El medio año de invierno Capítulo 16
40%

Capítulo 16

XVI

El jueves dos de febrero amaneció despejado por primera vez en tres semanas y a las siete ya había helado blanco en el empedrado del patio.

Moira bajó a las siete y media con la caja y el libro de jornales, y se sentó en la mesa de la entrada del almacén, que era donde se pagaba desde que ella tenía memoria, con la puerta abierta y el brasero encendido debajo.

Había cuarenta nombres en la columna y en la caja había dieciocho libras.

Lo que había entrado por la puerta desde el veintiocho de enero eran tres libras y diez de las heces de malta, cuatro libras de un pedido menudo a un hostelero de Aberlour y diez libras y diez de dos barricas viejas vendidas a un corredor de Dufftown que las quería para otra cosa.

Dieciocho libras, que era la mitad justa de las treinta y seis que hacían falta y que era, además, todo lo que iba a haber.

Las dos barricas viejas se las había vendido el miércoles a un corredor de Dufftown que pasó por casualidad, y se las había vendido a la primera cifra que le dijo, sin regatear, cosa que no había hecho en doce años.

Eran dos barricas del noventa y cinco que no valían para el vatting y que valían para beber, y se fueron en el mismo carro en que vino el hombre.

Moira lo había contado cuatro veces el miércoles por la noche y había hecho los sobres ella misma, uno a uno, y en cada sobre había puesto la mitad exacta de lo que le tocaba a cada hombre y no un redondeo, porque redondear a la baja le pareció mezquino y redondear al alza le pareció una manera de comprar algo.

El primero fue Alec Wishart, que llevaba treinta y un años en Corrieburn y que entraba siempre el primero porque así había sido siempre.

Cogió el sobre, lo sopesó, y aquello ya se lo dijo todo.

—¿Y esto?

—La mitad.

Wishart la miró.

—¿La mitad de esta semana o la mitad de siempre?

—La mitad de esta semana. La semana que viene no lo sé.

—¿Y lo otro?

—Lo otro está apuntado. Te debo ocho chelines y seis, están escritos con tu nombre y la fecha, y se pagan en cuanto haya.

Wishart se quedó un momento con el sobre en la mano.

—Está bien —dijo, y no lo dijo con ironía, y se fue.

El segundo fue su hermano, que era más joven y que no dijo nada.

El tercero, un hombre de Knockando que llevaba once años, contó el dinero delante de ella, despacio, moneda a moneda, cosa que no había hecho nunca, y cuando acabó dijo gracias y se fue.

Los siete primeros lo cogieron y no dijeron nada.

Eso fue lo que Moira no había previsto. Había previsto discusiones. Había pasado la noche del miércoles preparando lo que iba a contestar a las preguntas que le iban a hacer, y llevaba escritas en la cabeza tres respuestas distintas según quién preguntara.

Lo que hicieron los siete primeros fue coger el sobre, comprobarlo con el pulgar sin abrirlo y salir.

El cuarto y el quinto eran padre e hijo y entraron juntos, que era como entraban siempre, y el padre cogió los dos sobres y le dio uno al hijo en el patio y no delante de ella, y Moira vio por la puerta abierta que el hijo abría el suyo y que el padre le decía algo con la mano en el hombro.

El sexto fue Wull Craib, que cobraba por día y al que le tocaban dos días.

Le pagó entero.

Craib miró el sobre, miró la cola del patio y volvió a mirarla a ella.

—Esto está entero.

—Usted viene por día y no está en nómina.

—Ya. —Craib se lo guardó despacio—. Señorita Balfour, yo no le voy a decir a nadie lo que llevo en el bolsillo. Pero ahí fuera hay cuarenta y lo van a saber igual, porque a mí me ven salir y saben lo que cobro.

—Lo sé.

—Pues ya está dicho.

El octavo fue Sandy Shand.

Entró con la gorra en la mano como siempre, cogió el sobre, lo abrió, contó lo que había dentro y volvió a levantar la cabeza.

—Usted me dijo que hasta el dos de febrero.

—Y hoy es dos de febrero.

—Hoy es dos de febrero.

Lo dijo despacio, sin subir la voz, y Moira entendió en ese momento que había hecho la cuenta exacta y que la había hecho antes de entrar.

—Hasta el dos de febrero incluido —dijo ella—. Eso es lo que dije.

