho, marcándole con el dedo un palmo por debajo de la rodilla—. De aquí para arriba, libre. Doble despacio y pare cuando duela, no cuando le parezca que debería doler.
—¿Cuánto?
—Hoy, quince grados. Y mañana dieciséis, y no diecisiete.
Había doblado doce y le había dolido como no le había dolido nada desde diciembre, y a la tercera había sudado, y Calder lo había visto sudar y no había dicho nada, y aquello se lo había agradecido.
El jueves nueve se levantó a las seis, se puso solo la ropa de cintura para abajo por primera vez, que le llevó veinte minutos, y bajó las escaleras.
Las bajó de espaldas y sentado, escalón a escalón, como un crío, con el bastón bajado antes por delante. No había nadie mirando porque lo había planeado para que no hubiera nadie mirando.
Al llegar abajo estuvo dos minutos sentado en el último escalón con la espalda contra la pared.
Después se levantó, apoyado en el bastón y en la barandilla, y cruzó el recibidor hasta la puerta y salió al patio.
Ochenta y cinco días.
El patio olía a lo que olía siempre. Había escarcha en el empedrado y en el pilón, y estaban entrando dos carros, y al primero que lo vio se le cayó lo que llevaba.
No cruzó el patio. Llegó hasta el pilón, que estaban catorce pasos, y se quedó allí de pie con las dos manos en el bastón mientras la casa entera se enteraba.
Rab Cruickshank vino desde el almacén largo sin darse prisa.
—Señor Strachan.
—Rab.
—¿Quiere que le traiga una silla?
—No.
—Bien. —Rab se puso a su lado, mirando también hacia los carros, y no se movió durante los once minutos que él aguantó allí—. La segunda fila del tres sigue asentada. La miré el lunes.
—Ya lo sé. Me lo dijiste el lunes.
—Se lo digo otra vez.
—Ya lo sé también.
A los once minutos volvió dentro y le costó los catorce pasos más otra vez, y al llegar a la puerta tuvo que pararse con la mano en el marco y esperar a que se le pasara una cosa blanca por delante de los ojos.
Aggie estaba en el recibidor y no dijo nada, que era lo que había aprendido en tres meses.
—¿Le subo el desayuno arriba, señor?
—Abajo.
—Abajo no hay puesto.
—Pues pon.
Bain lo encontró a media mañana en el escritorio de abajo, que era donde no había entrado desde el quince de diciembre.
—Señor Strachan, ha llegado recado de Corrieburn.
—Léelo.
—Es de la señorita Balfour. Pregunta si puede usted recibirla esta tarde y dice que trae una muestra.
Roderick se quedó quieto.
Cuarenta y nueve días desde el diecinueve de enero. Los había contado sin querer contarlos, como contaba las semanas de la férula y los segundos de pie.
—Dile que sí.
—¿A qué hora?
—A las cuatro. —Miró por la ventana—. Y prepara la sala de muestras. La de abajo, no la de arriba.
—La de abajo lleva tres meses cerrada.
—Pues ábrela, enciéndela y ventílala a mediodía, para que a las cuatro esté templada y no huela a cerrado. Y que no haya nada encima de la mesa. Nada, Bain. Ni un papel.
A la una comió. A las dos se lavó, se afeitó él mismo por primera vez desde diciembre y le costó veinte minutos y dos cortes. A las tres bajó a la sala de muestras a verla.
Estaba templada y no olía a cerrado. Bain había hecho lo que le había dicho.
Sobre la mesa no había nada. Roderick se quedó un rato mirando aquella mesa vacía y después fue al armario del fondo, sacó dos vasos de cata y los puso, y después los quitó y dejó uno solo, porque poner dos era decir algo antes de tiempo.
A las tres y media subió al almacén largo.
Le llevó ocho minutos y no lo vio nadie porque a esa hora los hombres estaban en los cobertizos.
La fila once estaba al fondo, contra la pared oeste. Cuarenta y seis barricas en dos alturas, con su número de Dunrath pintado en la tapa y con la fecha de enero debajo, sin mover desde el diecinueve.
La seiscientos once estaba abajo, la tercera empezando por la izquierda.
Roderick se quedó de pie delante de ella, apoyado en el bastón, y le puso la mano encima de la tapa.
Llevaba cuarenta y nueve días sabiendo lo que iba a hacer con aquella barrica.
No lo había escrito en ninguna parte y no se lo había dicho a Bain, y cuando en febrero Bain le había propuesto el negocio limpio, vender diez con beneficio, había dicho que no en medio segundo y sin explicar por qué, y la razón era que las otras cuarenta y cinco le daban igual y esta no.
Ella llegó a las cuatro menos cinco.
Roderick estaba de pie cuando entró, apoyado en el bastón junto al extremo largo de la mesa, y llevaba de pie desde las cuatro menos veinte, que era lo que tardaba en dejar de temblarle el muslo después de levantarse.
