Capítulo 15
XV
La cuenta cuadraba de tres maneras y las tres eran la misma.
Moira la hizo el sábado veintiocho por la noche, después de pagar la semana, con el libro de jornales cerrado y el cuaderno abierto, y la escribió entera para verla fuera de su cabeza.
La reserva. Strachan había adelantado el dieciocho de noviembre una cantidad cerrada para los jornales hasta Candlemas, doce semanas, cuatrocientas treinta y dos libras, ingresadas en una cuenta aparte en el Banco del Norte de Escocia de Aberlour a nombre de Corrieburn y con una sola firma autorizada, que era la de ella.
Llevaba sacadas diez semanas. Quedaban setenta y dos libras, que eran las dos últimas, la que empezaba el lunes treinta y la de Candlemas.
El cajón. Veintiocho libras y unos chelines, que era todo el dinero libre de la casa.
Y la partida del maltero. Cuarenta libras apartadas desde el veinte de enero para el pedido del veinte de febrero, que había que pagar contra entrega porque el crédito se había acabado en diciembre.
Setenta y dos, veintiocho y cuarenta.
Ciento cuarenta libras.
Las veintinueve de Deeside, al precio que había dicho Rattray, no cabían en ciento cuarenta. Cabían veinte.
Lo comprobó tres veces y a la tercera se dio cuenta de que lo estaba comprobando para retrasar lo otro.
El lunes treinta, antes del tren, fue al banco.
La sucursal del Banco del Norte de Escocia en Aberlour abría a las nueve y ocupaba la planta baja de una casa de la calle principal, con dos mostradores de caoba y una estufa que calentaba solo la mitad del vestíbulo.
El que atendía se llamaba Symon y llevaba allí desde que Moira tenía uso de razón.
—Señorita Balfour.
—Vengo a sacar de la cuenta de la reserva.
—¿Cuánto?
—Todo lo que queda.
Symon fue a por el libro auxiliar y volvió con él abierto.
—Setenta y dos libras exactas.
—Setenta y dos.
Le pasó el impreso y le puso el tintero al lado.
Moira lo rellenó de pie. Nombre de la cuenta: Corrieburn Distillery. Concepto: había un renglón para el concepto y era un renglón de banco, de los que se rellenan con una palabra, y ella escribió existencias y no le tembló la mano al escribirlo, porque era verdad.
Firmó. Una sola firma, que era lo que exigía aquella cuenta, y la exigía porque en noviembre lo había pedido ella para que no hiciera falta la de nadie más.
Symon contó los billetes dos veces y se los pasó por debajo del cristal.
—¿Se la cierro?
—¿Cómo dice?
—La cuenta. Si la deja a cero y no va a entrar nada, se puede cerrar y le ahorra el papeleo de fin de año.
Moira se quedó con los billetes en la mano.
—Déjela abierta.
—Como quiera. —Symon anotó algo—. Si entra algo, entra.
El lunes treinta subió a Rothes en el primer tren.
—Veinte —dijo—. No veintinueve.
Rattray levantó la vista del libro.
—Le dije veintinueve.
—Y yo le digo veinte. Las veinte que más den. Elíjalas usted y después las pruebo yo, y si no estoy de acuerdo, las cambiamos.
—Con veinte no llega usted a la cantidad que le pidió la de Glasgow.
—Con veinte llego más cerca que con ninguna.
Rattray se quedó un momento con el lápiz en la mano.
—¿Al contado?
—Al contado.
—¿Hoy?
—Hoy.
Bajaron al almacén y estuvieron hora y media.
Rattray sacó veinticuatro y ella descartó cuatro, dos por estar demasiado hechas y dos porque venían de una madera que se notaba demasiado y que iba a mandar en la mezcla en vez de sostenerla.
Las probó en la palma de la mano, de pie, con el abrigo puesto, y en la número once se paró más tiempo.
—Esta.
—Esa es del noventa y tres.
—Esta tiene algo debajo.
—Esa estuvo tres años en una barrica de oporto antes de que la trasegaran. —Rattray lo dijo de mala gana, como quien descubre una carta—. Es la única de todo el lote que no es lo que parece.
—Esa va.
Pagó en billetes encima de la mesa, contados dos veces por cada uno. Rattray extendió el recibo, se lo dio y le dio también la orden de entrega para el vista, y no le dijo nada más que lo estrictamente necesario, y Moira le agradeció aquello más que si le hubiera dicho algo.