—Eso es lo que dijo. —Shand dobló el sobre y se lo metió en el bolsillo del chaleco—. Y me dijo también que si cambiaba, me lo decía usted y me lo decía antes.

—No ha cambiado nada, Sandy. Ha llegado el dos de febrero.

—Ya.

Se quedó allí de pie un segundo más de lo que hacía falta.

—¿Sabía usted el sábado que hoy iba a ser la mitad?

Moira podría haber dicho que no lo sabía con exactitud. Era cierto que no lo sabía con exactitud, porque hasta el miércoles por la noche no había sabido cuánto exactamente iba a entrar por la puerta.

—Sí —dijo.

—Pues me lo podía haber dicho el sábado.

—Tienes razón.

Shand se puso la gorra.

—No, señorita Balfour. Si tuviera razón usted me lo habría dicho. —Se dio la vuelta en la puerta—. Yo no le estoy pidiendo dinero que no hay. Le estoy diciendo que el sábado mi mujer compró harina para la semana entera porque contaba con hoy.

Salió. Detrás de él había once hombres en el patio esperando turno y ninguno se había movido mientras hablaban.

Los treinta y dos restantes pasaron en cincuenta minutos.

Entró la mujer de Wishart, que trabajaba tres días en la sala de botellas y que cobraba aparte, y cogió el sobre y preguntó si aquello iba a ser así hasta mayo, y Moira le dijo que no lo sabía, y la mujer dijo que era mejor saberlo y se fue.

Dos preguntaron por lo apuntado y les enseñó la hoja.

Uno, que era joven y que llevaba tres meses, preguntó si iba a haber trabajo en marzo y Moira le dijo que sí y no supo si estaba mintiendo.

Uno no cogió el sobre y le dijo que se lo diera cuando estuviera entero, y Moira se lo guardó y lo apuntó y aquel fue el peor de los cuarenta.

Y el treinta y siete, que era un carretero de Archiestown que venía tres días por semana, dijo en voz alta, en el patio y no dentro:

—Al tonelero le pagan en Dunrath.

Nadie contestó. Nadie hacía falta que contestara.

A las nueve y media entró el último, que era el chico nuevo, y cuando salió se quedó en el patio hablando con dos, y Moira los oyó desde dentro porque la puerta estaba abierta y porque el patio devolvía las voces contra la pared del almacén.

No hablaban de ella. Hablaban de dónde había trabajo. Uno dijo Craigellachie y otro dijo que en Craigellachie ya no cogían, y el tercero dijo un nombre que Moira no oyó bien y que podía ser Knockando o podía ser cualquier otro sitio, y después se rieron de algo y se fueron.

Fue peor que si hubieran hablado de ella.

A las diez, cuando ya no quedaba nadie, Moira cerró la caja, se quedó sentada un momento en la mesa vacía con el libro delante y después subió al escritorio y estuvo hasta el mediodía haciendo cosas que no hacían falta.

A la una vino Bell Geddes desde las once millas, con el carro de un vecino, a traer una carta de Tam y a llevarse un pan que le debía a la mujer de Wishart, y se encontró el patio vacío y la mesa todavía puesta.

—¿Ha sido hoy?

—Ha sido hoy.

—¿Cuánto?

—La mitad.

Bell se quedó quieta con el pan debajo del brazo.

—A nosotros nos paga Dunrath.

—Lo sé.

—Entero, y hasta mayo. —Lo dijo mirándola—. Señorita Balfour, en esa cola de ahí fuera hay hombres que llevan doce años trabajando con mi marido y que esta semana cobran la mitad que él. Y él no puede trabajar.

—Ya lo sé.

—Se lo digo porque el domingo va a haber gente en la puerta de la iglesia, y yo no voy a poder decir que no lo sabía.

Jessie subió a las dos.

No llamó. Abrió, entró, cerró detrás de ella y se quedó de pie delante de la mesa con las manos a los lados.

—¿De dónde han salido las veinte barricas?

Moira dejó la pluma.

—De Rothes.

—Eso ya lo sé. De dónde ha salido el dinero.

—Jessie.

—De dónde ha salido el dinero.

Moira se echó atrás en la silla y se dio cuenta de que llevaba tres días esperando aquella pregunta y que no tenía preparada la respuesta, lo cual, viniendo de ella, era una cosa nueva.

