El medio año de invierno Capítulo 18
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Capítulo 18

XVIII

No fue una huelga. Eso habría sido más fácil.

Lo que pasó en Corrieburn la semana del diecisiete de febrero fue que la gente empezó a hacer exactamente lo que le correspondía hacer, ni una cosa más, y Moira tardó tres días en darse cuenta de que aquello era lo que estaba pasando.

El viernes diecisiete, la caldera no estaba encendida a las cinco y media.

Llevaba doce años encendida a las cinco y media porque Alec Wishart bajaba de su casa a las cinco y cuarto y la encendía de camino, y no cobraba por aquel cuarto de hora y nadie se lo había pedido nunca. Su padre lo había hecho antes que él.

El viernes diecisiete, Wishart llegó a las seis, con los demás, y encendió la caldera a las seis.

Moira no le dijo nada. Bajó a la sala de cubas y se encontró a Jessie mirando el reloj.

—Media hora.

—Ya lo veo.

—Media hora hoy y media hora mañana. —Jessie se cruzó de brazos—. Y no está haciendo nada malo.

El sábado dieciocho, la cuba seis no se terminó de vaciar porque a las seis de la tarde, que era la hora, los dos que estaban en ella colgaron los mandiles y se fueron, y la seis se quedó a medio vaciar hasta el lunes.

El lunes veinte, cuando llegó el carro del maltero, no salió nadie a descargarlo. Salió el chico nuevo, que no sabía todavía cómo iban las cosas, y estuvo veinte minutos solo con los sacos hasta que salieron dos más porque les dio vergüenza.

Y el lunes por la tarde, el vigilante de noche de los alambiques dijo que a partir de esa semana hacía las doce horas que le pagaban y no las trece y media que hacía desde el noventa y cuatro, porque la media hora del final la hacía para que el de la mañana entrara con el trabajo hecho, y el de la mañana ahora entraba a las seis.

Nadie le levantó la voz a Moira en toda la semana. Nadie le dijo una palabra fuera de tono. Nadie se negó a nada.

Y la casa dejó de funcionar como funcionaba, porque una destilería no funciona con lo que está escrito.

Funciona con el cuarto de hora de Wishart, con la media hora del vigilante, con los dos que salen sin que nadie los llame cuando llega un carro y con los que se quedan a terminar una cuba porque una cuba a medias es una cuba estropeada.

El martes veintiuno subió Jessie al escritorio a media mañana.

—Tenemos que hablar de la seis.

—Hablemos.

—La seis se quedó a medias el sábado y el domingo no hay nadie, así que la vacié yo el lunes con el chico. —Jessie se quedó de pie—. La próxima no la vacío yo.

—No te lo he pedido.

—No me lo ha pedido y la vacié igual, y por eso se lo digo hoy y no el sábado. Si el sábado la seis vuelve a quedarse a medias, se queda a medias.

Moira dejó la pluma.

—¿Y si se pierde?

—Pues se pierde. —Jessie cruzó los brazos—. Señorita Balfour, yo soy la única de esta casa que ha cobrado lo mismo que los demás y que sigue haciendo lo mismo que hacía. Y lo hago porque su padre me puso aquí. Pero yo no puedo hacer lo que hacen cuarenta.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabe, porque lleva usted cuatro días arriba haciendo números. —Jessie señaló con la barbilla hacia la ventana—. Baje al patio a las seis menos cuarto de la mañana y véalo. Eso es lo que ha pasado y no está en ninguna cuenta.

Moira bajó el miércoles a las seis menos cuarto.

Lo que vio fue lo que Jessie le había dicho que iba a ver: veintitantos hombres esperando en el patio, a oscuras, con las manos en los bolsillos, sin entrar.

No estaban hablando. No estaban protestando.

Estaban esperando a que dieran las seis, y a las seis entraron todos a la vez, y a las seis y dos minutos la casa empezó a trabajar.

Moira se quedó junto al portón hasta que entró el último y ninguno le dijo buenos días, y no por desprecio, sino porque los buenos días se dan al que baja contigo desde el camino y ella llevaba tres semanas bajando sola.

El martes veintiuno, Moira echó la cuenta de lo que había perdido en cuatro días y le salieron once horas de trabajo y una cuba.

Once horas no eran nada. Once horas eran seis chelines.

Lo que no cabía en seis chelines era lo otro.

