Parte tercera. El acuerdo
XXI
El viernes tres de marzo, Moira contó las semanas por última vez.
Lo hizo en el escritorio, a las seis de la mañana, con el calendario de la pared delante y el lápiz en la mano, y lo hizo despacio porque ya lo había hecho cuatro veces y las cuatro le había salido lo mismo.
Del cuatro de marzo al quince de mayo había diez semanas y un día.
Dentro de esas diez semanas cabían, si todo salía, una cata en Glasgow en la segunda quincena de abril, una negociación, la constitución de una sociedad, la reunión de un capital propio que no tenía y el pago de dieciséis mil doscientas libras.
No cabían dos meses de reposo para una mezcla que llevaba doce días en una cuba.
Y no cabía, sobre todo, lo otro, que era que la mezcla no servía.
Abajo, la casa seguía andando de la manera en que andaba desde febrero.
El sábado cuatro hizo los sobres con Jessie delante, como todos los sábados desde el once. Jessie no tocaba nada. Se ponía de pie al otro lado de la mesa, veía contar, veía meter y veía cerrar, y cuando terminaban decía buenas noches y se iba.
Cinco semanas así. Moira había dejado de esperar que aquello se ablandara.
Los cuarenta eran ya treinta y ocho. Sandy Shand había empezado en Craigellachie el veintisiete y un carretero de Archiestown había dejado de venir sin decir nada, que era la manera de irse de los que vienen tres días por semana.
El chico nuevo cargaba los carros con dos hombres y tardaban el doble, y la semana anterior se les había ido una barrica del ribazo abajo y se había abierto, y aquello eran nueve libras de whisky en el barro y dos horas de todo el mundo mirando.
Y Wishart, que llevaba treinta y un años en la casa y que había encendido la caldera a las cinco y cuarto durante doce, seguía llegando a las seis en punto.
Empezó por Leith.
Escribió el sábado a tres corredores cuyos nombres le había dado Duff y que compraban y vendían whisky hecho, y les pidió lo mismo a los tres: maltas de diez años o más, de procedencias distintas, en cantidad pequeña, y precio.
Contestaron dos, y tardaron nueve días, que fue lo primero que aprendió.
En noviembre, una carta a Glasgow tardaba dos días y la respuesta otros dos. En marzo, tres corredores de Leith tardaban nueve en contestar a una casa de la que no habían oído hablar, y el tercero no contestó nunca.
El primero decía que tenía. Tenía dos lotes de Islay del ochenta y siete y uno de Campbeltown, y los tenía en bond en Leith, y el precio venía al pie y era un precio de marzo del noventa y nueve, que era un precio bueno para quien comprara y un precio imposible para quien no tuviera dinero.
Al final, una línea: entrega en cuatro o cinco semanas desde la conformidad, según transporte.
Cuatro o cinco semanas. Con suerte, en abril. Y la cata en Glasgow era en abril.
Y aunque llegara a tiempo, hacía falta trasegar, reunir otra vez la cuba entera, remover y volver a reposar, y eso era otro mes.
Moira sumó las dos cosas por escrito y le salió junio.
El segundo decía que sí, que tenía algo parecido, y que para operaciones de esa cuantía trabajaba contra pago anticipado o referencia bancaria.
Referencia bancaria.
Moira se quedó mirando aquellas dos palabras un rato largo, porque su referencia bancaria en el Banco del Norte de Escocia de Aberlour era una cuenta a cero que ella misma había vaciado el treinta de enero y que Symon le había ofrecido cerrar.
El lunes seis fue la junta escolar de la parroquia, en Aberlour, a las once de la mañana.
Moira no fue porque no era miembro y porque tenía dos cubas que sacar. Se enteró el martes por Craib, que se había enterado por el pizarrero, que se había enterado en la puerta.
El comerciante de Charlestown había propuesto enajenar la madera y la pizarra vieja de la escuela de Glen Corrie.
