El medio año de invierno Capítulo 19
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Capítulo 19

XIX

El veintidós de febrero, Roderick Strachan se puso de pie sin las muletas y estuvo arriba once segundos.

Lo hizo a las seis de la mañana, con la casa dormida, agarrado al poste de la cama con la mano izquierda y con el pie derecho apoyado en el suelo por primera vez desde el quince de diciembre.

La férula le llegaba de la ingle al empeine y no dejaba doblar nada, así que lo que hizo fue cargar peso, poco, y después un poco más.

A los once segundos le falló, y no le falló la pierna. Le falló la cadera del otro lado, que llevaba nueve semanas haciendo el trabajo de dos.

Se sentó en el borde de la cama y estuvo respirando un rato. No hizo ruido. Aquello fue lo que le costó más.

Después se quedó mirando el pie, que era blanco y delgado y no era su pie, y pensó por primera vez con todas las letras una cosa que llevaba nueve semanas sin dejarse pensar: que a lo mejor aquello no volvía.

Calder le había dicho la verdad el dieciséis de diciembre delante de él mismo. Menos de la mitad andan como andaban. De los que andan, la mayoría andan mal y con bastón, y algunos pierden un dedo o dos de largo.

Roderick había oído aquello con cuarenta grados y se lo había tomado como se toma una cifra de un informe. Ahora tenía la cifra puesta encima del colchón, blanca y delgada.

A las siete subió Aggie con el agua caliente y lo encontró vestido de cintura para arriba y sentado en el borde, y no dijo nada porque llevaba diez semanas encontrándoselo así.

—¿Le llamo al doctor, señor?

—No.

—Es que viene a las diez.

—Pues a las diez.

A las ocho y media le subieron el correo.

Once cartas, de las cuales nueve eran de negocio, una era de su hermana de Keith, que le escribía todos los meses desde el quince de diciembre y a la que él no había contestado ninguna, y una era del párroco de Dunrath preguntando si seguía en pie lo del banco de la iglesia.

Contestó las nueve.

A las nueve subió Bain con los libros.

Trabajaron hora y media. Leith seguía con lo suyo, que era no aumentar posición hasta junio, y a cambio no había vuelto a escribir en cinco semanas, cosa que Roderick agradecía y que no se creía.

Lo que Bain le trajo aquel día, al final, con las gafas ya en la mano, fue lo de Corrieburn.

—Vengo de Aberlour. Del pizarrero, por lo del cobertizo.

—¿Y?

—Y hay dos cosas.

—Dilas.

—Corrieburn pagó a la mitad el dos de febrero y ha vuelto a pagar a la mitad las tres semanas siguientes. —Bain lo dijo como decía todo, sin subrayar—. Y el martes se marchó uno a Craigellachie, un tal Shand, que llevaba doce años.

Roderick no dijo nada.

—Y la otra es de Rothes. Compró veinte barricas de Deeside el treinta de enero, del noventa y tres y el noventa y cuatro, madera de segunda y tercera vez. Al contado.

—¿Veinte?

—Veinte.

Roderick se quedó mirando la ventana.

Del noventa y tres y el noventa y cuatro. Cinco y seis años. Madera de segunda y tercera vez.

Aquello no era una compra. Aquello era lo que compra alguien que ha ido a buscar una cosa, no la ha encontrado y ha vuelto con lo único que le vendían.

Hizo la cuenta sin querer hacerla, que era lo que le pasaba siempre.

Veintidós barricas suyas, todas de la misma época y de la misma manera de trabajar. Veinte de Deeside, dos años más jóvenes y sin nada dentro. Cuarenta y dos barricas que decían lo mismo cuarenta y dos veces y que iban a dar una mezcla grande, limpia y sin espalda.

Glasgow no iba a comprar eso. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el sol salía por detrás del cerro de Auchvaich, y lo sabía porque había vendido a casas de mezclas durante veinte años y había visto a Kerr y Wylie rechazar cosas mejores que aquella en años mejores que aquel.

—¿Señor Strachan?

—¿Qué pagó?

—No lo dice Rattray. Se calcula que ciento cuarenta.

Ciento cuarenta libras. En una casa que pagaba a la mitad.

Roderick sintió una cosa en el pecho que tardó un momento en reconocer, porque no la tenía catalogada, y cuando la reconoció resultó ser admiración.

Aquella mujer había vaciado la caja para comprar existencias en el peor febrero del siglo. Eso lo había hecho él a los veintitrés años con dinero prestado y se lo había contado a tres personas en treinta años, y las tres se habían reído.

—Bain.

—Señor.

—Los tres lotes míos de Rothes. Los del ochenta y ocho al noventa y uno.

—Están en la fila once del almacén largo. No se han movido.

—¿Cuánto vale hoy un lote de la costa del ochenta y ocho?

Bain se lo dijo.

—Es más de lo que pagué.

—Es más de lo que pagó usted en enero, sí.