El miércoles por la tarde, mientras bajaba del almacén, Moira se cruzó con Tam Geddes en el patio.

Venía andando desde Dunrath por el camino de arriba, con la manga sujeta y el saco de herramientas al hombro derecho, y se paró al verla.

—Señorita Balfour.

—Tam.

—Vengo a por las gubias. Las dejé en noviembre en el banco de la tonelería y allí no las va a usar nadie.

Moira lo acompañó. Le abrió ella la puerta porque la puerta de la tonelería se abría empujando con el hombro y él solo tenía uno.

Las herramientas estaban donde las había dejado, en el banco, tapadas con un trapo.

Tam las fue metiendo en el saco de una en una, con la derecha, y tardó tres veces más de lo que habría tardado en noviembre, y Moira se quedó de pie sin ofrecerse a ayudar porque supo en el primer segundo que no debía.

—¿Sabe usted qué es lo que más echo de menos? —dijo él sin levantar la cabeza.

—No.

—Sujetar. —Metió la última—. Uno cree que lo que hace es dar con el mazo. Lo que hace es sujetar.

Se colgó el saco.

—Quedan once semanas —dijo Moira.

—Doce.

—Doce.

Tam se quedó un momento en la puerta.

—Yo no le he pedido nada.

—Lo sé.

—Ni se lo voy a pedir. —Se ajustó la correa—. Pero el quince de mayo se acaba lo de Dunrath, y el dieciséis es un lunes.

Salió al patio y echó a andar por donde había venido.

Sandy Shand subió el martes por la tarde y no llevaba la gorra en la mano.

—Vengo a decírselo antes —dijo.

Moira dejó la pluma.

—Dímelo.

—Me voy a Craigellachie. A la tonelería de la estación, cargando. Empiezo el lunes veintisiete.

—¿Quién te ha metido?

—El chico de los Milne. —Shand se quedó de pie—. Le dije que yo no quería, en enero. Y en enero no quería.

—Es un jornal menor.

—Es un jornal menor y es entero, y es todas las semanas, y no depende de que vendan nada. —Lo dijo sin ninguna amargura, que fue lo que lo hizo peor—. Mi mujer hizo la cuenta el domingo. Dos chelines menos a la semana y los cincuenta y dos.

—Sandy, en mayo esto se arregla.

—En mayo se arregla o no se arregla. Yo no digo que usted mienta. Digo que en mayo yo llevo quince semanas cobrando a medias y ella lleva quince semanas con la misma harina.

Moira se quedó callada.

—Le he dicho que vengo a decírselo antes —dijo Shand— porque usted me dijo en noviembre que me lo diría antes y no me lo dijo. Yo sí.

Se dio la vuelta en la puerta.

—Señorita Balfour.

—Dime.

—Mi padre trabajó aquí treinta y un años y mi abuelo estuvo cuando se levantó. —Se puso la gorra—. Yo no me voy a Craigellachie porque haya otra cosa mejor. Me voy porque no puedo permitirme creerla a usted.

Lo que Sandy Shand hacía en Corrieburn eran tres cosas y solo una estaba escrita.

La escrita era acarrear: heces, sacos, carbón, lo que fuera. Eso lo podía hacer cualquiera y lo iba a hacer el chico nuevo, mal, hasta que aprendiera.

Las otras dos no estaban escritas. Una era que Sandy sabía cargar un carro. Sabía repartir el peso sobre los ejes y sabía qué barrica iba abajo y cuál arriba, y desde que se fue hubo que cargar los carros entre tres en vez de entre dos y tardar el doble.

Y la otra era que Sandy Shand era el que hablaba. Era el que subía al escritorio cuando algo no iba bien abajo, y era el que bajaba después y lo explicaba, y en doce años Moira se había enterado por Sandy Shand de todo lo que pasaba en su casa antes de que se convirtiera en un problema.

Eso no se lo cubría nadie.

Bell Geddes bajó el jueves veintitrés a traer una carta de Tam para Jessie y se quedó veinte minutos en la sala de cubas, y Moira, que estaba en el almacén, la oyó salir y salió al patio a alcanzarla.

—¿Cómo está?

—Cierra. Dice el doctor que en una semana o dos.

—¿Y él?

Bell se ajustó el chal.

—Él anda once millas los lunes y los jueves y vuelve andando. —Dejó pasar un momento—. Le voy a decir una cosa, señorita Balfour, y después me voy, porque el carro me espera.

