El medio año de invierno Capítulo 17
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Capítulo 17

XVII

La escuela vieja tenía cuatro grados de más que la calle, que Finlay midió con un termómetro clavado en el marco de la ventana porque quería el número.

Cuatro grados. Setenta centímetros de piedra, una chimenea que tiraba y medio tejado, y con medio tejado cuatro grados. Lo apuntó en el cuaderno donde apuntaba todo, debajo de la lista de lo que había hecho aquella semana, que eran diecinueve cosas.

Diecinueve en cuatro días. Dos abscesos, un panadizo, seis curas de Geddes y de otros dos del derrumbe, una niña con el oído que llevaba desde el verano, un hombre de Carron con la mano cogida en un engranaje que había llegado andando desde tres millas con el brazo en alto, sabañones abiertos, una anciana con la cadera, y cuatro cosas que no eran nada y que la gente le había traído porque estaba allí.

Cuatro días. En Bridgeton habría visto eso en una mañana. Aquí, aquellas diecinueve cosas llevaban esperando entre tres semanas y ocho meses.

Lo de los cuatro grados no era una curiosidad. Era el argumento.

Lo había escrito así en la carta a Lumsden del veinticuatro de enero, porque Strachan le había dicho que no le hablara de medicina, y él le había hecho caso.

Cuatro grados de más con medio tejado. Setenta centímetros de piedra.

Once millas al médico más cercano, doce a Elgin por la carretera de abajo y trece y media por la de arriba, que era la única que se podía pasar en invierno, y tres horas de carro.

Y una frase al final, que le había costado media noche y que no era de médico: el año pasado se le ahogó a usted un chico en el vado de Tomnadarroch y pagó usted medio puente. Un puente evita lo que evita. Esto evita lo otro.

Dieciocho días y ninguna respuesta.

Los pupitres estaban arrimados a la pared del fondo, apilados de tres en tres, y encima de los pupitres había una lona que había puesto él.

Había comprado dos caballetes y un tablero en Aberlour, y una palangana, y aquello era el consultorio.

El resto de la escuela era una habitación con la mitad del cielo a la vista y un montón de pizarra rota en el rincón que nadie había recogido en tres años.

El miércoles ocho le trajeron a un hombre de la cantera de Carron con la mano cogida en un engranaje, tres dedos, y Finlay estuvo dos horas con él en el tablero mientras dos compañeros lo sujetaban y la luz entraba por el agujero del tejado, y a la mitad se puso a llover y tuvo que parar y mover el tablero un metro y medio.

Un metro y medio. Eso fue lo que le hizo sentarse esa noche a calcular otra vez lo de las ochenta y siete libras.

Lo que salvó la mano fueron dos dedos y medio, que era más de lo que habría salvado nadie en aquella comarca, y el hombre se fue andando a Carron al día siguiente y le dejó en el tablero cuatro huevos y una libra de tabaco que Finlay no fumaba.

Tam Geddes venía los lunes y los jueves.

—El punto se ha soltado.

—Ya me lo dijo usted que se iba a soltar.

—Y se ha soltado. —Finlay le limpió el borde—. Esto ahora cierra solo. Tres semanas.

Tam se quedó mirando el muñón con la cabeza un poco ladeada, que era como lo miraba desde enero.

—Doctor.

—Dígame.

—¿Cuánto le debo?

—Nada.

—Eso me dijo en enero.

—Y se lo digo en febrero.

Tam se quedó con la manga en la mano, doblándola para sujetarla con el imperdible, y tardó en hacerlo más de lo que tardaba normalmente.

—¿Puedo preguntarle una cosa?

—Pregunte.

—¿Yo voy a poder armar?

Finlay siguió limpiando.

Llevaba cinco semanas esperando aquella pregunta y llevaba cinco semanas con la respuesta hecha, y la respuesta hecha no servía de nada, porque la respuesta hecha era la de un cirujano de Glasgow a un obrero de Glasgow y allí había fábricas que readmitían a un hombre con un brazo para vigilar una máquina.

—Armar una barrica entera, no —dijo—. Necesita usted una mano para sujetar el aro y otra para el mazo y no hay manera de hacerlo de otro modo, y el que le diga lo contrario no ha armado una barrica.

—Eso ya lo sabía.

—Reparar, sí. Con un ayudante que sujete. Tostar, sí. Mirar juntas, elegir madera, decir lo que hay que hacer y cómo, todo eso lo hace usted mejor que nadie de aquí y lo va a hacer con un brazo igual que con dos.

—Eso no es un oficio. Eso es mandar.

—Eso es lo que hace un maestro tonelero cuando cumple cincuenta.

—Yo tengo cuarenta y uno y no soy maestro tonelero de nadie. Soy el tonelero de una casa que tiene un tonelero. —Tam se quedó con el brazo apoyado en la rodilla—. Y hasta Whitsunday me paga Dunrath, y en Whitsunday se acaba.