Han subido los viejos porque nadie está llenando y dentro de cinco años no va a haber.

—Bain se ajustó las gafas—. Si me permite, señor, ahí hay un negocio limpio.

Si Corrieburn necesita diez de esas barricas, y por lo que compró en Rothes parece que las necesita, se las puede usted vender con beneficio y sin que Leith tenga nada que decir, porque vender no es aumentar posición.

Roderick se quedó quieto.

Era verdad. Era un negocio limpio, era legal, era bueno para las dos casas y lo podía hacer aquella misma tarde con dos líneas dictadas a Bain.

Diez barricas de la costa y de Glenlivet, once años, tres procedencias.

Con eso, aquellos ocho mil galones dejaban de ser una barrica grande y se convertían en una partida.

Con eso, ella se subía a un tren en abril con algo debajo del brazo.

Con eso, había una posibilidad de que Kerr y Wylie entrara.

Y si Kerr y Wylie entraba, en mayo Corrieburn pagaba dieciséis mil doscientas libras, se cancelaba el bono, se le devolvían los warrants, y el catorce de mayo Moira Balfour tenía una destilería libre, una casa de Glasgow detrás y ninguna razón en el mundo para casarse con él.

Lo pensó entero. Lo pensó en tres segundos y con toda la claridad con la que hacía las cuentas, y lo que hizo después fue lo que venía haciendo desde el diecinueve de enero, que era ponerle otro nombre.

Le puso este: que aquella mezcla no iba a servir ni con las diez barricas.

Y era verdad a medias, que es la clase de verdad con la que uno se queda.

Porque era cierto que una casa de Glasgow en febrero del noventa y nueve no estaba comprando, y era cierto que Corrieburn producía la mitad y no tenía libro de ventas, y era cierto que lo que le faltaba a aquella mujer no eran diez barricas sino tres años. Todo eso era cierto.

Y también era cierto que él tenía diez barricas en la fila once y no las iba a vender.

—No —dijo.

Bain no levantó la vista.

—¿No las vendemos?

—No las vendemos. Ni a Corrieburn ni a nadie. No se mueven de la fila once.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que yo lo diga.

Bain lo apuntó y apuntó la fecha en el margen, que era la segunda vez desde enero.

Calder subió el viernes veinticuatro a las once, después de la cura, y esta vez traía dos papeles.

—Presupuesto firmado del pizarrero —dijo, y lo puso encima de la mesa—. Ochenta y siete libras y catorce chelines. Dos cabrios, listonado de la vertiente norte y pizarra nueva entera, porque la vieja está en el suelo y partida. Vale hasta el uno de mayo.

—¿Y el otro?

—El otro es de Hugh Lumsden.

Roderick cogió el segundo antes que el primero.

Eran cuatro líneas. Decían que el señor Lumsden de Auchvaich había leído con interés la carta del doctor Calder, que vería con gusto al doctor Calder cuando los caminos lo permitieran, y que entretanto le agradecería que le hiciera saber qué otras personas del distrito habían suscrito cantidad y en qué cuantía.

Roderick lo dejó en la mesa.

—Esto es un no cortés.

—Esto es un hombre de sesenta y ocho años que no quiere ser el primero.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. —Finlay se sentó sin que se lo dijeran, cosa que no había hecho nunca—.

Si alguien pone setenta y cinco, Lumsden pone lo que haga falta para cubrir el resto y se le pone su nombre a la sala.

Lo sé porque el año pasado hizo exactamente eso con el puente, y en el puente hay una placa.

—¿Y quiere que ponga yo las setenta y cinco.

—Quiero que ponga usted las setenta y cinco.

—¿Cuánto tiene usted en firme?

—Treinta y una libras. Once suscripciones.

—Dígame los once.

Finlay se los dijo de memoria, que fue lo que más impresionó a Roderick de toda la mañana.

Dos propietarios pequeños del otro lado del río, el párroco de Dunrath a título personal, el cantero de Carron al que le había salvado dos dedos, una viuda de Archiestown que había puesto diez chelines, la sociedad de socorros de Rothes, dos comerciantes de Aberlour, el maestro de la escuela nueva, un capataz de cantera y Corrieburn.

—Corrieburn ha puesto dos libras.

—Dos libras.

—Y de esos once, tres han puesto además una cantidad mayor que solo entra si alguien cubre la mitad del total. Los dos del otro lado del río, quince y diez, y la sociedad de socorros de Rothes, quince. Esas son las cuarenta condicionadas.

—O sea que esos tres dan dos veces.

—Dan poco seguro y mucho si hay obra. Es lo que hace la gente que ha puesto dinero antes en algo que no se hizo.

Roderick se quedó con eso un segundo.

—En enero.

—El diecinueve de enero.

Roderick puso los dos papeles uno al lado del otro y estuvo un momento mirándolos.