—Dígala.

—En Dunrath le pagan hasta Whitsunday. El quince de mayo se acaba y ese hombre no puede armar una barrica.

—Bell la miró de frente—. Yo no le vengo a pedir nada.

Le vengo a decir que lo sé contar igual que usted, y que el quince de mayo es el mismo día en que se casa usted, y que en esta comarca todo el mundo ha hecho ya esa cuenta menos usted.

Se subió al carro.

Moira se quedó en el patio con las manos frías.

El vatting lo reunió el lunes veinte.

Habían estado dos semanas preparándolo: trasegar cuarenta y dos barricas a la cuba de mezcla del almacén tres, que llevaba nueve años sin usarse y que Craib había tenido que apretar entera, y hacerlo con la proporción que ella había calculado en enero, que era la menos mala de las ocho.

Craib subió los dos días y cobró los dos días, cinco chelines cada uno, y al segundo, mientras apretaba el último aro de la cuba, dijo sin mirarla:

—Señorita Balfour, yo cobro por día y no me meto.

—Diga lo que iba a decir.

—Que llevo cuarenta años en esto y he visto a tres casas de esta comarca hacer lo que está haciendo usted. —Dio dos golpes al aro—. Juntarlo todo en una cuba porque por separado no vale.

—¿Y qué pasó con las tres?

—Dos cerraron. —Craib se enderezó—. La otra encontró lo que le faltaba.

Tardaron un día y medio. Duff estuvo delante todo el tiempo con el libro, porque cuarenta y dos barricas de aduana que se vacían en una cuba y vuelven a barrica son cuarenta y dos asientos y un aforo nuevo.

El lunes por la noche estaba hecho. Ocho mil cuatrocientos galones de prueba en una cuba, removidos, y a partir de ahí lo único que se podía hacer era volver a llenar barricas y esperar.

El martes por la mañana, Moira sacó la primera muestra.

La sacó sabiendo lo que era y lo que no era. Una mezcla recién reunida no está hecha. Tarda meses en asentarse, y lo que se cata el primer día no es lo que se va a beber en junio, y cualquiera que haya trabajado en esto lo sabe.

Lo que se cata el primer día es si hay algo o no hay nada.

Moira lo llevó a la sala vieja, lo sirvió, esperó cinco minutos y lo probó.

Y lo que encontró fue lo que llevaba encontrando desde enero, solo que ahora eran ocho mil cuatrocientos galones en vez de una probeta.

Era limpio. Era correcto. Entraba, se dejaba y se iba.

No tenía nada debajo.

Lo probó tres veces a lo largo del día por si era ella, y a la tercera llamó a Jessie, y Jessie lo probó y se quedó un rato con el vaso en la mano.

—¿Y?

—Está bueno.

—No te he preguntado si está bueno.

Jessie dejó el vaso.

—Lo compraría cualquiera para beberlo —dijo—. No lo compraría nadie para mezclarlo.

El miércoles veintidós, Moira escribió a Glasgow.

Le costó dos horas y tres borradores y acabó siendo corta. Decía que la partida estaba reunida y en reposo. Decía que estaría en condiciones de presentarla en abril y no en marzo, y pedía a la señora Kerr que tuviera la bondad de fijar una fecha en la segunda quincena de abril.

No decía por qué.

Cuando la copió en el libro de cartas, debajo de la del trece de enero, se quedó mirando las dos.

En enero había escrito que tendría el tercio antes del veintiocho de febrero, y lo había tenido, y lo había tenido quitándoselo a cuarenta hombres.

En febrero estaba escribiendo que estaría lista en abril, y lo que quería decir aquella carta, y lo que iba a entender en Glasgow una mujer que llevaba nueve años en el oficio, era que en marzo no lo estaba.

La echó al correo del jueves con Hendry, y cuando el carro salió del patio se quedó mirándolo bajar, que era una costumbre que había cogido en noviembre y de la que no se había dado cuenta hasta aquel día.

Whitsunday era el quince de mayo.

Si Eliza Kerr le daba la segunda quincena de abril, le quedarían dos semanas entre la cata y el vencimiento para constituir una sociedad, reunir capital propio y pagar dieciséis mil doscientas libras.

Cerró el libro de cartas.

Le faltaba cuerpo al whisky y le faltaba dinero a la nómina, y el cuerpo estaba a cuatro millas y el dinero no estaba en ninguna parte.