Se había discutido cuarenta minutos. El párroco de Dunrath había dicho que había un médico atendiendo allí dentro a gente que si no tendría que ir a Elgin y que él lo sabía porque llevaba a dos de su parroquia, y el secretario Pirie había dicho que la cesión era en precario y revocable y que revocarla no era lo mismo que vender el edificio a trozos.
Lo habían dejado para la junta de mayo.
—Dos meses —dijo Craib, apretando un aro—. Ese médico tiene dos meses.
Moira apuntó la fecha en el cuaderno sin saber muy bien por qué la apuntaba.
El lunes seis escribió a Gault. Le preguntó dos cosas y las dos las escribió sin adorno.
Si podía tomar dinero prestado con garantía sobre las sesenta y una barricas libres.
Y si podía tomarlo con garantía sobre el vatting reunido.
La respuesta llegó el jueves y eran cuatro líneas.
Sobre las sesenta y una, no, porque son precisamente lo que usted va a aportar a Glasgow como capital propio, y un capital que está pignorado no es capital propio. Si las grava, deja de tener la tercera condición de la señora Kerr.
Sobre el vatting tampoco, por lo mismo y porque además en marzo de 1899 nadie de este país presta con garantía de whisky. Se lo digo habiendo preguntado.
P.D. Le recuerdo que el pliego de anexos sigue sin firmar desde el catorce de diciembre.
Moira dejó la carta encima de la mesa y estuvo un rato con las dos manos abiertas sobre ella.
Después cogió el cuaderno e hizo la última cuenta que le quedaba por hacer, que era la de a quién podía pedirle dinero en aquel valle.
La hizo entera y por escrito, con nombres, que era como hacía ella las cosas desagradables.
El párroco de Dunrath, no, porque no tenía.
Los dos comerciantes de Aberlour, no, porque le compraban a ella y el que te compra no te presta.
El molinero, no. Los propietarios del otro lado del río, que eran dos y que en enero habían puesto diez y quince libras para un tejado, no, porque quince libras para un tejado y quinientas para una destilería no se piden al mismo hombre.
Hugh Lumsden de Auchvaich, que era el único de aquella comarca que podía firmar quinientas libras en una mañana.
Moira escribió el nombre y se quedó mirándolo.
Lumsden tenía sesenta y ocho años, trescientos arrendatarios y ningún hijo, y llevaba desde enero sin contestarle a un médico que le pedía setenta y cinco libras para media techumbre.
Un hombre que no contesta a setenta y cinco libras por un hospital no presta quinientas a una destilería con el almacén gravado.
Tachó el nombre.
Debajo de la lista tachada quedó una hoja en blanco, y en una hoja en blanco no cabe nadie.
Lo que le quedaba era una lista corta.
Había diez barricas de once años y tres procedencias a cuatro millas de allí, en la fila once del almacén largo de Dunrath, compradas el diecinueve de enero por el hombre con el que se iba a casar en mayo.
La leyó tres veces y a la tercera se fijó en que era una lista de una sola línea.
Y había una segunda cosa, que no se dijo entera hasta el viernes por la tarde, y que era que aquel hombre entendía de mezclas como no entendía nadie en aquel valle, y que ella no entendía de mezclas.
Ella hacía whisky. Llevaba doce años haciendo un whisky que un ciego reconocía entre Aberlour y Rothes, y sabía de agua y de grano y de cobre y de madera más que cualquiera de los que le habían dicho alguna vez lo que tenía que hacer.
Lo que nunca había hecho era vender a una casa de mezclas.
Su padre no había vendido a Glasgow. Vendía a quien venía a buscarlo, que es otro oficio, y en veinte años no le había enseñado a ella ni una sola cosa sobre lo que necesita un mezclador, porque no lo sabía.
Moira se había pasado el invierno aprendiéndolo sola, con veintidós frascos en un alféizar y ocho composiciones tachadas, y lo había aprendido lo bastante para saber que le faltaba algo y no lo bastante para saber qué.
Eso también lo sabía, y era lo que más rabia le daba de las dos cosas.
El jueves nueve bajó a la sala de cubas a la hora de siempre.
