Epílogo
En octubre, Dunrath olía a lo de siempre y Roderick Strachan bajaba al patio dos veces al día.
Le costaba once minutos ir desde la puerta de la casa hasta el almacén largo y volver, y lo hacía a las nueve y a las cuatro, con el bastón en la derecha y el aparato debajo del pantalón, y había dejado de contar los minutos en agosto porque había dejado de mejorar.
Calder se lo había dicho en julio, sentado en la silla del escritorio y sin adornarlo.
—Esto es lo que va a haber.
—¿Nada más?
—Algo más. Va a andar usted más rato y con menos dolor, y en dos años puede que deje el bastón dentro de casa. Fuera no.
—¿Y la pierna?
—La pierna le ha quedado tres cuartos de pulgada más corta y eso no se arregla. —Calder había cerrado el maletín—. Lo que puede hacer es que el zapatero le levante el tacón derecho, y con eso cojea usted menos y le duele menos la espalda, que es lo que le va a doler dentro de diez años.
Roderick había ido al zapatero de Aberlour en agosto.
El valle había tenido un verano bueno, que era lo que pasaba después de un invierno como aquel y que no consolaba a nadie.
Pattisons se había liquidado en junio y los acreedores habían cobrado lo que cobran los acreedores en estos casos.
Los precios del whisky viejo habían empezado a subir en agosto, porque nadie había llenado en el noventa y nueve y porque el que no llena un año lo paga cinco años después, y Roderick lo había visto venir en enero y lo había dicho en enero y no le había servido de nada.
La enfermería había abierto el dos de octubre.
No en la escuela. En un local de la calle de atrás de Aberlour que había sido almacén de un tratante de grano, alquilado por cuatro chelines al mes, con tejado, con estufa y con cuatro camas de hierro compradas de segunda mano en Elgin a dieciocho chelines la cama.
Se llamaba Enfermería de Glen Corrie y la llevaba un patronato de cinco personas, y en la puerta no había ninguna placa con el nombre de nadie.
La escuela del viejo Calder seguía cerrada, con media techumbre caída y con los pupitres arrimados a la pared y una lona encima. El servicio de los lunes y los jueves había seguido allí hasta septiembre y en octubre se había trasladado al local nuevo.
El presupuesto del pizarrero había caducado el uno de mayo.
El martes diecisiete de octubre, Bain subió con los libros a las nueve y media y con una cosa más.
—Ha llegado esto de Corrieburn, señor. Lo ha traído Hendry.
Era una caja de madera de pino, de las de mandar muestras, con el cierre de alambre y con paja dentro.
Roderick la dejó encima de la mesa y no la abrió.
—¿Qué hay en el patio?
—El lote de Rothes está cargado. Sale mañana.
—¿Y lo de Leith?
—Lo de Leith está contestado. Levantan la limitación desde el primero de noviembre.
—Ya.
Bain se quedó un momento.
—Señor Strachan, en el consejo de la semana que viene van a preguntar por la fila once.
Las cuarenta y cinco barricas seguían allí. La cuarenta y seis había bajado el diez de marzo y no había vuelto.
—Diles que se vendan —dijo Roderick.
—¿Las cuarenta y cinco?
—Las cuarenta y cinco. En dos lotes y con MacHardy, que es el que las compró.
—¿A qué precio?
—Al que haya.
Bain lo apuntó y no apuntó la hora, que era la primera vez desde enero.
Trabajaron hasta la una.
Lo de Corrieburn se sabía en el valle desde septiembre y Roderick lo sabía con más detalle que el valle, porque Bain iba a Aberlour los martes.
La sociedad había pasado el primer verano. Habían llenado doscientas diez barricas entre junio y septiembre, que era menos de lo que se llenaba en el noventa y seis y más del doble de lo que se había llenado el invierno pasado, y en agosto habían vuelto los seis días y el jornal entero.
Las once semanas y media atrasadas se habían pagado en dos veces, en julio y en agosto. Roderick lo sabía porque Wishart se lo había contado a Cruickshank en el mercado de Dufftown, y porque Cruickshank se lo había contado a él sin que se lo preguntara, que era lo que hacía Cruickshank desde mayo.
Habían vuelto dos de los que se fueron. Sandy Shand no. Sandy Shand seguía en la tonelería de la estación de Craigellachie, cargando, y decían que estaba bien.
El delegado de Kerr y Wylie subía de Glasgow cada tres meses, se llamaba Anderson, tenía treinta y dos años y pasaba cuatro días en la sala de cubas con un cuaderno. La primera visita había sido en julio y en el valle se había hablado de ella dos semanas.
Y de lo otro Roderick sabía lo que sabe un hombre que no pregunta y al que le cuentan.
Que Moira Balfour vivía en la habitación de encima de la oficina del vista, con una estufa que no tiraba y que había arreglado un albañil en julio.
Que bajaba a Aberlour los jueves por la tarde.
Que el doctor Calder y ella habían dejado de darse las buenas tardes en el camino en junio y que en el valle se había hablado de eso tres semanas y en julio se había dejado de hablar, que era lo que pasaba siempre.
Que en la primera sesión del patronato a la que ella fue, el dieciocho de mayo, votó a favor de volver a pedirle dinero a Hugh Lumsden, y que se lo pidieron, y que Lumsden contestó en junio que no.