Finlay le puso la venda y no contestó, porque no había nada que contestar que no fuera una promesa.

La mujer de Geddes llegó el jueves nueve a recogerlo y se quedó fuera, junto a la puerta, mientras él terminaba, y cuando Tam salió al camino, ella se quedó dentro.

—Doctor.

—Señora Geddes.

—¿Le ha dicho lo de armar?

—Se lo he dicho.

—Gracias. —Bell Geddes se apretó el chal—. Llevaba tres semanas preguntándome a mí y yo le decía que sí.

—Hizo usted bien.

—No hice bien. —Se quedó mirando los pupitres apilados—. Doctor, ¿usted sabe que en Corrieburn han pagado a la mitad?

—Lo sé.

—Nosotros no. A nosotros nos paga Dunrath hasta mayo. —Lo dijo sin ninguna clase de alivio—. Somos la única casa del valle que va a cobrar entero este mes, y es porque mi marido perdió un brazo. Eso es lo que hay.

Aquella tarde, después de que se fueran, Finlay salió a mirar el tejado desde fuera.

La vertiente sur estaba entera. La norte se había ido hacia dentro en la ventisca de febrero del noventa y seis y se había llevado dos cabrios, y lo que quedaba eran las vigas peladas y un hueco por el que se veía el cielo.

El pizarrero de Craigellachie había subido en enero, lo había medido y le había dicho que la armadura aguantaba, que lo que había que reponer eran dos cabrios, el listonado de esa vertiente y la pizarra entera, porque la vieja estaba en el suelo y partida.

Ochenta y siete libras.

Finlay había ganado en Bridgeton ciento veinte al año durante seis años y tenía guardadas ciento ochenta y una, que eran todos sus ahorros de treinta y cuatro años de vida, y llevaba desde enero sin decírselo a nadie porque en el momento en que lo dijera se le acababa la posibilidad de decir que hacían falta setenta y cinco de otro hombre.

Se lo había planteado cuatro veces. Las cuatro había llegado a lo mismo: si ponía él las ochenta y siete, tenía tejado y no tenía ni camas, ni estufa, ni suelo, ni una libra para el segundo año, y los cuarenta y pico de suscripciones condicionadas no se activaban porque se activaban con la mitad del total y no con el tejado.

Y si las ponía él, aquello dejaba de ser del valle y pasaba a ser suyo, que era exactamente lo que Strachan le había dicho en enero de sí mismo y que Finlay había tardado tres semanas en entender que también valía para él.

Finlay lo supo de verdad el viernes diez, y no lo supo por nadie de Corrieburn.

Wull Craib, el tonelero de Aberlour, había venido a que le mirara una mano y se quedó hablando mientras se vestía, que era lo que hacía siempre.

—Yo estuve allí en noviembre, dos días, arreglando cabezales.

—Ya.

—Y volví el uno de febrero a descargar, que me llamaron para mirar veinte que llegaron de Rothes. —Craib se abrochó el puño—. Buenas. No para lo que ella quiere, pero buenas.

Finlay estaba lavando el instrumental y paró.

—¿El uno de febrero?

—El uno o el treinta y uno. Martes.

—¿Veinte barricas?

—Veinte. Dos carros. —Craib cogió su gorra—. Y el jueves pagaron a medias. Yo no digo nada, doctor, que yo cobro por día y a mí me pagó entero. Digo lo que vi.

Finlay terminó de lavar el instrumental, lo secó, lo guardó y se quedó de pie en medio de la escuela de su padre con el paño en la mano.

Veinte barricas el martes. Cuarenta sobres a la mitad el jueves.

No hacía falta saber una sola cifra de aquella casa para hacer la cuenta, y él no sabía ni una.

Estuvo el viernes por la noche y el sábado por la mañana sin decidir qué hacía con aquello.

Lo que sabía era esto: veinte barricas el martes, cuarenta sobres a la mitad el jueves, y un valle en el que a partir del domingo iba a haber cuarenta familias contando lo mismo en voz baja.

Lo que no sabía era todo lo demás. No sabía qué debía Corrieburn ni a quién ni cuándo.

No sabía qué había prometido ella a nadie.

No sabía si aquellas veinte barricas eran una tontería de mujer con un capricho o la única jugada posible de una casa arrinconada, y se inclinaba por lo segundo, porque en cinco semanas de mirarla trabajar no le había visto hacer ni una cosa tonta.

Y sabía además que no le correspondía. Él era el cirujano de un hombre de otra casa. Tenía tratados a once del derrumbe, a un tonelero manco y a media comarca de gratis, y no tenía en aquel valle ni un cargo ni un voto ni una libra invertida.

Lo pensó el viernes entero y llegó a la conclusión sensata, que era callarse.

Ella llegó el sábado once a las cuatro de la tarde, con dos frascos de linimento que le habían sobrado de la cura de Dunrath y que traía porque en la escuela no había.

Los dejó en el tablero.