Jessie estaba con el remo. Llevaban cinco semanas hablándose lo justo.
—Mañana no voy a estar en todo el día —dijo Moira.
—¿Adónde va?
—A Dunrath.
Jessie no dejó de remover.
—¿Por la boda o por el whisky?
Moira se quedó un segundo.
—Por el whisky.
—Ya. —Jessie sacó el remo y lo golpeó dos veces contra el canto—. Usted sabrá.
—Jessie.
—Le he dicho que usted sabrá, y lo digo en serio, que no es una manera de hablar. —La miró por primera vez en cinco semanas del modo en que la miraba antes—. Ahí dentro hay ocho mil galones y treinta y ocho personas. Yo llevo la sala. Lo otro lo lleva usted.
El viernes por la tarde bajó al almacén tres y sacó dos muestras de la cuba.
Las sacó con la caña, las pasó a dos frascos limpios, los tapó y los lacró, y en cada uno pegó una etiqueta escrita con su letra pequeña: la fecha, el volumen total de la cuba, las barricas de origen y la proporción.
Lo hizo dos veces porque la primera etiqueta le salió con una cifra mal puesta y no se permitió tacharla.
No eran dos muestras. Eran dos documentos. Cualquiera que abriera uno de aquellos frascos sabría qué tenía delante sin tener que preguntar nada, y eso era exactamente lo que ella quería, porque no pensaba explicar nada.
Los metió en la bolsa de lona, uno envuelto en un paño y el otro al lado por si se rompía.
Después se sentó en el borde de la pasarela con la lámpara al lado y estuvo un rato mirando la superficie de la cuba, que estaba quieta y negra y devolvía la luz.
Doce días llevaba aquello ahí. Ocho mil cuatrocientos galones que eran veintidós barricas suyas de tres años de trabajo, veinte compradas con dinero de cuarenta hombres, quince días de trasiego, nueve años de una cuba que había que apretar entera y el invierno completo.
Y se acababa a los cuatro segundos. Eso no lo sabía todavía con esas palabras, pero lo sabía.
Y después subió al escritorio y se contó la mentira.
Se la contó de pie, con la bolsa en la mano, mirando por la ventana el canal.
Iba a llevarle una muestra a Roderick Strachan y le iba a pedir un juicio técnico. Nada más. Iba a pedirle lo que se le pide a un hombre que lleva veinte años catando malta para mezclas de exportación y que tiene la casa a cuatro millas: que le dijera qué le pasaba a aquello.
No iba a pedirle las diez barricas.
No iba a pedirle dinero.
No iba a pedirle nada que él pudiera concederle, y por lo tanto no le iba a deber nada, y por lo tanto aquel viaje no contaba.
Moira Balfour llevaba doce años llevando los libros de una casa y sabía perfectamente lo que era un asiento que no cuadra. Se quedó mirando el canal el tiempo justo de saber que aquella cuenta no cuadraba, y después cerró la bolsa.
Antes de salir abrió el cajón de la izquierda.
El estuche estaba donde estaba desde el trece de enero por la noche, encima del libro de cartas.
Se quedó un momento con la mano encima.
Se lo había quitado por primera vez el veinte de noviembre y desde entonces se lo había puesto tres veces: el veintiséis de noviembre para ir a Dunrath, el domingo de Navidad para la iglesia y el trece de enero para llevar el pliego.
Tres veces en cuatro meses, y las tres para ir a la misma casa.
Si iba como destiladora, no hacía falta. Si iba a que un hombre le catara una muestra, no hacía falta. En doce años no había ido a ninguna casa de la comarca con nada en las manos que no fuera un libro o un frasco.
Lo sacó, lo abrió y se lo puso en el dedo corazón de la izquierda, que era donde le quedaba menos flojo.
Y mientras se lo ponía se dijo la segunda mentira del día, que era que se lo ponía porque en Dunrath lo iban a esperar.
Después cerró el cajón con llave, cogió la bolsa y bajó al patio a decirle a Jessie que volvía por la noche.