Y Tam Geddes había vuelto a Corrieburn el cinco de junio.
No de tonelero. Lo habían puesto de encargado del almacén de aduana, que era un puesto que en aquella casa no había existido nunca y que se había inventado alguien, y Duff le había enseñado a llevar el libro en tres semanas, y decían que el hombre lo llevaba mejor que Duff.
Roderick había hecho la cuenta de lo que costaba aquel puesto al año y le había salido una cifra pequeña, y había pensado que quien fuera que se lo hubiera inventado no lo había hecho con dinero de nadie.
A la una, antes de comer, Roderick escribió una carta a su hermana Isobel, de Keith, que era la duodécima desde junio y que le llevó veinte minutos.
Le contaba lo del lote de Rothes, lo de Leith y lo del tacón del zapato, y le decía que si venía en noviembre le pusieran la habitación de abajo, porque él ya no subía la escalera más de dos veces al día.
No le contaba nada más y ella no preguntaba nada más, y a los dos les iba bien así.
Comió a las dos.
A las cuatro bajó al patio, dio la vuelta y volvió, y le costaron once minutos.
Y a las cinco y media, con la lámpara encendida, deshizo el alambre de la caja.
Dentro, en la paja, había una botella.
Era de vidrio verde oscuro, de las corrientes, con el corcho lacrado y con una etiqueta blanca pegada un poco torcida, y era evidente que la había pegado una persona y no una máquina.
La sacó con las dos manos y la puso encima de la mesa, bajo la lámpara.
La etiqueta decía arriba, en letra grande:
CORRIEBURN
Y debajo, más pequeño:
Malta de Speyside. Partida compuesta n.º 1. Ocho mil quinientos seis galones de prueba, compuestos el 10 de marzo de 1899.
Y al pie, en la última línea, en la letra más pequeña de las tres:
Fórmula y dirección técnica: M. Balfour.
Roderick se quedó un rato con eso.
Se quedó mirando la última línea un rato largo.
Aquella línea estaba en una etiqueta de una botella porque el once de noviembre de mil ochocientos noventa y ocho, en aquella misma casa, una mujer de veintiocho años le había pedido como sexta condición que constara por escrito que las mezclas eran suyas, y su procurador le había dicho delante de él que eso no valía nada, y ella lo había pedido igual, y él lo había concedido y lo había hecho poner en los dos sitios.
Después le dio la vuelta a la botella, porque en la parte de atrás había otra etiqueta más pequeña, de las que ponen las casas de mezclas cuando mandan una muestra, y en aquella no había nada impreso.
Había cuatro palabras escritas a mano, con tinta negra y con letra pequeña y recta.
Una parte en ochenta.
Nada más. Ni el nombre, ni la fecha, ni una línea de cortesía.
Roderick la leyó y la volvió a poner de frente.
No la abrió.
Estuvo un rato largo sentado con la botella delante y con la mano encima de la mesa, sin tocarla, y no pensó en nada que después pudiera contarse.
Una parte en ochenta.
Eso lo había dicho él el nueve de marzo, a las cuatro y veinte de la tarde, en la sala de muestras de abajo, con el vaso en la mano y con aquella mujer sentada al otro lado de la mesa y con la etiqueta de dos frascos lacrados delante.
Le cabe entera. Son ciento cinco galones largos y usted tiene ocho mil cuatrocientos. Eso es una parte en ochenta, que es lo que yo pondría.
Ciento seis, al final. Ciento seis menos dos de merma en el trayecto.
A las seis entró Aggie a preguntar si quería la cena arriba o abajo, y él le dijo que abajo, y la chica vio la botella y no dijo nada porque llevaba desde diciembre aprendiendo a no decir nada.
Cuando se fue, Roderick cogió el bastón y se levantó.
En el escritorio de abajo, contra la pared de la derecha, había un armario de nogal con dos puertas y una cerradura, que había sido de su padre y que era lo único que su padre había tenido que valiera algo.
Dentro guardaba cinco cosas.
Los papeles de la primera compra que hizo en el ochenta y tres, con veintitrés años, con dinero prestado por un hombre que se rio al prestárselo.
El mazo de su padre.
La escritura de Dunrath.
Una fotografía de su madre, tomada en Keith en el setenta y nueve, en la que salía seria porque en el setenta y nueve todo el mundo salía serio.
Y un sobre con once cartas de su hermana Isobel, la primera del quince de diciembre y la última de septiembre, todas sin contestar hasta junio y contestadas todas desde junio.
Le costó ocho pasos desde la mesa y los hizo con la botella en la mano izquierda y el bastón en la derecha, y en el tercero se paró porque no se puede abrir un armario con las dos manos ocupadas.
Dejó la botella en la silla, abrió, y la volvió a coger.
Roderick abrió el armario.
Apartó el mazo un palmo hacia la izquierda, que fue lo único que hizo falta mover, y puso la botella de pie en el hueco, contra el fondo, con la etiqueta hacia fuera.
La dejó allí y se quedó mirándola un momento.
Después cerró las dos puertas, dio la vuelta a la llave y se guardó la llave en el bolsillo del chaleco, que era donde la llevaba siempre.
Cogió el bastón y bajó a cenar.
•••
Fin