En el tren de vuelta, con el recibo en el bolso y con doce libras de vuelta, Moira hizo una cosa que llevaba tres días sin permitirse: pensar en lo del jueves.
Treinta y seis libras de nómina. Iba a entrar por la puerta la mitad, con suerte. Eso eran dieciocho.
Dieciocho libras entre cuarenta hombres.
Lo pensó en números y aguantó bien. Después, de Craigellachie a Aberlour, se le convirtió en sobres, y los sobres tenían nombres escritos porque los escribía ella todos los jueves, y eso ya no aguantó igual.
Sacó el cuaderno y se puso a calcular la proporción del vatting, que era una cosa que no tenía nada que ver, y estuvo en eso hasta la estación.
Las veinte llegaron a Corrieburn el martes treinta y uno, en dos carros, con el hielo todavía en las roderas.
Jessie estaba en el patio cuando entraron.
Moira la vio contar. Vio cómo contaba, que era mirando los carros y no las barricas, calculando el peso por cómo iban las ruedas, y vio el momento exacto en que le salió el número y el momento exacto en que le salió la otra pregunta.
—Veinte.
—Veinte.
—¿De Rothes?
—De Rothes.
Jessie se limpió las manos en el delantal y se quedó allí de pie mientras los carreteros descargaban.
Moira tuvo diez o doce segundos. Los tuvo enteros y supo que los tenía, porque era exactamente el sitio donde cualquier persona normal habría dicho de dónde había salido el dinero, aunque fuera para quitarse el peso.
—Al almacén tres —dijo—. A la pared este, detrás de las mías.
—¿Detrás?
—Detrás. No quiero que se mezclen los números.
Jessie asintió y fue a decírselo al chico, y aquello se acabó ahí.
Craib subió del pueblo a mirarlas, porque las descargas de veinte barricas en febrero se saben en dos horas en un valle de mil doscientas personas y porque Moira lo había mandado llamar.
—Buenas —dijo, después de la cuarta.
—¿Buenas para qué?
—Buenas de madera. Están sanas, no han sudado y las juntas aguantan. —Craib le dio dos golpes secos a la sexta con los nudillos y escuchó—. Lo que le vayan a dar por dentro ya no es cosa mía.
—¿Y de fuera?
—De fuera le digo que estas han estado bien guardadas y que el que las tenía sabía lo que hacía. Eso no se lo digo de todas.
El resto del martes y el miércoles entero lo pasó marcando.
Marcó las veinte con tiza roja, una a una, porque las suyas llevaban tiza blanca desde noviembre y las de Strachan no llevaban nada, y quiso tener tres colores en aquel almacén: lo gravado, lo suyo y lo comprado.
Duff anotó la entrada, el volumen y el grado de las veinte, una por una, con la caña y la vara, y le llevó toda la mañana del miércoles.
—Cuatro mil doscientos galones de prueba —dijo al final—. Redondeando.
—Cuatro mil doscientos.
—Con lo suyo libre, ocho mil y pico. —Duff cerró el libro—. Es la primera entrada de existencias que hace esta casa desde el noventa y siete.
—¿Desde el noventa y siete?
—Desde mayo del noventa y siete. Lo he mirado esta mañana porque me ha extrañado. —Se puso el libro debajo del brazo—. Su padre nunca compró whisky hecho. Lo hacía o no lo tenía.
Moira no contestó a eso.
Le preguntó de dónde venían las veinte y ella le dijo que de Rothes, y él lo apuntó tal cual, porque de dónde vienen las barricas es lo único que le importa a un vista de aduanas.
—¿Composición? —dijo Duff.
—Composición.
—¿Para cuándo?
—Para la primavera.
Duff apuntó eso también, en su letra pequeña y recta, y se fue a su mesa.
El miércoles por la tarde, con las veinte marcadas y las veintidós suyas sacadas otra vez, Moira compuso la primera prueba.
La hizo en la sala vieja de cata, con los veintidós frascos de enero en el alféizar y veinte frascos nuevos al lado, y trabajó cuatro horas de pie con una probeta, una pipeta y un cuaderno.
Trabajó con la puerta cerrada y sin lámpara hasta que se fue la luz, porque de día se cata mejor y porque no quería que entrara nadie.