—De la reserva —dijo—. Y del cajón. Y de lo del maltero de febrero.

Jessie no se movió.

—La reserva es de los jornales.

—La reserva era de los jornales hasta Candlemas y Candlemas era hoy.

—La reserva era de los jornales hasta Candlemas —repitió Jessie, y lo repitió despacio, palabra por palabra, y por primera vez en once años Moira le vio en la cara algo que no era discusión—.

Y hoy es Candlemas y los sobres han salido a la mitad, así que dígame si esas setenta y dos libras eran de esta semana y de la que viene o no lo eran.

—Lo eran.

—Lo eran.

Se quedaron las dos calladas.

—Jessie, si no compro esas barricas en enero, en marzo no tengo nada que enseñar en Glasgow. Y si no tengo nada que enseñar en Glasgow, en mayo esta casa es de Strachan y estos cuarenta trabajan para Strachan o no trabajan. Son dos semanas a la mitad contra eso.

—Puede que tenga usted razón.

—La tengo.

—Puede que la tenga —dijo Jessie—. Yo no sé de Glasgow.

Lo que sé es lo que ha hecho usted esta mañana, que ha sido sentarse ahí abajo a repartir la mitad de un jornal a cuarenta hombres que no sabían nada, y no ha sido la casa la que les ha quitado la otra mitad.

Ha sido usted, el lunes, en Rothes, y lo sabía el lunes.

—Lo sabía el lunes.

—¿Y por qué no lo dijo el lunes?

—Porque me habrían dicho que no.

Lo dijo antes de pensarlo y en cuanto salió supo que era lo más verdadero que había dicho en dos meses y que no debería haberlo dicho nunca.

Jessie asintió una sola vez, muy despacio.

—Ya.

—Jessie.

—Eso es lo que le hace a usted Strachan.

—No es lo mismo.

—No, no es lo mismo. Él se lo dice a la cara. —Jessie se dio la vuelta hacia la puerta y se paró con la mano en el picaporte—. Usted es mejor que él en todo menos en eso.

Abrió.

—Voy a seguir llevando la sala —dijo sin volverse—. Y voy a seguir diciéndole lo que veo, porque para eso me puso su padre. Pero el sábado que viene, cuando vaya usted a hacer los sobres, los hace usted delante de mí.

—¿Por qué?

—Porque así, cuando me pregunten, puedo decir que los he visto hacer.

Cerró.

Se quedó mirando la puerta cerrada un rato.

Lo que le había dicho Jessie no era que estuviera equivocada. Jessie había dicho dos veces que podía tener razón, y las dos veces lo había dicho en serio, y ese era el problema. Una acusación que te concede el fondo y te quita el procedimiento no se puede contestar con el fondo.

Usted es mejor que él en todo menos en eso.

Moira cogió la pluma y escribió en el cuaderno, debajo de la cuenta del día, una línea que no era una cuenta:

Avisar antes. Siempre. Aunque digan que no.

La miró. Después tachó las tres últimas palabras, porque no eran verdad y porque no iba a serlo, y dejó las dos primeras.

Moira se quedó sentada hasta que se apagó el fuego de la estufa, que fue como a las cinco, y a las cinco encendió la lámpara y abrió el libro de jornales por la semana siguiente y empezó a escribir los nombres, que era lo que se hacía los jueves.

Bajó a las seis a la sala de cubas porque era la hora de la cuarta y porque llevaba doce años bajando a esa hora.

Jessie estaba con el remo. No levantó la cabeza.

—Tres coma cuatro.

—Bien.

—La seis la paso al lunes.

—Bien.

Y nada más. Trabajaron las dos en la misma sala cuarenta minutos, cada una en lo suyo, hablándose lo estrictamente necesario y con el tono exactamente correcto, y Moira comprendió que aquello era lo que iba a haber a partir de ahora y que iba a durar el tiempo que Jessie decidiera que durara.

Subió a cenar y no cenó.

Nadie se fue esa semana. Ese fue el otro dato y tardó en entenderlo: que cuarenta hombres a los que se les ha pagado la mitad el jueves aparecen el viernes a las seis de la mañana, porque en febrero, en un valle donde hay cinco casas y cuatro están llenando la mitad, media paga es media paga y ninguna es ninguna.