—Señorita Balfour.
—Señor Strachan.
Se quedó un segundo en la puerta. Él vio el segundo entero y supo exactamente lo que era: no era sorpresa de verlo en pie. Era la cuenta que estaba haciendo ella, que era la misma que habría hecho él, de cuánto le costaba estar así y de cuánto tiempo iba a poder.
—Siéntese —dijo él.
—Prefiero estar de pie.
—Yo también, y voy a sentarme dentro de diez minutos porque no me queda más remedio. Siéntese usted ahora y así nos sentamos los dos y no parece que me siento yo.
Moira se sentó.
Sacó de la bolsa los dos frascos y puso uno encima de la mesa.
Lacrado. Con una etiqueta pegada, escrita a mano, con la fecha, el volumen de la cuba, las barricas de origen y la proporción.
Roderick la leyó sin tocar el frasco.
Ocho mil cuatrocientos galones de prueba. Veintidós barricas Corrieburn del noventa y dos al noventa y cuatro. Veinte barricas Deeside del noventa y tres y noventa y cuatro. Sesenta y cuarenta.
Aquella etiqueta era el trabajo de tres meses de una mujer que no tenía dinero, y estaba escrita con la letra de alguien que no pensaba pedir disculpas por nada.
—¿Qué quiere de mí?
—Un juicio técnico.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
—Bien —dijo Roderick.
Cogió el frasco, rompió el lacre con la uña del pulgar y sirvió dos dedos en el vaso.
Lo movió. Lo olió tres veces, la tercera con el vaso pegado al labio inferior. Después lo probó y lo dejó en la boca mucho más tiempo del que lo deja la gente, y no tragó, y cuando por fin tragó, esperó todavía medio minuto más antes de decir nada.
—Ocho mil cuatrocientos galones —dijo.
—Ocho mil cuatrocientos.
—Es bueno.
—Ya lo sé.
Roderick volvió a olerlo.
Lo que no le dijo, porque no venía al caso y porque no habría sabido decirlo sin que sonara a otra cosa, fue lo que le pasó en el segundo y en el tercer olor.
El agua de Glen Corrie da un fondo de manzana verde.
Él lo sabía desde el noventa y seis, cuando abrió en Rothes una barrica comprada a ciegas y se pasó una semana preguntando de dónde venía.
Llevaba tres años buscando aquella agua y en noviembre había ido a buscarla con dieciséis mil doscientas libras de papel de banco en una carpeta.
Y lo que tenía en el vaso aquella tarde era esa agua, tratada mejor de lo que la habría tratado él, por una mujer de veintiocho años que no tenía dinero ni para la cebada.
—No, señorita Balfour, es que es bueno de verdad. —Dejó el vaso—. Lo suyo del noventa y dos que hay ahí dentro es lo mejor que se ha hecho en este valle en diez años, y lo digo sabiendo lo que he hecho yo.
—Dígame lo otro.
Roderick volvió a coger el vaso y lo movió despacio.
—Se acaba a los cuatro segundos.
Moira levantó la cabeza.
—Entra, se abre, hace lo que tiene que hacer y a los cuatro segundos no hay nada. —Puso el vaso en la mesa—. Y le voy a decir por qué, y no es porque le falte edad, que es lo que le habrán dicho todos.
—Nadie me ha dicho nada.
—Entonces se lo ha dicho usted. —Se apoyó en la mesa con la mano libre—.
Le falta algo que no se disuelva. Todo lo que tiene ahí dentro es soluble.
Es fruta y es cereal y es madera dulce, y las tres cosas son de la misma familia y se van juntas.
Lo que sostiene una mezcla es lo que no se va: la turba, la sal, lo seco.
Eso se queda pegado al paladar cuando lo demás se ha ido, y sobre eso se puede echar grano.
—Yo creía que necesitaba diez barricas.
—¿Diez de qué?
—De once años y de tres sitios distintos. Para hacer espalda.
Roderick negó con la cabeza, una vez.
—Con diez barricas de once años usted hace esto mismo pero más viejo. —Golpeó la mesa con un dedo—. No es cantidad, señorita Balfour. Usted no necesita diez barricas. Necesita una.
Moira se quedó muy quieta.
—¿Una?
—Una, y no una cualquiera. —Roderick se sentó por fin, y se sentó mal, y tardó en acomodar la pierna—. En la fila once de mi almacén largo hay cuarenta y seis barricas que compré en enero. Once años, tres lotes. Dos son de arriba y no le sirven a usted, porque son primas de lo suyo.
—¿Y la tercera?
—La tercera es de la costa. Ochenta y ocho. Doce barricas, y de las doce hay una que no es como las otras once.
Se quedó callado un momento.