En enero le había dicho que no porque se iba. Aquel argumento se le había caído el veintisiete de diciembre, cuando aquel hombre mandó tres cartas a Glasgow y se quedó, y los dos lo sabían y ninguno de los dos lo había mencionado en dos meses.

—Le voy a decir la verdad, Calder, y le voy a pedir que se la quede.

—Dígala.

—Esta casa debe nueve mil setecientas libras a una firma de Leith que en diciembre me mandó dos hombres a contar barricas por primera vez en tres años.

—Roderick lo dijo sin cambiar de tono—. Desde enero tengo prohibido aumentar posición hasta junio.

Eso quiere decir que cada libra que sale de esta casa a algo que no sea producir la miran ellos.

Y setenta y cinco libras a una obra de caridad las mira un inspector y pregunta, y lo que pregunta no es si soy generoso.

Pregunta cuánto dinero suelto tiene Dunrath.

Finlay lo miró.

—Póngalas usted de su cuenta particular. Como lo de enero.

Roderick no se movió, y en no moverse se le fue un segundo entero.

—¿Lo de enero?

—Compró usted whisky en Rothes en enero. De su cuenta y a su nombre, no de la casa. —Finlay lo dijo sin ninguna intención, porque no la tenía—. Me lo dijo Cruickshank en el carro, hablando de otra cosa. Si pudo usted hacer eso con las barricas, puede hacerlo con un tejado.

La habitación se quedó callada.

—No —dijo Roderick.

—¿Por qué?

—Porque no.

Finlay esperó.

—Calder, le he dado a usted una razón buena y le he dado el nombre de Lumsden, que es lo que de verdad le hacía falta y no se lo dio nadie más.

—Roderick empujó los dos papeles hacia él—.

No le voy a dar tres razones. Con una basta y con dos ya estaría yo dándole explicaciones a un hombre al que no le debo ninguna.

—Me debe usted una pierna.

—Le debo a usted una pierna y se la voy a pagar en marzo, con dinero, y le va a parecer bastante. —Se recostó—. Lo otro no.

Finlay recogió los papeles despacio.

—Va a haber junta el seis de marzo —dijo—. Y hay un miembro que ha propuesto vender la madera y la pizarra vieja de la escuela, que es lo único que tiene valor de ese edificio. Si eso sale adelante, ya no hay tejado que reparar, hay una ruina.

—Pues convenza a la junta.

—A la junta la convence quien ponga dinero.

—Entonces vaya a ver a Lumsden antes del seis de marzo y dígale que el que va a poner el dinero es él, y que si no lo pone él no lo pone nadie. —Roderick cogió su lápiz—. No le diga que ha estado usted aquí. A los hombres de sesenta y ocho años no les gusta ser segundo plato.

Finlay se quedó en la puerta.

—¿Eso es un consejo?

—Es lo único que le voy a dar.

Cuando Calder ya estaba en la escalera, Roderick lo llamó.

—Calder.

El otro volvió al umbral.

—El tonelero.

—Geddes.

—Geddes. —Roderick se quedó un momento con el lápiz en la mano—. ¿Va a poder trabajar?

—Va a poder dirigir a otro que trabaje. Armar no.

—¿Y eso quién lo paga?

—Eso no lo paga nadie. —Finlay se apoyó en el marco—. En una casa grande hay un maestro tonelero que dirige a tres. En una casa que arma cuarenta barricas al año hay un tonelero y hace las cuarenta.

—Ya.

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque le pago yo hasta el quince de mayo —dijo Roderick— y no había pensado en el dieciséis.

Finlay lo miró un momento.

—Pues piénselo.

—Lo estoy pensando ahora mismo, que es más de lo que ha hecho nadie más en este valle. —Roderick volvió a los libros—. Váyase.

Cuando se fue, Roderick se quedó solo con la ventana y la pierna en alto.

Tres semanas para el seis de marzo. Seis semanas para que aquella mujer reuniera lo que no iba a poder reunir. Once semanas para Whitsunday.

Aquella noche, a las once, con la casa dormida otra vez, volvió a levantarse.

Se agarró al poste, cargó el peso y contó.

Dieciocho segundos.

Se sentó, esperó a que se le pasara, y lo repitió. Catorce. Y otra vez. Nueve.

A la cuarta no lo intentó, porque llevaba veinte años sabiendo que lo que se hace cuatro veces se hace mal la cuarta, y se quedó sentado en el borde de la cama mirando por la ventana el patio vacío.

Dieciocho segundos el veintidós de febrero. Once el mismo día por la mañana.

Lo apuntó en el margen del libro que tenía en la mesilla, con la fecha, que era lo que había empezado a hacer en enero y que no le había enseñado a nadie, ni a Calder.

Estiró el pie un centímetro sobre la almohada.

Iba a venir. Con lo que tenía en aquella cuba de Corrieburn no iba a ninguna parte, y cuando lo comprobara, y lo iba a comprobar en marzo, solo había un sitio en cuatro millas donde estaba lo que le faltaba.

Y él iba a estar aquí.