—Me ha dicho la señora Dow que se le había acabado.

—Se me había acabado. Gracias.

—¿Cómo va Tam?

—Cierra en tres semanas.

—¿Y lo demás?

—Lo demás no cierra.

Moira lo miró.

Estaban los dos de pie a los lados del tablero, con la luz de las cuatro entrando por el hueco del tejado, y en la escuela no había nadie más.

—Dígalo —dijo ella.

—Veinte barricas llegaron a su almacén el martes treinta y uno y el jueves dos pagó usted la mitad.

—Es verdad.

—No le estoy preguntando si es verdad.

—Pues dígame qué me está preguntando.

Finlay dejó el paño encima del tablero.

—Le estoy preguntando si se lo dijo antes.

Moira no contestó.

Podía haber contestado. Tenía la respuesta y era exacta y era buena: les había dicho el dos de febrero y les había cumplido el dos de febrero, y nadie en aquel valle podía enseñar un papel ni repetir una frase suya que dijera otra cosa.

Lo que no podía hacer era decir eso en voz alta delante de aquel hombre, en aquella habitación, y no sabía por qué no podía y sabía que no podía.

Él dio un paso. No lo pensó y se dio cuenta después. Un paso, y con un paso, en una habitación sin muebles, se acaba la distancia.

—Yo he visto casas donde pagan la mitad —dijo, y lo dijo bajo, que fue peor—.

He visto muchas. Y lo que hace que un hombre aguante seis semanas a media paga no es la paga.

Es haberlo sabido el martes. Porque el que lo sabe el martes compra harina el miércoles para lo que hay y el que se entera el jueves ya se la ha comido.

—Sé perfectamente lo que es eso.

—Ya sé que lo sabe. Eso es lo que le estoy diciendo.

—Doctor Calder, usted no tiene ni idea de lo que hay en mis libros.

—No, no la tengo. Y no le estoy hablando de sus libros.

—Estaba a un palmo. Ninguno de los dos se había movido más—.

Puede que esas veinte barricas fueran lo único inteligente que se podía hacer en enero.

Puede que en mayo resulte que salvó usted la casa con eso.

Yo de whisky no sé nada y le creo. Lo que le estoy diciendo es que el martes usted ya sabía lo del jueves, y que tuvo dos días, y que no los usó.

—Si se lo digo el martes, me dicen que no.

—Claro que le dicen que no. Cuarenta hombres a los que preguntas si prefieren media paga te dicen que no. —Finlay no levantó la voz ni una vez—. Usted no les tenía que preguntar. Usted manda. Les tenía que avisar.

Moira se quedó muy quieta.

Y lo que él vio en ese momento, a un palmo, con la luz de las cuatro, no fue enfado.

Vio a una mujer que no estaba buscando qué contestar porque ya no le quedaba nada que contestar, y que tenía las manos abiertas a los lados y la mandíbula apretada de la manera exacta en que la apretaba un hombre en una cama de Dunrath cuando le pasaban una sonda.

Se dio cuenta de que le estaba mirando la boca.

Se apartó.

Dio dos pasos hacia atrás, cogió el paño del tablero y empezó a doblarlo, y lo dobló tres veces y a la tercera ya estaba doblado.

—Gracias por el linimento —dijo.

—De nada.

—¿Va usted a Dunrath ahora?

—Voy a Dunrath ahora.

—Dígale a la señora Dow que la cura de mañana la hago a las diez y no a las nueve.

—Se lo diré.

Moira se puso los guantes y salió, y él no la acompañó a la puerta.

Cuando se quedó solo, Finlay se sentó en uno de los caballetes y estuvo un rato mirando el montón de pizarra rota del rincón.

No iba a decírselo a nadie.

No porque hubiera decidido no decirlo. Porque no había nadie a quien decírselo.

En aquel valle no había un solo hombre o mujer a quien pudiera contarle lo que acababa de entender sin que a las cuarenta y ocho horas lo supieran cuarenta familias, y de esas cuarenta familias treinta y nueve estaban cobrando la mitad.

Se levantó, fue hasta el hueco del tejado y se quedó debajo mirando el cielo, que era lo que hacía cuando no quería seguir pensando en una cosa.

Lo que había hecho no era avisarla. Lo que había hecho era acercarse un paso en una habitación vacía, a cuatro grados, con la mandíbula apretada, para decirle a una mujer prometida con otro hombre que había cometido un error de gobierno.

Y se había apartado él, y se había apartado tarde, y ella lo había visto apartarse.

Eso era lo único de aquella tarde que iba a tener que explicarse a sí mismo más de una vez.

Cogió el cuaderno y apuntó lo del jueves: cura Dunrath 10 h.

Y debajo, en el renglón siguiente, escribió una cosa que no tenía nada que ver y que llevaba una semana posponiendo: escribir otra vez a H. Lumsden, Auchvaich.

La primera carta se la había mandado el veinticuatro de enero y no había contestado.