Empezó por lo que le había dicho Strachan en noviembre. Las de abajo sosteniendo, las del medio dando cuerpo, las suyas arriba poniendo el olor. Solo que las de abajo no eran de la costa ni tenían once años. Eran de Deeside y tenían cinco y seis.
A las seis de la tarde tenía la primera composición hecha, sesenta partes suyas y cuarenta de las nuevas, y la probó y se quedó quieta un rato largo con la probeta en la mano.
No estaba mal. Ese fue el problema.
Estaba limpia, era agradable, entraba bien y se acababa antes de tiempo, y dejaba en la boca la misma cosa redonda y sin filo que dejaban sus veintidós barricas hermanas, solo que ahora eran cuarenta y dos barricas hermanas en vez de veintidós.
Volvió a empezar. Cincuenta y cincuenta. Setenta y treinta. Deshizo y rehízo seis veces, lavando la probeta cada vez con agua caliente y secándola con un paño que se le quedó oliendo.
A las siete tenía ocho composiciones alineadas y ocho anotaciones en el cuaderno, y las ocho decían lo mismo con distintas palabras: más grande, más blanda, más larga de boca y sin nada dentro que empujase.
Se lavó la boca con agua y se sentó un momento en el banco de la sala vieja, que estaba frío.
Lo que tenía en el alféizar eran cuarenta y dos barricas de whisky correcto. Podía llenar un tonel de mezcla y mandarlo a Glasgow y Glasgow le contestaría exactamente lo mismo que le había contestado en diciembre, con otras palabras.
Probó con la once, la del oporto, en proporción pequeña. Aquello movió algo. Puso una parte y después dos y después tres, y en la tercera empezó a aparecer por debajo una cosa seca y oscura que discutía con lo demás, que era exactamente lo que hacía falta.
Con una barrica.
Lo apuntó y se quedó mirando el número: n.º 11, 3 partes sobre 100.
Tenía una barrica de ciento veinte galones y necesitaba diez como aquella y no había diez como aquella en Deeside ni en Rothes, y las que había, las que tenían once años y venían de tres sitios distintos, estaban desde el diecinueve de enero en un almacén de Dunrath con el número de otro pintado en la tapa.
Se quedó un rato con el frasco once en la mano, mirándolo contra la ventana negra.
Ciento veinte galones. Una barrica. Y lo que le hacía falta eran diez, y las diez existían, y las diez estaban a cuatro millas de allí en línea recta.
Tres lotes. Dos de Glenlivet arriba y uno de la costa. Del ochenta y ocho al noventa y uno. Se sabía las tres líneas de memoria porque las había copiado en su cuaderno el dos de diciembre con la letra pequeña, y las había copiado creyendo que estaba apuntando una compra.
No se permitió más de un minuto con eso.
Cerró el cuaderno a las nueve y subió al escritorio.
Le quedaba una cosa por hacer y llevaba tres días sabiéndolo.
Abrió el libro mayor de la casa y escribió, en la fecha del lunes treinta, con su letra de siempre:
Existencias maduras, Rothes, veinte barricas para composición. 140 £.
Era verdad. Era exacto. No faltaba un dato de los que se ponen en un libro mayor.
Después abrió el cuadernillo pequeño de tapas azules donde llevaba, desde el dieciocho de noviembre y semana por semana, lo que sacaba de la cuenta de la reserva y para qué. Diez líneas, diez semanas, cuarenta nombres detrás de cada una.
Mojó la pluma.
La undécima línea la dejó en blanco.
No escribió nada falso. No escribió nada. Cerró el cuadernillo, lo puso donde lo ponía siempre, que era debajo del libro de cartas en el cajón de la izquierda, y se quedó con la pluma en la mano lo suficiente para que se le secara.
Si alguien miraba el libro mayor, vería una compra correcta.
Si alguien pedía el extracto de la cuenta del banco, vería una salida de setenta y dos libras el treinta de enero.
Y si alguien ponía las dos cosas encima de la misma mesa, tardaría un minuto.
Ese alguien era Peter Gault, que cobraba cuatro guineas y que no iba a subir a Corrieburn hasta que hubiera pleito, y Roderick Strachan, que estaba a once millas con una tibia en cinco pedazos y que no tenía derecho a mirar aquel cuadernillo, y nadie más.
Candlemas era el jueves.