—La número seiscientos once de mi almacén. Estuvo dieciséis años en una bodega al lado del mar antes de que la moviera nadie y tiene dentro una cosa entre salada y quemada que no he vuelto a encontrar. Yo la he tenido cuatro veces en la boca desde enero y las cuatro he pensado lo mismo.
—¿Qué ha pensado?
—Que con una parte de esa en ochenta de otra cosa, la otra cosa se pone de pie. —La miró—. Le cabe entera. Son ciento cinco galones largos y usted tiene ocho mil cuatrocientos. Eso es una parte en ochenta, que es lo que yo pondría, y lo pondría de una vez y no en dos.
Moira no dijo nada durante un rato.
Después habló, y habló con el mismo tono con el que habría pedido un precio.
—¿Me la vende?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si se la vendo, usted me paga, se lleva la barrica y me dice adiós, y eso no me interesa. —Lo dijo sin dulcificarlo—. Y porque no tiene usted con qué pagármela, y los dos lo sabemos, así que no perdamos la tarde.
—Entonces dígame qué quiere.
Roderick se echó atrás.
—Se la aporto.
—¿Aportar?
—Aportar. Yo pongo la barrica seiscientos once y pongo la proporción, que es lo que de verdad vale y que no se la cobro a nadie porque no se puede cobrar. Y a cambio conservo una carga contractual exigible sobre el producto de la venta de ese vatting.
Moira lo entendió antes de que acabara la frase. Se le vio en la cara.
—Eso es un derecho sobre lo que yo cobre de Glasgow.
—Eso es un derecho sobre lo que usted cobre de quien sea. De Glasgow, de Leith o de un hostelero de Aberlour. Si eso se vende, yo cobro una parte antes que usted.
—¿Qué parte?
—La que ponga su procurador y la que yo acepte. Eso lo discutimos mañana y no lo vamos a discutir mucho, porque no es ahí donde está el precio.
—¿Y dónde está el precio?
Roderick no contestó enseguida.
—Voy a decirle tres cosas y quiero que las oiga las tres antes de contestarme —dijo—. La primera es que esto es un buen trato para usted. Sin esa barrica, en abril no tiene nada que enseñar. Con ella, tiene una partida.
—La segunda.
—La segunda es que una carga así hay que declararla. Cualquier casa que entre en Corrieburn le va a pedir a usted que diga si hay derechos de terceros sobre lo que aporta, y esto es un derecho de tercero, y ese tercero soy yo. Habrá que revelarla o habrá que extinguirla antes de que se cierre nada.
—¿Y si no se revela?
—Entonces habrá usted firmado en falso, y eso no se lo recomiendo ni se lo voy a permitir, porque quien responde de eso es usted y no yo. —Lo dijo despacio—. Se lo estoy diciendo ahora, en esta mesa, antes de que firme nada. Que conste.
—Consta. ¿Y la tercera?
—La tercera es que en ese papel va a ir escrito que la fórmula y la dirección técnica de ese vatting son obra suya.
—Roderick puso la mano abierta sobre la mesa—.
Yo pongo una barrica y una proporción. Usted ha hecho veintidós de las cuarenta y dos y ha compuesto el resto.
Eso consta en el acuerdo y consta en los libros de esta casa, con su nombre, y si alguna vez alguien dice que Corrieburn hacía whisky y que las mezclas las hacía Strachan, ahí va a estar escrito lo contrario con fecha.
Moira se quedó mirándolo.
—¿Por qué me da eso?
—Porque es verdad.
—Eso no es una razón suya.
—No, no lo es. —Roderick cogió el bastón y lo apoyó contra la mesa—.
La razón mía es que llevo desde noviembre queriendo juntar su casa con la mía, y no he encontrado la manera de decírselo a usted sin que suene a que le estoy comprando algo.
Y esto no es comprarle nada. Esto es una barrica mía dentro de una cuba suya, y a partir de mañana eso que hay en el almacén tres no lo puede vender usted sola ni lo puedo vender yo solo.
—Eso es exactamente comprarme algo.
—Puede ser. —No se defendió—. Pero se lo estoy enseñando antes de dárselo, que es más de lo que va a hacer nadie con usted este año.
Moira cogió el segundo frasco, el que no había abierto, y se quedó con él en la mano.
—Necesito hablar con Gault.
—Naturalmente.
—Y necesito saber una cosa más.
—Dígala.
—Si en abril o en mayo yo tuviera dinero, ¿me vendería usted la carga?
Roderick la miró un momento largo.
—Pregúntemelo cuando lo tenga —dijo.
Y a Moira aquello le pareció, en aquel momento, en aquella sala templada y ventilada a mediodía y sin un solo papel encima de la mesa, una manera perfectamente razonable de decir que sí.
—Mañana le contesto.
—Le doy hasta mañana —dijo Roderick.
Ella salió.
Él se quedó sentado hasta que oyó el carro cruzar el portón, y entonces se levantó, y tardó, y fue hasta la ventana, y llegó.